Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 13 Pruebas
81%

Capítulo 13 Pruebas

Narra: Irene Castell.

Iris llegó a Trato Humano antes que Amparo, antes que Nora y antes de que yo acabara el primer café. Se quedó en la puerta con una carpeta contra el pecho y el abrigo todavía abrochado. Tenía ojeras que no se había molestado en tapar.

—No he venido a hablar con usted —dijo.

—Pues ya somos dos.

—Adrián no quiere ser él quien se lo dé. Dice que lo tiene que leer usted, sin él delante.

Dejó la carpeta sobre la mesa de la entrada, junto a la cafetera, y dio un paso atrás, como si el papel le quemara las manos.

—Léelo dos veces antes de firmar —dijo. No sonó a broma.

—Eso ya me lo dijo el día de la firma. Lo leí dos veces. No me sirvió de nada.

—Esta vez sí le servirá. —Me miró un segundo más de lo necesario y se fue sin esperar respuesta.

Me quedé de pie junto a la carpeta. Pensé en no abrirla hasta que llegara alguien. Luego pensé que llevaba tres días sin dormir bien y que, si esperaba, iba a leerla con los ojos de la espera. La abrí.

Dentro había dos documentos. El primero era un extracto del registro de accesos de Vale Corp, impreso en blanco y negro, con las filas marcadas a bolígrafo.

Cada fila tenía una fecha, una hora, una operación y un usuario.

Casi todas eran de rutina: consultas de nóminas, altas de proveedores, cierres de mes.

Las marcadas eran de hace dos años. Un lote de bajas, enviado en una sola operación, con el mismo usuario en todas las filas. Ese usuario era el de Bruno Vale.

Reconocí mi nombre en la quinta línea. Irene Castell, baja, plantilla de selección. Y debajo, con el mismo sello, otro nombre que no conocía y que luego supe que era el de don Eusebio Rojas.

Pasé la vista otra vez por la columna del usuario.

Bruno. Bruno. Bruno. No era un error de transcripción.

Era un lote entero de despidos, enviado en una tarde de martes, a nombre del hombre que se sentaba en el consejo y que me había llamado «señora Castell» con una cortesía que ahora me daba náuseas.

El segundo documento era la copia de la propuesta de Trato Humano, la que Vértice Talento había presentado a la ATV con sus cifras internas. Iris había subrayado la lista de destinatarios. Bruno Vale aparecía en la cuarta línea.

Me senté. La silla crujió.

Nora llegó con el abrigo mojado y la boca ya abierta para hablar de la lluvia. Se detuvo al ver la carpeta abierta sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Léelo tú.

Lo leyó de pie, con el abrigo puesto, y a mitad de la primera página se sentó sin darse cuenta.

Amparo entró después con su bolsa de pan.

Dejó la bolsa en la cocina sin prisa, se acercó, se puso las gafas y leyó en silencio, con el dedo siguiendo las filas como hacía con las fichas de los candidatos que no le convencían.

—Un lote de bajas —dijo al fin—. Un martes.

—Mi baja fue un martes —dije.

—Ya lo sé, mujer. Te lo vi en la cara nada más entrar.

Nora se frotó la cara con las dos manos. No dijo «te lo dije». Lo pensó, lo vi en sus ojos, y no lo dijo. Eso me dolió más que si lo hubiera dicho.

—Vale —dijo Nora, con la voz más baja de lo habitual—. Vale. Entonces el correo lo mandó alguien con el usuario de Bruno. Y la sociedad de la compra también huele a él. Y Adrián...

—Adrián no pulsó nada —dije—. Su nombre aparece en el poder, pero no en esta lista.

No sé por qué lo dije así. Tal vez porque las palabras salían solas, para no tener que pensar en lo que venía detrás. Amparo me miró por encima de las gafas, sin decir nada.

Abrí la copia de la propuesta y la puse junto al extracto.

Adrián había reenviado la propuesta por error a la lista de Vale Corp, eso lo había admitido días atrás, en la oficina, y yo lo había usado como prueba de su culpa.

Ahora veía las dos cosas a la vez. Su error era real, pero pequeño.

La copia que había llegado a Vértice no había salido de su reenvío.

Había salido de la cuenta de Bruno, con las cifras internas que solo estaban en las copias de Trato Humano.

Adrián había metido la pata. Bruno había metido la mano.

—Amparo —dije—, ¿cuándo se registró la sociedad?

—Hace cuatro meses. Antes de la compra. Ya lo sabe. Yo se lo dije.

—Lo sé. Pero no lo había pensado en este papel.

Amparo se quitó las gafas y las limpió con el borde del jersey, despacio.

—Eso es lo que hacen los que planean —dijo—. No miran lo que pasa hoy. Miran lo que pasará cuando usted ya esté cansada de esperar.

Nora se inclinó sobre la mesa.

—¿Y qué ganaba él con que el contrato se cayera?

Lo pensé en voz alta, paso a paso, como si explicara un contrato a un candidato que no quiere entender las cláusulas.

—Si perdemos el contrato, la ATV no paga, y Vale Corp cae en bolsa.

Si cae la empresa, Grupo Sorbel compra más barato.

Y si nosotras fracasamos, según el acuerdo, las acciones de Trato Humano vuelven a la sociedad con pérdida.

