Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

P iper Dalton pega su cuerpo a la espalda caliente de Olena y le pasa un brazo por encima para posar la mano en su vientre.

Nota en la palma su respiración calmada y no puede evitar hundir su nariz en el cuello de la ucraniana.

Aunque sabe que no está dormida del todo, no se espera el movimiento de cadera que la hace estremecer.

Olena aprieta su trasero contra el sexo de la doctora y Piper suelta un gemido bajo que pone a ambas la piel de gallina.

Olena abre los ojos y decide seguir con el movimiento, que ahora es circular y preciso, mientras siente cómo las manos suaves de Piper bajan hasta colarse por la cinturilla del pantalón de pijama.

—Estás caliente —susurra la doctora Dalton y desliza las yemas de los dedos por los labios inferiores de Olena.

—Tú haces que me caliente. —La respuesta de Olena va acompañada de una apertura de piernas que le da a Piper el espacio suficiente para empezar a jugar con el clítoris de la chica.

Piper se concentra en tocarla como ya sabe que le gusta; estos juegos le encantan porque no se trata de una sesión de sexo en la que necesitas más tiempo, sino de una liberación que ambas suelen buscar.

Masturbarse juntas es algo que nunca pensó que la llenaría tanto; Piper estaba acostumbrada a acostarse con hombres con los que, en la mayoría de las ocasiones, todo iba en torno a la penetración.

—Me encanta cuando me tocas así —sisea Olena, que ha aumentado el movimiento de sus caderas para darse más placer, pero también para ir preparando a Piper.

—Y a mí cuando estás tan... —La frase se queda a medias porque el móvil de la doctora empieza a sonar sobre la mesilla de noche.

Ambas se quedan quietas un instante sin saber qué hacer; aún no ha amanecido, por lo que quien esté llamando puede que tenga algún tipo de urgencia. Piper libera su mano y se gira para coger el aparato; el escalofrío que siente es inmediato cuando lee el nombre de Tiffany en la pantalla.

—¿Qué pasa? —pregunta de inmediato, dejando a un lado los saludos cordiales.

—¿Has hablado con mamá? —La pregunta le seca la garganta y Piper se incorpora para salir de la cama.

—No, no sé nada de ella desde que salimos de la comisaría. ¿Ha pasado algo?

Piper escucha el ruido de fondo de una cafetera e intuye que Kelsey también se ha levantado.

—Me ha llamado la sargento Stewart. Ayer se presentaron en casa para llevar a papá a la comisaría. No los encontraron ninguna de las tres veces que fueron.

—¿Cómo que no los encontraron? —Piper se ha puesto tan nerviosa que al ponerse de pie trastabilla y por poco se cae—. No entiendo.

La doctora Dalton escucha a su hermana suspirar y sabe que necesita un momento para ordenar sus palabras antes de explicarle lo que sucede.

—Les pareció muy raro porque fueron en horas diferentes y también los buscaron en todos los sitios que frecuentan: el club, el gimnasio, la cafetería del centro y hasta el supermercado.

—Tiffany deja de hablar por unos segundos—.

Resulta que han hecho grandes movimientos de dinero y sus pasaportes tienen salida del país.

Piper abre mucho los ojos sin poder creerse lo que escucha. No tiene necesidad de que su hermana lo diga; ella lo ha deducido sola: sus padres han huido de los Estados Unidos.

—Están en Rusia, o al menos es allí donde ha aterrizado el vuelo que han cogido. Se han marchado, Pi.

La última frase le sale rota y Piper tiene que cerrar los ojos por un momento para controlar la cantidad de sensaciones que está experimentando. Sus padres se han ido, han desaparecido.

—Que la sargento vaya a buscarlos —dice Piper y levanta demasiado la voz, haciendo que Olena se acerque a ella por detrás para intentar calmarla—. No puede dejar que papá se vaya de rositas.

—Rusia no tiene tratado de extradición con Estados Unidos, por lo que ella no puede hacer nada.

La noticia le cae a Piper como un mazazo en el centro del pecho, tan fuerte que se lleva la mano y masajea la piel porque siente que se le ha detenido el corazón. Sabe lo que significan las palabras de su hermana; aun así, tiene que preguntar porque quiere asegurarse de que su concepto es correcto.

—¿Y qué significa eso?

—Que nuestro país no puede exigirle al gobierno de Rusia que localice, arreste y entregue a papá. —Tiffany suelta un suspiro que suena a lamento—. La sargento Stewart está en conversaciones con la Interpol para difundir la notificación roja, pero poco más pueden hacer.

