Nunca en mi turno (Entre nosotros 2)
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CAPÍTULO 1
—South Lake Union, feria de food trucks, varón adulto, dificultad respiratoria, posible reacción alérgica —dijo, y bajó el volumen antes de que el pitido le taladrara el cráneo—. Mace, gira en la próxima.
Marcus Bellweather, su compañero desde hacía cuatro años, giró el volante con una mano mientras con la otra sujetaba un termo de chocolate caliente que llevaba media hora enfriándose en el portavasos.
—Cada viernes hay una emergencia en una feria de comida —protestó—. Un día la ciudad va a prohibir los food trucks solo por seguridad pública.
—O la gente va a dejar de comer gambas fritas rebozadas en polen de abeja, que también podría ser.
Mace soltó una carcajada corta y aparcó la ambulancia en batería, medio subida a la acera, junto a un grupo de carpas blancas y guirnaldas de luces que colgaban entre los postes.
Había gente por todas partes, platos de cartón en la mano, y en el centro de aquel caos un corro se había formado alrededor de un hombre que estaba en el suelo, apoyado contra la rueda de un food truck pintado de azul.
Nina bajó de un salto, con el maletín en la mano, y se abrió paso sin necesidad de levantar la voz. La gente se apartaba en cuanto veía el uniforme.
—Soy paramédico, dejadme pasar.
El hombre tendría poco más de treinta años.
Llevaba una camisa azul marino con las mangas subidas hasta el codo y una chaqueta gris tirada a un lado, como si alguien se la hubiera arrancado con prisa.
Tenía la cara hinchada, los labios morados en los bordes, y respiraba con un silbido agudo que a Nina le erizó el vello de los brazos.
Reconocía ese sonido. Lo había escuchado antes y sabía exactamente cuánto tiempo tenían.
—¿Cómo se llama? —preguntó, arrodillándose a su lado y sacando el fonendoscopio del cuello.
—Stephen —respondió una mujer que estaba agachada junto a él, con las manos temblando sobre su brazo—. Stephen Ashcombe. Ha comido algo con cacahuete, no lo sabíamos, el rollito llevaba salsa de cacahuete y él es alérgico, se lo he dicho a la del puesto pero...
—¿Tiene un autoinyector? ¿Un EpiPen?
—En la chaqueta, creo, en el bolsillo interior.
Nina no esperó a que se lo dieran. Registró la chaqueta ella misma, encontró el tubo naranja y lo destapó con un movimiento seco.
—Stephen. —Le puso una mano en el hombro para obligarlo a mirarla. Tenía los ojos azules, muy abiertos, con ese brillo de pánico que Nina conocía de memoria—. Te voy a poner una inyección de adrenalina en el muslo. Va a doler un segundo y luego vas a respirar mejor. ¿Me entiendes?
Él asintió, o lo intentó, porque el gesto se quedó a medio camino entre un cabeceo y un ataque de tos.
Nina clavó el autoinyector en el muslo por encima del pantalón, contó los segundos con los dientes apretados y retiró la aguja. Detrás de ella, Mace ya sacaba el balón de oxígeno y una vía.
—Vamos a necesitar una segunda dosis en quince minutos si esto no mejora —dijo Nina, más para sí misma que para nadie, mientras controlaba el pulso en la muñeca de Stephen—. Aguanta. La adrenalina tarda un par de minutos en hacer efecto, no te vas a morir en mi turno, así que ni se te ocurra.
Él soltó algo parecido a una risa ahogada entre el silbido de la respiración, y a Nina le sorprendió que, en mitad de un shock anafiláctico, a aquel hombre le quedara sentido del humor. La mayoría de la gente, en ese punto, solo tenía miedo.
—Mascarilla de oxígeno, dos litros —le dijo a Mace, que ya se la estaba colocando.
Le tomó la tensión mientras el color empezaba a volver a la piel del cuello de Stephen, poco a poco, y el silbido se iba apagando como una rueda que pierde aire despacio.
La mujer que estaba con él —Nina calculó que sería una compañera de trabajo, por la forma en que hablaba de "el proyecto" y "la reunión de las cuatro"— seguía repitiendo que lo sentía, que no sabía que llevaba cacahuete, que la del puesto había jurado que era solo sésamo.
—Ahora no es el momento de buscar culpables —dijo Nina, sin levantar la vista del monitor—. Ahora es el momento de que respire.
Stephen la miraba fijamente. No con el pánico de antes, sino con una atención distinta, como si estuviera memorizando algo.
Nina estaba acostumbrada a que la gente la mirara así después de un susto: la mezcla de gratitud y vértigo de quien acaba de entender que ha estado más cerca de la muerte de lo que pensaba.
