Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 8 Madrugadas
50%

Capítulo 8 Madrugadas

Narra: Adrián Vale.

Trato Humano de noche era otra oficina. De día, el ruido de la gente que entraba y salía de la antigua imprenta lo llenaba todo: voces en la sala grande, teléfonos que sonaban a la vez, alguien que se quejaba del café de la máquina.

Después de las once solo quedaban el radiador, el ladrillo visto de las paredes y el olor a tierra mojada de las plantas altas, que Nora regaba con una jarra de cristal que parecía sacada de otra época.

Llevaba cuatro noches allí. Nunca había pasado tanto tiempo en un sitio sin una cifra que enseñar al final del día, y al principio me molestó.

Luego empecé a notar otra cosa. Cada vez que levantaba la vista de mi mesa, junto al archivo de carpetas, encontraba a Irene al fondo, con la planilla delante y el bolígrafo en la mano.

Leía el nombre, la edad, el barrio y la línea final escrita a mano, y luego escribía una sola palabra en el margen.

Yo había intentado adivinar cuáles eran.

Eran «sí», «no» y, de vez en cuando, «mirar».

La quinta noche me pidió algo que no esperaba.

—Dame una razón —dijo, sin levantar la vista.

—¿Para qué?

—Para esta contratación. Ya tienes la puntuación. Dame la razón.

Tenía la puntuación delante: 71 sobre 100, con la columna de experiencia en verde y la de disponibilidad en amarillo. Se la leí. Irene me escuchó con el bolígrafo parado en el aire.

—Eso es un número —dijo—. No te he pedido un número.

—Es lo que tengo.

—Pues busca lo que no tienes. Es distinto.

Volví a la planilla. Al pie, con letra apretada, la candidata había escrito: «Sé cocinar para treinta personas con diez minutos de aviso.

Y no me asusta un turno de noche.» Lo leí dos veces, como me había enseñado Iris a leer los contratos, y noté que no había nada en esa frase que pudiera pasar a una columna.

—Porque sabe organizar a mucha gente con muy poco tiempo —dije—. Y ha dicho que no le asusta la noche.

—Eso es una razón. —Irene escribió una palabra en el margen y no me dejó ver cuál—. Ahora es tuya. Se la puedes decir a Ferrer con tus palabras.

La siguiente planilla era de un chico de veinte años que quería trabajar cerca de casa. Yo tenía una puntuación de 58 y estuve un minuto entero buscando una razón. Al final dije lo primero que se me ocurrió:

—Porque el formulario es azul, y eso siempre da buena impresión.

Irene se rió. Fue una risa corta, casi un resoplido, que se le escapó antes de que pudiera taparla con la mano. Miró el formulario, después me miró a mí, y volvió a reírse, más bajo.

—Te has equivocado con el color —dijo—. No con el número.

—Me he equivocado con todo.

—No. Con el color.

Pasamos media hora así. Yo leía una planilla, buscaba la frase de la persona que no encajaba en ninguna columna y se la leía en voz alta.

Ella me corregía sin levantar la voz, y a veces la corrección era solo una pregunta: «¿Y tú qué harías?

», «¿Te lo ha dicho él o lo has entendido así?

». En algún momento dejé de contar las planillas.

Me dolía la espalda, tenía el café frío junto al codo y no recordaba cuándo había sido la última vez que pasé una noche entera sin mirar el teléfono.

—Esto va lento —dije.

—Va al ritmo de la gente.

—Así no llegamos a dos mil.

—Pues ya sabes lo que hay que quitar —dijo ella, y volvió a su planilla.

No respondí. Tenía razón en lo que me preocupaba y en lo que no.

Cada entrevista así tardaba más de lo que yo habría querido, pero la ATV no iba a medir el contrato solo con las cifras que yo sabía leer.

No se lo dije. Tampoco le confesé que había empezado a leer cada planilla entera antes de puntuarla, como hacía ella, porque me daba vergüenza haber tardado tanto en darme cuenta.

Sobre la una de la madrugada, alguien llamó al cristal de la puerta de la calle.

Me levanté sin pensarlo y vi, en el reflejo de la lámpara, una silueta con un sobre bajo el brazo.

Era Iris. Llevaba el abrigo abierto y la cara de quien ha dormido muy poco en los últimos días y no piensa admitirlo.

No llovía, pero tenía el pelo húmedo de la niebla de la cuesta.

—Espera fuera —le dije, abriendo la puerta lo justo para salir yo—. En la escalera. Dame diez minutos.

—No puedo esperar diez minutos. Tengo algo que enseñarte.

—Pues lo enseñas en la escalera.

Iris me miró como si le hubiera dicho algo absurdo.

Bajó un escalón, se apoyó en la barandilla y apretó el sobre contra el pecho.

No dijo nada más, y yo tampoco. No sabía todavía qué había en esa carpeta.

Solo sabía que tenía que ver con la sociedad de la compra, que tenía que ver con mi apellido, y que hasta entender qué era, no quería que nadie de dentro viera ese papel. Ni siquiera Irene.

Cuando me giré para volver a entrar, la vi. Irene estaba de pie junto a la ventana de su despacho, con una mano apoyada en el marco y la otra quieta en el aire, sin nada en ella. Miraba hacia la calle. Hacia nosotros.

Cerré la puerta despacio y volví a mi mesa. Ella ya estaba sentada.

—¿Quién era? —preguntó, con el bolígrafo quieto sobre la planilla.

—Iris.

—Ya.

Hubo un silencio largo, de los que se llenan con el ruido del radiador. Esperé la pregunta siguiente. No llegó. Irene pasó la hoja, escribió una palabra en el margen y siguió leyendo, como si no hubiera visto nada. Ese silencio me pareció peor que cualquier pregunta.

Unos minutos después, sin que yo se lo pidiera, me dio la noticia.

—Ferrer ha llamado. Presentamos el plan en la sede de la ATV, en el distrito financiero, dentro de una semana. Quiere ver a la directora y al responsable de las cifras en la misma sala.

—Ya lo sabía.

—Ahora lo sabemos los dos. Vamos juntos. Él quiere las dos caras, ya lo sabes.

—Vamos juntos —repetí.

—Sí. Y tú no hablas por mí.

—Subimos en el teleférico —dije—. Es la única ruta sin atascos a esa hora. En coche, desde aquí, son más de veinte minutos por la cuesta, con tanto cruce y tanta curva. En la cabina, cinco.

Irene levantó por fin la vista. Me miró como se mira a un candidato que dice algo demasiado bien preparado.

—No me gustan las cabinas.

—Entonces mira por la ventana.

—Eso no es una solución.

—Es la única que tengo.

Se quedó callada. Afuera, el farol de la esquina parpadeó y volvió a su luz. Se oyó el motor de un coche que subía despacio por la cuesta, y luego ya no se oyó nada.

—Está bien —dijo al final—. Subimos juntos. Pero no me hables de cifras en la cabina.

—Acepto.

—Lo digo en serio, Vale.

Volvió a su planilla. Yo volví a la mía y, antes de puntuar a la siguiente candidata, la leí entera, de principio a fin, aunque tardara lo que tardara.