Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 2 Números
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Capítulo 2 Números

Narra: Adrián Vale.

Llegué a Trato Humano a las ocho y diez, con diez minutos de margen que había calculado en el coche. Me sirvieron de poco. La puerta estaba abierta, pero no había nadie en recepción, solo un ruido de voces que venía del fondo, como si cuarenta personas hablaran a la vez y ninguna escuchara.

Era una antigua imprenta. Lo supe por las paredes de ladrillo visto, por las máquinas que alguien había arrinconado junto a una columna y por el olor a café quemado que me llegó desde una cocina pequeña.

Había plantas en macetas altas, unas mesas de madera gastadas y, en el centro de la sala grande, un tablón lleno de fichas de colores.

Nada de eso aparecía en el informe que me entregó mi equipo.

El informe hablaba de superficie, de alquiler y de plantilla. No hablaba del ruido.

—Vale. Es usted puntual. Eso ya lo sabía.

Me di la vuelta. La mujer que me hablaba llevaba una carpeta contra el pecho y un bolígrafo en el pelo. Tenía los ojos cansados y la voz de quien ya ha dicho lo mismo diez veces esa semana.

—Amparo Lezcano —dijo—. Consejera. No cobro, así que no me pregunte por mi cargo. Irene llega tarde casi siempre, pero hoy ha llegado antes para verle. Eso ya es noticia.

—¿Irene Castell?

—Castell para usted, supongo. Yo la llamo Irene. Usted sabrá cómo le conviene.

Lo dijo sin malicia, con un tono que no sabía si era un aviso o una broma. Antes de que yo decidiera, Irene salió del despacho del fondo.

No la había visto nunca de cerca. Sí la había visto en la lista de socios de la compra, en el nombre de la empresa que yo no había comprado, y en las fotos de la revista de emprendedores que alguien del equipo legal dejó sobre mi mesa la semana anterior.

En las fotos parecía tranquila. En persona parecía una persona que lleva toda la mañana preparándose para un combate que no le gusta.

—Vale —dijo—. Le he preparado una mesa.

—Gracias.

—No le he preguntado si la quiere. Se la he preparado.

La mesa estaba junto al archivo de carpetas, en una esquina donde daba el sol de media mañana. Había un ordenador viejo, un teléfono de sobremesa y una silla que no tenía el mismo color que las demás. Me quedé de pie, mirándola, y luego miré a Irene.

—Es la mesa del que llega el último —dijo ella—. Así lo tiene claro desde el principio.

—Llegué el último a la firma. Tiene sentido.

—Eso no es gracioso.

—No lo he dicho como broma.

Ella no sonrió. Se sentó en el borde de una mesa vacía, con las piernas cruzadas y la carpeta sobre las rodillas. La abrió y sacó una hoja con el sello de la Agencia de Transportes del Valle.

—Empezamos por lo que importa —dijo—. La ATV necesita dos mil contrataciones para la nueva red de trenes.

La Estación Central del Norte es el primer punto.

La red va a unir el aeropuerto, el Centro Logístico del Valle y la ciudad.

El plazo es de noventa días. Si no llegamos a dos mil personas contratadas, con sus contratos firmados y sus formaciones hechas, la ATV no paga y el contrato se va a Vértice Talento.

—Conozco Vértice —dije—. Tienen un sistema automático de selección. Filtran por puntuación y mandan una lista de nombres al cliente en dos días.

—Lo conoce como lo conoce un hombre de cifras. No lo ha visto trabajar.

—He visto sus resultados. Son buenos.

—Son rápidos. Eso no es lo mismo.

Me molestó que tuviera razón a medias, y me molestó más que lo supiera.

Saqué del maletín mi propio plan: una hoja de cálculo con cuarenta y tres columnas, una por cada zona de contratación, y el ritmo diario que necesitábamos para llegar a dos mil en el plazo.

Lo puse sobre la mesa de Irene. Ella lo miró sin tocarlo.

—Veintidós contrataciones diarias de media —dije—. Si distribuimos las entrevistas por zonas y eliminamos los candidatos con puntuación inferior a sesenta, podemos reducir el tiempo de cada proceso a la mitad. Con eso cumplimos, con margen.

—Con margen de qué.

—De error. Siempre hay error.

—Hay error cuando el sistema decide por una persona sin mirarla. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado en una agencia de verdad. —Señaló la hoja con dos dedos—. Aquí dice que a un candidato con sesenta puntos no se le hace ni una entrevista. ¿Ha hablado usted con alguno?

—Con ninguno. Las entrevistas las hace el equipo.

—Pues ese es el problema. Aquí las entrevistas las hacemos nosotros, en persona. Y las listas de candidatos no se tocan. Ni usted ni nadie.

—Yo no he tocado nada.

—Pues no lo haga.

Lo dijo sin levantar la voz. Lo peor era que no me había insultado, ni había dicho nada que no pudiera decir un jefe de recursos humanos en una reunión de presupuesto. Pero en mi empresa, cuando alguien me decía que no tocara algo, ese alguien ya había perdido la discusión.

—Usted no me conoce —dije.

