Capítulo 16 Quedarse
Narra: Adrián Vale.
Sorbel esperó hasta las nueve de la noche del día noventa para escribirme otra vez.
Lo supe porque el teléfono vibró sobre la mesa de la sala de juntas de Torre Vale, donde seguía con la carpeta abierta y el café frío.
El mensaje era corto. Preguntaban si había tomado una decisión.
Decían que la oferta de Ardela se retiraba a medianoche.
No contesté esa noche. Llamé a la mañana siguiente, a las ocho, antes de que llegara nadie al piso. Me contestó su director de estrategia con la voz de quien ya tiene escrito el comunicado.
—Señor Vale, ¿entonces?
—No —dije—. Gracias por la oferta. Me quedo en Altavera.
Hubo un silencio. Luego, un suspiro que sonó más a fastidio que a sorpresa.
—Sabe que la venta queda cerrada.
—La venta queda cerrada porque el consejo lo decidirá hoy, no porque yo se lo diga a usted. Buenos días.
Colgué antes de que contestara. Me quedé un rato mirando la ciudad desde el ventanal.
Desde la cuarta planta, donde estaba el archivo, no se veía nada del valle.
Desde la décima se veía todo: las vías del tren, los tejados del Barrio de las Escaleras y las torres de cristal del distrito financiero con sus luces encendidas.
Llevaba años pensando que mandar era tomar decisiones rápidas. Esa mañana había tomado una decisión sin una sola cifra delante. Y no me sentí más grande por eso. Me sentí más ligero.
El consejo se reunió a las diez. Bruno no vino.
Lo habían avisado por escrito, con la investigación interna sobre la mesa.
El acuerdo fue corto: la venta a Grupo Sorbel quedaba archivada, Bruno no ejercería funciones de dirección mientras durara la investigación y la plataforma técnica seguiría bajo supervisión humana en cada rechazo.
Tres consejeros levantaron la mano sin mirarme.
Otro me miró y dijo, en voz baja, que había leído mi frase sobre las razones escritas antes de los números. No le contesté. No hacía falta.
Cuando salí de la sala, mi secretaria me tendió un sobre de Bruno.
Dentro había una nota de una línea: «Lo personal no cotiza en bolsa.
» La rompí en dos y la tiré a la papelera.
No me hizo daño. Hacía meses que las frases de mi hermano no me hacían daño; me hacían pensar en lo que había hecho con ellas.
A mediodía llamé a Irene desde el pasillo.
—Lo he dicho —le conté—. No a Sorbel. Me quedo.
—Ya lo sé —dijo—. Me lo has dicho antes de que lo dijeras. Eso es lo que hace un jefe que escucha.
—¿Eso era un cumplido?
—Era una observación. Y tengo la última palabra.
Me reí tanto que una de las secretarias se asomó por la puerta de cristal.
—¿Vienes esta tarde? —preguntó ella—. Hay que firmar.
—Voy.
—Bien. Y tráete el paraguas. Llueve otra vez.
No llovía. Ni siquiera había nubes. Pero colgó antes de que pudiera decírselo, y me quedé en el pasillo con el teléfono en la mano, sonriendo como un bobo.
Esa tarde subí al teleférico solo. Había estado en esa cabina con ella dos veces: la del viento, cuando se detuvo y ella me contó su despido, y la del día noventa, cuando subimos sin hablar de cifras, como habíamos acordado.
Esta vez no había viento. La cabina subió sin pararse y el barrio se abrió debajo, con los cafés, las persianas medio subidas y la gente que volvía de trabajar.
Trato Humano tenía la puerta abierta. Dentro estaban Nora, con el abrigo puesto aunque hiciera calor; Amparo, con las gafas en la frente y el pan de la merienda en un plato; y don Eusebio Rojas, sentado en la silla más cercana a la ventana, con la gorra sobre las rodillas.
Irene estaba de pie junto a la mesa, con la carpeta de la ATV cerrada y el acuerdo de asociación encima.
—Llegas tarde —dijo Amparo.
—Son las cinco y cuarto —le contesté.
—Pues eso.
Nora se rió por lo bajo. Don Eusebio me miró por encima de la gorra y asintió, despacio, como si yo hubiera pasado algún examen que él había preparado. Eso me gustó más de lo que me gustaban los balances trimestrales.
Irene no dijo nada al principio. Me pasó el acuerdo y se quedó junto a la ventana, de espaldas, mirando la escalera. La línea final decía lo que había escrito con Nora: «La última palabra en cada decisión es de Irene Castell.» Debajo estaba mi nombre impreso, sin tachar.
Lo leí dos veces, como hace Iris con cualquier contrato. Luego lo leí una tercera, por Irene, aunque ella no lo supiera.
—¿Está todo bien? —pregunté.
