Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 15 Noventa días
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Capítulo 15 Noventa días

Narra: Irene Castell.

El penúltimo día del plazo amaneció con lluvia fina.

Desde la ventana de Trato Humano se veían las calles en escalera, mojadas y brillantes, y los cafés del barrio con la persiana a medio subir.

Llevaba levantada desde las cinco. Tenía un café frío al lado y la carpeta de la ATV abierta por la página de las cifras, la que Adrián había rehecho tres veces.

Él llegó con el pelo mojado y dos paraguas plegados bajo el brazo. Uno era mío. Lo había dejado en su mesa el primer mes, con la intención de que lo olvidara. No dijo nada del paraguas, y yo tampoco.

—Léela tú primero —dijo, y puso la carpeta delante de mí.

—Ya la leí. Léela tú en voz alta, para mí, como si fuera la ATV.

Adrián respiró hondo, como quien se prepara para una reunión que no quiere tener, y leyó. Las cifras eran limpias: contrataciones por zona, turnos del Centro Logístico, la ruta del aeropuerto a la ciudad. Cuando terminó, le pedí que se saltara la primera página.

—Esa no la voy a enseñar —dije—. Empiezo yo con la gente. Tú entras después, con los números, y dices por qué cada cifra tiene una persona detrás.

—Eso suena a discurso.

—Suena a lo que hacemos aquí. Si no te gusta, te quedas en la mesa junto al archivo y me lees las cifras cuando yo te lo pida.

Me miró de lado. Se le escapó una sonrisa corta, casi a pesar suyo.

—Trato hecho.

Pasamos la mañana repasando la presentación.

Nora llegó a media mañana con el abrigo mojado y se sentó en la mesa de fuera sin pedir permiso.

Traía la pila del centro, la mitad que yo le había dado, con las planillas ya puntuadas y, en cada una, una nota corta de ella.

«Esta mujer sabe cocinar. Dile que lo ponga en la hoja.

» «Este chico tiene tres trabajos y no ha dejado ninguno.

» Adrián las leyó una por una y, al terminar, dijo algo que no esperaba:

—Yo habría rechazado a la mitad de estas.

—Lo sé —dijo Nora—. Por eso no te las enseño antes.

Amparo entró después, con el paraguas cerrado y las gafas empañadas. Se quedó en la puerta, mirándonos a los dos, y luego dijo con su tono de siempre:

—Ya están otra vez con la carpeta. ¿Y quién ha comido?

Nadie había comido. Amparo se fue a la cocina y volvió con pan y queso. No preguntó más.

A mediodía sonó el teléfono de la mesa. Era Gonzalo Ferrer, de la ATV. Puso el altavoz porque quería que Adrián lo oyera.

—Mañana es la última reunión del plazo —dijo—. Quiero a los dos en la sala, en la sede del distrito financiero. Vértice estará allí con su equipo. Y, directora, la presentación no puede depender de una sola persona.

—No dependerá —respondí.

—Eso ya lo dijo usted la semana pasada. Ahora quiero verlo.

—Lo verá —dijo Adrián.

Cuando Ferrer colgó, Adrián se quedó mirando el teléfono. Yo sabía en qué pensaba. Vértice había mandado su propuesta con nuestras cifras, y la ATV la recibió igual que la nuestra. Eso no se arreglaba con una frase bonita. Se arreglaba con lo que hiciéramos mañana.

Por la tarde fui a buscar a don Eusebio Rojas a su casa del barrio. Estaba en el patio, con la ropa tendida, y se levantó despacio, apoyándose en la silla.

—Ya sé lo que vienes a pedirme —dijo.

—No vengo a pedirte nada. Vengo a decirte que mañana vamos a hablar de la gente de tu lista. Y quería que lo supieras.

Se quedó callado un momento. Luego sacó del bolsillo la planilla que había rellenado el día de la jornada, doblada en cuatro. Tenía la letra firme, de quien escribe despacio.

