CAPÍTULO 12
Nina llevaba cinco semanas en Sacramento cuando Vanessa apareció en la vida de Stephen de una manera que ninguno de los dos había previsto.
Fue en una gala benéfica de la Cámara de Comercio Tecnológica de Seattle, un evento al que Fenwick Systems asistía cada año porque Julian consideraba que las relaciones públicas eran "el impuesto que pagas por tener contratos con hospitales".
Stephen fue solo, con traje oscuro y la corbata que Nina le había regalado antes de irse, "para que no se te olvide que existo mientras estás rodeado de gente que solo habla de rondas de financiación".
Vanessa lo encontró junto a la barra, con una copa de champán en la mano y una sonrisa que Stephen reconoció de inmediato, la misma sonrisa que usaba cuando quería algo y sabía exactamente cómo conseguirlo.
—Stephen. Cuánto tiempo.
—Vanessa.
—Estás muy bien. El éxito te sienta de maravilla, siempre lo pensé.
—Gracias. ¿Cómo va lo del bufete?
—Muy bien, sobre todo desde que abrimos aquí. Aunque he oído por ahí que tú también tienes noticias. Una paramédica, ¿verdad? Julian se lo contó a alguien de mi antiguo bufete y la información viaja rápido en esta ciudad.
—Se llama Nina. Y sí, estamos juntos.
—Qué bonito. —Vanessa dio un sorbo a su champán, con una calma que a Stephen le pareció medida al milímetro—.
Espero que sepa lo que se lleva. Contigo hay que tener paciencia, ya sabes.
Todo tan agendado, tan perfecto. A veces echo de menos esa parte, la verdad. Pero también recuerdo por qué me fui.
—Te fuiste con alguien más, Vanessa. No te fuiste por mi agenda.
—Me fui porque necesitaba a alguien que estuviera presente de verdad, no solo puntual. Son cosas distintas, aunque suenen parecidas.
Stephen se quedó callado un momento, sopesando la frase, porque durante los últimos dos años había cargado con la culpa de aquella ruptura como si fuera enteramente suya, y ahora, escuchando a Vanessa decirlo en voz alta, se dio cuenta de que llevaba tiempo sin cuestionarse si aquella versión de la historia era del todo justa.
—He aprendido algo desde entonces —dijo al fin—.
Que estar presente no es solo estar delante de alguien todo el tiempo.
Es elegir a esa persona incluso cuando no está delante.
Con Nina fuera tres meses, entrenándose para un trabajo que le importa muchísimo, aprendo eso cada día.
Y curiosamente se me da mejor de lo que pensaba.
—Cuánta madurez, Stephen. Casi no te reconozco.
—Puede que haya cambiado. O puede que simplemente encontrara a alguien que me hizo darme cuenta de qué partes de mí no necesitaban cambiar en absoluto.
Vanessa sonrió, esta vez sin la calma calculada de antes, sino con algo parecido a la resignación, y se despidió de él con un gesto breve antes de perderse entre la gente.
Stephen se quedó un momento junto a la barra, procesando la conversación, y decidió que aquella misma noche llamaría a Nina para contárselo todo, sin esperar a que ella preguntara, sin dejar que un silencio se instalara entre ellos como había ocurrido la primera vez que había aparecido el nombre de Vanessa.