Capítulo 17
P iper abre los ojos de golpe cuando escucha el timbre de su casa.
Está algo desorientada por el sueño, pero es muy consciente de que Olena está a su lado y que las dos están desnudas.
Estira la mano para encender la luz de reloj y comprobar la hora mientras intenta recordar si ha quedado con alguien y lo ha olvidado, pero no lo logra y apenas son las ocho de la mañana.
Vuelve a sonar y entonces el pulso se le acelera, Olena también se ha despertado y se incorpora mientras se pasa las manos por los ojos.
—¿Esperas a alguien? —pregunta la ucraniana con voz pastosa por el sueño.
—No.
Piper sale de la cama, se pone unas bragas y una camiseta y espera junto a la puerta mientras Olena recoge su ropa y pasa por su lado para ir a su habitación a vestirse.
—Si necesitas algo, grita —dice desconcertada.
Piper sonríe y le resta importancia.
—Seguro que es Tiffany, no te preocupes.
La doctora baja las escaleras en medio de un bostezo y cuando se acerca a la puerta y observa a través de la mirilla, la boca se le abre con sorpresa al ver a su madre al otro lado.
—Mamá, ¿qué haces aquí? —pregunta en cuanto abre, y entonces repara en la maleta que tiene al lado.
—Siento presentarme así, hija, pero estoy muy agobiada, esto de tener que callarme y fingir junto a tu padre que no ha pasado nada me está volviendo loca.
Anoche llegó de una partida de póker con sus amigos y tuve que servirle el plato y escuchar cómo me contaba sus cosas mientras yo lo miraba y me imaginaba lo que había hecho.
No he podido dormir en toda la noche y al final me he levantado y he pensado en salir de allí unos días.
—Claro, mamá, pasa, no te quedes ahí.
Piper coge la maleta y la arrastra al interior.
—Dejémosla aquí, ahora vamos a la cocina, haré café.
—¿Por qué llevas tan poca ropa? ¿Es que no tienes pijama? —pregunta Selene, y Piper se fija entonces en sus piernas desnudas y sus pies descalzos, y se da cuenta de que no proyecta buena imagen.
—He pasado mucho calor esta noche —se excusa—, siéntate, voy a vestirme y bajo enseguida.
No le da tiempo a decir nada y corre por las escaleras directamente a su habitación, y Olena entra cuando se está poniendo el pantalón.
—¿Quién era?
Piper la mira mientras se pone los calcetines.
—Mi madre, se ha agobiado con mi padre y se ha venido unos días aquí.
Los ojos de Olena se desorbitan.
—Dios mío, debería irme, Nazar y yo...
—Ni se te ocurra. Vives aquí conmigo y ella lo entenderá, no te preocupes. Dame unos minutos para que pueda contárselo y después bajas.
—Nazar está despierto.
—Pues bajas con él.
Piper se levanta, se acerca y le roba un beso rápido.
—Irá bien, tranquila.
Baja las escaleras casi saltando y encuentra a su madre donde la ha dejado, solo que con los ojos fijos en la nevera, donde hay varios dibujos de Nazar.
—¿De quién son? —pregunta intrigada.
—Enseguida te lo explico, pero antes, ¿qué le has dicho a papá? ¿No se ha extrañado de que te marches así?
—Le he dicho que últimamente os veo muy poco, que tú estabas muy estresada con el trabajo y que quería pasar unos días aquí contigo.
Al principio le ha extrañado, pero después lo ha entendido y hasta estoy convencida de que se ha puesto contento.
Ahora tendrá toda la casa para él, Dios mío, todavía no lo concibo, es tan amable y cariñoso...
—Superaremos esto, mamá —asegura Piper—. Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, después prepararé la habitación del fondo.
—¿La del fondo? ¿Qué pasa con la de invitados?
Piper coge aire y le señala la silla para que se siente.
—Olena, la chica ucraniana de la que te hablamos, está viviendo aquí con su hijo —explica con calma, y los ojos de Selene se abren como dos ventanas.
—¿La chica ucraniana? ¿Aquí, en tu casa? —pregunta impresionada.
—Sí. Estaba pasando por una situación muy difícil, sola y con el niño, sin nadie de fiar con quien dejarlo mientras ella trabajaba. La estamos ayudando mientras se estabiliza.
—Increíble —murmura Selene.
Su mandíbula se tensa y las aletas de la nariz se le expanden mientras Piper la observa con paciencia. Entiende que para ella puede ser chocante, todo esto le ha venido de golpe y además se entera de que una de las mujeres agredidas por su marido está aquí, en casa de su hija.
Justo en ese momento se escucha la tos de Nazar y acto seguido los pasos de Olena por la escalera, y al cabo de un segundo el niño aparece el primero corriendo con los brazos abiertos hacia ella y quedándose aferrado a una de sus piernas mientras mira a la desconocida, y detrás entra Olena, que se queda junto a la puerta.
—Buenos días —saluda con una timidez y un gesto cohibido que a Piper le recuerda a las primeras veces que se vieron, y el estómago se le retuerce porque no quiere que Olena se sienta así.
—Mamá, ella es Olena, y este terremoto de aquí es su hijo, Nazar —le revuelve el pelo al niño y se gira hacia la ucraniana—. Olena, ella es mi madre, Selene.
—Encantada, señora Dalton, es un placer conocerla.
Selene levanta la mirada y se queda con los ojos fijos en su cuerpo, mirándola primero a la cara y bajando después.
Piper frunce el ceño cuando ve cómo la repasa de manera descarada, fijándose en cada detalle de la ucraniana, y la garganta se le cierra de rabia porque se da cuenta de que su madre está evaluando el tipo de mujer que tiene delante, su juventud, su altura y su belleza exótica que salta a la vista sin que Olena tenga que esforzarse.
