CAPÍTULO 3
—Tienes visita.
—¿Visita de qué tipo? Como sea otra vez el inspector de Hacienda preguntando por los recibos del año pasado, dile que ya hablé con él la semana pasada.
—No es el inspector. —Mace sonreía de una manera que a Nina no le gustó nada—. Es un hombre con una caja de pastelería y cara de no saber muy bien si está haciendo el ridículo.
Nina bajó las botas de la mesa antes de terminar de procesar la frase, y cuando llegó al garaje ya sabía, con una certeza incómoda en el estómago, a quién iba a encontrarse.
Stephen Ashcombe estaba de pie junto a la ambulancia, vestido con una chaqueta de lana gris que no era la misma que llevaba la noche de la feria, y sujetaba una caja blanca atada con un cordel rojo.
Se le veía la mandíbula ya deshinchada, los ojos sin el brillo de pánico de aquella vez, y el pelo peinado con una raya que a Nina le pareció casi excesivamente ordenada para alguien que se presentaba sin avisar en una estación de bomberos.
—Solberg —dijo él, a modo de saludo, y a Nina le sorprendió que se hubiera acordado del apellido.
—Ashcombe. Veo que ya no silbas al respirar.
—Gracias a ti. —Levantó la caja un poco, como si quisiera que sirviera de explicación—. Son de la pastelería de Fremont. Cruasanes de almendra, algo de chocolate y unos que llevan cardamomo que no sé cómo se llaman pero que estaban muy convincentes en el mostrador.
—¿Has venido hasta Denny Way solo para traer cruasanes?
—He venido hasta Denny Way porque no encontré una manera decente de darte las gracias en el hospital, y porque me pareció de mal gusto mandarte flores a un lugar de trabajo donde probablemente las flores estorban más que ayudan.
Detrás de Nina, Mace ya se había acercado disimuladamente, con las manos en los bolsillos y la sonrisa de quien está disfrutando de un espectáculo que no pensaba perderse.
—Yo acepto encantado los cruasanes en nombre de toda la unidad —dijo, tendiendo una mano hacia la caja.
—Mace.
—¿Qué? Los va a dejar aquí igualmente, ¿no? Es lo que se hace, se traen dulces y se comparten con el turno.
Stephen le pasó la caja a Mace sin apartar la vista de Nina, y algo en ese gesto —la manera en que no se distrajo ni un segundo, como si Mace fuera simplemente parte del decorado— hizo que a ella se le acelerara el pulso un poco más de lo que le habría gustado admitir.
—¿Tienes un minuto? —preguntó Stephen—. No para nada raro. Solo quería preguntarte cómo funciona esto de la adrenalina, por si tengo que explicárselo a alguien más en el futuro. Cosas prácticas. Nada personal.
—Ya sabes cómo funciona. Te lo dije en la ambulancia.
—Me lo dijiste con la mascarilla puesta y el cerebro todavía procesando que no me iba a morir. No es la mejor condición para retener información técnica.
Nina cruzó los brazos y lo miró un momento, calculando.
Llevaba cuatro años decidiendo en segundos si un desconocido merecía su tiempo, y normalmente el cálculo era instintivo y rápido: si alguien mentía, si alguien exageraba un síntoma, si alguien solo quería hablar por hablar.
Con Stephen Ashcombe el cálculo no le salía tan limpio.
—Diez minutos —dijo por fin—. Tengo que revisar el material de la ambulancia antes del cambio de turno.
—Puedo ayudarte a revisarlo mientras hablamos, si eso agiliza las cosas.
—No sabes revisar material médico.
—No, pero puedo sujetar cosas y asentir en los momentos adecuados. Es una habilidad que tengo muy desarrollada en las reuniones de mi empresa.
Nina soltó una risa breve, casi contra su voluntad, y le hizo un gesto para que la siguiera hasta el garaje, donde la ambulancia estaba aparcada con las puertas traseras abiertas de par en par.
