Nunca en mi turno (Entre nosotros 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Nina esperó cuatro días antes de preguntar por Vanessa, no porque no le importara, sino porque quería estar segura de que la pregunta le salía por curiosidad y no por inseguridad.

Cuando por fin la hizo, estaban en la cocina del apartamento de Stephen en Queen Anne, un piso alto con ventanales que daban al Space Needle y una nevera tan ordenada que Nina siempre bromeaba diciendo que parecía sacada de un catálogo.

—¿Quién es Vanessa? —preguntó, mientras cortaba pimientos para una ensalada que Stephen había insistido en preparar él mismo, con la precisión de alguien que seguía una receta al milímetro.

Stephen dejó el cuchillo sobre la tabla un segundo antes de continuar.

—¿Por qué lo preguntas?

Nina lo miró con cautela.

—Porque vi su nombre en tu móvil hace unos días, después del desayuno con Julian. No busqué nada, solo lo vi en la pantalla. Y porque acabas de dejar el cuchillo con más cuidado del que exige cortar un pimiento.

Él suspiró, se limpió las manos en el paño que colgaba del horno y se apoyó contra la encimera, frente a ella.

—Vanessa fue mi pareja durante cinco años.

Estuvimos prometidos. Se fue hace casi dos, con un compañero de su bufete, mientras yo estaba metido de lleno en la ronda de financiación de Fenwick.

Me dijo que con ella nunca tenía tiempo de verdad, que todo en mí estaba agendado, incluso lo espontáneo. Tenía razón, probablemente.

—¿Y por qué te escribe ahora?

—Ha vuelto a Seattle. Su bufete abrió una oficina aquí hace un mes y me escribió para decir que quería quedar, hablar, "cerrar cosas", según sus palabras. Le contesté que no tenía nada que cerrar que no estuviera ya cerrado.

—¿Y eso es todo lo que hay?

—Eso es todo lo que hay. —Stephen se acercó y le tomó la mano que sostenía el cuchillo, con una calma que a Nina, sin embargo, no terminó de convencerla del todo—.

No te lo conté antes porque no quería que un nombre del pasado te hiciera dudar de algo que para mí está clarísimo.

Debería habértelo dicho de todas formas. Lo siento.

Nina asintió, aunque una parte de ella —la parte entrenada durante ocho años para detectar cuándo algo no encajaba del todo en una historia— se quedó con la sensación de que aquello no era mentira, pero tampoco era la historia completa.

Decidió, sin embargo, no presionar más esa noche.

Tenía sus propias noticias que dar, y llevaba dos días postergando el momento de compartirlas.

—Yo también tengo algo que contarte —dijo, dejando el cuchillo—.

Me han ofrecido un puesto en la unidad de Rescate Urbano Especializado.

Es un equipo federal, USAR, entrenado para catástrofes: terremotos, derrumbes, cosas así.

Es un ascenso enorme. Y significaría tres meses de entrenamiento intensivo en California.

Stephen se quedó callado un momento, procesando la información con la misma atención meticulosa con la que procesaba todo lo demás.

—Tres meses.

—Tres meses. Y después, si me quedo en el equipo, viajes frecuentes cada vez que haya una catástrofe de cierta magnitud en cualquier parte del país.

—¿Y qué quieres hacer?

—No lo sé todavía. Por eso te lo cuento ahora, antes de decidir nada. Quería que lo supieras.

Se quedaron los dos en silencio un rato, con la ensalada a medio terminar sobre la encimera, y Nina pensó que era la primera vez, desde que se conocían, que sentía que había algo entre ellos que no sabía cómo resolver con la misma facilidad con la que habían resuelto todo lo anterior.