Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 5 Escaleras
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Capítulo 5 Escaleras

Narra: Irene Castell.

El Barrio de las Escaleras se sube a pie o no se sube.

Las calles son escalones de piedra gastada, algunos tan altos que hay que dar un paso y medio, y en cada rellano hay una cafetería pequeña, un tendedero con sábanas y una vecina asomada que sabe quién pasa y a qué hora.

Yo crecí allí arriba, en una casa con patio y una higuera que nunca dio fruto.

Hacía dos años que no subía por allí con una carpeta bajo el brazo. Esa mañana subí con dos.

Nora quería que la jornada la llevara ella. Lo dijo el jueves, lo repitió el viernes y lo volvió a decir a las siete de la mañana, con dos cafés en la mano y cara de no haber dormido.

—Déjame la mesa de la plaza, Irene. Tú te ocupas de los de la ladera. Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Te lo digo y te lo repito: no tienes que estar en todas partes.

—Las decisiones las firmo yo. Esto también es una decisión.

Nora suspiró y me dio el café. Me lo bebí de pie, mirando la calle. Desde arriba se veía el valle entero, con las grúas del Centro Logístico como agujas al fondo y el distrito financiero partido en cristales al otro lado. Lo miré un segundo más de lo necesario y luego me puse a colocar las sillas.

Adrián llegó a las ocho y diez. Sin traje.

Llevaba una camisa de algodón con las mangas remangadas hasta el codo y unos pantalones que no parecían caros, o que no querían parecerlo.

Tenía el aspecto de un hombre que ha venido a ver un trabajo, no a firmarlo.

Me molestó menos de lo que esperaba, y eso me molestó más.

—¿Dónde me pongo? —preguntó.

—En la mesa del fondo. Apunta nombres y teléfonos. No puntúas a nadie.

—¿Y qué hago con la puntuación?

—La ignoras.

Me miró con la cabeza un poco ladeada, como mira un número que no cuadra. Después se sentó sin protestar. Eso también me molestó.

Amparo llegó a las ocho y media, con su bolso de rafia y un paraguas que no necesitaba, porque no llovía desde hacía tres semanas.

Saludó a todo el mundo por su nombre. A Nora le dio dos besos.

A Adrián le dijo «buenos días, Adrián», y lo dijo como si le estuviera tomando un examen.

Luego se quedó a mi lado, en el primer escalón, mirando la cola que empezaba a subir por la calle.

—Ese hombre escucha —dijo.

—Ese hombre calcula.

—Pueden ser las dos cosas, hija. Ya lo verás.

Vi venir a don Eusebio Rojas antes de que me viera a mí.

Subía la escalera despacio, con la gorra en la mano y la chaqueta de pana gastada en los codos, parando en cada rellano para recuperar el aliento.

Lo conocía de toda la vida. Había conducido trenes de carga por el valle durante cuarenta años, hasta que lo dieron de baja, y hablaba de máquinas como otros hablan del tiempo: con confianza y sin prisa.

Amparo bajó dos escalones para recibirlo. Él le dio dos palmadas en el brazo.

—Eusebio, siéntate. Adrián, ven aquí. Este señor necesita ayuda con una planilla.

Adrián se levantó sin discutir. Se acercó al hombre, se agachó para quedar a su altura y miró el papel. Don Eusebio buscaba las gafas por todos los bolsillos, y Adrián le señaló con el dedo que las llevaba puestas sobre la cabeza. El viejo se rió con toda la boca.

—Eso me pasa desde que me jubilaron —dijo—. Ya no sé dónde dejo nada.

—Yo tampoco me acuerdo de dónde dejé la mitad de las cosas —dijo Adrián—. Vamos por partes. ¿Nombre completo?

Lo escribió él, despacio, con mi bolígrafo, que es el único que tengo en la mesa del fondo. No tocó la casilla de la edad hasta que don Eusebio se la dijo dos veces. Luego se detuvo en la de la profesión.

—¿Qué ponemos aquí?

—Maquinista —dijo el viejo—. De carga. La ruta de la estación vieja al Centro Logístico, de ida y vuelta, cuarenta años.

—¿Y qué se hace en una cabina cuando el tren se para a media subida?

Don Eusebio lo miró por encima de la cabeza, como si la pregunta tuviera que ver con otra cosa.

—Escuchar. El tren te dice lo que le pasa si no tienes prisa. Un traqueteo distinto cuando la carga está mal puesta. Un silbido en la curva cuando la vía está húmeda. Eso no lo sabe ningún ordenador, muchacho. Lo sabe el que lleva la mano en la palanca.

Adrián no contestó enseguida. Dejó el bolígrafo sobre la planilla y se quedó mirando la mesa un momento, con la cara seria, como si le hubieran dado un dato que no encajaba en ninguna hoja de cálculo.

—Siga —dijo.

Y el viejo siguió. Habló de la curva del puente, del maquinista que se jubiló antes que él y de la mujer que cocinaba para toda la cuadrilla los domingos.

Habló de su hija, que vivía en la capital y le llamaba cada noche para decirle que comiera algo caliente.

Adrián escribía poco. Preguntaba mucho. A los veinte minutos la cola de la calle tenía once personas, y Nora me mandó un mensaje desde la mesa de la plaza con tres signos de interrogación.

