Capítulo 12 Cotización
Narra: Adrián Vale.
Amparo me lo dijo en la escalera de Trato Humano, sin mirarme, como quien comenta que va a llover. Irene había cogido el coche a media tarde y había salido sin dar explicaciones. Solo había dejado una frase para el que preguntara: que nadie la siguiera.
—Me ha pedido que no vaya nadie —dijo Amparo—. Y usted es el único que no se queda quieto cuando le piden eso.
No contesté. Tenía la chaqueta todavía colgada del brazo y las llaves en la mano, y ya estaba bajando la cuesta.
La Estación Central del Norte estaba a las afueras del distrito financiero, en un terreno que hasta hacía un año era un descampado con un cartel de «Se vende».
Ahora había vallas de chapa, grúas amarillas y una hilera de pilotes de hormigón que se perdían hacia el fondo.
El viento soplaba fuerte desde la ladera.
Se metía por debajo de las lonas y hacía sonar las cadenas de las vallas como si alguien las estuviera sacudiendo para llamar la atención.
Aparqué al final del camino de acceso, junto a una caseta de obra con las ventanas empañadas. Desde allí se veía el andén a medio construir, y, al fondo, dos figuras de pie junto a una pila de vigas.
Una era Bruno. Lo reconocí por la postura, con el abrigo abierto y la cabeza un poco ladeada, como si estuviera escuchando una oferta que ya sabía que iba a rechazar. La otra era Irene.
Ella hablaba poco. Tenía los brazos cruzados y el pelo recogido de cualquier manera, con los mechones sueltos que el viento le empujaba a la cara.
En un momento levantó una mano, la cerró y la bajó, despacio.
Bruno dijo algo más. Ella dio media vuelta sin contestarle y caminó hacia el coche con el paso firme de siempre, esa forma suya de andar que no pide permiso a nadie.
Pasó a diez metros de mí. Me vio. Lo noté: bajó el ritmo un segundo y luego siguió sin detenerse. Tenía la cara cerrada del todo, como una puerta que alguien ha dado con la mano.
No la llamé. Si la llamaba, iba a tener que explicarle qué hacía yo allí, y todavía no sabía cómo decirlo sin que sonara a otra excusa.
Bruno me vio cuando ya estaba a dos pasos de él.
—Llegas tarde —dijo. Tenía la voz tranquila, la misma que usa en las juntas cuando ya ha ganado la votación—. Como siempre.
—¿Qué le has dicho?
—Lo mismo que te diría a ti, si me lo preguntaras con educación. —Sacó una mano del abrigo y se la miró, como si buscara algo en la palma—. Que su socia sabe quién es AV Capital Temprano. Que el nombre le suena a ti, porque el nombre es tuyo. Eso no lo he inventado yo.
—Mi nombre no está en ese poder.
—Tu nombre está en todo lo que has firmado en los últimos cinco años. Y en el correo que le llegó el día que la echaron. —Me sostuvo la mirada—. Eso lo ideaste tú. El sistema de plantilla lo gobierna la dirección, y la dirección eres tú.
Sentí el viento en la cara y tardé en contestar. No porque dudara, sino porque la frase me dio vueltas como una pieza que no encaja. Y cuando por fin encaja, duele más que si nunca hubiera encajado.
—Yo no he tocado el sistema de plantilla en mi vida —dije—. Lo sabes. Lo sabes porque lo has enviado tú.
Bruno no contestó enseguida. Miró hacia la grúa, luego hacia la valla, luego otra vez a mí.
—Eso dices.
—No es lo que digo. Es lo que hay. Un lote de bajas no sale solo, Bruno. Alguien tiene que apretar un botón con su usuario.
—Alguien con tu cargo, quieres decir. —Sonrió, pero sin ganas—. Qué cómodo sería que fuera así.
Me acerqué un paso. Él no se movió. Había dos obreros al otro lado de la valla que se pusieron a mirar las vigas con una atención excesiva, y vi que no quería que nadie oyera lo que iba a decir a continuación. Lo dije igual.
