Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 11 Sin explicaciones
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Capítulo 11 Sin explicaciones

Narra: Irene Castell.

La foto me llegó al amanecer, mientras buscaba las llaves del coche en la entrada de casa.

Era de un número que no tenía guardado. Ni texto ni firma, solo la imagen: el cristal de la puerta del archivo, la luz verde de la cerradura, la mesa larga con la lámpara encendida y dos personas abrazadas en medio.

Una mano sobre un hombro. Desde fuera, parecía otra cosa.

La miré tanto rato que la pantalla se apagó y tuve que tocarla para volver a verla.

No necesitaba la foto para acordarme. Yo había estado en ese pasillo.

Había visto la puerta, la luz y a los dos dentro, y había dado la vuelta sin decir nada, con los tacones en silencio.

Ahora alguien me la enseñaba otra vez, enmarcada en cristal, para que no quedara ninguna duda de cómo se veía desde fuera.

Dejé las llaves sobre la mesa de la cocina y me quedé de pie. Hacía años que no me temblaban las manos por nada. Me tembló la izquierda, la que sujetaba el teléfono, y la apreté contra el muslo hasta que se me pasó.

Trato Humano seguía en la antigua imprenta, en la parte alta del barrio, con sus ventanales grandes y la escalera de piedra.

Llegué antes que nadie. Puse la cafetera, la apagué porque no tenía ganas de café y la volví a encender porque necesitaba algo caliente entre las manos.

Nora llegó con dos vasos de cartón y la cara de quien sabe que le van a preguntar cosas.

—Te lo dije —empezó, y se calló al verme la cara.

—Todavía no me has dicho nada.

—Irene...

—Déjalo.

Amparo subió la cuesta con su bolsa de pan, como cada mañana, y se quedó en la escalera con los ojos puestos en mí. Nadie le había pedido que estuviera allí. Tampoco hizo falta.

Adrián llegó poco después. Traía la chaqueta mojada; la llovizna de la noche no le había dado tregua en el camino.

Se quedó en la puerta un segundo, igual que el primer día, cuando no sabía si pasar o esperar a que lo llamaran.

Luego vio la foto que yo tenía en la mano, o vio mi cara, que debía de decir lo mismo.

—Buenos días, Irene.

—Vale. Buenos días. —Le puse la pantalla delante—. Sal al pasillo. Aquí nos oye media oficina.

Salió sin discutir. Amparo se apartó para dejarnos pasar y se quedó junto a la escalera, con la bolsa de pan contra el pecho.

—¿Quién te la ha mandado?

—No lo sé. Me llegó esta mañana, al amanecer. Sin texto.

—A mí también. Anoche, cuando salí de Torre Vale. Desde el mismo número.

Adrián no contestó a eso. Bajó la vista a la pantalla y la mandíbula se le tensó, esa que yo conocía de las reuniones, cuando algo le duele y no lo va a demostrar.

—Estabas en el archivo —dije—. Con ella. De madrugada.

—Sí.

—¿Qué hacías?

—No puedo decírtelo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte hoy. —Dio un paso hacia el pasillo, sin acercarse demasiado—. Le di mi palabra a Iris. Si hablo, Bruno lo sabe antes de que termine la frase, y no sé qué más tiene guardado.

Ahí estaba otra vez el nombre de Bruno. Lo oí como se oye el de un cliente que llama para quejarse de algo que no tiene que ver con nosotros. Lo guardé en algún sitio de la cabeza y seguí.

—Mira, Adrián. No quiero una explicación bonita. Sé cómo suenan. Son las que me dan los candidatos cuando mienten en la entrevista: frases redondas, con un detalle para que te fíes. No me interesan.

—No te voy a dar una bonita. —Me sostuvo la mirada, algo que hacía poco—. Te voy a dar la verdad cuando pueda. Hoy no puedo.

En la escalera, Amparo carraspeó. No me giré.

—Entonces lo dejamos así —dije—. Lo personal se acabó anoche, en ese archivo. No sé qué había entre nosotros, pero se acabó. Lo que queda es el contrato, y el contrato se hace con mis reglas.

Nora dejó su vaso en la mesa de la entrada como si fuera algo que no quería usar.

