Capítulo 4 Filtración
Narra: Adrián Vale.
Bruno no contestó a mis dos llamadas del jueves. Por la tarde lo encontré en Torre Vale, en su despacho de la planta alta, con el teléfono boca abajo sobre la mesa y el distrito financiero partido en cristales detrás de él. Me miró como se mira a un proveedor que llega sin cita.
—Qué raro que vengas tú solo. Pensé que mandarías a Iris —dijo.
—Vengo por AV Capital Temprano.
—Ya lo sé. Me lo han dicho en recepción, en el ascensor y en la cafetería. Siéntate, Adrián. Me cansas de pie.
No me senté.
—¿Quién es A. Vale en el poder?
Bruno se encogió de hombros con una calma que me puso los nervios de punta. Lo conocía desde que éramos niños. Cuando yo subía la voz, él la bajaba, y esperaba a que el otro se quedara sin aire.
—Es un poder. Darío Quiroga lleva la administración de este edificio desde hace años. Firma lo que le ponen delante. Un trámite de oficina.
—¿Y por qué firma por una sociedad con nuestro apellido?
—Porque la sociedad es de la familia. Ya sabes cómo somos con los papeles.
—Yo no he firmado nada.
—Nadie dice que lo hayas firmado tú.
Respiré despacio, tres veces, como me enseñó el entrenador del colegio.
—Entonces dime por qué Irene cree que lo he hecho.
Bruno se levantó, rodeó la mesa y se paró a un palmo de mí. Olía a café y a la colonia que usa desde la universidad.
—Irene cree lo que le conviene creer para no firmar otra cosa. Y la filtración a Vértice es un problema serio, que deberías estar mirando en lugar de mirar mis papeles. Lo personal no cotiza en bolsa, hermano.
Me fui sin decir nada más. En el ascensor repasé la conversación y no encontré ninguna frase que pudiera llevar a un juez. Bruno no había dicho que no conociera la sociedad. Tampoco había dicho que sí. Había dicho lo que dicen los papeles, y nada más, y eso me pareció de lo más preparado.
Irene me asignó la entrevista el viernes, en la sala grande, sin mirarme.
—Mañana entrevistas tú a Marta Solís. Puesto de operaria de andén. Sin tableta, sin hojas de cálculo y sin números delante. Solo la ficha y la cara.
—¿Por qué?
—Porque a mí me conviene que lo hagas.
Sospeché que era una prueba. Irene no delegaba ni para pedir un café, así que si me dejaba una entrevista era porque quería ver qué hacía con ella.
Miré la ficha de Marta Solís en el ordenador viejo de mi mesa.
Cuarenta y cuatro años. Cuatro años cargando en andenes.
Y en el recuadro de puntuación, un número que el sistema de la casa había calculado con sus criterios: 38 sobre 100.
Lo primero que vi fue el 38. No pude evitarlo.
Es la costumbre de toda una vida mirando cifras.
Marta llegó puntual, con una chaqueta de punto azul y una carpeta de plástico con los papeles en orden. Se sentó frente a mí en la sala pequeña, la que tiene la puerta de cristal. Dejó la carpeta sobre la mesa sin abrirla.
—¿Usted es el de los números? —preguntó.
—Soy el socio.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Sí. Me llaman así.
—Pues ya es algo.
Irene estaba en el pasillo, al otro lado del cristal. No había entrado. Me miraba como miraba a los candidatos: sin prisa, sin ayudar y sin decir nada.
—¿Por qué dejó el Centro Logístico del Valle? —le pregunté.
Marta se echó hacia atrás en la silla.
—Me echó el sistema de turnos. Tres semanas seguidas me puso en el turno de noche.
Después en el de la mañana. Después en ninguno, y yo iba cada día con el chaleco puesto.
Cuando fui a preguntar, el encargado me dijo que el sistema no se equivoca.
—Hizo una pausa—. Yo tampoco me equivoqué. Llegué todos los días.
—¿Qué dijo el jefe de turno?
—Tomás Gil dijo que lo sentía. Y que él no hace las listas. Eso también lo dijo, y es verdad.
Pensé en el tablero con las flechas, en la puerta cuatro, en los quince minutos de solapamiento que Irene y yo habíamos visto juntos. Ese tablero lo escribía un hombre con las manos. El sistema no escribía nada que no le dieran.
