Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 3 Mesas
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Capítulo 3 Mesas

Narra: Irene Castell.

Adrián conducía como hablaba: sin pausas y mirando solo lo que le interesaba. Yo iba en el asiento del copiloto con una carpeta abierta sobre las rodillas. No pensaba leerla en voz alta, pero tampoco pensaba cerrarla, porque cerrarla habría sido darle la razón en algo.

—Sin tráfico son cuarenta minutos —dijo él.

—Con tráfico, hora y media. Ya lo sé. Vivo aquí.

—Entonces sabe que el plan de ruta es el correcto.

—Sé que el plan de ruta es suyo. Eso no lo hace correcto.

Miró el retrovisor y no contestó. Tardé un rato en notar que había sonreído un poco, y me enfadé conmigo misma por haberlo notado.

El Centro Logístico del Valle no se parece a nada de lo que hay en el barrio alto.

Es una extensión de bodegas de chapa y ladrillo, con andenes largos donde se cruzan los trenes de carga y una fila de camiones que suben hacia el aeropuerto con las luces encendidas, aunque hubiera sol.

Había grúas. Había ruido de carretillas y una voz de megafonía que repetía números de andén.

Me gustó de inmediato, y eso me molestó más que la carretera.

Nos recibió Tomás Gil, el jefe de turno. Tendría unos cincuenta años, chaleco naranja, barba corta y la costumbre de mirar los camiones antes que a las personas. Me dio la mano sin apretar de más.

—Usted es la de Trato Humano —dijo—. Y este es el de los números.

—Soy el socio —dijo Adrián—. Y vengo a entender cómo se mueve la carga.

Adrián llevaba una tableta con los tiempos de cada turno.

Me la enseñó antes de que Tomás dijera nada: cuarenta y dos minutos de retraso medio en el cambio de turno, un cuello de botella marcado a media mañana y un gráfico con líneas que subían hacia la derecha.

Estaba bien hecho. Lo reconocí, y él lo sabía: lo había hecho en el coche, entre dos llamadas.

Tomás miró la pantalla durante unos segundos, como quien mira una foto de su casa tomada desde un avión.

—Eso lo sé sin tableta —dijo—. Se atasca en la puerta cuatro, a las seis. El turno de noche deja la carga sin escribir por prisa. El de la mañana lo descubre con el camión delante y el conductor enfadado.

—Un turno no es una muestra —dijo Adrián—. Con tres semanas de datos podríamos…

—Quien carga sabe antes que cualquier sistema dónde falla la cadena —lo interrumpió Tomás, sin levantar la voz—. Lo sé desde hace veintitrés años.

—Eso no se puede medir.

Tomás se encogió de hombros.

—Por eso no lo mide nadie.

Yo no dije nada delante de él. Tomás era el único de la visita que sabía de qué hablaba, y no iba a dejar que nadie lo tratara como a un empleado que se queja.

Pero cuando Adrián siguió hablando de medias y de desviaciones, me acerqué a él, le señalé con la cabeza una columna de hormigón y le hablé en voz baja, con los dientes un poco apretados.

—Acaba de decirle a un hombre que lleva veintitrés años aquí que sus datos no valen.

—Digo que los números no mienten.

—No, pero quien los escribe sí, aunque sea sin querer. Usted ha venido a enseñarnos su gráfico, Vale, y no ha venido a escuchar al único que ha visto el problema con sus propios ojos.

Me miró con cara de haber recibido un golpe que no esperaba. No se defendió. Eso también me fastidió.

—Vale —dijo—. Escúcheme un momento, aunque sea por el gráfico.

No lo escuché, porque en ese momento vi el tablero de los turnos colgado en la pared de la nave.

Las horas de entrega y de recogida estaban escritas a mano, con flechas, y en la puerta cuatro se solapaban dos turnos durante quince minutos.

Quince minutos, con dos camiones detrás de cada puerta.

Eso no lo decía el gráfico, lo decía el tablero.

Y el solapamiento era justo lo que Adrián había señalado.

Me quedé mirándolo más de lo necesario. Adrián lo notó, y no lo señaló. Ese silencio suyo, que tenía algo de cortesía y algo de paciencia, era peor que una discusión.

Volví con Tomás y le pedí que me enseñara el cambio de turno de la puerta cuatro, paso a paso. Tardó veinte minutos. Al final dijo, sin mirar a Adrián:

—Si quitan esos quince minutos de solapamiento a la hora de entrada, yo les firmo lo que quieran.

—Eso lo decide la ATV —dijo Adrián.

—Eso lo decide quien carga —dijo Tomás—. La ATV ya lo sabe.