No contesté. Me quedé en el primer escalón, con la carpeta cerrada sobre las rodillas y la vista puesta en la mesa del fondo.

Adrián tenía el móvil en el bolsillo de los pantalones. No lo sacó ni una vez.

—Amparo —dije sin mirarla—, ¿a qué has venido a este barrio hoy, aparte de a mirar?

—A mirar, hija. Es lo único que sé hacer bien.

—Pues mira algo más útil.

—Mírate tú. Estás mirando tanto como yo, y con peor cara.

No contesté. Ella tampoco esperaba que lo hiciera.

—A la gente se la conoce por cómo trata al que no le sirve para nada —dijo Amparo, en voz baja, sin dejar de mirar hacia la mesa—. Eso lo dije yo hace treinta años y todavía me lo tienen que discutir. Ese chico lo está tratando bien. No sé si lo hace por ti.

—No lo hace por mí.

—Ya. Por eso te lo digo.

Don Eusebio sacó del bolsillo interior de la chaqueta un papel doblado en cuatro. Lo abrió con cuidado, con los dedos de quien ha abierto ese mismo papel muchas veces y no quiere que se rompa en las dobleces. Lo alisó sobre la mesa y lo empujó hacia Adrián.

—Esto no lo pongo en la planilla. Esto es otra cosa.

Me levanté. No sé si fue por curiosidad o porque algo en el papel me llamó desde la escalera. Bajé los escalones y me quedé detrás de Adrián, sin tocarlo. Él no se apartó ni se volvió. Se limitó a leer.

Era un correo impreso. En la parte de arriba decía «Dirección de Plantilla · Vale Corp».

Debajo, un saludo genérico. Después un párrafo corto: su puesto había sido dado de baja tras una revisión automática de la plantilla, la baja tenía efecto inmediato y el sistema no admitía recurso.

Al final, una frase de agradecimiento por la dedicación.

Conocía ese párrafo. Lo conocía palabra por palabra, porque lo había leído en la pantalla de mi casa, hace dos años, con el café frío al lado y mi madre en la puerta de la cocina sin entender por qué yo no lloraba.

El mismo orden de frases. La misma distancia entre el saludo y la baja.

Yo tenía uno igual en un cajón de la casa de la ladera.

Nunca lo tiré, y nunca lo había vuelto a sacar.

—¿Me deja verlo? —pregunté.

Don Eusebio lo empujó hacia mí con dos dedos. Lo cogí sin apretar.

—Lo recibí el mismo día en que me dieron de baja —dijo el viejo—. Mi hija lo imprimió en la capital para que lo tuviera en papel. Los ordenadores no me gustan.

—¿Quién lo firma? —preguntó Adrián, sin levantar la cabeza.

—Eso es lo que le quería enseñar. —El viejo señaló con el dedo la parte de abajo—. Ahí pone «Bruno». Así, con su nombre de pila, sin apellido, como si el que lo escribió no tuviera que dar más explicaciones. Creí que era un error de la máquina. Pero un error no firma.

Me quedé quieta. Adrián dejó la planilla sobre la mesa y, con el mismo cuidado con que don Eusebio había abierto el papel, apoyó la mano plana encima del correo, como quien sujeta algo que puede salir volando.

—¿Bruno? —dijo.

—Bruno. Lo he repetido cien veces en mi cabeza, y en todas pone lo mismo.

Adrián no me miró. Miraba el papel. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos, pero no vi en su cara la sorpresa de quien escucha un nombre que no conoce. Vi otra cosa, más difícil de leer. Vi la de alguien que ya tenía sospechas y acaba de ver el nombre donde no quería verlo.

Entonces me acordé del mensaje. Lo había recibido el día de la firma, hace casi tres semanas, con el café de Nora a medio tomar: «Pregúntale a mi hermano quién firmó tu despido».

Lo leí dos veces, como se lee un contrato, y pensé que era una trampa de alguien que quería que yo odiara a Adrián.

Quizá lo era. Pero la firma del correo decía lo mismo que el mensaje.

Y las dos cosas juntas no encajaban con el hombre que tenía delante, que había pasado veinte minutos con la planilla de un viejo sin mirar el móvil.

—Gracias, don Eusebio —dije, y le devolví el papel.

El viejo lo dobló en cuatro, lo guardó en el mismo bolsillo y me sonrió como si nada hubiera cambiado.

—Usted es la de la empresa, ¿verdad? La de las listas. La de la ladera de arriba.

—Soy la de la empresa.

—Pues cuídese, hija. Los que firman esas cosas no piensan en la gente que se queda abajo.

Subí al primer escalón sin contestarle. Adrián seguía sentado, con la planilla a medio llenar y el bolígrafo entre los dedos.

Hacía rato que había dejado de escribir.

Escuchaba. Eso no se lo iba a decir a nadie, pero lo pensé mientras bajaba los escalones: ese hombre sabía escuchar cuando la conversación le importaba, y a don Eusebio le importaba.

Miré hacia la mesa. Él seguía mirando el papel vacío, con la mano todavía apoyada en el sitio donde había estado el correo.

No le pregunté nada. Él tampoco me dijo nada. Por primera vez desde el día de la firma, no supe si el hombre que tenía delante sabía algo que yo no sabía, o si era el único de los dos que no sabía nada.