—Joder, Tiff —contesta Piper y se aprieta los labios con fuerza—. ¿Cómo ha podido pasar esto?

—La policía cree que mamá le contó todo a nuestro padre y se dieron cuenta de que, si no huían, al final iría a prisión, así que actuaron con rapidez y se marcharon. Fueron inteligentes, se fueron preparados, y con el dinero que han movido no tendrán que preocuparse demasiado.

—No se pueden esconder para siempre —farfulla Piper, tan enfadada que los dientes le chirrían.

Tiffany no contesta de inmediato y Piper vuelve a sentarse en la cama porque está mareada. Olena la ha dejado sola, dándole espacio para tener esta conversación.

—Yo creo que sí pueden; harán lo necesario para eso. Nuevas identidades, algún cambio que los haga poco reconocibles y asentarse en un sitio tranquilo en el que llamen poco la atención. Quizá ni siquiera se queden en Rusia y les pierdan la pista en algún momento.

La doctora Dalton siente que está en una película de suspense donde el asesino se esconde tras años de entrenamiento.

Le parece una locura lo que plantea Tiffany: todo eso de identidades falsas y cambios físicos no es digno de una pareja más cerca de la ancianidad que de la juventud, que ha criado a dos hijas mientras levantaba una empresa.

—¿Sigues ahí? —pregunta la menor de las Dalton, y Piper asiente como si estuviera frente a ella.

—Sí, solo que... —bufa, desconcertada—, me cuesta creer todo esto.

—A mí también, pero después de saber lo que hizo papá, nada me sorprende.

El silencio de la línea se extiende durante unos segundos hasta que es Tiffany quien vuelve a hablar.

—Voy a salir con Kelsey a despejarme, deberías hacer lo mismo —sugiere la mujer—. Si quieres, cenamos esta noche y lo hablamos con más calma.

—Sí, me parece bien. —Piper resopla y se pone de pie—. Si vuelves a hablar con la sargento, llámame.

Se despiden con la voz rota y la doctora sale de la habitación en busca de Olena.

La encuentra en la cocina con la mirada perdida mientras remueve un café de forma mecánica.

A Piper se le arruga el corazón cuando la ve así y es consciente de que, aunque la ucraniana no sabe toda la historia, seguro que ha escuchado lo más importante: que su padre se ha fugado y difícilmente pagará por lo que hizo.

—¿Y Nazar? —quiere saber la doctora. Olena parece reaccionar al escuchar el nombre de su hijo y alza la vista.

—Sigue dormido, ayer jugó mucho y no creo que se despierte todavía.

Piper asiente y se acerca a la otra mujer. Se queda frente a ella y ambas se miran a los ojos en una muda señal de apoyo.

No pierde tiempo y empieza a relatarle toda la conversación que acaba de tener con su hermana. Le da detalles sobre lo que la policía ha descubierto y lo que pasará a continuación. La ucraniana no dice nada; se mantiene en silencio mientras lo escucha todo como si fuera una sentencia.

—Lo siento mucho, Olena. —Piper baja la vista, apenada, como si hubiera sido ella la culpable de todo lo que ha pasado—. Tenías derecho a que pagara por lo que te hizo.

Ella niega con la cabeza y le coge las manos.

—Tu padre no iría a prisión por haber abusado de mí —le recuerda, porque en su caso era imposible demostrar la agresión de Lucas—. Quería que diera la cara, pero no se ha podido y no pienso quedarme estancada allí, Piper. Voy a seguir con mi vida y espero que tú también hagas lo mismo.

La doctora está tan sobrepasada que no comprende la facilidad con que Olena acepta que Lucas Dalton simplemente no recibirá el peso de la justicia.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —pregunta, sorprendida—. Ese monstruo...

—He tenido mucho tiempo para superar lo que me hizo y, aunque me joda que se haya escapado, me aferro a lo que he ganado con todo esto.

—Se pega al cuerpo de Piper y levanta la mano libre para deslizar su dedo por el contorno de su rostro—.

Te conocí a ti, le di a mi hijo una nueva familia y he encontrado el amor en el sitio que menos esperaba.

Tu padre se convirtió simplemente en el daño que hizo posible que yo volviera a ser feliz.

Solo quiero pasar página y seguir descubriendo lo que tenemos.

El corazón de Piper Dalton se detiene un instante y después acelera con fuerza.