Empezó a repasar el inventario del maletín —gasas, vendas, el tensiómetro, la reserva de adrenalina— mientras Stephen se apoyaba contra el lateral del vehículo con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Entonces, ¿qué fue exactamente lo que me pusiste?
—Epinefrina intramuscular. Contrae los vasos sanguíneos, relaja las vías respiratorias y evita que el shock anafiláctico te cierre la garganta del todo. Si no llega a tiempo, en quince o veinte minutos podrías haber perdido el conocimiento.
—Qué manera tan tranquila tienes de decir algo tan aterrador.
—Si me pusiera a temblar cada vez que trato a alguien que se está muriendo, llevaría dos días de baja por cada turno. Lo aterrador es para el paciente. Para mí es un procedimiento.
—¿Y nunca te afecta? ¿Ni siquiera un poco?
Nina dejó de contar las gasas un segundo y lo miró. Nadie solía preguntarle eso. La mayoría de la gente daba por hecho que su trabajo consistía en llegar, curar, marcharse, sin plantearse qué quedaba después en la cabeza de alguien que llevaba cuatro años viendo lo peor de la ciudad de cerca.
—A veces —dijo, con más honestidad de la que había planeado—. Pero eso no tiene nada que ver con lo que me has preguntado.
—Me interesa igual.
—Pues no debería. Acabo de conocerte.
—Técnicamente nos conocimos hace cuatro días. Y en esos cuatro días has salvado mi vida, has entrado en mi lista de personas a las que les debo un favor enorme, y te has reído dos veces de algo que he dicho. Eso, en mi experiencia, es más de lo que suele pasar en cuatro citas normales.
—¿Cuentas las risas?
—Cuento todo. Es una deformación profesional.
Nina cerró el maletín y se apoyó también contra el lateral de la ambulancia, a una distancia calculada, ni muy cerca ni tan lejos como para parecer que huía.
Fuera, el cielo de Seattle empezaba a soltar la lluvia fina que había estado amenazando toda la mañana, y el sonido sobre el techo metálico de la ambulancia llenó el silencio que se instaló entre ellos durante unos segundos.
—¿A qué te dedicas, para deformarte de esa manera? —preguntó ella al fin.
—Ciberseguridad. Tengo una empresa con un socio, protegemos redes de hospitales y de alguna aseguradora. Cosas que suenan más interesantes en una entrevista que en la vida real.
—A mí me suena interesante.
—Eso es porque no has tenido que sentarte tres horas a explicarle a un consejo de administración por qué necesitan actualizar un cortafuegos de 2015.
—Suena peor que un turno de doce horas en la Unidad 23.
—Puede que empatemos, entonces.
Se quedaron mirándose un momento más de lo necesario, y Nina notó que aquel silencio no le resultaba incómodo, cosa que la sorprendió más que cualquier otra parte de la conversación.
Estaba acostumbrada al silencio con Mace, que era un silencio de rutina, de compañerismo de años. Este era distinto. Este tenía peso.
—Tengo que volver dentro —dijo, apartándose del lateral de la ambulancia—. El turno cambia en veinte minutos.
—Claro. —Stephen se separó también, con las manos todavía en los bolsillos—. Gracias por los diez minutos. Y por el resto, otra vez, aunque ya sé que empiezas a estar harta de que te lo diga.
—Un poco.
—Lo tendré en cuenta.
Se marchó sin insistir en nada más, sin pedirle el teléfono, sin forzar una despedida más larga de la necesaria, y a Nina aquello le extrañó casi tanto como su visita.
La mayoría de los hombres que se presentaban con una excusa así solían rematar la faena con una petición directa.
Stephen se fue con la misma tranquilidad con la que había llegado, dejando tras de sí una caja de cruasanes que Mace ya había abierto sobre la mesa de la sala común.
—Uno con cardamomo —dijo Mace, mordiendo uno y cerrando los ojos con gesto teatral—. Este hombre entiende de bollería y de paramédicas. Yo que tú no lo dejaba escapar.
—Cállate y dame uno de chocolate.