Nunca en mi turno (Entre nosotros 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Priya encontró a Nina sentada en el suelo de la cocina de su apartamento a las once de la noche, con una taza de infusión de manzanilla enfriándose a su lado y el móvil boca abajo sobre las baldosas, como si mirarlo le diera miedo.

—Vale, esto no es normal ni en ti —dijo Priya, sentándose también en el suelo, con la espalda contra el armario de los cacharros—. ¿Qué ha pasado?

—Me han ofrecido el puesto en USAR.

—Nina, eso es una noticia buenísima, ¿por qué tienes cara de estar en un funeral?

—Porque son tres meses en California, y porque no sé si Stephen puede con algo así, y porque tampoco sé si yo puedo con la idea de que él no pueda.

Priya se quedó pensando un momento, con esa expresión analítica que usaba en el hospital cuando repasaba un historial complicado.

—A ver, cuéntame exactamente qué te preocupa. Porque "no sé si puede con algo así" son palabras suyas o son miedos tuyos.

—Su exprometida lo dejó porque decía que nunca tenía tiempo de verdad para ella, que todo estaba tan organizado que no había sitio para nada espontáneo ni imprevisto.

Y ahora yo le vengo con tres meses fuera y viajes constantes de por vida si me quedo en el equipo.

Es literalmente el tipo de imprevisto contra el que él ha construido toda su vida.

—¿Y él te ha dicho que no lo apoya?

—No. Ni siquiera hemos hablado del tema desde la noche que se lo conté. Se ha quedado muy callado, y yo tampoco he insistido, y llevamos así cuatro días fingiendo que la conversación no ha pasado.

—Eso sí que es preocupante, pero no por el motivo que crees. El problema no es que él no pueda con lo imprevisto, Nina. El problema es que los dos estáis evitando hablar de algo importante porque tenéis miedo de lo que el otro pueda decir.

Nina se llevó la taza de manzanilla a los labios, ya fría, y la dejó de nuevo sin beber.

—Hay otra cosa —dijo—. Su exprometida ha vuelto a Seattle.

Le escribió hace unos días queriendo "cerrar cosas".

Stephen dice que no significa nada, y le creo, pero desde entonces tengo esta sensación rara, como si de repente todo lo que hemos construido en dos meses fuera más frágil de lo que parecía.

—¿Y tú crees que él querría volver con ella?

—No. Sinceramente, no. Pero creo que le da miedo repetir la historia. Que otra vez alguien elija algo —un trabajo, una carrera, una ambición— por encima de él, y que se quede otra vez con la sensación de no haber sido suficiente motivo para quedarse.

—Vaya. —Priya suspiró y le apretó la rodilla—. Sois los dos un desastre de comunicación para ser dos personas tan competentes en vuestro trabajo.

—Gracias por el diagnóstico.

—Es gratis, considéralo un favor entre compañeras de piso.

Pero en serio, Nina, tienes que hablar con él.

No puedes decidir lo del puesto basándote en lo que crees que él va a sentir sin preguntárselo de verdad.

Y él tampoco puede quedarse callado esperando a que tú decidas sola algo que os afecta a los dos.

Al día siguiente, después de un turno tranquilo que le dejó energía de sobra para pensar durante todo el camino a casa, Nina llamó a Stephen y le pidió que se vieran esa misma noche.

Él llegó al apartamento con una botella de vino, sin sonreír del todo, con la expresión de alguien que llevaba días preparando una conversación que no sabía cómo empezar.

—He estado evitando el tema —admitió Stephen, sentándose en el sofá, con la copa de vino sin tocar en la mano—. Y no está bien, porque tú confiaste en mí para contármelo y yo he reaccionado quedándome callado, que es exactamente lo que Vanessa siempre me decía que hacía cuando algo me daba miedo.

—¿Y te da miedo?

—Sí. —Lo dijo sin rodeos, mirándola directamente—.

Me da miedo que te vayas tres meses y que en ese tiempo te des cuenta de que la vida sin mí es más sencilla.

Me da miedo que si te quedas en ese equipo, cada vez que suene tu teléfono a las tres de la mañana signifique que te vas a un país en catástrofe y que yo me quede aquí, en mi apartamento perfectamente organizado, sin poder hacer nada por ti excepto esperar.

Y me da miedo, sobre todo, que esto se parezca demasiado a lo que ya viví, y que no sepa distinguir si mi miedo es real o si es solo el eco de algo viejo.

Nina se sentó a su lado, dejó su propia copa en la mesa y le tomó la mano.

—Yo también tengo miedo —dijo—. Tengo miedo de que si acepto el puesto, tú acabes pensando que elegí mi carrera antes que a ti, igual que hizo Vanessa. Y tengo miedo de que si lo rechazo, dentro de unos años me arrepienta y te culpe a ti sin que sea justo, porque la decisión habría sido mía.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Hablar. De verdad. No callarnos las cosas importantes por miedo a lo que el otro pueda sentir. Eso es lo único que se me ocurre.

Stephen sonrió, un gesto cansado pero sincero, y le apretó la mano con fuerza.

—Vale. Entonces empiezo yo. Quiero que aceptes el puesto si es lo que de verdad quieres. Y quiero intentar averiguar, mientras tú estás en California, cómo ser una persona que sabe estar presente aunque no tenga a la otra persona delante todos los días. Puede que no se me dé bien al principio.

—Yo tampoco sé cómo se hace lo de la distancia. Nunca lo he intentado con nadie que me importara de verdad.

—Entonces aprendemos juntos, aunque sea a distancia.

Se quedaron un rato más en el sofá, hablando ya sin el peso de los últimos cuatro días encima, y por primera vez desde que Nina había recibido la oferta sintió que la decisión, fuera cual fuera, no tenía por qué romper nada de lo que habían construido.