Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 6 Plan
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Capítulo 6 Plan

Narra: Adrián Vale.

Lo envié de noche, desde mi correo personal, con un archivo de hojas de cálculo que me había llevado tres días montar.

No era un documento final. Era una propuesta de ritmo: veintiséis contrataciones diarias en vez de las veintidós que Castell había rechazado, cuatro frentes de trabajo a la vez, un calendario por zonas para la Estación Central del Norte y un cuadro de costes que cerraba con margen.

Lo mandé a la Agencia de Transportes del Valle con una frase de cortesía y el asunto en mayúsculas.

Me pareció una buena idea. En Vale Corp, cuando un cliente pide cifras, se mandan cuanto antes. Llevo diez años haciéndolo así.

No lo consulté con nadie. Ni con Nora, que a esa hora ya dormía con el teléfono en la mesilla, ni con Castell, que me había dejado claro desde el primer día que las cifras eran suyas.

Lo pensé de una forma que, esa noche, me pareció lógica: el contrato es nuestro, la ATV quiere números, yo tengo números.

La lógica me duró hasta la mañana siguiente.

Llevábamos veinticuatro días de los noventa.

Las sillas de la sala grande todavía olían a la lluvia que no había caído, o eso decía Amparo, que siempre tiene una teoría para el olor de las cosas.

Yo estaba en mi mesa, junto al archivo, cuando el señor Ferrer llamó a Trato Humano.

No preguntó por mí. Preguntó por la directora.

Desde la puerta de la cocina pequeña la oí decir «sí, señor Ferrer» y «lo revisaremos», con esa voz suya que suena a cortesía y no admite réplica.

Colgó sin despedirse, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de madera y se quedó mirándolo un momento, como si fuera a volver a sonar por voluntad propia.

Después se giró y me vio.

—A la cocina —dijo.

La cocina pequeña tiene una cafetera de hace años, una mesa de laminado que cojea y una ventana que da a un patio con una bicicleta sin ruedas y un tiesto de geranios secos.

Castell no se sentó. Puso las dos manos sobre la mesa y se inclinó un poco hacia delante, sin levantar la voz.

Nunca la oí gritar. Creo que habría sido más fácil.

—Ferrer acaba de llamar. La ATV quiere una reunión el jueves para hablar de tu propuesta. ¿Me explicas por qué tiene un borrador de mi empresa con tu nombre en el remite?

—Es un borrador. Son cifras de ritmo. Quería que vieran que podemos ir más deprisa.

—¿Más deprisa? ¿Y quién decide cuánto más deprisa?

—Yo tengo los números.

—Ya lo sé. Te he visto escribirlos todos los días en esa mesa junto al archivo. Los números los tienes tú. Las decisiones las firmo yo.

Tuve la respuesta en la boca. Era que el ritmo tenía sentido, que cualquiera con dos dedos de frente lo vería en la hoja, que la ATV necesitaba una cifra antes del lunes y yo se la había dado.

Todo eso era cierto y no servía de nada.

Lo que faltaba en ese correo era ella. Yo no le había preguntado.

En Vale Corp una decisión así se toma en un comité y nadie la discute; aquí se discutía con ella delante, y yo la había tomado a sus espaldas.

—Me equivoqué —dije.

—Ya lo sé.

Se incorporó y miró por la ventana, hacia los geranios.

—No sé si te vas a volver a equivocar, Adrián. Eso es lo que me preocupa.

—No va a volver a pasar.

—Eso lo dices tú. —Se volvió hacia mí—. Ninguna cifra sale de este edificio sin que yo la lea antes. Ni un número en un correo, ni una hoja de cálculo, ni una frase del tipo «lo tengo calculado». Nada.

—De acuerdo.

—No es un acuerdo. Es una regla.

—Una regla —repetí—. Bien.

Esperaba que aprovechara para decirme algo humillante, y no lo hizo. Se quedó callada un segundo, como si midiera la respuesta, y luego añadió algo que no me esperaba:

—Y yo te cuento lo que me diga Ferrer. Para que no te enteres por teléfono, como me he enterado yo.

No le contesté enseguida. Pensé que era justo. Pensé también que era la primera vez en veinticuatro días que alguien me ponía una condición y yo la encontraba razonable. Eso no lo iba a decir en voz alta.

—Trato hecho —dije.

—No. Trato no. Regla.

Amparo estaba en la puerta con su taza en la mano. No sé cuánto había oído. Entró sin pedir permiso, dejó la taza en el fregadero y me miró por encima de las gafas, con la misma mirada que tiene para los candidatos que dicen que sí a todo.

—Usted no tiene que ganar siempre —me dijo.

—Lo sé.

—No lo sabe, pero lo va a aprender. Yo tardé cuarenta años en aprenderlo, y eso que me lo enseñaron los peores jefes de la ciudad.

Castell salió sin mirarnos. Oí sus pasos en el pasillo, y después la puerta del despacho del fondo. Amparo se quedó un rato más, junto a la cafetera, sin hablar, como quien espera a que el agua termine de hervir aunque ya se haya apagado el fuego.

Hice una cuenta mientras tanto, sin querer. En veinticuatro días había ganado tres discusiones con ella y había perdido la única que importaba. No sé si eso es una buena proporción. En mi trabajo anterior, una cifra así habría sido un desastre. Aquí no había nadie que la mirara como una cifra.

A media tarde tuve que subir a Torre Vale.

Tenía una reunión con el director financiero que no podía aplazar, y la asistente del consejo me esperaba en el pasillo de la planta última con una carpeta de cartón azul.

Me la dio sin decir nada más que «Esto tiene que firmarlo antes de las cuatro», y yo la abrí de pie, junto al ascensor de cristal, creyendo que sería el acta de la semana anterior.

No lo era. Era el orden del día de una junta extraordinaria del consejo de Vale Corp. Lo leí dos veces, como se lee un contrato.

Primer punto: aprobación del acta anterior.

Segundo punto, en negrita: «Venta de Vale Corp al mejor postor».

Proponente: Bruno Vale. Debajo, un anexo de dos páginas.

En la segunda, con una tabla de precios y plazos, aparecía el nombre de Grupo Sorbel como interesado en la compra, y una nota a pie de página que decía que el interés había sido manifestado por escrito.

Era el comprador más probable, según el propio anexo.

Y la propuesta llevaba la fecha de registro de esa misma mañana.

Me quedé de pie, con la carpeta abierta y el ruido del ascensor subiendo y bajando detrás de mí.

Pensé en el correo que yo había mandado a la ATV esa noche, en la regla que acababa de aceptar en la cocina, en los geranios secos y en la cafetera que nadie había limpiado en años.

Pensé en mi hermano, que había escrito la palabra «venta» con la misma facilidad con que yo había escrito «veintiséis».

Bruno había presentado la venta de nuestra empresa esa misma mañana. Yo me había enterado por el orden del día, como si fuera uno más de los proveedores.