Capítulo 14 Junta
Narra: Adrián Vale.
La sala de cristal de Torre Vale tiene una mesa tan larga que, desde la cabecera, se ve a la gente pequeña al otro extremo. Esa mañana me senté en el lado de la ventana, con la carpeta de Iris delante y el teléfono boca abajo. No lo miré en toda la reunión.
Bruno llegó el último. Llevaba el traje gris de siempre y una sonrisa de cortesía que no le llegaba a los ojos. Me saludó con un gesto de cabeza, como a un socio más, y ocupó su sitio a mi derecha, a tres sillas de distancia.
—Adrián —dijo el presidente del consejo—, tienes la palabra. La convocatoria dice que la venta se vota hoy.
—Antes de votar, quiero leer una cosa —dije.
Hubo un murmullo. Alguien sacó la pluma. Bruno cruzó las piernas sin mirarme.
Empecé por el extracto del registro de accesos.
Lo había leído tantas veces esa noche que me salía sin pensar: fecha, hora, operación, usuario.
El lote de bajas de hace dos años, enviado en una sola tarde, con el usuario de Bruno en cada fila.
Le pasé una copia a cada consejero. Oí el roce del papel por la mesa, una silla que chirriaba, a alguien que tosía.
—Este lote no lo lanzó Plantilla —dije—. Lo lanzó el usuario de Bruno, con su cuenta, y salió con el correo de «Dirección de Plantilla» que recibieron las personas despedidas. Entre ellas, Irene Castell y un hombre de setenta y un años que fue maquinista de trenes de carga en el valle.
Nadie habló. Bruno se rió, bajito, como si le hubieran contado un chiste que no le hacía gracia.
—Esto es un expediente de un litigio menor —dijo—. Que una cuenta haga cosas que alguien tiene que explicar no es un delito.
—No lo sé —dije yo—. Por eso lo traigo al consejo.
Le pasé la segunda hoja. La copia de la propuesta de Trato Humano, con la lista de destinatarios.
Bruno Vale, cuarta línea. La misma cuenta que había lanzado el lote había reenviado la propuesta a una lista externa, y de ahí había llegado a Vértice Talento, con las cifras internas que solo estaban en las copias de la agencia.
Bruno dejó de sonreír.
—Yo no reenvié nada —dijo, con calma—. Adrián, sabes que la cuenta se comparte en el departamento.
—La cuenta es tuya. Tiene tu nombre.
—Mi hermano se equivoca de muchas cosas —dijo él, mirando a los consejeros—, pero no suele mentir sobre papeles. Esto lo ha preparado alguien para hacerle daño a la familia.
Lo oí y no me moví. No levanté la voz. Ya no me hacía falta.
—Hay una tercera cosa —dije—. La sociedad AV Capital Temprano se registró cuatro meses antes de la compra de la mitad de Trato Humano.
Su poder lleva el nombre «A. Vale». No lo firmé yo.
Lo firmó Darío Quiroga, que trabaja en la administración de Torre Vale bajo las órdenes de Bruno.
Bruno lo llamó «un trámite de oficina» cuando se lo pregunté.
Y lo dice la copia parcial de la escritura que tenemos en el archivo.
—Eso no prueba nada —dijo Bruno.
—Eso lo decidirá el consejo —respondí—. Yo solo traigo lo que hay en los papeles.
El presidente levantó la mano. Pidió una pausa de diez minutos y un abogado de la casa para revisar los documentos. Bruno se levantó, se alisó la chaqueta y salió con un teléfono pegado a la oreja, sin mirar atrás.
Cuando volvió, ya era otra persona. Las frases le salían más cortas. Dijo que el consejo no iba a votar nada con esas hojas, que su hermano estaba confundido por una mujer que le nublaba el juicio. Lo dijo mirando la ventana, no a mí. Nadie se rió.
El consejo votó. Suspender la propuesta de venta y abrir una investigación interna sobre el uso de las cuentas del sistema de plantilla. La mayoría votó a favor. Bruno no votó.
Recogí la carpeta. Me temblaban los dedos un poco, pero no era miedo. Era el alivio de haber dicho algo que llevaba dos noches quemándome la garganta.
Cuando salí de Torre Vale, el sol estaba alto.
Caminé hasta el cruce de la avenida y no cogí el coche.
Necesitaba andar. Pensé en Irene, en su voz de la tarde anterior, en la forma en que se había quedado en el despacho con las luces apagadas.
Y pensé en lo que yo había hecho durante dos semanas: cargar con todo, en silencio, para que nadie tuviera que pagar por mis decisiones. Eso tampoco había servido de nada.
Llegué a Trato Humano al atardecer. La puerta de la antigua imprenta estaba abierta, pero las luces del despacho de Irene estaban apagadas. Subí la escalera de piedra. Nora estaba en la cocina, con un trapo en la mano, y cuando me vio se quedó quieta.
—Está dentro —dijo—. No ha querido encender la luz.
—Gracias —dije.
—No me las des todavía. Primero dime qué has hecho.
—Lo que tenía que hacer.
Me miró un segundo más de lo normal. Luego soltó el trapo sobre la mesa y salió hacia la calle, sin cerrar la puerta. Amparo estaba sentada en una silla junto a la ventana, con las gafas puestas y un libro de fichas en el regazo. Me hizo un gesto con la cabeza.
—Ya era hora —dijo—. Ha pasado el día mirando la puerta.
Entré en el despacho. Irene estaba sentada a la mesa grande, con las dos manos sobre una carpeta cerrada y la copia de la propuesta de Trato Humano al lado.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera y la cara de quien no ha dormido.
Detrás de mí, en la mesa de fuera, seguía colgada mi chaqueta en el respaldo de la silla. La había olvidado allí tres días.
Irene se levantó despacio, como si pesara algo que no se veía.
