Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1) Capítulo 1 La firma
6%
Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1)

Noventa días bajo mis órdenes (Corazones de Altavera nº 1)

Por Nelson Rodriguez

© inepub.com

Capítulo 1 La firma

Narra: Irene Castell.

Trato Humano olía a café quemado y a papel de imprenta, como siempre. Esa tarde, además, olía a problemas, aunque eso no lo sabía yo todavía. Lo supe cuando vi la mesa larga de la sala de entrevistas, con las carpetas alineadas como si alguien hubiera pasado una regla por encima.

Yo no alineo nada. Nora dice que es mi forma de demostrar que controlo el mundo. Nora tiene razón, pero no se lo voy a decir.

—Ya están aquí —dijo Nora desde la puerta, con el abrigo todavía puesto y el teléfono en la mano—. La abogada es más joven de lo que pensaba. Y el notario parece que lleva toda la vida sentado en esa silla.

—Que se siente en la silla de siempre —contesté—. Y tú no hables.

—Yo nunca hablo.

Me lo dijo con la cara más inocente del mundo, y los dos sabíamos que mentía.

Me levanté de mi sitio, el de la cabecera, el que da a la ventana y a la calle empinada del barrio alto.

Desde allí se ve el distrito financiero al fondo, con sus torres de cristal, y yo pensaba en eso mientras entraba la gente.

Pensaba en lo mucho que me había costado llegar a una mesa así, con mis propias sillas, y en que hacía dos años no tenía ni una.

Entraron dos personas. Una mujer de traje oscuro, con el pelo recogido y un maletín apretado contra el costado. Y un hombre mayor, de chaqueta gris, que se sentó sin mirar a nadie y que supuse que era el notario.

La mujer se acercó a mi mesa con paso firme. Yo esperaba a alguien con el traje perfecto de los que salen en las revistas de negocios, al hombre que iba a quedarse con la mitad de mi empresa. Pero el que había venido a dar la cara era un abogado con un maletín y una carpeta.

—Soy Iris Moret, del bufete Osorio Lara —dijo la mujer del traje, y me tendió la mano—. Asesoramos a la parte compradora. Esta es la copia de la compra.

Tenía razón en lo de la copia. Me pasó una carpeta gruesa, con el sello del notario en la primera hoja y, debajo, la palabra que llevaba dos semanas dándome vueltas en la cabeza: «Compra del cincuenta por ciento de Trato Humano».

La sociedad ya había firmado. Lo vi en el bloque de firmas de la parte de arriba, con un trazo elegante y una fecha de hacía tres días. Solo faltaba la mía, la de la parte vendedora, que era yo.

—Antes de que firme, quiero saber quién es AV Capital Temprano —dije.

—Está en la hoja cuatro —dijo Iris.

Pasé la hoja. Había un poder notarial, con el nombre de la sociedad en el encabezado y, en la línea de la firma, una frase que me hizo parar: «Otorgado a favor de A. Vale». Debajo, una firma que no conocía. Y el nombre del apoderado, en letra pequeña: Darío Quiroga.

Subí la mirada.

—A. Vale —dije—. Solo conozco a un Vale en esta ciudad que tenga dinero para comprar la mitad de mi empresa.

Nadie contestó. El notario se movió en su silla. Nora, que había entrado y se había quedado de pie junto a la pared, cruzó los brazos.

—Ya veo que tiene una opinión formada —dijo Iris con tono neutro.

—La tengo. Trabajé siete años en Vale Corp. Conozco cómo firma esa familia, y conozco el sistema de plantilla que me echó a la calle hace dos años. —Miré la carpeta otra vez—. ¿Me va a decir que Adrián Vale no tiene nada que ver con esto?

Iris no contestó enseguida. Vi que miraba un momento hacia el notario, que seguía sin decir nada, y luego volvió a mirarme a mí. Fue un segundo, no más. Pero yo he pasado muchas entrevistas en mi vida. Sé cuándo alguien calla algo que sabe.

—Le digo lo que consta en los documentos —dijo al fin—. El poder está a nombre de «A. Vale». Lo demás no está en el papel.

—Eso no es una respuesta.

—No, no lo es.

Me quedé mirando la hoja cuatro. Recordé el despido.

Recordé la pantalla del teléfono de mi casa, a las siete y media de una tarde de hace dos años, con un correo de Vale Corp que decía, en tres líneas, que mi puesto había quedado suprimido por reestructuración y que mi acceso se cerraba de inmediato.

Ni una llamada. Ni una persona. Solo el sistema de plantilla, firmando en nombre de la empresa como si fuera una factura.

Y después el silencio de todos los que me conocían en Vale Corp, que tampoco dieron la cara.

Nunca supe quién lo mandó. Pero el apellido Vale estaba en el correo, en la firma de la empresa, y yo lo había aprendido a odiar en esa misma semana.

Así que lo que vi en el poder no me sorprendió. Me pareció lo más lógico del mundo: Adrián Vale, el hombre que mandaba en la empresa que me había echado, comprando por la puerta de atrás la empresa que yo había construido con mis manos.

—Quiero ver a Vale —dije—. Ahora.

—Vale no está en esta reunión —dijo Iris—. Y le pido que no lo mencione en el acuerdo, porque ese documento no lo nombra.

Entonces entendí que la mujer del maletín no había venido solo a vender una compra. Había venido a proponer otra cosa.

