Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 9 Suspendidos
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Capítulo 9 Suspendidos

Narra: Irene Castell.

El teleférico subía despacio, como si cada cabina tuviera que pedir permiso al viento antes de avanzar.

Yo iba en la esquina de la izquierda, con la espalda contra el cristal frío y el bolso apretado sobre las rodillas.

Adrián estaba enfrente, con los codos en las rodillas y la carpeta del plan entre las manos.

No la abría. La tenía como quien sujeta algo para no tener que decir nada.

En la cabina íbamos seis personas más. Una señora con una bolsa de la compra llena de verduras, que no soltaba el asa ni para mirar por la ventana.

Un chico con auriculares que cabeceaba al ritmo de una música que se oía desde fuera.

Un señor de traje gris que escribía en el teléfono con el pulgar y resoplaba cada vez que la pantalla no respondía.

Una pareja mayor, de la mano, que hablaba bajito del barrio donde se habían criado.

Y un hombre con una caja de herramientas que no dijo ni buenos días.

Yo había cumplido mi parte del trato. No había hablado de cifras. Adrián tampoco, y eso era lo que más me molestaba, porque lo estaba pensando con tanta fuerza que se le notaba en la mandíbula.

Al pasar el primer soporte, la cabina dio un tirón y se paró.

Nadie gritó. La señora de la bolsa dijo «Ay» en voz baja y apretó el asa. El chico se quitó los auriculares. El señor del traje levantó la vista del teléfono por primera vez desde que habíamos salido de la estación de abajo.

—Es el viento —dijo el hombre de la caja de herramientas, sin mirar a nadie—. Pasa todos los días a esta hora.

—¿Y cuánto tarda? —preguntó el señor del traje.

—Lo que tarde el viento.

Afuera se movían las cuerdas de acero con un silbido agudo.

Desde la ventana se veía el distrito financiero, abajo, con sus torres de cristal y el tráfico que parecía quieto desde tan arriba.

Más allá, el barrio alto, las casas de piedra, la cuesta que yo conocía de memoria.

Trato Humano estaba allí arriba, en la antigua imprenta, con sus ventanales.

Podía verlo, o creía verlo. Me dio igual.

—No me gustan las cabinas —dije.

—Ya me lo has dicho —contestó Adrián.

—Pues te lo digo otra vez, por si se te ha olvidado en la subida.

Adrián no sonrió. Eso también lo anoté, aunque no sabía para qué.

Pasaron cinco minutos. Luego diez. La pareja mayor empezó a contar las ventanas de un edificio al otro lado del valle, como un juego.

El señor del traje se rindió y guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta.

La señora de la bolsa dejó de apretar el asa y la dejó descansar sobre sus rodillas, encima de una zanahoria que se le había salido.

Entonces Adrián habló.

—¿Te acuerdas del día que firmaste la compra? —preguntó, sin levantar la vista de la carpeta.

No era la pregunta que yo esperaba. Tampoco la que quería.

—Me acuerdo de todos los días desde entonces —dije.

—Yo no estaba. Lo sé. —Hizo una pausa. Alisó con los dedos la tapa de la carpeta, quitándole una arruga que no tenía—. Pero lo he visto en tu cara cada vez que alguien dice «Vale Corp» delante de ti. Y eso también es algo.

—No hace falta que me lo recuerdes.

—Ya sé que no hace falta. Lo digo porque es verdad.

Lo miré. Él seguía sin mirarme a los ojos, cosa rara en un hombre que había pasado cuatro noches sentado frente a mí leyendo planillas con la cara muy seria.

—¿Quieres que te cuente lo que pasó? —dije.

—Si quieres contármelo.

Eso no lo esperaba. Nadie me había dejado elegir si quería contarlo.

Hacía dos años, cuando llegó el correo, nadie de Vale Corp me llamó ni me lo explicó en persona.

Solo un texto: que era un proceso automático, que había un error en la plantilla, que lo sentían mucho.

Nadie me preguntó cómo quería que me lo dijeran.

Lo leí yo sola en el teléfono de mi casa, a las siete y media de una tarde, con el móvil en la mano.

Así que se lo conté.

Le conté que yo tenía veintinueve años y siete de experiencia en procesos de selección en Vale Corp.

Que había hecho las entrevistas de media ciudad y que sabía quién servía para qué con solo mirarle las manos.

Le conté que el correo llegó un martes, a las siete y media de una tarde, con un asunto en mayúsculas y un texto de tres líneas que me daba las gracias por mi colaboración.

Que la frase que más me dolió fue la de «su puesto ha quedado suprimido por reestructuración».

Como si yo fuera un paquete. Le conté que me senté en el suelo del pasillo de mi casa, en el Barrio de las Escaleras, con la espalda contra la pared, y que mi madre me encontró en la puerta de la cocina cuando volvió de coser para los vecinos.

No le conté que no lloré. Eso no lo dije en voz alta, pero creo que lo entendió igual.

Adrián escuchó sin interrumpir. No se movió. No dijo «lo siento» ni «no sabía nada», ni se justificó con números, ni sacó el móvil para buscar un registro. Tenía los dedos quietos sobre la carpeta y la vista puesta en mí, por fin.

Cuando terminé, la cabina seguía parada. El viento había cambiado de dirección y las cuerdas hacían un ruido distinto, más grave.

