Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

—Stewart cree que salieron de Rusia a los pocos días de llegar —explica Tiffany al otro lado del teléfono.

Su voz suena tranquila, nada que ver con los nervios de la primera vez, y Piper garabatea con un boli en la mesa de su despacho.

Ha pasado un mes desde que se enteraron de que sus padres habían huido del país y, aunque las primeras semanas la rabia le impedía conciliar el sueño, poco a poco empieza a asimilarlo a pesar de que no puede entender el comportamiento de su madre; es algo que le resulta imposible de concebir, que, sabiendo lo que sabe, haya optado por ayudarlo y marcharse con él.

—La sargento dice que se han ido moviendo de un sitio a otro, en coche, tren, autobús o cualquier medio de transporte que no dejara mucho rastro.

—¿Cómo sabe todo eso? —pregunta la doctora.

—Al parecer tiene un contacto en el país, alguien a quien puso a seguirlos, pero les ha perdido la pista por completo.

Piper deja el bolígrafo y se pasa las manos por la cara.

—En algún momento se les acabará el dinero y tendrán que volver —dice, agarrándose a un clavo ardiendo—. Les han congelado las cuentas y el dinero no es eterno.

—Con todo lo que se llevaron, tienen de sobra si se saben administrar, Pi, y papá tiene muchos amigos fuera del país a quienes puede pedir ayuda.

Piper se aprieta el puente de la nariz.

—Pero no hay que perder la esperanza: la notificación roja sigue activa y, si ponen un pie en un país aliado, podrían atraparlos. No quiero que perdamos la esperanza —dice Tiffany—, pero tampoco que nos ahoguemos en esto.

—Lo sé, tienes razón. ¿Tú estás bien? —pregunta Piper.

—Sí, hasta arriba de trabajo, ya sabes. Con lo de la tienda nueva estamos asfixiadas y encima Kelsey ya quiere comenzar con los preparativos de velas aromáticas con motivos navideños.

—Pero si todavía falta para Navidad —sonríe Piper.

—Lo sé, pero ya sabes cómo es: si no lo tiene todo controlado, empieza a dormir mal por la noche, y la verdad es que el año pasado nos pusimos tarde y después tuvimos que correr, así que, en el fondo, aunque no tengamos tiempo para respirar, agradezco empezar ahora.

—Siento no poder ayudaros.

—Tú ya tienes bastante con la clínica, y con Olena y Nazar en casa —añade, soltando un dardo que Piper esquiva como puede.

—No me supone ningún problema, Olena se ocupa de casi todo…

Piper se siente mal porque, a pesar de que sabe que su hermana lo intuye, ella todavía no ha sido capaz de sentarse con ella y contarle que lleva semanas acostándose con Olena.

No es que no confíe en ella; es solo que ningún momento le parece bueno para sacar una conversación sobre algo a lo que ella todavía se está adaptando.

—¿Has vuelto a ir a terapia? —cambia de tema su hermana, y Piper cierra los ojos, aliviada.

Empezó a ir a terapia la misma semana que se enteraron de la fuga de sus padres porque, aunque estaba convencida de que pasar página era la única opción que les quedaba, no podía sacarse de la cabeza los actos aberrantes de su padre y la traición de su madre, y al día siguiente colapsó.

Se despertó a las seis de la mañana con una migraña que apenas le permitía abrir los ojos y, cuando logró sentarse en la cama, le vino una arcada tan repentina que no tuvo tiempo de llegar al baño y acabó vomitando en el suelo de la habitación.

Olena, somnolienta y asustada, se levantó de un salto, la ayudó a tumbarse de nuevo y le limpió la cara con una toalla húmeda antes de limpiar el desastre.

Después le trajo un analgésico y se tumbó a su lado haciéndole un masaje suave con los dedos en el cuero cabelludo hasta que volvió a dormirse.

Piper abrió los ojos casi seis horas después como si le hubiera pasado un camión por encima.

La cabeza todavía le zumbaba y tenía el estómago revuelto cuando salió al salón.

Olena estaba entrando por la puerta después de volver de casa de Harold y frunció el ceño en cuanto la vio, pálida y demacrada.

—He pedido hora con una terapeuta —explicó un rato después, cuando Piper se había dado una ducha para despejarse y se había sentado a la mesa de la cocina con un vaso de agua fría delante—, y vas a ir. No puedes seguir así.

Piper quiso protestar, decir que estaba bien y que solo había sido un episodio más de migraña, pero sabía que era mentira: no estaba bien y nunca lo estaría sin ayuda, así que aceptó.

—Sí, fui la semana pasada y tengo otra cita para el mes que viene —explica la doctora.

—Me alegro, Olena estaba muy preocupada, y yo también.

—Lo siento, es que todo se me ha juntado y me está costando gestionarlo.

—Lo sé, pero lo estás haciendo bien —dice Tiffany, orgullosa.

