Nunca en mi turno (Entre nosotros 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La segunda cita no llegó a completarse del todo, y fue precisamente eso lo que hizo que Nina, semanas después, la recordara como una de las noches más importantes de todo el verano.

Habían quedado en un bar de vinilos en Capitol Hill, a pocas manzanas del apartamento de Nina, un local pequeño con las paredes forradas de discos y un dueño que dejaba que cualquiera pusiera una canción de la colección si prometía tratarla con cuidado.

Stephen había elegido una canción de Nina Simone nada más entrar, un gesto que a Nina le pareció casi demasiado perfecto, como sacado de una lista de cosas que hacen los hombres cuando quieren impresionar a alguien, hasta que él le confesó que en realidad la había puesto porque era la única artista del catálogo cuyo nombre coincidía con el de ella y le había parecido gracioso.

—Eso es mucho menos romántico de lo que había pensado —dijo Nina, riendo, con una copa de vino tinto entre las manos.

—Prefiero la honestidad a la elegancia. Es otra de mis rarezas.

Llevaban cuarenta minutos hablando de nada en concreto —de un documental que Stephen había visto sobre las profundidades del Puget Sound, de un libro que Nina estaba leyendo sobre un asesinato en un tren escocés— cuando el móvil de Nina vibró sobre la mesa con la insistencia particular de una llamada de trabajo.

—Lo siento —dijo, mirando la pantalla—. Es la central. Estoy de guardia esta noche, me tocó cambiar el turno con una compañera.

—Contesta, claro.

Nina se apartó hacia la puerta del bar para hablar, y Stephen la observó desde la mesa mientras ella asentía, apuntaba algo en el dorso de la mano con un bolígrafo prestado y cambiaba, en cuestión de segundos, de la mujer relajada que se había reído de su broma sobre Nina Simone a la profesional concentrada que Stephen había visto por primera vez la noche de la feria.

—Tengo que irme —dijo, volviendo a la mesa y recogiendo su chaqueta—. Accidente múltiple en la I-5, necesitan refuerzos. Lo siento muchísimo, sé que acabábamos de pedir la segunda copa.

—No te disculpes. Vete.

—Es que...

—Nina. —Stephen le puso una mano en el brazo, con suavidad, deteniéndola un segundo—. Hay gente que te necesita en este momento más de lo que te necesito yo tomando vino en un bar de vinilos. Vete. Yo pago la cuenta y te espero despierto, si quieres, para saber que has llegado bien a casa.

Ella lo miró un instante, sorprendida por la sencillez con la que él había resuelto lo que en otras circunstancias podría haberse convertido en una escena incómoda, y sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho, una tensión que ni siquiera sabía que llevaba cargando desde la primera relación seria que había tenido, en la que cada llamada de trabajo se convertía en una discusión sobre prioridades.

—Te escribo cuando termine —dijo—. Puede que sea tarde.

—No me importa la hora.

Nina se marchó corriendo hacia la parada de metro más cercana, y Stephen se quedó en el bar, terminando su copa despacio, pensando en la manera exacta en que ella había cambiado de postura al recibir la llamada, en la rapidez con la que había vuelto a ser la mujer que él había visto arrodillada junto a él en el asfalto, con las manos firmes y la voz clara, incluso cuando todo alrededor era caos.

Le escribió a la una y media de la madrugada.

"Ya en casa. Turno horrible, tres heridos graves, uno no lo hemos podido salvar. Necesito dormir pero no quería que te quedaras despierto sin saber."

Stephen, que llevaba desde las once sentado en su apartamento con la televisión encendida sin sonido, contestó al instante.

"¿Estás bien?"

"No del todo. Pero sé lidiar con esto. Gracias por preguntar."

"¿Quieres que vaya?"

Hubo una pausa larga antes de que ella respondiera, tan larga que Stephen empezó a pensar que se había quedado dormida con el móvil en la mano, cosa que le pareció comprensible después de un turno como el que le había descrito.

"Sí", escribió por fin Nina. "Si no te importa venir a estas horas."

Stephen se puso una chaqueta encima del pijama, cogió las llaves y condujo hasta Capitol Hill sin pensárselo dos veces, con las calles vacías de la madrugada y la radio apagada porque necesitaba silencio para pensar en qué decirle cuando llegara.

Nina le abrió la puerta en pantalón de pijama y una camiseta ancha, con el pelo suelto y los ojos hinchados de una manera que no tenía nada que ver con el sueño.

Stephen no dijo nada. Simplemente entró, cerró la puerta detrás de él y la abrazó, sin más ceremonia que eso, dejando que ella apoyara la cabeza contra su pecho durante un rato largo, en el que ninguno de los dos habló.

—Era un niño de ocho años —dijo Nina al final, con la voz apagada contra la tela de la camisa de Stephen—.

El coche del padre volcó en la I-5. Lo intentamos todo.

A veces se puede y a veces no, y llevo ocho años aprendiendo a vivir con la parte de "a veces no", pero hay noches en las que la lección no me sirve de nada.

—No tiene por qué servirte esta noche. Solo tiene que servirte para volver a levantarte mañana.

Nina levantó la cabeza para mirarlo, y en ese gesto, en la manera en que sus ojos —todavía brillantes, todavía cansados— se cruzaron con los de él bajo la luz amarillenta del recibidor, Stephen sintió que algo se decidía entre los dos sin necesidad de palabras.

Se inclinó despacio, dándole tiempo a apartarse si no quería, y cuando ella no se apartó, la besó.

Fue un beso lento, sin prisa, con una mano de él en la mejilla de Nina y la otra en su cintura, sosteniéndola con la misma firmeza tranquila con la que ella sostenía a sus pacientes cuando el pánico amenazaba con ganar la partida.

Nina cerró los ojos y se dejó ir un momento, soltando por fin el peso de la noche entera, y cuando se separaron, con las frentes todavía juntas, ninguno de los dos dijo nada durante un rato, porque no hacía falta.

—Quédate —dijo ella al final—. Solo para dormir. Esta noche no puedo con nada más que eso.

—Me quedo el tiempo que necesites.