CAPÍTULO 15
Sacramento en pleno verano era un calor distinto al de Seattle, seco y espeso, y Stephen lo notó nada más bajar del avión, con la camisa pegándosele a la espalda antes incluso de llegar a la zona de recogida de equipajes.
Nina lo esperaba fuera de la terminal, con el pelo más corto de lo que recordaba —se lo había cortado para el entrenamiento, práctico y funcional— y una sonrisa que le cambió la cara entera en cuanto lo vio.
—Has venido —dijo, casi sin aliento, cuando llegó corriendo hasta él.
—Te dije que estaría aquí el viernes.
—Ya, pero una cosa es decirlo por teléfono y otra verte de verdad en la puerta de un aeropuerto.
Se abrazaron con una fuerza que decía más que cualquier disculpa formal, y Stephen notó, con la nariz hundida en el pelo de Nina, que llevaba tres meses sin sentirse completamente en su sitio, y que aquella sensación volvía de golpe en cuanto ella estaba cerca.
Pasaron el fin de semana en un pequeño hotel a las afueras de la ciudad, con piscina y un porche que daba a un jardín de olivos que alguien había plantado décadas atrás sin demasiado cuidado por la simetría.
Hablaron de todo lo que no habían podido hablar bien por teléfono: de los miedos de Nina, de la forma en que Stephen había aprendido a estar solo sin sentirse abandonado, de los planes concretos para cuando ella terminara el entrenamiento y volviera a Seattle, con el nuevo puesto y los viajes que probablemente llegarían con él.
—He decidido algo —dijo Nina, la segunda noche, sentados junto a la piscina vacía, con una copa de vino blanco frío entre las manos—.
Voy a pedir que mi base siga siendo Seattle, aunque forme parte del equipo federal.
Puedo viajar cuando haya una catástrofe grave, pero el resto del tiempo seguiré trabajando en la Estación 10, con Mace, con mi vida normal.
No tengo que elegir entre tener esta carrera y tener una vida contigo.
Puedo intentar tener las dos cosas, aunque algunas semanas sean más difíciles que otras.
—Me parece la decisión más sensata que he escuchado en meses.
—Y quiero que sepas algo más. —Nina dejó la copa en el suelo y se giró para mirarlo de frente—.
No quiero que mi miedo se convierta en un problema que tengas que resolver tú.
Voy a trabajar en ello. En confiar en que estar juntos no significa que alguno de los dos tenga que renunciar a lo que le importa.
—Yo también voy a trabajar en algo —dijo Stephen—. En dejar de necesitar que todo esté agendado para sentirme seguro. En aprender que lo imprevisible, contigo, no es una amenaza. Es simplemente cómo es la vida cuando de verdad la compartes con alguien.
Se quedaron mirándose un rato largo, con el sonido de los grillos de fondo y el calor de la noche todavía pegado a la piel, y cuando Nina se inclinó para besarlo, Stephen sintió que aquel beso tenía un peso distinto a todos los anteriores, como si en él cupieran los tres meses de distancia, la discusión, el miedo compartido y la decisión de seguir adelante juntos a pesar de todo.
Se levantaron sin soltarse del todo y entraron a la habitación, donde el aire acondicionado había dejado el ambiente fresco y las cortinas, mal cerradas, dejaban pasar una franja de luz de las farolas del aparcamiento.
Se desnudaron el uno al otro despacio, sin la urgencia de la primera vez, sino con la certeza tranquila de dos personas que acababan de decidir, con palabras y con silencios, que querían seguir construyendo algo juntos.
Stephen recorrió el cuerpo de Nina con las manos como quien vuelve a un lugar conocido después de mucho tiempo fuera, aprendiendo de nuevo cada detalle que ya conocía, y Nina se dejó llevar sin ninguna de las dudas que habían cargado las últimas semanas, dejando que el cuerpo dijera lo que las palabras a veces no alcanzaban a explicar del todo.
Cuando por fin se quedaron quietos, enredados entre las sábanas frescas, con la respiración todavía agitada y el ruido de los grillos entrando por la ventana entreabierta, Nina apoyó la frente contra el hombro de Stephen y suspiró, un suspiro largo que soltaba de golpe todo el peso de los últimos tres meses.
—Esto es justo lo que necesitaba —dijo, con la voz baja—. No la evaluación final ni el entrenamiento ni ninguna otra cosa. Esto.
—Yo también lo necesitaba. Más de lo que sabía admitir por teléfono.
Se quedaron dormidos así, entrelazados, con la ventana abierta y el calor seco de Sacramento entrando despacio en la habitación, y por primera vez en semanas ninguno de los dos soñó con listas de pros y contras ni con conversaciones a medio terminar.