Cuando cuelgan, Piper se queda un rato más con el teléfono en las manos, pensando en la conversación que acaba de tener con su hermana y en que sus padres estarán en algún lugar del mundo viviendo la vida como si no hubieran dejado a dos hijas atrás y varios cargos por agresión sexual, pero ya no siente la misma rabia que la consumía al principio, porque cada vez que piensa en ellos se recuerda las palabras que le dice su terapeuta en cada sesión.

«Tienes que soltar lo que no puedes controlar», y Piper no puede controlar las acciones de sus padres ni cargar con una responsabilidad que no le corresponde, y poco a poco lo está entendiendo.

Termina de revisar los informes que tiene pendientes, firma un par de autorizaciones y recoge sus cosas para marcharse. Se asoma a recepción, se despide de una enfermera y camina hasta su casa con paso tranquilo.

Al llegar, le llama la atención que las luces del salón estén apagadas, porque a esta hora, la mayoría de los días, Olena y Nazar ya han vuelto del parque y, cuando ella abre la puerta, siempre lo encuentra frente al televisor viendo dibujos o sobre la alfombra atropellando dinosaurios con camiones, pero cuando entra, el silencio es absoluto y lo único que percibe es el olor del guiso que Olena debe estar preparando mezclado con el aroma inconfundible de las velas de Pacific Wick que Tiffany y Kelsey les traen cada vez que vienen de visita.

—¿Olena? —pregunta, dejando el bolso y las llaves en la entrada.

Se fija en que todo está en penumbra y cada vez entiende menos lo que pasa. La mesa del salón tiene un mantel blanco, dos platos vacíos, dos copas de vino y una botella abierta en el centro.

—Olena —repite en voz más baja mientras camina hacia la cocina.

Se detiene cuando escucha unos pasos y frunce el ceño, porque suenan como tacones y Olena siempre suele ir en zapatillas de estar por casa, pero entonces la ucraniana atraviesa la puerta y a Piper se le seca la boca de golpe.

Olena lleva un vestido negro sin mangas que se le ciñe a la cintura y le deja los hombros al descubierto.

Se ha recogido la melena rubia en un moño alto y se ha maquillado un poco, lo justo para resaltar sus ojos azules, donde Piper ve reflejadas las llamas de las velas.

—Estás impresionante —dice tras forzarse a tragar saliva.

Olena le sonríe y a Piper el corazón le da un vuelco ante ese gesto tan sencillo.

—¿Qué es todo esto? —pregunta, acercándose mientras señala la mesa, a ella y a las velas.

—La cena —contesta Olena, divertida y satisfecha por haber provocado justo el efecto que buscaba—. ¿Quieres una copa de vino?

Va hasta la mesa y empieza a servir sin esperar respuesta.

—¿Dónde está Nazar?

—Con tu hermana y Kelsey, les he pedido que se lo lleven esta tarde.

—¿Pero…? —Piper frunce el ceño. Acaba de hablar con su hermana y la muy zorra no ha dicho nada—. ¿Con qué excusa le has pedido que se lo lleven?

Olena se queda mirándola y después le tiende la copa.

—Ese es el problema, Piper: que crees que necesitamos una excusa para todo.

Piper ladea la cabeza, descolocada, y Olena va hacia ella, le da un beso en los labios y retira una silla para que se siente.

—Por favor —dice, haciendo un gesto con la mano.

La doctora se sienta y Olena lo hace frente a ella.

—Llevamos meses viviendo juntas —empieza la ucraniana—, y casi han pasado dos desde que nos acostamos. Compartimos una vida, Piper, mi hijo te llama mami y yo estoy enamorada de ti.

—No entiendo… —titubea Piper, nerviosa.

—Nos besamos, nos acostamos y, de cara a los demás, hacemos ver que no pasa nada, pero sí que pasa, Piper.

—Yo no te escondo, Olena.

—No he dicho que lo hagas, pero ni siquiera has sido capaz de contárselo a tu hermana, y yo necesito que esto sea algo oficial.

—Creía que lo era, te pedí que no te fueras de aquí…

—Lo sé —sonríe Olena—, pero eso no define lo que somos, solo que queremos vivir juntas, y yo quiero ponerle nombre a esto, poder hablar con Harold y decirle que salgo contigo, que Tiffany y Kelsey estén en casa y no tenga que aguantarme las ganas de cogerte la mano o besarte la mejilla.

Sé que para ti todo esto es nuevo y tienes mucho miedo, que te parece inmoral, y te entiendo, pero yo necesito saber que vas en serio, que dentro de un mes no te levantarás una mañana y dirás que es mejor dejarlo porque no puedes soportar la idea de estar conmigo después de…

Se inclina hacia delante y extiende el brazo sobre la mesa. Piper le coge la mano con los ojos humedecidos.

—Te quiero, Piper —dice sin dudar, y a Piper le tiembla la sonrisa en los labios—.