Por último, echa un vistazo de reojo hacia el niño, que la sigue mirando con desconfianza.
—Hola —dice Selene al fin, sin levantarse y con una frialdad que hace que Piper se irrite más.
Olena se queda quieta unos segundos, incómoda, alternando la mirada entre Piper y Nazar.
—Entra, voy a hacer café —dice Piper.
—En un rato, solo he bajado a saludar. Tengo que bañar a Nazar, así os ponéis al día mientras tanto.
Piper sabe que es una excusa, que lo primero que hacen cada día es desayunar, los tres juntos, y la frialdad de su madre le ha robado ese momento.
—Vale, voy preparando el desayuno mientras tanto.
Olena estira la mano hacia Nazar y él se suelta y corre hacia su madre, que lo coge en brazos y se da la vuelta.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Piper en cuanto se quedan a solas, soltándola en una especie de siseo contenido.
—¿El qué? —pregunta Selene sin inmutarse.
—Esa forma de mirarla, y de hablarle, la has tratado como si fuera una molestia.
—La he saludado, no sé qué más esperas que haga —se defiende su madre.
—Quiero que seas educada con una persona que vive en mi casa y que no tiene por qué sentirse mal aquí.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿Yo sí tengo que sentirme cómoda viviendo bajo el mismo techo que la mujer que estuvo con tu padre?
Piper la mira fijamente, arrastra una silla y se sienta frente a ella.
—Te lo voy a pasar por esta vez, pero te recuerdo que ella no estuvo con papá por voluntad propia, él la obligó, espero que lo recuerdes.
—¿Y cómo lo sabes?
—¿Perdona?
—No quiero ser insensible, Piper, pero ya la has visto. Es muy guapa, y joven.
Lo suelta tan tranquila, y a la doctora se le remueven las entrañas porque parece un reproche camuflado de cumplido.
—Sí, he visto cómo la mirabas, ¿eso qué tiene que ver?
—Mucho, tiene mucho que ver. —Selene frunce los labios y suspira—. ¿Es que no puedes imaginarte lo que pasó? Ella joven, rubia y con ese acento. Tu padre la vio y se encaprichó de ella, ¿quién no lo haría?
—¿Tú te escuchas, mamá?
Selene se sobresalta con la interrupción de su hija, que tiene la cara roja y la respiración acelerada.
—No insinúo eso que piensas —se suaviza—, pero es que verla aquí sabiendo lo que hizo con... Lo que hizo tu padre —se corrige—, me resulta complicado, sobre todo viendo a ese niño que es igual que él.
—Entiendo que te resulte chocante, pero ten mucho cuidado con lo que dices, te guste o no, la víctima fue ella y se merece tu respeto porque no voy a echarla de aquí solo porque tú no sepas comportarte.
Por un momento, está a punto de soltarle que Olena es mucho más importante para ella de lo que puede imaginarse, pero se contiene para darle espacio a su madre y dejar que se adapte a la nueva situación.
Selene la mira, muy seria, y asiente cuando ve la determinación de su hija.
—Tienes razón, perdona.
—No has de disculparte conmigo, sino con ella.
—Lo haré —murmura mirando su maleta—. ¿Te importa si voy a mi habitación? Quiero deshacer la maleta y quizá darme una ducha, estoy un poco estresada.
—Claro, te llevo la maleta.
Piper se levanta y las dos suben las escaleras. La habitación de Olena está abierta y pueden verla de pie, con Nazar sobre la cama mientras lo viste.
—Hay toallas limpias en el baño del pasillo, después vendré y te haré la cama.
—No te preocupes, tú dime dónde están las sábanas y me apaño, me vendrá bien hacer algo con las manos.
—En el armario.
Piper cierra la puerta de la habitación al salir y va directamente a la de Olena.
—¿Bajáis? —pregunta haciendo un gesto que parece más una súplica.
Olena coge a Nazar en brazos y la sigue por las escaleras.
—Siento lo de mi madre, ella no es así, no sé qué le ha pasado —empieza Piper.
—No te preocupes, no pasa nada.
—Sí que pasa, no pienso tolerar que nadie te trate mal, me da igual quién sea.
—Piper... —Olena le pone la mano en el centro del pecho y le da un beso rápido en los labios—. Es normal que se haya puesto nerviosa, ponte en su lugar.
—No la defiendas, Olena. Yo la conozco, sé cómo es y ella no se parece en nada a la mujer que he visto hace un momento, no es así de grosera ni de...
—Cariño —insiste Olena, y Piper se deshace—. Estoy segura de que no es así, solo ha reaccionado mal, ya está. No le des más vueltas, por favor. Tú no vas a consentir que me traten mal ni yo que te estreses por esto. Siéntate, voy a preparar el desayuno.
Piper se sienta a regañadientes, pero saca su teléfono y le escribe un mensaje a Tiffany para informar de que su madre se ha presentado en su casa.
«Llámame cuando puedas».
Al instante, la pantalla se enciende y el nombre de Tiffany aparece en ella.
Piper se levanta y sale al jardín por la puerta de la cocina, detallándole a su hermana todo lo que ha pasado porque necesita desahogarse y le molesta que Olena le reste importancia.
—Joder, ¿en serio? —se sorprende Tiffany.
—Ya te digo, te juro que la miraba y pensaba que era otra persona.
—Bueno, tranquilízate. Vamos a darle un voto de confianza, pero si sigue así o te hace sentir incómoda, dímelo y la voy a buscar. Que se quede con nosotras unos días.
—Ya te iré diciendo —dice Piper.
Cuando cuelgan, se queda un momento en el jardín tomando el aire, pensando que anoche fue una de las mejores de su vida y que su madre le ha estropeado una mañana con sus impertinencias que debería haber sido igual de perfecta.