Nunca en mi turno (Entre nosotros 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Los martes y los jueves, cuando el turno se lo permitía, Nina corría alrededor del Green Lake antes de que amaneciera del todo, cuando el parque todavía pertenecía a los patos, a un puñado de ciclistas madrugadores y a ella.

Era la única hora del día en que su cabeza se quedaba completamente en blanco, sin llamadas de emergencia, sin partes que rellenar, sin la voz de la central repitiendo direcciones por la radio.

Llevaba tres semanas viendo a Stephen Ashcombe en ese mismo parque.

La primera vez pensó que era casualidad.

Seattle tenía sus rutinas y Green Lake era un buen sitio para correr, así que no le pareció raro cruzárselo una mañana, con unos auriculares puestos y una camiseta técnica que se le pegaba a la espalda por el sudor.

La segunda vez, dos días después, ya empezó a sospechar.

La tercera, cuando él la saludó con la mano desde lejos como si ya fuera parte de su recorrido habitual, decidió preguntarle directamente.

—¿Me estás siguiendo? —le dijo, aminorando el paso hasta pararse a su lado, con las manos en la cintura y la respiración todavía agitada.

—Mi médico me recomendó ejercicio cardiovascular después del episodio de anafilaxia, para mejorar la respuesta general del sistema. Green Lake tiene la mejor vuelta de la ciudad. Cinco kilómetros exactos, superficie plana, sin cruces con coches.

—Eso suena a excusa preparada con antelación.

—Todas mis excusas están preparadas con antelación. Es mi mayor virtud y mi mayor defecto, según a quién le preguntes.

Nina se rio, y esa risa —que a ella misma la sorprendió por lo fácil que le había salido— pareció darle a Stephen el permiso que necesitaba para caminar a su lado el resto de la vuelta al lago, en vez de seguir con su ritmo de carrera propio.

—¿Y bien? —preguntó él, con las manos en los bolsillos del cortavientos—. ¿Vamos a fingir durante las próximas semanas que coincidimos por azar, o prefieres que quedemos directamente y nos ahorramos la parte de las coincidencias forzadas?

—Depende. ¿Quedar para qué?

—Para tomar algo. No café, porque imagino que después de un turno de doce horas ya lo llevas hasta en la sangre. Algo distinto. Hay un sitio en Fremont que hace un chocolate a la taza que podría cambiarte la vida, o al menos la tarde.

—Qué generoso, prometerme un cambio de vida por un chocolate.

—Soy optimista por naturaleza. Es otra de mis contradicciones.

Caminaron el resto de la vuelta hablando de cosas pequeñas: de que Nina llevaba ocho años en el cuerpo de bomberos de Seattle y que su padre también había sido paramédico, antes de morir en un accidente de tráfico volviendo de un turno de noche cuando ella tenía diecinueve años; de que Stephen había crecido en Tacoma, en una familia que esperaba que se hiciera cargo del negocio de importación de maquinaria de su padre y que en su lugar había estudiado ingeniería informática, para disgusto de las cenas de Navidad durante casi una década.

De que a ella le gustaba el senderismo en las Cascadas cuando tenía días libres seguidos, y que a él le gustaba desmontar cosas —relojes, routers, cerraduras viejas— solo para ver cómo estaban hechas por dentro.

—¿Y las vuelves a montar? —preguntó ella.

—Casi siempre. A veces sobra una pieza y tengo que fingir que era decorativa.

—Eso es exactamente lo contrario de lo que yo hago en mi trabajo. Si a mí me sobra una pieza al final, alguien tiene un problema serio.

—Por eso mismo creo que nos complementamos bien. Yo desmonto cosas sin miedo a las consecuencias y tú las vuelves a montar sin fallar ni una vez.

—Eso ha sonado más filosófico de lo que la conversación merecía.

—Es que llevo toda la semana pensando frases así para impresionarte y esta era la mejor que tenía preparada.

Nina negó con la cabeza, pero sonreía cuando llegaron de nuevo al aparcamiento donde ella había dejado la bicicleta, y por primera vez desde que había empezado a correr por Green Lake sintió una punzada de decepción al ver que la vuelta ya se había terminado.

—El viernes tengo el día libre —dijo, antes de poder pensárselo demasiado—. Si el chocolate a la taza sigue en pie.

—Sigue en pie. Sigue en pie desde la noche de la feria, para ser exactos.

—Eso es mucho tiempo esperando por un chocolate.

—He tenido paciencia. Es otra de las cosas que se me dan razonablemente bien, además de desmontar routers.

Se despidieron con un gesto que no llegó a ser un abrazo ni tampoco un simple adiós de conocidos, algo intermedio, una mano que rozó el brazo de la otra persona un segundo de más, y Nina pedaleó de vuelta a su apartamento en Capitol Hill con una sonrisa que no consiguió borrarse ni cuando pasó junto a un contenedor de basura que llevaba tres días sin recoger la ciudad y que apestaba a mediodía de julio.

Su compañera de piso, Priya Nandan, enfermera del turno de noche en el Swedish Medical Center, la esperaba en la cocina con una taza de té en la mano y una expresión que Nina ya conocía de sobra.

—Vienes sonriendo —dijo Priya, sin levantar la vista de la taza—. La última vez que viniste sonriendo así fue cuando te subieron el sueldo. ¿Te han vuelto a subir el sueldo?

—No.

—Entonces es un hombre.

—Es un chocolate a la taza.

—Con un hombre incluido, imagino.

Nina se sirvió agua del grifo y se apoyó en la encimera, mirando a su amiga con una mezcla de resignación y ganas de contárselo todo, que era exactamente lo que le pasaba siempre con Priya desde que se habían conocido en la universidad, hacía ya casi diez años.

—Se llama Stephen. Es el hombre de la anafilaxia de la feria de food trucks, ¿te acuerdas que te lo conté?

—El del EpiPen y la cara de susto.

—Ese mismo. Ha estado apareciendo por Green Lake las últimas tres semanas.

—Eso no es casualidad, Nina, eso es un plan.

—Ya lo sé.

—¿Y te molesta?

Nina se quedó pensando la respuesta más tiempo del que le habría gustado admitir, porque la verdad era que no, que no le molestaba en absoluto, y que llevaba mucho tiempo sin sentir esa mezcla concreta de curiosidad y ganas de que llegara el viernes que sentía ahora.

—No —dijo por fin—. Y eso es lo que más me sorprende de todo.