—¿Quién es Darío Quiroga?
Bruno levantó las cejas. No era sorpresa. Era cálculo.
—Un apoderado. Trabaja para mí.
—Trabaja para AV. Y el poder de AV se firmó a nombre de «A. Vale».
—Pregúntale a Iris qué firmó —dijo Bruno—. Ella lo sabe mejor que yo. Lleva dos noches en el archivo.
Eso me golpeó más de lo que quería. Que supiera lo del archivo quería decir que alguien le había contado a él lo que hacíamos allí, o que él mismo había mirado cómo lo hacíamos.
Me acordé de la foto en la pantalla del móvil, la luz verde de la cerradura, la mano sobre el hombro.
No dije nada. No hacía falta que él viera lo que me removía por dentro.
—Y a Irene le has ofrecido algo —dije.
—Le ofrecí una salida. Si vende, recupera sus acciones de Trato Humano a un precio muy bajo. Mucho más bajo del que va a valer si el contrato sale adelante. —Se encogió de hombros—. Lo pensó dos segundos. Y luego me dijo que no.
—Por eso se ha ido así.
—Se ha ido porque es lista. Y porque tú no has sabido explicarle nada en dos meses. —Bruno se apartó de la pila de vigas y se puso el abrigo bien, con un tirón de los hombros—. Lo personal no cotiza en bolsa, Adrián. Lo sabes desde que éramos niños.
Dio dos pasos hacia el coche, y entonces se volvió, como si se acordara de algo sin importancia.
—Y no vuelvas a la obra con tu chaqueta mojada. Pareces el socio que llega tarde a su propia junta.
Se fue por el camino de tierra. Cerró la puerta del coche de un golpe, y el sonido se quedó flotando un rato sobre las vallas.
Me quedé de pie entre las vigas. Pensé en lo que acababa de oír.
Bruno había confesado lo justo: que Irene sabía que la sociedad tenía mi apellido, que me culpaba de los despidos y que él le había ofrecido las acciones a precio de saldo.
Todo lo demás lo había dejado en el aire, a propósito.
Para que yo lo recogiera, o para que no lo recogiera nadie.
Lo más difícil de digerir no era que mi hermano me hubiera puesto en el papel de culpable.
Era que llevaba dos años haciéndolo. Dos años en los que yo había mandado en las reuniones, había firmado lo que me pusieron delante, había dado por buenas las cifras de plantilla sin preguntar quién las había lanzado.
Dos años pensando que el sistema era mío, cuando en realidad alguien lo usaba a mis espaldas y con mi nombre.
Me senté en el coche con las llaves sin girar. El viento seguía golpeando el parabrisas.
No llamé a Irene. Pensé en hacerlo y en decirle lo que acababa de descubrir, pero entonces oí su voz en la cabeza, la de la oficina con las luces apagadas: «No quiero una explicación bonita».
Y comprendí que lo que yo tenía no era una explicación bonita.
Era un nombre, un usuario y una mentira que Bruno había dejado a propósito en la mesa.
Esta vez no iba a callar por protegerlo a él. Tampoco a Iris. Lo que había guardado durante dos noches me quemaba en la garganta.
Arranqué el motor. Al llegar al cruce de la avenida, el teléfono vibró en el asiento del copiloto. Era Iris. Descolgué sin decir nada.
—¿Dónde estás? —preguntó. Tenía la voz áspera, la de quien ha pasado la tarde frente a una pantalla.
—En la obra. Acabo de hablar con Bruno.
—Lo imaginaba. —Hubo un silencio, y oí el crujido de una silla al otro lado—. Escucha, Adrián. Ya tengo la parte del registro de accesos que nos interesa. La que dice quién abrió el lote.
—¿Y qué dice?
Iris respiró hondo.
—El lote de bajas de hace dos años no salió con tu usuario. Salió con el de Bruno.