—Adrián —dijo.
—Irene.
Hubo un silencio largo. Yo no lo llené.
—Me equivoqué —dijo ella.
No lo dijo en tono de derrota. Lo dijo como se dice un número que cuesta, con la barbilla alta. Pero le temblaba la voz en la última sílaba, y eso me afectó más que cualquier discusión.
—Lo sé —respondí—. Y yo me equivoqué con el reenvío. Tenías razón en eso.
—Tú no lanzaste ese lote. Lo sé. Lo vi en el extracto.
—Lo que sí sé ahora te lo tengo que contar entero, desde el principio. Y tienes que dejarme terminar.
Ella asintió, sin sentarse.
Le conté lo de Iris. Le conté la noche del archivo de Torre Vale, la copia parcial de la escritura, la hoja de firmas con el nombre de Darío Quiroga.
Le conté que Iris había pedido mi ayuda para revisar el registro de la sociedad, porque sospechaba de alguien más detrás.
Le conté que Iris había puesto en riesgo su bufete para conseguir esa copia, y que yo le prometí silencio porque, si Bruno sabía que lo teníamos, borraría el resto.
Le conté que me quedé callado en el pasillo, cuando ella me vio con Iris, y que sabía cómo parecía aquello.
Y le conté por qué esa noche no subí a buscarla a su despacho.
—Te fuiste sin decir nada —dijo ella.
—Me fui sin decir nada. Y tú te quedaste callada cuando me viste. Los dos nos equivocamos.
Irene se llevó una mano a la boca y la bajó enseguida. Se acercó a la mesa, cogió la copia de la propuesta y la volvió a dejar en su sitio, como si no supiera qué hacer con las manos.
—El correo de tu despido —dije, despacio—.
El de tu baja. Salió con el usuario de Bruno.
Yo no sabía que ese lote existía. Me enteré igual que tú, con el extracto delante.
Lo que sí es mi culpa es haber dejado que Bruno usara mi apellido en papeles que no leí.
Eso lo digo. Pero no firmé tu despido. No lo firmé.
Ella no contestó enseguida. Después dijo, casi en un susurro:
—Yo creía que tú lo habías mandado.
—Lo sé. Y creías que yo mandaba en todo. Eso no es cierto del todo.
—No quiero que me digas eso.
—No te lo digo para que te sientas mejor. Te lo digo porque es verdad.
Irene cerró los ojos un momento. Luego los abrió, y ya no había orgullo en la cara, solo cansancio.
—Ven aquí —dijo.
Di los pasos que había entre la puerta y la mesa. Ella me puso la mano en el pecho, sobre la camisa, como si comprobara que estaba entero. Después me abrazó, con la cara contra mi hombro. Le apoyé la mano en la espalda. Olía a café y a lluvia, y se quedó quieta mucho tiempo, respirando despacio.
Cuando se apartó, me besó en la frente. Breve. Como un sello.
—Necesito pedirte algo —dijo.
Me quedé quieto. Irene nunca me había pedido nada que no fuera una cifra o un plazo.
—Lo de la ATV —siguió, y se le notó el esfuerzo en cada palabra—.
La presentación es el último día del plazo, y no quiero hacerla sola.
No sé hacerla sin números, y tú sabes de números.
Pero tampoco quiero que la hagas tú por mí.
Quiero que la hagamos juntos, en la misma sala, delante de Ferrer.
Y que me digas lo que ves en la hoja antes de que yo la firme.
—Eso ya lo hacemos con los números —dije—. Lo que me pides es otra cosa.
—Lo sé. Te lo pido igual.
—Hecho.
Se rió, una risa corta, casi sorprendida de sí misma.
—No me lo pongas tan fácil —dijo.
—Entonces dame un número —respondí, y ella me dio un golpe flojo en el brazo, con el dorso de la mano, y eso fue lo más parecido a un acuerdo que habíamos tenido nunca.
Amparo asomó la cabeza por la puerta, con las gafas en la punta de la nariz.
—¿Ya habéis terminado de hablar a gritos? —preguntó, sin gritar.
—No hemos gritado —dijo Irene.
—Pues os he oído desde la cocina. Y eso es mejor que el silencio —respondió, y se volvió hacia la ventana, sonriendo para sí.
Me senté en la silla frente a la mesa. Irene se sentó enfrente. Entre los dos quedó la copia de la propuesta de Trato Humano.
—Ferrer decidirá en la última reunión del plazo. Quiere ver lo que enseñamos en la presentación. Y quiere a los dos.
—Entonces los dos iremos —dijo ella, y se levantó a por la cafetera.
Por la ventana, las luces de la calle se encendían una a una. Alguien había dejado la puerta de abajo entreabierta, y se oía la lluvia fina sobre las piedras de la escalera.
Irene me sirvió un café en un vaso de cartón. Lo dejó frente a mí y después se sentó otra vez, con las rodillas casi tocando las mías bajo la mesa. No apartó la mirada.
—Sigue siendo mi empresa —dijo.
—Lo sé.
—Y tú sigues siendo el que no sabe decir que no a una cifra.
—También lo sé.
Sonrió, por fin de verdad.
—Pues mañana empezamos a repartir pilas —dijo—. Nora se llevará la mitad, y tú revisarás las mías, pero no tocarás una sola planilla sin preguntarme antes.
—Trato hecho.
No dijo nada más. No hacía falta. Afuera, en la escalera, Amparo tosió dos veces, para avisarnos de que seguía allí, y nosotros lo dejamos estar.
—Hay otra cosa —dije—. Iris me llamó al salir de Torre Vale. Vértice Talento ha pedido a la ATV que descalifique a Trato Humano por la filtración. Dicen que la propuesta con sus cifras es prueba de que la agencia no tiene limpio el proceso.