Adrián no contestó. Anoté en la carpeta de la puerta cuatro los quince minutos y la hora de entrada, y reconocí una sola cosa, para mí: los números de Adrián servían en ese punto. No lo dije en voz alta. Hay cosas que se dicen mejor en el coche de vuelta, o nunca.

El coche de vuelta fue distinto. Adrián no puso la radio y yo no abrí la carpeta. Estábamos a mitad de la bajada al distrito financiero cuando el teléfono vibró sobre la carpeta, en mis rodillas. Era un número de la Agencia de Transportes del Valle.

—Buenas tardes. Habla Gonzalo Ferrer, de la ATV. ¿Está con Trato Humano?

—Estoy.

—Esta mañana nos ha traído una propuesta Lucía Benavente, directora comercial de Vértice Talento, para el lote de la Estación Central del Norte. Es una propuesta bien hecha. Tiene cuarenta y tres zonas de contratación y un ritmo de veintidós personas al día.

Sentí el coche parar aunque Adrián seguía conduciendo.

—¿Y? —dije.

—Y me ha sorprendido que sus cifras coincidan con las de la propuesta que ustedes tienen en el lote. Lo digo con formalidad, porque es mi trabajo. Quiero una explicación antes del lunes.

—La tendrá.

Colgué. Adrián me miró de reojo, sin preguntar. No hizo falta. Yo había oído la cifra de las cuarenta y tres zonas, y la había visto esa mañana, escrita en una hoja con cuarenta y tres columnas, sobre mi mesa.

—Cuarenta y tres zonas —dije.

—Esa hoja es mía —dijo Adrián—. La hice yo.

—Lo sé. ¿A quién la mandó?

Se quedó callado un momento, con las dos manos en el volante. Después contestó sin mirarme, enumerando lo que tenía en la cabeza para no perder ningún nombre.

—Al equipo. Y a la lista de Vale Corp, porque el acuerdo dice que cualquier plan lo ven los dos socios. Mi hermano está en esa lista.

—Mucho cuidado con lo que dice ahora, Vale.

—Lo digo como lo sé.

Tardé dos minutos en contestar, porque no quería hacerlo por rabia.

—Dé la vuelta. Quiero ver esa lista en la oficina.

En Trato Humano, Nora estaba en la mesa de la entrada con el teléfono en una mano y una taza de café frío en la otra. Me vio la cara y dejó las dos cosas.

—Ya sé lo de Vértice —dijo—. Amparo lo ha oído en el portal, antes que el café.

—Amparo siempre lo sabe antes —dije—. Enséñame la copia.

La copia estaba impresa en la carpeta de la propuesta. Doce personas en el apartado de destinatarios: el equipo de Adrián, varios de Vale Corp que no conocía y, en la cuarta línea, el nombre de Bruno Vale. Lo leí dos veces.

—Bruno —dijo Nora, detrás de mí—. Bruno Vale. El hermano.

—Ya lo sé.

—Solo te lo digo porque lo estás mirando como si te debiera dinero.

Amparo apareció en la puerta de la cocina con una caja de carpetas. Miró la hoja por encima de mis hombros, sin leerla, con esa forma suya de mirar las cosas como si ya supiera lo que dicen.

—Quien reenvía por error suele hacerlo dos veces —dijo—. Y casi siempre a la misma persona.

Adrián entró en ese momento, con la chaqueta en el brazo. Se detuvo en el umbral, sin pasar.

—Lo reenvié yo —dijo—. Quise mandarla al equipo y le di a la lista de Vale Corp. Bruno estaba en ella. No me di cuenta hasta que Vértice ya la tenía.

—Vértice tiene las cifras de esa hoja —dije—. Las de usted.

—Las mías. Lo siento.

—Lo siente.

—Sí.

Lo dijo bien, sin adornos, mirándome a los ojos. Era una frase correcta, de esas que cualquier persona dice cuando de verdad se ha equivocado. Pero había algo en la forma en que cerró la boca al terminar, algo que no me encajaba, una parte que le faltaba y que no iba a decir todavía.

Miré otra vez la cuarta línea de la lista. Bruno Vale. Un correo que él no había pedido, con una hoja que debía haber quedado en la mesa de Adrián. Y esa misma tarde, las cifras exactas sobre la mesa de la ATV. Adrián podía haberse equivocado. Yo también me equivocaba, y mucho.

No le creí del todo. Y lo que más me molestó de esa tarde no fue la lista ni Vértice. Fue que, después de ver el tablero de la puerta cuatro, ya no podía decir que Adrián Vale no supiera de números.

Doblé la copia en dos y la guardé en el cajón de mi mesa.

Bruno Vale estaba en esa lista. Y yo tenía que decidir si lo llamaba antes del lunes o si esperaba a que él me llamara a mí.