No era la primera vez. No significaba nada.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó, apartándole la mascarilla un centímetro para que pudiera hablar.
—Como si me hubiera tragado un panal entero —dijo él, con la voz ronca—. Y como si alguien me hubiera dado una patada en el muslo.
—Eso ha sido yo. De nada.
—Gracias. —Lo dijo en serio, sin ironía esta vez, y algo en su tono hizo que Nina levantara la vista un segundo más de lo necesario.
Tenía el pelo castaño oscuro alborotado, como si se hubiera pasado las manos por él mientras esperaba a que llegara la ambulancia, y una cicatriz pequeña justo encima de la ceja izquierda que le partía el arco en dos.
Debajo de la hinchazón todavía visible en la mandíbula, Nina adivinó unos rasgos afilados, de los que en la ficha del hospital describirían como "angulares" y que en la vida real solo servían para hacer que la gente se fijara dos veces.
—Vamos a llevarte al Harborview para que te observen unas horas —dijo, incorporándose—. Las reacciones como esta pueden repetirse cuando el efecto de la adrenalina baja, así que no es negociable.
—No pensaba discutir con la mujer que me acaba de salvar la vida.
—Buena decisión.
Lo subieron a la camilla entre ella y Mace, con la eficiencia de quien lo ha hecho cientos de veces, y durante el trayecto Nina fue anotando las constantes cada dos minutos: saturación de oxígeno, frecuencia cardiaca, tensión.
Stephen no dejó de mirarla ni cuando le pusieron la vía en el dorso de la mano.
—¿Siempre eres así de mandona? —preguntó él, con la mascarilla ya colgando del cuello en vez de tapándole la boca.
—Solo cuando alguien decide entrar en shock anafiláctico delante de mí. El resto del tiempo soy encantadora.
—Me cuesta creerlo.
—Pues créelo, porque en cuanto lleguemos al hospital dejo de ser tu problema y paso a ser el de las enfermeras de urgencias.
Stephen sonrió, un gesto pequeño que le tiró de la comisura izquierda antes que de la derecha, y a Nina le pareció que era la primera vez en toda la noche que ese hombre parecía relajado del todo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Nina.
—Nina —repitió, como si quisiera comprobar que le quedaba bien en la boca—. Gracias, Nina.
—Ya me lo has dicho.
—Pues te lo digo otra vez, porque la primera vez todavía tenía la garganta cerrada y no sé si sonó tan sincero como quería.
Ella no respondió, pero le sostuvo la mirada dos segundos antes de volver a fijarse en el monitor.
Cuatro años de profesión le habían enseñado a poner una distancia exacta entre ella y cada paciente, una distancia que le permitía hacer bien su trabajo sin llevarse nada a casa.
Con Stephen Ashcombe, por primera vez en mucho tiempo, notó que esa distancia le costaba un poco más de lo habitual.
Cuando llegaron a Harborview y lo entregaron al equipo de urgencias, Nina firmó el parte, le dio los datos a la enfermera y se dio la vuelta para volver a la ambulancia sin mirar atrás.
Era lo que hacía siempre. Entregar, firmar, marcharse.
El paciente pasaba a formar parte del hospital, y ella volvía a la calle a esperar la siguiente llamada.
—Oye —dijo Stephen, cuando ya casi había cruzado la puerta de dobles hojas—. Nina.
Ella se giró.
—No sé ni tu apellido.
—Solberg —dijo—. Y no lo necesitas. Cuídate el brazo, la enfermera te va a sacar sangre dentro de un rato y duele menos si no aprietas el puño.
Se marchó antes de que él pudiera añadir nada más, y no fue hasta que estuvo sentada de nuevo en el asiento de la ambulancia, con Mace arrancando el motor, cuando se dio cuenta de que había sonreído sin querer.
—¿Qué? —preguntó Mace, mirándola de reojo.
—Nada.
—Ya, nada. —Mace negó con la cabeza y giró hacia la siguiente calle—. Llevo cuatro años contigo y sé perfectamente cuándo pones esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de "acabo de conocer a alguien y voy a fingir que no me ha afectado nada".
—Mace.
—Solo digo que el apellido no hacía falta dártelo si no pensabas volver a verlo.
Nina puso los ojos en blanco y subió el volumen de la radio, aunque durante el resto del turno, entre un aviso de caída en Belltown y un cólico en Eastlake, la cara de Stephen Ashcombe —la sonrisa torcida, la cicatriz sobre la ceja, el modo en que había dicho «gracias» la segunda vez, como si le hubiera costado más que la primera— siguió apareciendo en los huecos entre una llamada y otra, como una canción que se le hubiera quedado pegada sin que ella la hubiera pedido.