—Está como lo dijimos —contestó sin girarse—. Si no lo firmas, no pasa nada. Si lo firmas, es tuyo tanto como mío. Y las decisiones de cada día las tomo yo.
—Lo sé.
—Entonces firma.
No era el acuerdo otra vez. Era el acta de cierre, una hoja aparte que dejaba constancia de que el acuerdo firmado el día noventa en la sede de la ATV seguía en pie, en los mismos términos, y de que la oferta de Sorbel quedaba descartada.
Firmé el acta con mi letra inclinada, en la línea de abajo.
Irene se acercó y firmó debajo, despacio, leyendo cada palabra en voz baja, como hacía con las cifras, y solo cuando terminó puso su nombre completo, sin abreviar.
Después dejó el bolígrafo sobre la mesa y me miró.
—Ya está —dijo.
—Ya está.
Nora aplaudió, una sola vez, y Amparo le dio un golpecito en el brazo para que se callara.
Don Eusebio se levantó despacio, con una mano en el respaldo de la silla, y se acercó a la mesa.
Puso encima de los papeles la planilla que le había dado a Irene el día 89, doblada en cuatro, y la desdobló con cuidado.
—Esta la quiero aquí —dijo—. Para que no se me olvide que me tocó a mí.
Irene le puso la mano en el hombro. No dijo nada. No hacía falta. Vi que le temblaba un poco la barbilla y que se la apretaba con los dientes, como cuando algo le duele y no quiere que se note.
Yo tampoco dije nada. Me acerqué a ella y le apoyé la frente en la sien un momento. Ella no se apartó. Luego me rozó la mejilla con los dedos, rápido, como quien comprueba que algo sigue en su sitio.
—No llores en el acuerdo —le susurré.
—No estoy llorando.
—Ya lo sé. Te lo digo para que lo recuerdes.
Me dio un codazo en las costillas. Amparo se llevó la mano a la boca para no reírse, y don Eusebio, sin levantar la vista de su planilla, soltó una risa corta que parecía de toser.
Fue entonces cuando sonó el timbre de la puerta.
Irene fue a abrir. Estaba de pie en el umbral, con la chaqueta de cuero colgada del brazo y una carpeta de color beis apretada contra el pecho. Iris Moret nunca llevaba carpetas de color beis. Siempre usaba las azules del bufete Osorio Lara. Esta era de otra cosa.
—He dejado el bufete —dijo, sin saludar—. Esta mañana. Me voy a ejercer por mi cuenta.
Nora se levantó de la silla. Amparo se quitó las gafas. Yo me quedé quieto junto a la mesa, sin saber si debía alegrarme o preocuparme.
—¿Y tú cómo estás? —le pregunté.
—Cansada. Feliz. Asustada. —Hizo un gesto con la mano, como si quisiera espantar una mosca—. Eso da igual. Esto es lo que te traigo.
Me tendió la carpeta. Irene se acercó a mi lado y la abrió conmigo.
Dentro había una reclamación en papel timbrado, con una foto de un hombre de unos cuarenta años con el uniforme del Centro Logístico del Valle.
Lo habían despedido por un sistema de turnos que lo marcó como «no disponible» sin que nadie le preguntara por qué faltó dos días.
Tenía una hija de siete años y un recibo de alquiler en el bolsillo de la chaqueta, según el informe, con la fecha del mes pasado.
—Es de la misma planta —dijo Irene en voz baja—. Del mismo sistema.
—Del mismo sistema —repetí, sin mirar a Iris—. Ya lo vimos con Marta Solís. Y con don Eusebio.
—Ya. Y este es el siguiente. —Iris señaló una línea de la reclamación con la uña—. Y el caso no lo va a cerrar nadie en un plazo de noventa días.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Don Eusebio fue el primero en levantarse. Se acercó a la carpeta, leyó la foto del hombre y dejó la gorra sobre la mesa.
—Pues empezamos mañana —dijo—. Con la planilla de siempre y la gente de la calle.
Irene me miró. Yo sabía lo que preguntaba sin decirlo: si ese caso también iba a ser nuestro, o si ya no era asunto de Vale Corp. Y sabía, sin tener que pensarlo mucho, cuál era mi respuesta.
Cerré la carpeta despacio. Luego la dejé sobre el acuerdo firmado y el acta nueva.
—Esto también es nuestro —dije—. Lo decide ella.
Irene no sonrió, pero le brillaron los ojos. Iris se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta, con la chaqueta de cuero todavía colgada del hombro.
—Bueno —dijo Iris, con la voz de una abogada que ya no tiene jefe—. Entonces esto empieza ahora.
Y se quedó mirando la escalera, donde se oían pasos de gente que volvía del barrio con las planillas bajo el brazo.