—Hay un acuerdo —dijo, y sacó de la carpeta una hoja con el membrete de su bufete—.

Lo redacté yo misma. La compra de la mitad de Trato Humano va a un juicio si no hay acuerdo.

Un juicio mercantil con dos años de plazo, abogados de la otra parte y su empresa paralizada mientras tanto.

Usted lo sabe mejor que nadie: no puede permitirse eso.

Tenía razón. Y lo odié un poco por tenerla.

—¿Qué propone?

—Noventa días. Desde la firma de este documento, usted y Vale trabajan juntos en Trato Humano.

Presentan a la Agencia de Transportes del Valle la oferta para contratar a dos mil personas para la nueva red de trenes, la que une el aeropuerto con el Centro Logístico del Valle y con la ciudad.

Si ganan el contrato, la sociedad y usted se asocian en los términos que ustedes acuerden.

Si no lo ganan, las acciones vuelven a la sociedad con pérdida y Vale sale de su vida. Esa es la cláusula de devolución.

—¿Salir de mi vida?

—Así figura. Está escrito.

Nora soltó una risa corta desde la pared, y se la tapó con la mano al instante.

—Lo siento —dijo—. Es que suena a telenovela.

—Suena a una mala idea —contesté yo.

Iris asintió, como si la hubiera oído mil veces. Quizá así era. Se volvió hacia el notario, que levantó una mano con una pluma en ella, y luego se volvió hacia mí.

—Hay una condición que quiero añadir —dije—. Aquí las decisiones las firmo yo. Todas. Cualquier cosa que haga Vale en Trato Humano pasa por mí, y la última palabra es mía. En cada decisión.

Iris se quedó callada un momento. Luego sonrió por primera vez, con una sonrisa que no alcanzaba del todo los ojos.

—Eso no está en el acuerdo —dijo.

—Pues póngalo.

—Es una condición que cambia todo el reparto de poder.

—Ya lo sé. Para eso la pongo.

Hubo un silencio largo. Por la ventana se oyó un camión de reparto subiendo la cuesta con el motor en las revueltas, y dentro de la sala se oía el reloj de pared, el de siempre, que Amparo insiste en dar cuerda cada lunes.

—Acepto —dijo Iris—. Pero le pido una cosa a cambio.

—No negocio con abogados que no conozco.

—Léalo dos veces antes de firmar —contestó ella, y me tendió el acuerdo con las dos manos—. Es lo único que le pido. Léalo dos veces.

No me lo esperaba. Lo cogí sin decir nada y empecé a leer.

Leí las cláusulas de la compra, que hablaban de porcentajes y de derechos de voto.

Leí la del acuerdo de noventa días, que me obligaba a trabajar en el barrio alto con el socio que me habían impuesto y a cumplir las reglas de la agencia.

Leí, por fin, la de devolución, que decía que si el acuerdo fracasaba las acciones volvían a la sociedad con pérdida, sin ninguna compensación para el socio.

Y leí, en la última página, una línea escrita en letra pequeña, que hablaba de «la plena capacidad de decisión de la parte trabajadora». Me pareció una tontería de abogados hasta que la leí por segunda vez. Entonces la vi de verdad: no era una frase vacía. Era mía.

Miré a Iris. Ella me miraba como si esperara otra cosa, algo que no sabía explicar.

—¿Por qué le preocupa tanto que lo lea dos veces? —pregunté.

—Porque todo el mundo firma lo primero que lee —dijo—. Y después se arrepiente de la segunda página.

No me gustó la respuesta, pero me gustó menos que tuviera razón.

Firmé. Escribí mi nombre entero, Irene Castell, con la letra que mi madre me enseñó en la mesa de la cocina, en la casa de la ladera del Barrio de las Escaleras, cuando todavía no sabía que el dinero se podía comprar sin tocarlo.

El notario selló la hoja y dijo algo sobre el registro. No le escuché.

Cuando salieron, Nora se acercó a mi mesa y se sentó en el borde, con la cara seria por una vez en la vida.

—Irene, ¿qué has hecho?

—Ganar tiempo.

—Ganar tiempo con el hombre que te echó a la calle.

—No lo sabemos. Yo no lo sé.

—Tú lo sabes desde hace dos años —dijo Nora—. Te lo dije, y te lo vuelvo a decir: no dejes que nadie te mande en tu propia empresa.

—Nadie me va a mandar. Ya lo he puesto en el papel.

Nora me miró con la misma cara que pone cuando se da cuenta de que ha hablado de más, y no dijo nada más.

Me quedé sola en la sala. Las carpetas seguían alineadas. Yo las dejé así, por una vez, y no las toqué.

Cuando el móvil vibró sobre la mesa, pensé que era Iris, o un mensaje del notario, o Amparo preguntando cómo había ido. Pero el número era uno que no tenía guardado, y el texto era corto.

«Pregúntale a mi hermano quién firmó tu despido.»

El mensaje terminaba con un nombre: Bruno Vale.

Miré la pantalla un rato largo. Luego miré la ventana, la cuesta, las torres de cristal al fondo, y pensé que Adrián Vale estaba allí abajo, en alguna parte, sin saber que su apellido acababa de entrar en mi empresa con un poder a nombre de otro.

Guardé el teléfono en el bolso. Tenía una pregunta que hacer, pero no a Bruno Vale ni a su hermano. La primera persona a la que tenía que preguntar era yo misma: ¿cuánto tiempo llevaba mirando solo el apellido y no el papel?