Te quiero de una manera que no sabía que podría llegar a sentir después de todo lo que me ha pasado, y no me arrepiento de nada, pero necesito saber que tú sientes lo mismo, que las dos estamos en el mismo punto —se le quiebra la voz—, porque si para ti todo esto no es otra cosa, prefiero que me lo digas ahora.

No voy a montar un drama ni te lo reprocharé, pero no puedo seguir aquí si no estás segura, porque mi hijo se está acostumbrando a una vida que podría desaparecer en cualquier momento.

Piper se levanta, rodea la mesa y se sienta a su lado, girando la silla de Olena hacia ella.

—Sé que he sido muy reticente con todo esto, pero yo también estoy enamorada de ti, Olena, y quiero a ese niño como si fuera mío.

Te dije que no quiero que te busques otro sitio y sé que no me expresé muy bien, que di por hecho que eso era suficiente.

Reconozco que todo esto me da pánico: nunca he estado con una mujer, he fracasado en todas las relaciones que he tenido y hace menos de un año estaba convencida de que iba a pasar el resto de mi vida sola.

—Hace una pausa y traga saliva—. Y después está lo de mi padre, que me persigue cada vez que cierro los ojos, porque soy la hija del hombre que te destrozó la vida y durante mucho tiempo pensé que no tenía derecho a quererte, que estaba mal, que era…

—Piper…

—Déjame acabar. —Olena asiente—. He intentado no sentir lo que siento, dejar de quererte, pero es imposible.

Me despierto contigo y soy feliz, tus ojos son lo primero que busco cada mañana, me voy a trabajar contando las horas para volver y encontraros en casa y, cuando llego y te veo con Nazar, se me olvida todo lo malo que hay en mi vida.

Te quiero, Olena, y quiero lo que sea que es esto aunque haya sido demasiado cobarde para decirlo.

Olena cierra los ojos y se seca las lágrimas con las palmas de las manos.

—Cobarde no es la palabra que yo usaría —dice Olena—. Eres la mujer más valiente que conozco, Piper Dalton.

Piper sonríe con ternura, le coge la mano y le besa los nudillos.

—Entonces, ¿qué somos? —pregunta Olena en un susurro.

—Somos nosotras, tú y yo. Puedes llamarlo como quieras y contárselo a todo el mundo.

Olena la besa despacio y Piper siente que se derrite.

—Se lo contaré a mi hermana, lo haremos las dos —asegura—, y nos daremos la mano siempre que nos apetezca, sin importar quién esté mirando.

—Vale —sonríe Olena, llena de felicidad.

—¿Qué has hecho de cenar? Huele de maravilla —pregunta la doctora.

—Varenyky y borsch, para que no se te olvide que tu chica es ucraniana.

—Mi chica —repite Piper, encantada.

Olena sirve los platos y ambas cenan en silencio, solo mirándose y sonriendo de vez en cuando, como dos mujeres enamoradas que acaban de entender que tienen un futuro juntas.

—Deberíamos hablar de Nazar.

Olena deja de masticar y la mira asintiendo.

—Me imagino lo que vas a decir.

—Ah, ¿sí?

—Que si lo hacemos público —empieza Olena—, la gente va a preguntar por él. Querrán saber quiénes somos nosotras para él. —Se limpia los labios y se recuesta en la silla—. Nazar es mi hijo y eso no va a cambiar, pero tú…

—Exacto, quiero adoptarlo —suelta Piper, y los ojos de Olena se abren con sorpresa—.

No ahora, claro, pero si esto funciona, y espero que así sea, me gustaría hacerlo.

No le pondremos mis apellidos por razones obvias, puede seguir con los tuyos, pero quiero que crezca sabiendo que tiene dos madres que lo quieren.

No tiene por qué enterarse de lo que pasó; al menos, no mientras sea pequeño.

A Olena le tiemblan los labios y baja la mirada al plato.

—No hace falta que respondas ahora, solo quiero que sepas lo que quiero.

—Piper. —Olena levanta la cabeza—. Hace un año vivía en una caravana y no sabía cómo iba a darle de comer a mi hijo al día siguiente, y ahora estoy aquí, sentada en tu mesa, viviendo bajo tu techo y cenando comida que he preparado para ti, y ahora me dices que quieres adoptar a Nazar.

—Las lágrimas le resbalan por las mejillas.

—Sí.

—Y yo también quiero que lo hagas; no se me ocurre una madre mejor para él. Lo haremos bien: primero, que entienda que nosotras nos queremos y que este es su hogar, y después hablaremos de lo demás.

—Me parece bien.

—Genial. Por cierto, Nazar se quedará con ellas toda la noche; tenemos la casa para nosotras.

Los labios de Piper se curvan.

—Iba a preguntarte qué había de postre, pero creo que mi postre serás tú. Me muero de ganas de quitarte ese vestido.