Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 10 Archivo
63%

Capítulo 10 Archivo

Narra: Adrián Vale.

Llevaba dos días sin decirle a Irene nada que no fuera de trabajo.

Dejaba la copia del plan sobre su mesa, le daba los buenos días desde la puerta del despacho y me iba a mi sitio, junto al archivo de carpetas.

Ella contestaba con una palabra o con un gesto de cabeza.

Yo lo tomaba como lo que era: una respuesta justa, o al menos la que ella consideraba justa, y no pensaba discutírsela.

Lo que no podía contarle era lo otro. Ni a ella ni a nadie de Trato Humano.

—Tengo la copia de la escritura —dijo—. Parcial. Las páginas cuatro y cinco y la hoja de firmas. El resto está en el archivo de la planta cuarta de Torre Vale, y el archivo no me deja entrar. Solo con tu tarjeta.

—Iris, si te pillan…

—Si me pillan, pierdo el bufete. Lo sé. —Hizo una pausa y oí cómo cerraba una puerta en su despacho—. Lo hago igual. Y te lo pido como abogada, no como amiga. Tienes que venir conmigo, y tiene que ser de madrugada, cuando no haya nadie en esa planta.

Pensé en Irene. Pensé en lo que me había dicho en la cabina: que no quería cifras, que quería que alguien le contara las cosas tal como habían pasado.

Y pensé que, si le contaba lo de Iris, lo iba a convertir en otra cifra: una hora, una tarjeta, una prueba.

Iris me pedía silencio y yo se lo di antes de que me lo pidiera del todo.

La noche del día 47 llovía fino sobre el distrito financiero.

El vestíbulo de Torre Vale tenía las luces apagadas, salvo la del mostrador.

El guardia de la entrada, que llevaba tantos años allí que ya no miraba a nadie, nos dejó pasar con un gesto.

Iris me esperaba junto al ascensor, con un abrigo oscuro y una carpeta pegada al pecho.

Tenía ojeras y el pelo recogido sin cuidado.

—Llegas tarde —dijo.

—Son las doce y veinte.

—Pues llegas tarde.

En la cuarta planta el pasillo olía a papel y a limpiador. La puerta del archivo tenía una cerradura de tarjeta con una lucecita roja. Pasé mi tarjeta. La luz se volvió verde y la puerta cedió con un clic que me sonó demasiado fuerte.

Dentro, las estanterías llegaban hasta el techo. Carpetas grises, etiquetadas a mano, con años y números de expediente. En el centro había una mesa larga con una lámpara. Iris dejó la carpeta sobre la mesa y la abrió despacio, como quien abre un libro antiguo.

—Ahí —dijo, y señaló una hoja—. Escritura de constitución de AV Capital Temprano. Fíjate en la fecha de inscripción.

La fecha de inscripción ya la conocíamos: cuatro meses antes de la compra. Lo que no sabíamos era lo que venía debajo. El nombre del apoderado, en letra pequeña, y una firma con una rúbrica que siempre acababa en una línea recta. La había visto antes en papeles de Torre Vale.

—Darío Quiroga —leí.

—Y ese apoderado actúa con un poder a nombre de «A. Vale». —Iris pasó el dedo por encima de la línea, sin tocar el papel—. El poder está firmado el mismo día que la inscripción. Esto no se improvisa.

—¿Y el resto?

—El resto está en el servidor. El registro de accesos, quién abrió qué archivo y con qué usuario. Eso no sale de aquí sin orden judicial, y tú lo sabes. Lo que tenemos es lo que alguien olvidó archivar bien.

Me quedé mirando la hoja. Tenía la sensación rara de estar leyendo mi propio apellido escrito por otro. Era una letra, una rúbrica y un hombre que trabajaba para alguien que yo conocía demasiado bien.

—Gracias —dije.

—No me des las gracias. Me debes una cena y una explicación a tu socia.

No contesté a eso. Iris sacó el teléfono, fotografió la hoja dos veces y luego la guardó en una funda transparente, con cuidado de no doblar las esquinas. Cuando terminó soltó un suspiro largo, de esos que uno ni nota que suelta. Cerró los ojos un segundo. Después se acercó y me abrazó.

Fue un abrazo corto y fuerte, de alivio, de dos personas que llevaban semanas cargando algo demasiado pesado. Yo le puse una mano en la espalda y le di dos palmadas, como se hace con alguien que acaba de salir de un examen difícil.

—Lo hemos conseguido —dijo contra mi hombro.

—Todavía no —contesté—. Pero sí, algo.

Ella se rió bajito, con la cara escondida. Y en ese momento oí pasos en el pasillo.

Me giré. La puerta del archivo tenía un cristal estrecho a la altura de la cara, y al otro lado, en la penumbra, estaba Irene.

Llevaba la chaqueta mojada por la lluvia y el pelo recogido de cualquier manera, como si se hubiera vestido en el coche.

