Capítulo 7 Sin dormir
Narra: Irene Castell.
Las planillas ocupaban toda la mesa del despacho.
Eran cientos, y cada una tenía un nombre, una edad, un barrio y una línea final escrita a mano, que casi siempre era lo más sincero del papel.
Las leía una por una, con el bolígrafo en la mano, y las dejaba en una de tres pilas.
La de la izquierda era la de sí. La del centro era la de quizá.
La de la derecha era la de no, y esa pila también la leía yo, por si me había equivocado.
Llevaba así desde antes de medianoche. Fuera, la calle del barrio alto estaba vacía, y solo se oía de vez en cuando el motor de algún coche que subía por la cuesta con las luces bajas.
Dentro, el radiador hacía ese ruido de tubería que nadie ha arreglado en la vieja imprenta, y yo lo escuchaba como quien escucha la lluvia. No llovía. Hacía semanas que no llovía.
Nora entró sin llamar, como siempre, con dos vasos de café en una mano y la chaqueta colgada del codo.
—Te lo dije —dijo—. Y te lo vuelvo a decir: no duermes.
—Duermo.
—Duermes en la silla. Eso no cuenta.
Dejó un vaso junto a mi codo, en un hueco libre de la mesa, y se sentó en el borde con las piernas cruzadas. Miró las pilas, miró la de la derecha, y luego me miró a mí, con esa cara suya de quien ya ha decidido que va a hablar aunque no le toque.
—Adrián me ha preguntado por ti —dijo—. Dos veces esta tarde.
—Porque la agenda es mía, y la tiene él.
—Ya. Por eso lo ha preguntado en la cocina, con la taza en la mano, mirando a la ventana como si el geranio fuera a contestarle.
—No estoy para tus historias, Nora.
—No es una historia. Es una observación. Hay una diferencia, aunque tú no la veas porque no has dormido desde el lunes.
Tomé el café y di un sorbo. Estaba frío. Me lo tomé igual, porque el calor de la taza era lo único de la noche que me sostenía las manos. Nora lo sabía. Por eso no insistió con el café. Insistió con lo otro.
—Dame la pila del centro —dijo.
—No.
—Irene.
—Tengo que ver esas planillas. Son las que dicen quién entra en el contrato. Si entra alguien que no debe, la ATV nos lo tumba en la primera revisión, y el contrato se lo queda la otra agencia, la que usa un programa que puntúa a la gente como si fueran piezas de recambio.
—Y tú no puedes con las dos mil personas.
—Puedo con las que leo yo.
—Pues dime cuántas has leído hoy.
No se lo dije. No sabía el número exacto, y no iba a inventármelo delante de ella. Nora se levantó, cogió la pila del centro, que tenía unas ciento cincuenta planillas, y la sostuvo contra el pecho como si fuera un libro de texto.
—La llamo yo, la reviso yo, la guardo yo. Tú me dices qué quitar y qué dejar.
Sentí algo raro en el estómago, una mezcla de alivio y de ganas de quitarle la pila de las manos. No hice ninguna de las dos cosas. La dejé ir.
—Esas son tuyas —dije—. Y no las cambies de pila.
—Te lo dije.
—Ya lo sé.
Salió con la pila contra el pecho, y yo me quedé mirando el hueco que había dejado en la mesa. Era pequeño, pero lo miré mucho rato. Después puse las manos sobre las planillas que me quedaban, las de la izquierda y la derecha, y no sabía por dónde empezar.
Me dormí sobre la mesa a media noche, o un poco después, con la cabeza sobre un montón de papeles. No soñé. Solo recuerdo la sensación de que el radiador dejaba de sonar y de que yo me hundía en algo blando y tibio, como cuando un niño cae en la cama después de un día de calle.
Cuando abrí los ojos, la luz de la calle había cambiado.
Ya no era la del farol de la esquina; era otra, más gris, que entraba por la ventana sin fuerza.
Tenía una marca roja en la mejilla, del borde de una planilla, y los dedos entumecidos.
Sobre mis hombros había una chaqueta de algodón que no era mía.
Olía a papel nuevo y a café que no se había hecho en esta oficina.
Adrián estaba en la puerta, con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo, como el primer día.
—Buenos días —dijo.
—No son buenos días. Son las seis.
—Son las seis y media. Y ha llamado Ferrer.
Me incorporé despacio. Me dolía el cuello y tenía la lengua pastosa. Me quité la chaqueta de encima y la dejé en el respaldo de la silla, con cuidado, como si el gesto dijera algo que yo no quería decir en voz alta.
—¿Cuándo?
—Hace cuarenta minutos. Te he dejado dormir. Lo he resuelto en la sala grande, con la puerta cerrada, por videollamada. Él quería hablar con la directora. Le he dicho que la directora estaba trabajando en la presentación y que yo llevaba los números.
—¿Y te ha creído?
—No. Pero ha aceptado.
Se apoyó en el marco de la puerta. No se acercó. Me miró con la atención de siempre, la que usa para leer una hoja de cálculo, aunque esta vez se le notaba que no quería que yo lo tomara como una cifra.
—Me ha preguntado quién decide en Trato Humano —siguió—. Le he dicho que ella decide todo. Que yo tengo los números, y que los números son míos, pero que lo que sale de este edificio lo firma ella. Y lo ha querido comprobar.
