CAPÍTULO 8
Nina se despertó antes de que sonara la alarma, como le pasaba casi siempre, con la luz gris del amanecer de Seattle filtrándose entre las cortinas y el peso familiar del brazo de Stephen cruzado sobre su cintura.
Se quedó quieta un momento, escuchando su respiración pausada detrás de ella, y pensó que llevaba mucho tiempo sin despertarse en esa postura exacta, con alguien más ocupando el otro lado de la cama sin que le resultara incómodo.
—Estás pensando muy fuerte —murmuró Stephen contra su nuca, con la voz todavía espesa de sueño—. Lo noto.
—Estaba pensando en el desayuno.
—Mentirosa.
—Un poco.
Se giró para quedar de cara a él, y Stephen le apartó un mechón de pelo de la frente con un gesto tan sencillo que a Nina le pareció, sin embargo, uno de los gestos más íntimos que había recibido en mucho tiempo.
—Estaba pensando en que esto ha sido rápido —dijo ella al fin—. Nos conocemos desde hace poco más de un mes.
—¿Te preocupa eso?
—No exactamente. Me sorprende, más bien. No suelo dejar entrar a la gente tan rápido.
—A mí tampoco me suele pasar esto. —Stephen se apoyó en un codo para mirarla mejor—. Llevaba dos años construyendo una vida perfectamente organizada donde no había sitio para sorpresas, y entonces una paramédica con mal genio me clavó una aguja en el muslo y me arruinó todo el sistema.
—¿Te arruiné el sistema?
—Completamente. Ya ni siquiera sincronizo el calendario los domingos como hacía antes.
Nina se rio y le dio un golpe suave en el hombro, y los dos se quedaron un rato más en la cama, hablando de planes pequeños —un desayuno en un sitio de Fremont que a Stephen le gustaba, una excursión a las Cascadas el próximo fin de semana libre de Nina— antes de que el móvil de Stephen vibrara sobre la mesilla con la insistencia de un mensaje que no pensaba dejarlo tranquilo.
Stephen miró la pantalla y su expresión cambió, apenas un segundo, lo suficiente para que Nina lo notara.
—¿Todo bien?
—Sí. —Guardó el móvil sin dar más explicaciones—. Julian, cosas de la oficina.
Nina no insistió, aunque el gesto de Stephen se le quedó grabado durante el resto de la mañana, esa manera de guardar el teléfono demasiado rápido, de cambiar de tema con una suavidad que no encajaba del todo con la franqueza que él solía mostrar en todo lo demás.
Desayunaron en el sitio de Fremont que Stephen había mencionado, un local pequeño con mesas de madera junto al canal, huevos benedictinos y una carta de tés que Nina revisó con curiosidad porque llevaba meses sin probar nada que no fuera café de máquina de la estación.
Julian se unió a ellos a media mañana, avisado por un mensaje de Stephen, y Nina descubrió enseguida por qué aquellos dos llevaban seis años siendo socios: se completaban con la facilidad de quien ha discutido tanto que ya no necesita terminar las frases del otro.
—Así que tú eres la mujer que le salvó la vida y después le arruinó el sistema de sincronización de calendarios —dijo Julian, tendiéndole la mano a Nina con una sonrisa amplia—.
Llevo semanas escuchando hablar de ti. Empezaba a pensar que te habías inventado, Stephen, para justificar por qué llegas tarde a las reuniones de los lunes.
—No me he inventado nada. Aquí está la prueba, comiendo huevos benedictinos delante de ti.
—Encantada —dijo Nina, estrechándole la mano—. Y para que conste, yo no tengo la culpa de que llegue tarde. Eso es cosa suya.
—Oh, ya me cae bien. —Julian se sentó y llamó al camarero con un gesto—. Priya también me cae bien, por cierto. Espero que sepas que salgo con tu compañera de piso desde hace un mes, más o menos al mismo tiempo que Stephen empezó a merodear por Green Lake como un acosador de manual.
Nina se quedó con el tenedor a medio camino de la boca.
—¿Sales con Priya?
—Nos conocimos en el hospital, cuando fui a hacerle la revisión anual a Fenwick con el seguro médico. Ella estaba en urgencias esa semana y coincidimos en la cafetería. El mundo es sorprendentemente pequeño quand se trata de encontrar pareja en esta ciudad.
—Priya no me ha dicho nada.
—Yo tampoco le había dicho nada a Julian de ti —intervino Stephen—. Nos pareció más divertido dejar que os enterarais así, la verdad.
—Sois los dos unos infantiles.
—Un poco —admitió Julian, sin ningún arrepentimiento—. Pero reconoce que la cara que has puesto ahora mismo lo ha valido.
El resto del desayuno transcurrió entre bromas y planes de quedar los cuatro juntos algún fin de semana, y Nina sintió, mientras escuchaba a Stephen reírse de algo que había dicho Julian, que aquella vida que se estaba formando alrededor de ella —con Stephen, con Julian, con la posibilidad de que Priya y ella compartieran algo más que el alquiler de un apartamento— tenía una solidez que no esperaba encontrar tan pronto.
Sin embargo, cuando volvían caminando hacia el coche de Stephen, con el canal brillando a su izquierda bajo el sol de media mañana, el móvil de él volvió a vibrar, y esta vez Nina vio, sin querer, el nombre que aparecía en la pantalla antes de que él lo guardara de nuevo en el bolsillo.
Vanessa.
No dijo nada. Se limitó a seguir caminando, con la mano de Stephen buscando la suya un segundo después, y decidió, por el momento, no preguntar.
Pero el nombre se le quedó grabado, de la misma manera en que se le quedaban grabadas las constantes vitales de un paciente complicado, ese tipo de dato que uno guarda sin querer, sabiendo que quizá lo va a necesitar antes de lo que le gustaría.