—Gracias por contármelo —dijo.

Nada más. Ni una explicación. Ni una frase como «yo no firmé nada».

Esperé, y ese silencio me dolió más que cualquier excusa, porque en el fondo había esperado que él dijera algo que me sirviera para seguir enfadada con él de la forma más cómoda.

No lo dijo. Y yo había estado esperando que lo dijera.

—No quería que te lo imaginaras de otra manera —dije, y me sorprendió lo bajo que me salió la voz.

—Ya lo sé.

—No sabes nada.

—Sé lo que has dicho. Y sé que no te lo he preguntado como debía.

Se inclinó hacia delante, con los codos otra vez en las rodillas. Por primera vez desde que nos conocíamos, no parecía el hombre que venía a mandar. Parecía alguien que había llegado tarde a algo importante.

—Hay una cosa que quiero decirte —dijo—. Lo de las cifras de la ATV. Lo de enviar el borrador sin preguntarte. Lo hice porque pensé que así les demostraba algo. Que yo también sabía hacerlo. Y no te pedí permiso, ni te lo consulté, ni te dejé decidir. Te dejé fuera. Y eso no está bien.

—No está bien —repetí.

—Lo siento. De verdad.

No dije nada en un primer momento. Miré la ventana, el valle, el viento que movía las cuerdas. Me temblaban un poco las manos, y las apoyé sobre el bolso para que no se notara.

Entonces Adrián levantó la mano, despacio, y me tocó la mejilla con los nudillos. Solo eso. Un roce. Yo no me aparté.

No sé quién se movió primero. Sé que el beso fue breve, más breve de lo que yo habría querido admitir después, y que sabía a café frío y a cansancio de cuatro noches.

Sé que la cabina seguía parada, que la señora de la bolsa miraba hacia otro lado con mucho interés, que el chico de los auriculares había vuelto a ponérselos sin darse cuenta de que no sonaba nada.

Sé que cuando nos separamos, Adrián tenía los ojos cerrados un segundo más de lo normal, como si quisiera recordar algo.

—No te hagas ilusiones —dije, en voz muy baja.

—No me hago ninguna.

—Pues eso.

La cabina dio otro tirón.

El teleférico se puso en marcha. Las cuerdas volvieron a cantar, la ciudad empezó a bajar bajo nuestros pies y el barrio alto se acercó poco a poco por la ventana.

Nadie dijo nada. La pareja mayor siguió sin hablar, pero ahora se tomaba de la mano con más fuerza.

El señor del traje volvió a sacar el teléfono y no lo miró.

La señora de la bolsa se acomodó las verduras en el regazo.

El hombre de la caja de herramientas cerró los ojos.

Yo miré a Adrián. Él miraba la carpeta. Pero la sujetaba con las dos manos, y se le había olvidado el gesto de mandar que tanto había usado conmigo en la mesa del archivo.

Era la primera vez que bajaba la guardia desde el día de la firma. Lo sabía mientras lo hacía. Y, aun así, no me arrepentí. Solo pensé que quedaba poco trayecto y que, si decía algo ahora, sería de cifras, y yo misma había dejado claro que de cifras no íbamos a hablar en la cabina.

Así que no dije nada.

Cuando por fin las puertas se abrieron en la estación del barrio alto, el aire olía a tierra mojada y a la humedad de la cuesta.

Adrián se levantó primero y me tendió la mano para ayudarme a salir.

La tomé. Solo un segundo, lo justo para bajar el escalón.

Después la solté, y los dos caminamos hacia la calle sin decir nada, como si ese beso se hubiera quedado dentro de la cabina, con la pareja mayor y el viento.

Subimos la cuesta en silencio. A mitad de camino, el móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué sin mirar quién era y vi el nombre de Nora en la pantalla.

—¿Dónde estás? —preguntó, sin saludar—. Te he llamado tres veces.

—En la cuesta. Volviendo de la ATV.

—Ah, bien. —Se oyó un ruido de cafetera de fondo, y luego su voz bajó de tono, como cuando se acerca a algo que no debía decir—.

Mira, Irene, no sé si te lo tengo que contar.

Pero Iris ha estado en la oficina esta tarde, con el sobre.

Le ha pedido a Adrián que se vea con ella a solas, de madrugada, en Torre Vale.

Lo ha dicho delante de mí, como si yo fuera la pared.

Y no sé, me ha dado mala espina, y lo he pensado y... bueno. Ya te lo he dicho.

Miré a Adrián, que caminaba dos pasos por delante, con la carpeta bajo el brazo y la cabeza un poco inclinada, pensando en otra cosa. No se volvió.

—Gracias, Nora —dije.

—No, si... Te lo dije, ¿verdad? Que hablo de más.

—Me lo dijiste.

Colgué sin despedirme. Me quedé quieta en mitad de la cuesta, con el móvil en la mano y el viento de la tarde en la cara. Adrián se había parado unos pasos más arriba. Se giró a mirarme, y en su cara había una pregunta que todavía no se atrevía a hacer.

No la hice tampoco. Pero ya sabía que, en cuanto llegáramos a Trato Humano y a la mesa junto al archivo, iba a tener que decidir si le pedía explicaciones o si me callaba, como tantas veces había hecho yo.