CAPÍTULO 5
El restaurante que Stephen había elegido estaba en Ballard, en una calle lateral con adoquines desgastados y un letrero de neón azul que anunciaba mariscos y cerveza artesanal.
Se llamaba Kestrel & Salt, tenía mesas de madera recuperada de un antiguo almacén pesquero y una carta escrita a mano en una pizarra que cambiaba cada semana según lo que llegara del mercado.
—Vengo aquí desde que abrieron —dijo Stephen, apartándole la silla a Nina antes de sentarse él—. El dueño era programador antes de dejarlo todo para abrir un restaurante. A veces pienso que es la persona más valiente que conozco.
—¿Más valiente que tú?
—Yo solo fundé una empresa de ciberseguridad. Él dejó un sueldo de seis cifras para aprender a hacer un caldo de almejas decente. Eso es coraje de verdad.
Nina se rio y echó un vistazo a la carta, aunque en realidad estaba mirando de reojo a Stephen, que se había cambiado de la chaqueta de lana gris por una camisa azul oscuro con las mangas subidas y un reloj sencillo en la muñeca izquierda que combinaba con la seriedad ordenada de todo lo demás en él.
Pidieron ostras del Pacífico, un plato de mejillones al vino blanco y una botella de sidra artesanal de una destilería de Yakima que el camarero recomendó con el entusiasmo de quien la ha probado personalmente demasiadas veces.
—Cuéntame de tu padre —dijo Stephen, después de que les sirvieran la sidra—. Antes, en Green Lake, lo mencionaste rápido y luego cambiaste de tema. No hace falta que hables de ello si no quieres, pero tengo la sensación de que fue importante para que acabaras haciendo lo que haces.
Nina hizo girar la copa entre los dedos un momento antes de responder.
No era una historia que contara a menudo, y desde luego no en una primera cita de verdad, pero había algo en la manera de preguntar de Stephen —directa, sin rodeos, sin ese tono de compasión fingida que la gente solía usar cuando hablaba de muertos— que le hizo sentir que podía contarlo sin que se convirtiera en un momento incómodo.
—Se llamaba Erik. Trabajó veintidós años como paramédico en Seattle, la mayoría en la misma zona donde yo trabajo ahora.
Murió cuando yo tenía diecinueve, en un accidente de tráfico volviendo a casa después de un turno de noche.
No fue en el trabajo, eso es lo curioso.
Sobrevivió a incendios, a accidentes, a todo tipo de emergencias durante veintidós años, y murió porque un conductor se saltó un semáforo en rojo a las cinco de la mañana en la I-5.
—Lo siento.
—No hace falta que lo sientas. Fue hace mucho tiempo.
—Nina bebió un sorbo de sidra—. Pero sí, tienes razón en lo que has adivinado.
Me hice paramédico por él. No de manera consciente, al principio.
Estudié enfermería sin pensar mucho en las razones, y a mitad de carrera me di cuenta de que en realidad quería hacer exactamente lo que hacía mi padre.
Quería estar ahí, en el momento exacto en que alguien necesita que otra persona sepa qué hacer.
—Eso es un motivo bastante más noble que el mío para elegir carrera.
—¿Cuál es el tuyo?
—Quería demostrarle a mi padre que se podía tener éxito sin heredar su empresa de importación de maquinaria industrial.
Él llevaba treinta años construyendo un negocio para dejármelo, y yo, en vez de agradecérselo, me pasé la adolescencia desmontando ordenadores en el garaje y soñando con hacer otra cosa completamente distinta.
—¿Y se lo tomó bien?
—Tardó unos años. Ahora está orgulloso, creo, aunque todavía me pregunta cada Navidad si no he pensado en "diversificar" hacia la maquinaria industrial, como si la ciberseguridad fuera una moda pasajera de la que voy a cansarme en algún momento.
—A lo mejor deberías enseñarle el contrato con el segundo hospital más grande de Puget Sound.
—Se lo enseñé. Dijo que estaba muy bien, y después me preguntó si sabía algo de maquinaria de embalaje industrial porque un proveedor suyo se jubilaba.
Nina se rio con ganas esta vez, y la conversación siguió fluyendo con esa facilidad extraña que a veces se da entre dos personas que en realidad se conocen desde hace poco, pero que hablan como si llevaran años acumulando cosas que contarse.
Stephen le habló de Julian, de cómo se habían conocido en una conferencia de seguridad informática en la que los dos habían discutido durante cuarenta minutos sobre la arquitectura de un sistema de cifrado hasta darse cuenta de que estaban de acuerdo en casi todo y solo discutían por costumbre.
Nina le habló de Priya, de cómo se habían conocido en la residencia universitaria compartiendo una nevera diminuta, y de Mace, de las bromas privadas de cuatro años de turnos compartidos, de la vez que él había intentado convencerla de adoptar un mapache que habían encontrado herido en un aviso y que había terminado, contra todo pronóstico, en un centro de fauna silvestre en vez de en su apartamento.
—¿Y qué haces cuando no estás salvando vidas o corriendo alrededor de Green Lake? —preguntó Stephen, cuando ya habían terminado los mejillones y el camarero les preguntaba si querían ver la carta de postres.
—Leo. Mucho, en realidad. Novelas de misterio, sobre todo, cosas donde alguien tiene que resolver un problema con la cabeza fría. Supongo que es la parte de mi trabajo que más me gusta trasladada a la ficción.
—¿Y en tu trabajo real nunca te da miedo la cabeza fría? Quiero decir, tienes que tomar decisiones en segundos, con vidas humanas de por medio. ¿Nunca piensas, después, en lo que habría pasado si hubieras tardado un minuto más?
—Todo el rato —dijo Nina, con una honestidad que a ella misma le sorprendió—.
Pero si me quedara pensando en eso durante el turno, no podría hacer mi trabajo.
Así que lo guardo para después. Para las noches en que no puedo dormir, o para las carreras alrededor de Green Lake, que es donde en realidad proceso la mitad de las cosas que veo cada semana.
—¿Y funciona?
—La mayoría de las veces.
Pidieron un postre de mora y limón para compartir, y cuando Stephen le pasó la cuchara a Nina, sus dedos se rozaron un segundo más de lo que exigía la simple mecánica de pasar un cubierto, y ninguno de los dos apartó la mirada del otro mientras ocurría.
—Esto ha sido mejor que el chocolate a la taza que te prometí —dijo Stephen, cuando ya estaban terminando la sidra y la calle de fuera empezaba a llenarse del ruido apagado de un viernes por la noche en Ballard.
—El chocolate sigue pendiente.
—Entonces habrá que quedar otra vez.
—Habrá que quedar otra vez —repitió Nina, y notó que lo decía en serio, con las ganas intactas de que llegara el momento en que volvieran a verse.