—¿Cómo?
—Ha dicho que la presentación final la firmen los dos, delante de la ATV. Él, por la parte de Vale Corp, y ella, por la de Trato Humano. Dice que quiere ver las dos firmas en la misma hoja, y las dos caras en la misma sala. Nada de un correo con una foto de la firma.
Sentí que algo se me apretaba por dentro.
Era la clase de condición que se pone a alguien que no se fía, y la ATV no iba a fiarse de una firma sin cara.
Pero también era una condición que me obligaba a estar, a sentarme frente a Ferrer con la cara descubierta, y eso lo había tenido claro desde el primer día: yo no iba a firmar nada que no hubiera visto con mis ojos.
—Muy bien —dije—. Que sea así.
—Ha sido así —dijo él—. Yo solo he dicho lo que es.
—No tenías que hablar por mí.
—No he hablado por ti. He dicho quién decide. Es distinto.
Me quedé callada un momento. Él no se movió.
Había en su cara algo que no conocía, una especie de cansancio que no venía de la falta de sueño, sino de haber cargado con algo durante demasiados días.
Llevaba días con esa cara, y yo no le había preguntado por qué.
Tampoco nadie me había preguntado a mí por la mía.
—Gracias —dije al final, y me costó más de lo que esperaba.
—No me las des. Me has dejado dormir encima de cientos de planillas.
—Son las que hay.
—Lo sé.
Se le escapó una sonrisa, pequeña, de las que no quieren ocupar sitio. Yo también sonreí, un poco. Luego él dijo que iba a preparar otro café, que el de Nora estaba frío desde las doce, y se fue hacia la cocina pequeña, donde la cafetera seguía sin limpiarse.
Me quedé sola con las planillas. Cogí la pila de la izquierda y la leí otra vez.
No encontré nada que no hubiera visto. Cogí la de la derecha y tampoco.
Luego pensé en la pila del centro, la que había llevado Nora, y me pareció que la mesa estaba demasiado vacía, como si me hubieran quitado un peso de la espalda y yo siguiera encorvada por costumbre.
Amparo llegó al mediodía, o eso creí, porque ya no sabía qué hora era.
Entró con su bolso de rafia y un sobre marrón, doblado por la mitad, que llevaba apretado contra el costado.
Se sentó en la silla de Nora, la que estaba junto a la ventana, y se quitó las gafas para limpiarlas en el borde de la blusa, sin prisa.
—Hija, tienes cara de haber dormido en un archivo.
—Me he dormido en la mesa.
—Peor. La mesa no tiene ganas de nada.
Dejó el sobre sobre las planillas, en el único sitio libre. Lo empujó hacia mí con dos dedos, sin abrirlo.
—He ido al registro público, al de las sociedades. Allí siguen con los libros de siempre, con las carpetas de cuero y los sellos de goma. Los nombres de los apoderados los he visto en la ventanilla, y las fechas las he visto en la hoja de inscripción.
—¿Qué fecha?
—Abre el sobre.
Lo abrí. Dentro había una copia de la hoja de inscripción de AV Capital Temprano, con su sello azul y una firma de funcionario que parecía haber sido escrita con prisa.
La fecha de registro estaba marcada en el recuadro de arriba.
Leí el día, el mes y el año, y luego volví a leerlos.
Después hice la cuenta, como siempre que tengo un número delante.
Cuatro meses.
Cuatro meses antes de que yo firmara la compra de la mitad de Trato Humano.
Cuatro meses antes de que nadie en la ciudad hubiera oído hablar de un tal AV Capital Temprano.
La sociedad ya existía cuando Amparo y yo todavía discutíamos en la cocina si la pintura de la sala grande tenía que ser más clara.
—¿Y el apoderado? —pregunté, aunque lo sabía.
—Darío Quiroga. Ya lo sabemos. Está en el poder, en la hoja cuatro. Lo que no sé es quién le mandó firmar. Eso no sale en ningún libro.
Pensé en el mensaje que había recibido el día que firmé: «Pregúntale a mi hermano quién firmó tu despido».
Lo había leído en el teléfono, de pie, con el bolígrafo todavía en la mano.
Lo había tomado como una provocación, la clase de cosa que dice alguien que quiere ver a otro sufrir.
Y había pensado, desde entonces, que Adrián sabía más de lo que decía, porque la sociedad llevaba su apellido en el poder y él no había querido explicarlo.
Ahora la fecha del registro me decía otra cosa.
Me decía que alguien había preparado esa sociedad con calma, con tiempo y con una idea muy concreta de quién iba a firmar al final.
No sabía si ese alguien era Adrián. No sabía si no lo era. Lo que sí sabía era que el número de la hoja no cambiaba con mis ganas de creer una cosa o la otra.
Amparo me observaba con las manos cruzadas sobre el bolso. No dijo nada durante un rato, y eso me pareció peor que cualquier reproche.
—¿Qué piensas? —preguntó al final.
—Que alguien tenía prisa por tener una sociedad lista, y que no me lo dijo nadie.
—Eso es lo que piensas tú. Yo pienso otra cosa.
—Dímela.
Amparo se inclinó hacia delante, con las gafas en la mano, y me miró directamente a los ojos, como hacía con los candidatos que intentaban engañarla con una carta de recomendación falsa.
—Esa sociedad existía antes de que tú firmaras nada.