Y esa sociedad la controla Bruno. Recupera mi mitad a precio de saldo y ya no tiene que contar con nadie.

—Y te ofreció esa salida —dijo Nora—. Te lo ofreció en la obra, ¿no?

—Me lo ofreció. Y yo le dije que no.

Nora se quedó callada. Amparo no se quedó callada.

—¿Y usted cree que su socio sabía algo de eso?

No contesté enseguida. Miré la foto del extracto, la fila con el usuario de Bruno.

Me acordé de Adrián en la puerta del archivo de Torre Vale, de la mano de Iris sobre su hombro, de la luz verde de la cerradura.

Me acordé de cómo le dije que no quería una explicación bonita, y de que él no me la dio, y de que yo lo tomé como una prueba.

Me acordé de la chaqueta mojada colgada en el respaldo de su silla.

—No —dije—. Creo que no sabía nada. Creo que le dejaron el nombre en la mesa, como un sobre con su apellido, y que él no lo abrió.

—Y usted lo señaló como culpable —dijo Amparo, sin dureza—. Porque el nombre estaba en la mesa, y usted tenía un sitio donde poner la rabia.

—Sí.

Nora dejó escapar el aire.

—Irene —dijo—. ¿Vas a decírselo?

—Voy a decírselo a él. No a vosotras.

Nora asintió, aunque no le gustó del todo.

Lo cierto es que, en cuanto dije «no», empecé a ver cosas que había mirado sin querer verlas.

Adrián se quedó quieto en la puerta cuando lo vi la primera vez; no preguntó nada de cifras en la cabina del teleférico; me contó sus fallos antes de que yo se los reprochara.

Un hombre que acostumbra a mandar aprende a esconder el miedo detrás de un número.

Adrián había escondido el suyo detrás de su silencio, y yo lo había tomado por frialdad, porque a mí me resultaba más fácil odiar que entender.

No dije nada en voz alta. Nora tampoco me lo pidió. Pero dentro de mí, algo que llevaba dos años firme, la idea de que yo siempre tenía razón por haber sido la primera en sufrir, se había quedado sin apoyo.

Me levanté y fui hasta la mesa de Adrián. La silla estaba vacía. Sobre el respaldo seguía la chaqueta, ya seca, con las mangas dobladas hacia dentro. No la toqué.

Me quedé mirando la pantalla apagada y las carpetas ordenadas junto al archivo, la misma pila que él había mirado tantas veces sin atreverse a tocarla.

Quería ir a Torre Vale. Quería subir hasta la planta de la sala de cristal y decirle, delante de quien hiciera falta, que me había equivocado.

No lo hice. Tenía que oírlo él primero, de mí, y no en un pasillo ni con público.

Volví a mi mesa. Amparo me había dejado un bocadillo envuelto en papel de estraza. No lo quise, y lo acabé igual.

Un rato después llamé a Adrián. Sonó hasta el buzón. Lo intenté otra vez, y otra, y el buzón me contestó con su voz grabada de siempre. No dejé mensaje.

Nora se acercó con la taza en la mano.

—Adrián no coge —dije.

—Ya lo sé. —Dejó la taza sobre la mesa, sin mirarme—. Hace un rato lo vi salir del ascensor con el móvil en la mano. Dijo que subía a Torre Vale. Que tenía que cerrar una cosa.

—¿Solo?

—Solo, Irene. Con la camisa y sin chaqueta. Ni me miró.

Dejé el móvil boca arriba sobre la mesa, escuchando el silencio del buzón en mi cabeza.

Pensé en el archivo de la planta cuarta, en la tarjeta de Adrián y en la puerta de cristal.

Pensé en subir. No me moví. Si él había decidido enfrentarse a Bruno sin mí, yo no iba a aparecer como una tormenta en su planta.

Pero tampoco podía quedarme sentada, mirando el buzón.

Por la tarde, sonó el teléfono del despacho. Iris.

—¿Lo has leído? —preguntó.

—Dos veces —dije.

Hubo un silencio al otro lado. Luego oí su respiración, rápida, la de alguien que lleva el día entero corriendo detrás de un documento.

—Bien —dijo—. Entonces ya sabes que el lote no lo mandó Adrián. Y que la propuesta salió de la cuenta de Bruno.

—Lo sé.

—Hay otra cosa. —Se le quebró la voz un instante y se recompuso—.

Bruno ha convocado la junta de Vale Corp para mañana por la mañana.

Quiere votar la venta a Grupo Sorbel antes de que la ATV decida.

Si la ATV nos descalifica, la venta sale barata.

Si la ATV nos da el contrato, Bruno tendrá que explicar por qué convocó la junta antes. Y no va a poder.

—¿Y Adrián?

—Adrián va a ir a esa junta. Solo. Con lo que tiene.

Me quedé con el teléfono en la mano, mirando la chaqueta que seguía sobre el respaldo de la silla vacía.

—Irene —dijo Iris, más bajo—. Si él entra en esa sala sin que alguien lo sepa, va a salir con las manos vacías. Dile que lo sabes tú también. Dile que no tiene que cargar con todo.

Colgué sin contestar. Me quedé sentada, sin encender la luz. Nora, desde la puerta de la cocina, me miraba en silencio, y supe que había oído toda la conversación.

—Voy a esperarlo —dije—. Esta noche. Aquí.

Y por primera vez en dos años no supe si eso era orgullo o miedo.