Tenía el móvil en la mano. Nos miraba. No dijo nada.

Yo no la había visto llegar. Nora le había contado lo de Iris; no hacía falta preguntar cómo había llegado.

Ella tampoco había visto lo que había antes del abrazo: la carpeta, la lámpara, la hoja de la escritura, Iris explicándome una fecha.

Solo veía lo último. Una puerta de cristal, una luz verde y dos personas abrazadas en medio de un archivo, a esa hora.

Abrí la boca. Iris me apretó el brazo, con fuerza, cerca de la muñeca.

—No —dijo, muy bajo—. Si se lo cuentas, Bruno lo sabe antes de que termines la frase. Y lo borra todo. Tiene acceso a todo lo que no está en esta sala.

Miré a Irene. Ella me miraba a mí, con esa cara cerrada que pone cuando ya ha decidido algo antes de que la otra persona hable.

Podía salir al pasillo y explicárselo todo: que la foto era de un abrazo de alivio, que la mujer que me abrazaba estaba jugándose su bufete por una copia de papel, que había otra persona detrás de la sociedad y que la sociedad tenía que ver con mi apellido.

Tenía las palabras. Las tenía ordenadas, como siempre.

Pero pensé en la hoja que acababa de guardar Iris, en la foto que cualquiera podía hacer desde ese pasillo y mandar a quien quisiera.

Pensé en lo que Iris había arriesgado por mí.

Y pensé, y eso fue lo peor, que si le decía algo a Irene en ese momento, ella lo iba a tomar como una explicación más, de un hombre que siempre tiene un número a mano para contestar a lo que no quiere contestar.

Me quedé quieto. Irene dio un paso atrás. Luego otro. Se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor sin correr y sin hacer ruido con los tacones, que era lo peor que podía hacer, porque así se iba cuando no quería que nadie la siguiera.

—Irene —dije. Me salió una voz que no era la de mandar.

La puerta del ascensor se cerró.

Iris soltó el aire y se frotó los ojos con los dedos. Iba a decir algo, pero no lo hizo. Yo ya sabía que no hacía falta.

Recogimos todo. Iris guardó la carpeta en su bolso y yo apagué la lámpara. Cuando salimos, la luz roja de la cerradura volvió a encenderse detrás de nosotros, como si nada.

Bajamos en el ascensor sin hablar. En la recepción de mármol gris, sobre el mostrador, había una carpeta azul que no era mía.

La reconocí enseguida: era el archivo de la firma, el que Irene había traído para revisarlo.

Estaba allí, cerrada, con las esquinas alineadas, como si alguien la hubiera dejado con cuidado para que la encontrara quien pasara primero. No había ninguna nota. Solo la carpeta.

—Se la ha dejado a usted —dijo el guardia, sin mirarme, y se volvió hacia su pantalla.

Cogí la carpeta. Era más ligera de lo que yo esperaba. Iris me miró, y en sus ojos había una pregunta que no formuló: si iba a ir detrás de Irene esa misma noche, si iba a explicarle la foto que todavía no existía. Negué con la cabeza. No sabía qué decir, y eso era verdad.

Iris se fue en su coche por la calle ancha del distrito financiero.

Yo me quedé en la acera, con la carpeta bajo el brazo y la lluvia que se volvía más densa.

Pensé en llamar a Irene. Saqué el móvil y miré su nombre en la pantalla.

Lo volví a guardar. Si ella no quería hablar, una llamada a las dos de la madrugada sería otra forma de mandar, de decidir por los dos que hablábamos ahora.

Esperé en la acera un rato largo. Luego subí al coche y conduje hasta casa sin poner la radio.

Tardé en dormirme. Cuando por fin lo conseguí, el móvil vibró una vez sobre la mesilla. No tenía sonido, solo esa vibración corta que siempre me había parecido inofensiva.

Era un mensaje de un número que no tenía guardado. Ningún texto, ninguna firma. Solo una foto.

La habían tomado desde el pasillo de la cuarta planta.

Se veía el cristal de la puerta del archivo, la luz verde de la cerradura y, dentro, la mesa larga con la lámpara encendida.

Iris tenía los brazos alrededor de mi espalda.

Yo tenía una mano sobre la suya, o sobre su hombro, no se distinguía bien.

Parecíamos dos personas que se despedían después de mucho tiempo.

Miré la foto un buen rato, con la luz de la pantalla en la cara. Después la amplié hasta el borde del cristal, donde debía de estar la persona que la había tomado.

Allí no había nadie. Solo el reflejo de la luz del pasillo y, en la esquina, una mancha borrosa que podía ser un brazo, o una manga mojada, o nada.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesilla. Desde algún lugar de la ciudad, alguien que sabía dónde estaba yo y dónde estaba Irene había decidido que esa foto llegara a mis manos. Y ahora Irene tenía lo que había visto desde el pasillo, y yo tenía lo que había visto alguien más.