—Tu mesa sigue junto al archivo de carpetas —seguí—. Haces lo que te pida. Ninguna cifra sale sin que yo la lea. Ninguna visita a Torre Vale a mis espaldas. Y no quiero oír el nombre de Iris Moret en esta oficina más que para lo que dice el contrato.

Adrián asintió despacio. No preguntó si podía negociar, ni si podía explicármelo después, ni si podía pedirme una tarde. Cogió la chaqueta mojada, se la echó sobre el brazo y dijo:

—De acuerdo.

Eso fue peor que una discusión. Una discusión me habría dado algo a lo que agarrarme.

Fue a su mesa, la de siempre, junto a las estanterías de carpetas, y encendió el ordenador. No volvió a mirarme. Yo tampoco lo miré.

Nora se acercó despacio y me dejó el café, que ya estaba frío.

—No te lo digo para molestarte —dijo en voz baja—. Pero si lo dejas así...

—Lo dejo así porque es lo que hay. —Miré la pila de planillas que Nora se había llevado hace semanas, la que yo le había dejado llevarse—. Dame eso.

—¿Qué?

—Las planillas del centro. Las reviso yo.

—Irene, llevas días sin dormir, y encima quieres cargar con todo tú sola...

—Yo no duermo, Nora. Lo sabes. Dame las planillas.

Me miró como me miraba cuando éramos niñas y yo me negaba a bajar del árbol. Luego dejó la pila sobre mi mesa, sin cambiarle el orden, y se fue a la cocina. Cerró la puerta con un golpe suave, de los que no se hacen con fuerza pero se oyen.

Empecé a leer. Una planilla. Otra. Nombre, edad, profesión, la dirección de un barrio que conocía.

Algunas rellenadas a bolígrafo con letra temblorosa, otras con letra de maestro de escuela.

Ninguna tenía la culpa de nada. Y ninguna tenía que ver con lo que me apretaba el pecho.

Era parecido al correo de baja que leí sola en el coche hace dos años: un mensaje corto y automático que decía lo que decía sin preguntarme nada. Alguien decidía por mí sin dar la cara.

Yo no iba a hacer eso con nadie. Yo iba a leerlo todo.

A media mañana, Amparo se sentó a mi lado con la bolsa de pan vacía sobre las rodillas.

—Hoy no la he visto comer —dijo.

—Tengo trabajo.

—Eso ya lo sé. —Me miró por encima de las gafas—. Usted ha decidido que no se fía de nadie, y ahora se pone a leer planillas hasta la noche para no tener que oír a nadie. Lo mismo hacía yo cuando enviudé.

—No es lo mismo.

—No, es peor.

Se quedó en silencio un rato, mirando hacia la mesa de Adrián, que tecleaba sin levantar la cabeza.

—¿Y usted cree que él ha hecho algo malo? —preguntó.

—Creo que calla.

—Callar no es mentir —dijo Amparo, y se levantó con la bolsa en la mano—. Pero se parece.

Por la tarde, la oficina olía a café frío y a papel. Adrián trabajaba sin pedir nada. No se levantó para traerme cifras. No se acercó a la pila de planillas. Hacía lo que le había pedido, y lo hacía tan bien que me molestaba, porque yo quería que se equivocara para tener algo que decirle.

Lo que más me costaba no era la foto ni el archivo. Era que la parte de mí que siempre había querido creerle se había quedado callada, igual que él. Y no sabía si eso era una victoria o una derrota.

Ya era de noche cuando sonó el teléfono. Número que no tenía guardado. No hizo falta más para saber que era una llamada que no iba a gustarme.

—Irene Castell.

—Soy Bruno Vale.

Lo conocía de las fotos de la prensa de negocios: el mismo gesto frío que su hermano, pero sin las ganas de que lo quisieran. Nunca habíamos hablado.

—Sé quién es —dije.

—Mañana, en la obra de la Estación Central del Norte. Venga sola.

—¿Por qué iba a ir yo a una obra con usted?

—Porque si quiere saber por qué su socio calla, venga. —Se oyó un ruido de fondo, parecido al viento contra un cristal—. Y no le diga nada a él.

Colgó antes de que yo pudiera contestar.

Me quedé con el teléfono en la mano, en la oficina a oscuras. Al otro lado de la sala, la mesa de Adrián seguía con el ordenador apagado y la chaqueta mojada colgada del respaldo, como si alguien hubiera salido con prisa y pensara volver.