—Ponme en la sala —dijo—. Quiero oír cómo lo cuentas.

—Te pongo.

Amparo estaba en la puerta de su casa, con el mantón por los hombros, y me hizo un gesto con la cabeza, de los que sirven para decir «bien hecho» sin decirlo.

—No le des el discurso —me dijo cuando me despedí—. Dale la planilla y calla. Ellos saben leer.

Esa noche, en Trato Humano, Adrián y yo nos quedamos hasta tarde.

No hablamos de nosotros. Hablamos de qué decir a la ATV, de qué no decir, y de la frase que Lucía Benavente iba a usar para decir que la nuestra era una filtración.

Adrián propuso algo que no esperaba: que Vale Corp siguiera con la plataforma técnica, pero con una persona revisando cada rechazo antes de que nadie recibiera un correo.

Lo dijo sin mirar la carpeta. Pensaba en Marta Solís, a la que había dejado fuera con un 38 en la pantalla, y en el correo de baja que había recibido don Eusebio sin que nadie lo leyera antes de salir.

—Eso es lo que hacía Amparo cuando empezó —dije—. Mirar a la persona antes que al papel.

—Lo sé. Me lo dijiste en la jornada del barrio.

—No me acuerdo de habértelo dicho.

—Lo dijiste mirando a don Eusebio. No a mí.

Me reí, y él se rió también, sin ganas de discutir. Esa era la diferencia entre el Adrián de hacía tres meses y el de esa noche: ya no le hacía falta ganar cada frase.

El día noventa amaneció sin lluvia. El distrito financiero tenía el cielo gris y las torres de cristal reflejaban nubes.

La sede de la ATV era un edificio sin gracia, con una sala de reuniones de mesa larga y una pantalla apagada en la pared.

Llegamos juntos en el teleférico, sin hablar de cifras en la cabina, como habíamos acordado.

Adrián llevaba su carpeta. Yo llevaba la mía y el paraguas, que él me devolvió en la entrada con una sonrisa.

Vértice ya tenía su gente sentada a la mesa.

Lucía Benavente, directora comercial, con un traje azul y una carpeta casi igual a la nuestra.

Junto a ella, un abogado que no paraba de tomar notas.

La silla de Bruno Vale estaba vacía. Vale Corp había mandado a su asesor, un hombre con gafas que no levantó la vista hasta que Adrián se sentó.

Ferrer abrió la sesión sin preámbulos.

—Vamos a escuchar a Trato Humano. Después, a Vértice. Y después, decido.

Empecé yo. Hablé de Eusebio Rojas, de sus setenta y un años, de su planilla doblada en cuatro.

Hablé de la jornada en el Barrio de las Escaleras, de los cafés con las puertas abiertas y de la gente que nos esperaba en la calle antes de que llegara nadie con traje.

Dije que una planilla no es un formulario de la empresa, sino un papel escrito a mano por alguien que quiere trabajar.

Puse la planilla de don Eusebio sobre la mesa.

Ferrer la leyó con atención. Nadie me interrumpió.

Luego habló Adrián. No empezó con la pantalla, ni con las cifras, sino con una frase que había escrito a mano la noche anterior en el margen de su carpeta:

—Yo puntuaba a la gente sin leerla. Ya no. Cada candidato lleva una razón escrita antes de su número.

Después dio las cifras. Turnos del Centro Logístico, con el solapamiento de quince minutos que Tomás Gil había señalado; la ruta del aeropuerto a la ciudad; el ritmo de contrataciones para llegar a las dos mil personas en el plazo.

Habló claro y sin adornos. Cuando un consejero le preguntó por el porcentaje de error de la puntuación, Adrián dijo que no lo sabía con exactitud, y que por eso la revisión humana era parte del plan, no un añadido.

Lucía Benavente pidió la palabra. Habló de la propuesta de Vértice, de sus zonas y de su sistema automático. Luego dijo que la propuesta de Trato Humano tenía cifras internas que nadie fuera de la agencia debía conocer, y que eso demostraba falta de control.

