CAPÍTULO 11
Nina aceptó el puesto un martes por la mañana, después de pasarse el fin de semana entero dándole vueltas junto a Stephen, con listas de pros y contras escritas en una libreta que él insistió en traer porque, según dijo, "las decisiones importantes merecen al menos una hoja de papel bien organizada".
El entrenamiento empezaría en seis semanas, en un centro cerca de Sacramento, y duraría tres meses exactos, con una semana de permiso a mitad del proceso para volver a Seattle.
—Nadie hace el café tan mal como tú, así que cualquiera será una mejora.
—Eso ha sido cruel y probablemente cierto.
Stephen, por su parte, se lanzó de lleno a organizar la despedida de Nina con la misma meticulosidad con la que organizaba todo lo demás, aunque esta vez Nina no sintió que aquella meticulosidad fuera un problema, sino más bien una forma de cariño con acento propio.
Reservó una cabaña junto al lago Chelan para el último fin de semana antes de que ella se marchara, alquiló un coche con maletero suficiente para las cajas de material que Nina tenía que llevarse, e incluso imprimió un calendario con fechas marcadas para las llamadas de vídeo, "por si acaso el desorden de California te hace olvidar qué día es", según le explicó con una sonrisa que dejaba claro que la broma iba con segundas.
En el lago Chelan, sentados en el porche de la cabaña con una manta compartida y una botella de vino tinto que Stephen había elegido con el mismo cuidado que ponía en todo, Nina se dio cuenta de que llevaba días sin pensar en el nombre de Vanessa, y que aquel silencio, más que alivio, le pareció una señal de que las cosas entre ellos iban firmes de verdad.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Stephen, con el brazo alrededor de sus hombros, mirando cómo el sol se ponía detrás de las montañas al otro lado del lago.
—Mucho. El entrenamiento de USAR es duro de verdad. Simulacros de derrumbe, búsqueda con perros, técnicas de apuntalamiento de estructuras. No es solo correr y aplicar primeros auxilios, es aprender un oficio nuevo casi desde cero.
—Vas a ser buenísima. Lo sé porque te vi trabajar la primera noche que nos conocimos, y nunca he visto a nadie tan segura de lo que estaba haciendo en medio de tanto caos.
—Gracias.
—No es un halago vacío. Es literalmente lo que pienso cada vez que te veo trabajar.
Nina se giró para mirarlo, y algo en la seriedad de su expresión —esa manera suya de decir las cosas más importantes con el tono más tranquilo posible, como si la calma fuera una forma más de sinceridad— hizo que ella se inclinara y lo besara despacio, con el lago de fondo y el frío de la tarde empezando a colarse por debajo de la manta.
—Voy a echarte de menos —dijo ella, contra su boca.
—Yo ya te echo de menos, y todavía no te has ido.