—No, pero conozco su plan. Y el plan dice que su número lo resuelve todo. Lo ha escrito en la primera página.

Miré la hoja. Era verdad. En la primera página, en la celda de arriba, había escrito «Dame un número y lo resuelvo», y no recordaba haberlo escrito. Supuse que lo había copiado de alguna presentación vieja, de cuando mandaba en las reuniones de los jueves. Me sentí mal sin saber por qué.

—Es una frase de trabajo —dije.

—Ya lo veo.

—No la pienso defender como si fuera un argumento.

—Mejor. Porque no lo es.

Hubo un silencio. En la sala grande, alguien se rió de algo y una silla arrastró por el suelo. Amparo pasó por detrás de nosotros con una pila de carpetas y nos miró a los dos, uno a cada lado de la mesa, sin decir nada. Luego siguió su camino hacia el archivo.

Irene se levantó y dio dos pasos hacia la ventana. Desde allí se veía la cuesta, las casas de piedra y, al fondo, las torres del distrito financiero. Yo sabía de memoria esa vista. Había mirado esas torres desde la mía durante diez años.

—Mire usted eso —dijo ella—. Ahí abajo hay mucha gente que va a cobrar un sueldo con lo que decida una máquina. Yo no tengo máquinas. Tengo a Amparo, a Nora y a mí. Y tengo que llegar a dos mil personas en noventa días sin dejar a nadie fuera por una nota.

—Yo no quiero dejar a nadie fuera.

—Eso no lo sabe usted. Lo sabe su plan.

No respondí. Me senté en la silla de color distinto y abrí el ordenador. Tenía tres correos de Vale Corp que había que contestar antes de la una, uno del consejo y uno de un cliente de Ardela que quería cambiar la fecha de la entrega. Los miré un rato sin leerlos.

A media mañana vino Iris Moret. Llegó con el maletín de cuero y el mismo traje oscuro del día de la firma, y saludó a Irene con un gesto de cabeza. Irene la miró como quien mira a alguien que ha venido a cobrar una deuda. Iris no se inmutó.

—Quiero hablar con Vale —dijo—. Un momento.

Se acercó a mi mesa y dejó sobre ella una copia del poder de AV Capital Temprano. Lo reconocí por el sello. Lo había leído dos veces esa mañana, como me había recomendado el equipo legal, y todavía no entendía por qué el nombre impreso era «A. Vale».

—Usted ha visto esto —dijo.

—Lo he visto. Mi equipo me lo mandó.

—Entonces sabe que la firma de este poder no es suya.

—Sé que no firmé nada.

—Esa firma no es tuya —repitió Iris, despacio, como si quisiera que lo oyera Irene desde el otro lado de la sala.

—No compré nada —dije yo—. No he firmado nada en esa sociedad. Ni la conozco.

Irene no se giró. Vi que se quedaba quieta, con la mano sobre el respaldo de una silla. Dudaba. Yo había aprendido a leer ese silencio en las salas de juntas, y ella no me creía.

—Lo que usted diga —dijo Irene, sin mirarme.

Iris recogió la copia y la guardó en el maletín. Luego se inclinó un poco sobre mi mesa, lo justo para que nadie más la oyera.

—Necesito que me deje mirar el registro de la sociedad —dijo, en voz baja—.

Esta noche, cuando se vayan. El archivo de la planta cuarta de Torre Vale se abre con tarjeta, y la mía no está autorizada.

La suya sí. Cada vez que entra alguien, el sistema anota el nombre del titular.

Así que tendría que entrar usted, y la consulta quedaría a su nombre.

Hay alguien más en esa sociedad, Vale. Y no puedo buscarlo desde mi despacho.

Me quedé mirándola. Ella esperó mi respuesta sin prisa, como había esperado la firma del notario.

—¿Quién más? —pregunté.

—Por eso quiero mirar.

Irene se volvió entonces, con la carpeta de los candidatos en la mano, y nos miró a los dos desde el otro extremo de la sala. No dijo nada. Pero su cara ya tenía una pregunta que no iba a hacerme.

Esa noche, cuando el ruido de la sala grande se apagó y las plantas quedaron en penumbra, me quedé en mi mesa con la hoja de cálculo abierta.

Veintidós contrataciones diarias. Dos mil personas.

Noventa días. Los números estaban bien, pero no decían nada de quién iba a estar en la otra punta de cada llamada.

Había mirado el reloj de la pared tres veces en diez minutos, y la última vez no supe qué hora marcaba.

Cerré el ordenador y miré hacia el despacho del fondo. La luz seguía encendida. Alguien caminaba dentro, de un lado a otro, con pasos cortos y rápidos. Sabía que era ella, y sabía también que, si le contaba lo que Iris me acababa de pedir, tendría que explicarle por qué lo iba a hacer a escondidas.

Me quedé en la silla de color distinto un rato más.

Luego apagué la pantalla, cogí las llaves y, antes de salir, pensé en el archivo de la planta cuarta de Torre Vale, en el distrito financiero, detrás de una puerta con tarjeta.

Solo faltaba mi tarjeta para abrirla, y seguía en el bolsillo de la chaqueta.

Entrar esa noche habría dejado mi nombre escrito en el registro.