—Cuatro años cargando —dije, mirando la ficha—. ¿Qué tal se le daba el trabajo?
—Bien. Mejor que bien. Pregunte a quien quiera.
—Eso no aparece en el número.
—Entonces no lo ha leído bien.
La frase me dolió más de lo que quise que se notara. Tenía razón. Había leído el número y no a ella.
Aun así, el número seguía allí, en la pantalla de la mesa. El contrato marcaba un ritmo de veintidós personas al día, y el número daba una respuesta limpia. Lo dije.
—La puntuación es baja. Con treinta y ocho no puedo recomendarla para un puesto de andén en el lote de la ATV.
Marta asintió despacio. No se levantó enseguida. Abrió la carpeta por fin, sacó un papel con el sello de su antiguo contrato y lo dejó sobre la mesa, al lado de la ficha.
—Vale. Al menos lo dice sin rodeos. —Se puso en pie—. Léalo antes de decidir, si no le importa. Es mi antiguo contrato. Ahí está lo que cobraba y lo que hacía. No está en su pantalla.
Lo leí mientras ella salía. Cuatro años, sin una sola falta. Un sello de su encargado con una firma que decía «conforme». Un número que el sistema no tenía.
Cuando la puerta de cristal se cerró, la sala se quedó en silencio. Irene seguía en el pasillo, con los brazos cruzados.
—¿Qué puntuación tenía? —preguntó.
—Treinta y ocho.
—¿Y qué ha visto usted?
—Un número.
—Ya. —Me miró un segundo más de lo necesario—. Te he visto, Vale. No te voy a decir nada más hoy.
Se fue hacia el fondo de la sala sin esperar respuesta. Me quedé con el contrato de Marta en la mano. Lo doblé y lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, donde no molestara a nadie.
Esa noche no dormí bien. No por Irene ni por la mesa del archivo.
Por el número. Había pasado años pensando que un número lo dice casi todo, y ahora tenía delante a una mujer que me había dicho lo contrario sin levantar la voz, y tenía su papel en el bolsillo.
El número no lo dice todo. Le di vueltas, como a una cifra que no cuadraba, y no supe qué hacer con ella.
Solo sabía que Irene la había visto antes que yo.
Iris Moret llamó el martes a última hora. Yo estaba en la escalera de servicio de Trato Humano, porque allí no se oye nada desde la sala grande, y ella lo sabía.
—Darío Quiroga trabaja para Bruno —dijo, sin saludar—. No para la sociedad. Para Bruno. Lo he comprobado en la nómina de la administración de Torre Vale. Su jefe directo es Bruno, y es él quien le da las órdenes de trabajo de la planta cuarta.
—¿La planta del archivo?
—La misma. Lo he comprobado dos veces, como te dije en la firma.
Me apoyé en la barandilla. El metal estaba frío y tenía polvo de obra en las juntas.
—¿Y eso qué prueba?
—Que el hombre que firmó el poder con tu nombre responde ante tu hermano. No prueba quién compró la sociedad. Todavía no. Necesito la escritura completa.
—Bruno me ha dicho que es un trámite de oficina.
—Bruno te dice lo que le conviene. Como siempre.
Hubo un silencio al otro lado. Oí pasos en el pasillo, la voz de Nora pidiendo un café y la risa de Amparo, que siempre se reía cuando alguien pedía un café.
—¿Se lo digo a Irene? —pregunté.
—Todavía no. Si Bruno se entera de que tenemos el nombre de su hombre, borra lo que haya en el archivo y nos deja sin nada. Tengo que conseguir la copia. Y luego ya veremos cómo se lo cuentas.
Colgué. Volví a subir la escalera.
Irene estaba en su despacho, con la puerta abierta y la carpeta de la ATV sobre la mesa. Levantó la cabeza cuando pasé por delante.
—¿Quién era?
—Iris.
—¿Y qué quería?
Tenía una frase de Iris, una nómina que ella había visto y ninguna prueba que pudiera poner sobre la mesa de Irene. Y tenía el contrato de Marta en el bolsillo, que no era de ningún sistema. Pensé en Bruno en la cuarta línea de la lista de copias y en la cara de Irene cuando la dobló en dos.
—Lo que hacemos cada día —dije—. Números.
No se lo dije. Todavía no tenía nada que enseñarle.