CAPÍTULO 2
El informe de alta decía "reacción anafiláctica grado III, resuelta con adrenalina intramuscular y observación de seis horas", pero lo único que Stephen recordaba con claridad de toda la noche era el nombre de la mujer que le había clavado la aguja en el muslo sin pedirle permiso ni disculparse por ello.
Nina Solberg.
Llevaba dos días repitiéndolo en su cabeza como quien no puede dejar de tocarse una herida que ya no duele pero que sigue ahí, recordándole que existe.
—Estás otra vez en las nubes —dijo Julian Ferreira desde el otro lado de la mesa de reuniones, sin levantar la vista del portátil—. Llevas así desde el lunes. Si es por lo del contrato con la aseguradora, ya te dije que Marta se encarga de la letra pequeña, no hace falta que la repases tú también.
—No es el contrato.
—Entonces es la paramédica.
Stephen levantó la cabeza tan rápido que a Julian le dio tiempo a sonreír antes de que él pudiera negarlo.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no. Por eso llevas dos días preguntándole a todo el que se cruza contigo si conoce a algún bombero o si sabe en qué estación trabaja el turno de South Lake Union. Marta cree que estás investigando un posible cliente para el nuevo producto.
—Es que estoy investigando algo —dijo Stephen, cerrando el portátil de golpe—. Le debo una explicación como es debido. Me salvó la vida delante de cuarenta personas y yo lo único que le dije fue "gracias" dos veces con la voz de alguien que se está ahogando.
—Eso suena a explicación razonable para un hombre normal. Tú, sin embargo, llevas dos días revisando el listado de estaciones de bomberos de Seattle como si fuera el código fuente de un producto en fase beta.
Fenwick Systems ocupaba dos plantas de un edificio de ladrillo reformado en Fremont, con vistas al canal y una sala de reuniones que Stephen había diseñado él mismo hasta el último detalle: mesa de nogal maciza, sillas ergonómicas, una pizarra de cristal que se limpiaba con un producto especial porque Stephen no soportaba ver restos de rotulador seco en las esquinas.
Había fundado la empresa con Julian hacía seis años, después de dejar un puesto bien pagado en una consultora de ciberseguridad que, según él, llevaba la palabra "innovación" en la boca pero el alma en un manual de procedimientos de 1998.
Ahora Fenwick tenía cuarenta empleados, un contrato con dos hospitales de la zona de Puget Sound y un problema de gestión de calendario que Stephen resolvía, invariablemente, trabajando dos horas más de las que su cuerpo le agradecía.
—A ver, cuéntame el plan —dijo Julian, apoyando los codos en la mesa—. Porque algo me dice que ya tienes uno.
—Voy a llevarle algo a la estación. Como agradecimiento.
—¿Como qué? ¿Flores?
—No sé si los bomberos aceptan flores en el trabajo. Había pensado en algo de la pastelería de Fremont. Algo que se pueda compartir con todo el turno, no solo con ella.
—Muy diplomático. Y muy poco propio de ti, que sueles resolver las cosas con una transferencia bancaria y una nota escrita por Recursos Humanos.
Stephen no se rio, porque en el fondo Julian tenía razón y ese era precisamente el motivo por el que llevaba dos noches sin dormir bien.
No era un hombre de gestos espontáneos. Era un hombre de sistemas, de calendarios sincronizados, de reuniones que empezaban y terminaban exactamente cuando decía la convocatoria.
Su ex, Vanessa, se lo había dicho la última noche que pasaron juntos, hacía ya casi dos años, con esa voz cansada que la gente usa cuando ya no le queda energía ni para el enfado: "Contigo todo está agendado, Stephen.
Hasta lo espontáneo lo planificas con antelación".
Se había ido con un compañero de su bufete tres semanas después, y Stephen se había quedado con la sensación de que quizá tenía razón, de que en algún momento había cambiado la vida por una hoja de cálculo sin darse cuenta de en qué momento exacto había ocurrido el trueque.
Y ahora, sin embargo, estaba pensando en presentarse en una estación de bomberos sin cita previa, con una caja de pastelería en las manos, solo porque no podía sacarse de la cabeza la voz de una mujer que le había dicho "no te vas a morir en mi turno, así que ni se te ocurra" mientras él tenía la garganta cerrada por la mitad.
—¿Sabes en qué estación trabaja? —preguntó Julian.
—La Unidad 23 sale de la Estación 10, en Denny Way. Lo he mirado en el registro de despachos públicos.
—Eso es información pública que un hombre normal no consultaría por curiosidad.
—Soy el cofundador de una empresa de ciberseguridad, Julian. Consultar registros públicos es literalmente mi trabajo.
—Ya, pero normalmente lo haces para auditar vulnerabilidades, no para localizar a una paramédica que te gusta.
Stephen se levantó, se ajustó las mangas de la camisa —un gesto automático, casi un tic, que hacía siempre que necesitaba ordenar algo dentro de su cabeza— y se acercó a la ventana.
Desde allí se veía el puente de Fremont, con su tráfico lento de bicicletas y furgonetas, y más allá el brillo plano del canal bajo un cielo que llevaba toda la semana amenazando lluvia sin decidirse a soltarla.
—No sé qué es —dijo, más para sí mismo que para Julian—. Pero llevaba mucho tiempo sin sentir curiosidad por nadie. Y ahora mismo tengo mucha curiosidad por una mujer que me clavó una aguja en el muslo sin preguntarme si me parecía bien.
—Eso, amigo mío, se llama estar interesado. Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos.
—Muy gracioso.
—No es gracia, es alivio. Llevas dos años trabajando como si fueras a demostrarle algo a Vanessa desde la distancia, y ella ni siquiera sigue en la ciudad. Ve a la estación, lleva la caja de pastelería, y si la paramédica te manda a paseo, al menos habrás hecho algo que no estaba en tu calendario.
Stephen se quedó mirando el canal un rato más, dándole vueltas al plan como quien revisa un código antes de subirlo a producción, buscando el fallo que le impidiera hacerlo. No lo encontró. O quizá no quiso buscarlo con demasiado empeño.