EPÍLOGO
Lo vio esperándola en el mismo punto donde se habían encontrado por primera vez, aquella mañana en que ella lo había acusado de seguirla, con dos vasos de cartón en las manos que no eran de café, sino de un té helado de menta que habían descubierto juntos en un puesto cerca del lago.
—¿Sigues corriendo aquí solo por casualidad? —preguntó ella, sonriendo, mientras aceptaba el vaso que él le tendía.
—Mi médico sigue recomendando ejercicio cardiovascular regular. Es una prescripción muy seria, no la puedo ignorar.
—Llevas un año usando la misma excusa.
—Es una excusa muy buena. Funcionó la primera vez y no he encontrado motivos para cambiarla.
Caminaron juntos la vuelta al lago, como hacían cada martes y jueves que el trabajo de ambos se lo permitía, y Nina le contó los detalles del último despliegue de su equipo, un derrumbe parcial en un edificio de Portland del que habían vuelto hacía apenas tres días, mientras Stephen le contaba que Fenwick Systems acababa de firmar un contrato con un tercer hospital, esta vez en Tacoma, cerca de donde había crecido, lo cual, según él, iba a complicar bastante las cenas de Navidad porque ahora su padre tendría material de sobra para seguir insistiendo con lo de la maquinaria industrial.
Se habían mudado juntos definitivamente en enero, a un piso más grande en Fremont con vistas al canal, lo suficientemente cerca de la oficina de Stephen como para que él fuera caminando y lo suficientemente cerca de la Estación 10 como para que Nina no perdiera ni un minuto de sueño de más en el trayecto.
Julian y Priya se habían prometido en primavera, en una pedida que Julian había organizado con la misma desorganización entusiasta con la que hacía todo lo demás, y que había terminado con un anillo caído entre las tablas de un muelle del que Mace, presente por casualidad, había tenido que rescatarlo buceando con la ropa puesta.
Vanessa se había mudado de vuelta a Nueva York en primavera, después de que su bufete decidiera cerrar la oficina de Seattle por reestructuración, y Stephen había recibido la noticia con la misma indiferencia tranquila con la que se recibe el parte meteorológico de una ciudad en la que ya no se vive.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Stephen, cuando ya casi habían completado la vuelta al lago y se acercaban de nuevo al aparcamiento donde Nina había dejado la bicicleta.
—Martes.
—Además de martes.
Nina se paró a pensar, repasando fechas mentalmente, hasta que cayó en la cuenta.
—Hace un año exacto de la feria de food trucks.
—Hace un año exacto de la feria de food trucks —confirmó Stephen—. El día que una paramédica con muy mal genio me clavó una aguja en el muslo sin preguntarme si me parecía bien, y de paso me arruinó por completo la vida que tenía planeada.
—¿Te arruinó o te la mejoró?
—Las dos cosas, en el orden correcto.
Nina se rio y se puso de puntillas para besarlo, un beso corto y sencillo en mitad del paseo de Green Lake, entre corredores madrugadores y un par de patos que ni se inmutaron ante la escena, y pensó que aquel gesto pequeño —esperarla junto al lago con un té helado en la mano, recordarle sin drama la fecha exacta en que se habían conocido— era exactamente el tipo de cosa que su padre le habría dicho que buscara en alguien: no grandes discursos, sino la constancia tranquila de alguien que decide, cada día, seguir eligiendo la misma vida.
—Vamos a llegar tarde —dijo ella, todavía sonriendo, cogiendo la bicicleta por el manillar—. Yo tengo turno a las nueve y tú tienes esa reunión con el hospital de Tacoma.
—Tenemos tiempo. Siempre sacamos tiempo, ¿no? Es lo que se nos da bien.
—Es lo que se nos da bien —repitió Nina, y pedaleó despacio a su lado, con Stephen caminando junto a la bicicleta hasta el cruce donde sus caminos se separaban cada mañana, uno hacia Fremont y otro hacia Denny Way, dos vidas que durante un año entero habían encontrado la manera de latir, la mayoría de las veces, al mismo ritmo exacto.
FIN