Oye sus propios latidos y se emociona por las palabras de Olena.

Ella también ha encontrado el amor en una mujer que debía ser prohibida para ella, y escuchar de su propia boca que lo que quiere es seguir adelante le infunde la fuerza suficiente como para querer intentar lo mismo.

—Juntas podemos lograrlo, ¿no?

Olena la besa como toda respuesta y Piper sonríe pegada a esos labios suaves. Una sonrisa en medio de tanto caos que la hace sentir que puede con todo.

—¿Qué te parece si, cuando despierte Nazar, vamos a desayunar fuera? —propone Olena—. Nos vendría bien a todos.

—Y después podemos ir un rato al parque —dice Piper, y Olena asiente, complacida.

Una hora después, las dos mujeres, junto al niño, están llegando a un restaurante que solo sirve desayunos y piden tanta comida que la camarera las mira impresionada.

Huevos revueltos, bacon, tortitas y café que fácilmente podría ser para una familia de cuatro adultos.

Se lo comen todo; no saben si es por el estrés que han pasado, pero, de alguna manera, que Lucas esté lejos les ha quitado cierto peso y les ha vuelto a abrir el apetito.

Están allí un buen rato, sacan diferentes temas de conversación y se ríen del desastre que ha hecho Nazar intentando cortar las tortitas él mismo. Desde fuera parecen una familia de esas que llevan mucho tiempo juntas y que han salido a desayunar como cualquier otro día en sus vidas.

—¿Al parque? —Nazar abre mucho los ojos cuando Piper le dice cuál será la siguiente parada.

—Sí, al del tobogán grande.

El niño empieza a dar saltitos y se abraza a las piernas de la doctora como si esta le hubiera dado la mejor noticia del mundo, mientras Olena los mira embelesada.

Conducen durante unos veinte minutos y luego aparcan en una calle que está a pocos metros del parque. Piper ha dejado de revisar su móvil porque de verdad quiere intentar pensar en otra cosa que no sea la fuga de su padre y disfrutar más de la compañía.

—Espera, hijo —le pide Olena, porque, en cuanto cruzan la calle, Nazar empieza a correr hacia el tobogán.

El niño ralentiza sus pasos, pero no se detiene, y cuando llega hasta el tobogán sube las escaleras con prisa. Piper, por instinto, se coloca frente al juego infantil esperando a que Nazar se deslice por el metal para sujetarlo.

—¡Síiii! —grita, emocionado cuando llega hasta abajo y lo reciben los brazos de Piper—. Otra vez.

Nazar repite tres veces seguidas. Tiene las mejillas rojas y los ojos abiertos de la alegría. Olena nota el cambio de su hijo: cómo sonríe más y se le ve tan relajado después de que Piper llegara a sus vidas. Observa a la doctora, que le devuelve la mirada un segundo.

—Mami —dice Nazar, y Olena desvía la vista hacia él, pero su hijo no la está viendo a ella—. Atrápame.

Piper se queda un instante desconcertada, pero coge al niño en sus brazos. Olena se acerca y de inmediato Nazar corre hasta ella.

—¿Me has visto, mamá? —pregunta mientras se ríe—. Mami me ha atrapado.

Ambas mujeres se miran y entienden enseguida que Nazar no se ha equivocado, sino que le ha dicho «mami» a Piper porque ha querido. El niño sale corriendo y se entretiene con otro aparato.

—Creo que... —Piper señala a Nazar con la cabeza, pero se queda callada porque no sabe qué decir.

—Te ha dicho «mami», sí. —Olena le sonríe—. ¿Estás bien con eso?

—¿Estás bien tú? —quiere saber. No pretende desplazarla y no tiene ni idea de qué puede suponer para ella que su propio hijo llame así a una recién conocida.

Olena asiente despacio y le coge una mano.

—Nazar te ha llamado así porque es lo que siente. Mi hijo te ve como su otra madre a pesar de que sabe que eres su tía, pero los niños, en su inocencia, son capaces de percibir el amor que reciben de otra manera, y tú, Piper, te has comportado como eso, como una segunda madre para él.

A Piper se le humedecen los ojos; nunca pensó estar preparada para asumir una responsabilidad así, pero parece que ha surgido de una forma tan natural que ni siquiera ella misma se había dado cuenta.

—Soy muy afortunada —es lo único que puede decir Piper en ese momento, y se abraza a la mujer que le ha enseñado a amar de verdad.