CAPÍTULO 7
Tres semanas después de aquella noche, Nina volvió a tener un turno duro, aunque de un tipo completamente distinto: catorce horas sin apenas descanso, tres avisos por sobredosis en el mismo barrio de Belltown, y una pelea entre dos vecinos que había terminado con uno de ellos con una herida de arma blanca en el antebrazo que Nina había tenido que contener con las manos hasta llegar al hospital.
—¿Cómo sabías que salía ahora?
—Le escribí a Mace. Me dio su número la última vez que fui a la estación, dijo que "por si necesitaba coordinarme contigo en emergencias románticas".
—Voy a matar a Mace.
—Antes cena algo, por favor, porque llevo dos horas oliendo este pad thai en el coche y necesito compañía para comérmelo con la conciencia tranquila.
Fueron al apartamento de Nina, un piso pequeño en la última planta de un edificio de ladrillo en Capitol Hill, con vistas parciales al Space Needle si te asomabas por la ventana de la cocina y te ponías de puntillas.
Comieron sentados en el sofá, con los pies de Nina apoyados en el regazo de Stephen, hablando de nada en concreto, dejando que el cansancio del turno se fuera disolviendo poco a poco con la comida caliente y la presencia tranquila del otro.
—Gracias por esto —dijo Nina, cuando ya habían terminado y las cajas vacías descansaban sobre la mesa baja—. No sabes lo que significa llegar a casa después de un turno así y encontrarte con alguien esperando, en vez de con un apartamento vacío.
—Me alegra ser ese alguien.
Se quedaron mirándose un momento, con la luz de la lámpara de pie tiñendo la habitación de un tono cálido, y Nina sintió que la distancia que llevaba semanas manteniendo con cuidado —esa distancia profesional que aplicaba a todo el mundo, por costumbre, por protección— se había ido deshaciendo sin que ella hubiera podido evitarlo, hasta el punto de que ya no le quedaban ganas de mantenerla.
Se inclinó hacia él y lo besó, esta vez sin la urgencia desesperada de la primera noche, sino con una calma deliberada, como quien por fin se permite hacer algo que llevaba tiempo queriendo hacer sin prisa por terminarlo.
Stephen respondió al beso llevando una mano a su nuca, deslizando los dedos entre su pelo todavía húmedo de la ducha rápida que se había dado al llegar, y Nina notó que el cansancio del turno se transformaba en otra cosa completamente distinta, algo cálido que le subía desde el estómago.
—Nina —dijo él, separándose apenas un centímetro, con la voz más baja de lo habitual—. Si quieres que pare, dímelo ahora.
—No quiero que pares.
Se levantaron del sofá sin soltarse del todo, y Nina lo guio hacia el dormitorio con la mano entrelazada en la suya, dejando atrás las cajas vacías de pad thai y las luces de la ciudad que entraban filtradas por la ventana de la cocina.
Cerró la puerta detrás de los dos con el pie, y en la penumbra del cuarto, iluminado solo por la luna que se colaba entre las cortinas mal cerradas, Stephen la miró con una atención que a Nina le pareció más íntima que cualquier otra cosa que hubieran hecho hasta entonces.
Se desnudaron despacio, sin prisa, entre risas bajas cuando a Stephen se le enredó un botón de la camisa y entre pausas para mirarse que decían más de lo que habrían podido decir en voz alta.
Cuando por fin cayeron juntos sobre la cama, con las sábanas frías todavía por debajo de ellos, Nina sintió que aquella noche —después de todo lo que había cargado durante el turno, después de las semanas de miradas robadas en Green Lake y de mensajes a la una de la madrugada— por fin encontraba un lugar donde descansar del todo.
Stephen la tocó con la misma atención cuidadosa con la que hacía todo lo demás, sin prisa, aprendiendo cada reacción de ella como quien memoriza un mapa nuevo, y Nina se dejó llevar sin la guardia que llevaba meses sosteniendo, dejando que él le devolviera, poco a poco, la calma que el trabajo le arrancaba cada semana.
Después, mucho más tarde, con las sábanas revueltas y la respiración todavía entrecortada, Nina apoyó la cabeza sobre el pecho de Stephen y escuchó los latidos de su corazón calmarse despacio bajo su oído, con la misma atención con la que habría escuchado un monitor cardiaco cualquier otra noche de trabajo, solo que esta vez no había ninguna urgencia detrás del sonido, solo la certeza tranquila de que todo, por una vez, iba exactamente bien.
—¿En qué piensas? —preguntó Stephen, con los dedos recorriendo despacio la espalda de Nina.
—En que llevo ocho años acostumbrada a escuchar corazones que necesitan ayuda. Y este es el primero en mucho tiempo que solo necesitaba compañía.
—Pues aquí me tienes. Sin urgencias de por medio.
Nina sonrió contra su pecho y cerró los ojos, dejando que el sueño la fuera venciendo despacio, con la ciudad entera fuera de la ventana, ajena por completo a que dentro de aquel apartamento pequeño de Capitol Hill dos personas acababan de encontrar algo que ninguna de las dos esperaba encontrar aquel verano.