Yo esperé a que terminara. No levanté la voz.

—Las cifras salieron de una cuenta —dije—. La cuenta tenía un nombre. El consejo de Vale Corp ya ha abierto una investigación sobre esa cuenta. Si quiere hablar de control, hable con ellos. Aquí solo hablamos de los dos mil puestos.

El abogado de Vértice cruzó una mirada con Lucía. Ella sonrió, con la boca apretada.

Ferrer dejó pasar un momento. Luego cerró su carpeta.

—La ATV adjudica el contrato de las dos mil contrataciones a Trato Humano. Vértice queda fuera del concurso por la filtración de la propuesta. Vale Corp mantiene la plataforma técnica, bajo supervisión humana en cada rechazo. Quiero dos firmas. Las firmarán ustedes dos, en esta sala.

Con el contrato ganado, la cláusula de devolución de acciones no se aplicaba. Adrián lo sabía desde la primera página del acuerdo, y asintió sin decir nada.

Nadie aplaudió. Ferrer no era de esos. Pero Eusebio, que había venido con Amparo a la sala de espera y entró al oír el nombre de su barrio en boca de Ferrer, se paró en el umbral con los ojos húmedos y la gorra en la mano.

Firmamos. Adrián firmó primero, con su letra inclinada, y me pasó el bolígrafo. Yo firmé con la mía y leí cada línea antes de poner el nombre. Ferrer lo notó y no dijo nada.

Al salir a la calle, Adrián se detuvo junto a un banco de piedra. No se sentó. Sacó el teléfono y lo miró un rato sin desbloquearlo.

—Me ha escrito Sorbel —dijo.

—¿Sorbel?

—Su director de estrategia. Dice que quieren a Vale Corp y que me ofrecen la presidencia de la empresa en Ardela, en la planta nueva. Dice que la venta sigue en pie solo si el consejo levanta hoy la suspensión. Si no, la oferta se retira.

Ardela estaba a dos horas en tren, en una ciudad industrial donde no se veía el valle.

Lo sabía por el mapa de la oficina. Adrián no me miraba.

Miraba la calle, con las manos quietas en la carpeta.

Seguía siendo el CEO de Vale Corp, y lo era esa tarde igual que esa mañana.

La oferta de Sorbel era justo eso: cambiar ese cargo por otro, en Ardela.

—No voy a decidir por ti —dije.

—No te lo he pedido.

—Ya lo sé. Lo digo antes de que me lo pidas.

Subimos juntos a Trato Humano por la tarde, sin prisas.

En el despacho, dejé sobre la mesa el documento que había preparado con Nora durante la semana: el acuerdo de asociación entre Vale Corp y Trato Humano, con la cláusula de la devolución de acciones tachada a lápiz y una sola línea nueva al final: «La última palabra en cada decisión es de Irene Castell.

» Adrián la leyó dos veces. Luego se rió, por primera vez en ese día.

—Iris te diría que lo leas tres veces —dijo.

—Iris me dijo que lo leyera dos. Y lo he hecho.

—¿Lo firmo?

—Lo firmas si quieres. Y si no quieres, no lo firmas, pero no me pidas que lo decida yo.

Adrián dejó el bolígrafo sobre el papel. Guardó silencio un largo rato. Afuera, en la escalera, se oían pasos de gente que volvía del barrio con las planillas bajo el brazo.

—Dime tú qué quieres —dijo al fin—. Una vez. Sin números.

Me quedé mirándolo. Pensé en el paraguas que él me había devuelto en la entrada de la ATV, en el café frío de la mañana, en la mano de don Eusebio apoyada en la silla.

Pensé en los noventa días que se habían acabado, y en que nunca había querido nada tanto como que él eligiera algo sin que yo se lo dijera.

—Ya te lo dije —respondí—: aquí las decisiones las firmo yo. Esta es tuya.