Nunca en mi turno (Entre nosotros 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Nina terminó el entrenamiento de USAR en la primera semana de octubre, con una calificación que su instructor jefe calificó de "la más sólida que había visto en los últimos cinco años de programa", y voló de vuelta a Seattle un jueves por la tarde, con el uniforme nuevo doblado en la maleta y la certeza tranquila de que había hecho lo correcto.

Stephen la esperaba en el aeropuerto con un cartel escrito a mano —"Bienvenida a casa, comandante"— que hizo que Nina se riera con tantas ganas que un par de pasajeros se giraron a mirar qué pasaba.

—¿Comandante?

—Técnicamente no es tu rango, lo sé, pero "especialista de rescate urbano" no cabía bien en el cartel.

—Eres un desastre.

—Un desastre que te quiere mucho y que ha organizado una cena con todo el mundo esta noche, si te apetece, aunque también podemos quedarnos en casa si prefieres descansar del avión.

—Quiero ver a todo el mundo. Llevo tres meses sin ver a Mace hacer bromas malas en persona.

La cena fue en el apartamento de Stephen, con Julian y Priya —que llevaban ya cuatro meses juntos, con una solidez que sorprendía a todo el que los conocía— y Mace, que llegó con una botella de champán barato y la excusa de que "la comandante Solberg merece brindis, aunque sea con algo que compré en el supermercado de la esquina".

—Contadme todo —dijo Nina, sentada en el sofá con una copa en la mano, rodeada de las personas que más quería en la ciudad—. ¿Qué me he perdido en tres meses?

—Julian sigue sin saber hacer café decente en la oficina —dijo Stephen.

—Eso es mentira y una calumnia —protestó Julian.

—Priya consiguió el puesto de supervisora en urgencias —añadió Mace—. Y yo entrené a un compañero nuevo que llegaba diez minutos tarde cada turno hasta que le prometí contarle todas mis anécdotas contigo si mejoraba la puntualidad. Funcionó.

—Eso es manipulación pura y dura.

—Es liderazgo, Solberg. Hay una diferencia sutil.

Entre risas y anécdotas, la noche fue avanzando, y cuando por fin todos se marcharon, cerca de la medianoche, Stephen y Nina se quedaron solos en el balcón del apartamento, con las luces de Seattle extendiéndose bajo ellos y el Space Needle iluminado a lo lejos.

—Tengo algo para ti —dijo Stephen, sacando una cajita pequeña del bolsillo de la chaqueta.

Nina se quedó mirando la caja con una mezcla de sorpresa y algo parecido al pánico, hasta que Stephen la abrió y ella vio que no era un anillo, sino una llave.

—No es lo que estabas pensando, por tu cara —dijo él, riendo—.

Es la llave de este apartamento. Llevo pensándolo desde que te fuiste a Sacramento.

Quiero que te mudes conmigo, si te parece bien.

No porque necesite que estés siempre aquí, sino porque cuando no estabas me di cuenta de que este piso, sin ti, es solo un sitio muy bien organizado donde vivo. Contigo dentro, es un hogar.

Nina cogió la llave, con los ojos brillantes, y se quedó mirándola un momento antes de mirar a Stephen.

—Sí —dijo—. Quiero mudarme contigo.

—¿Solo eso? Después de tanto discurso esperaba algo más dramático.

—Prefiero guardarme el dramatismo para cuando de verdad haga falta. Ahora mismo lo único que quiero es besarte.

Y lo hizo, con el frío de la noche de octubre calándoles la piel y las luces de la ciudad brillando abajo, con la certeza tranquila de que, después de todo lo que habían pasado en unos pocos meses, habían encontrado la manera de sostener juntos tanto lo previsible como lo imprevisible, sin que ninguna de las dos cosas tuviera que ganarle terreno a la otra.