Capítulo 16
—Cuánto me alegro, Tiff —dice Piper después de que su hermana le cuente que ya tienen las llaves del local y que se han puesto en marcha para empezar a acondicionarlo—. Lo que necesites, no dudes en decírmelo. Os puedo echar una mano en lo que sea.
La doctora Dalton está en el sofá de su casa, con las piernas estiradas y los pies apoyados sobre la mesilla baja.
Hoy ha decidido dejar la residencia más pronto de lo habitual, había terminado de hacer todo lo que tenía pendiente y no tenía sentido seguir allí encerrada.
Ha aprovechado y se ha dado un largo baño, se ha hidratado la melena y se ha dado cuenta de lo mucho que le hacía falta dedicarse algo de tiempo.
—Claro, nos vemos el viernes —Piper le contesta mientras se reacomoda mejor entre los cojines, está tan cómoda que solo de pensar en moverse, se pone de mal humor—. Dale un beso a Kelsey de mi parte.
Las hermanas se despiden y en cuanto Piper acaba con la llamada, el silencio de su casa la aturde sin que se lo espere. Eso le hace intentar recordar cuándo fue la última vez que estuvo sola allí y la respuesta le viene muy fácil a la mente: antes de que Olena se mudara con ella.
Se ha acostumbrado al ruido que hace Nazar cuando está jugando, los pasos de la ucraniana moviéndose de una estancia a otra mientras cocina y a la vez vigila a su hijo.
Le resulta curioso porque a pesar de sentir a veces el peso de la soledad, le gustaba disfrutar de su propia compañía una vez cruzaba la puerta tras un largo día, pero ahora experimenta una clase de tristeza que le cuesta comprender y solo desea que Olena y el niño regresen de su jornada de juegos en el parque.
Como si fuera capaz de escuchar sus pensamientos, la puerta se abre y la risa encantadora de Nazar inunda el ambiente. Piper suspira, esa es la verdadera felicidad.
—Calma, hijo, no molestes a Piper, que está descansando —dice la rubia con gesto agobiado. Nazar corre directamente hasta el sofá y salta sobre la doctora Dalton.
—Hola, guapo —dice mientras lo abraza y siente el suspiro calmado del niño—. ¿Lo has pasado bien en el parque?
Nazar mueve la cabeza con ímpetu, asegurándole con el gesto que ha disfrutado mucho. Luego, con la energía que lo caracteriza, salta del sofá y corre a toda velocidad hasta la esquina del salón donde tiene unos juguetes. Ambas lo miran con una sonrisa tonta en los labios.
—¿Y a mí no me saludas? —la voz de Olena hace que la piel de todo el cuerpo de Piper se erice.
—Hola, bonita —susurra la doctora Dalton con el corazón acelerado.
Olena gira el cuello para asegurarse de que Nazar no las está viendo y se inclina para atrapar los labios de la mujer que está en el sofá. La besa sin profundizar el gesto, pero es suficiente para que ambas suspiren.
—¿Estás bien? —pregunta Olena y le pone una mano en la mejilla—. Pensé que aún estarías trabajando.
Piper tarda unos segundos en contestar, está perdida en los ojos azules de la chica que la mira con devoción.
—He acabado pronto —resume y da toques con la mano en el sofá para que se siente a su lado—. ¿Has tenido un buen día?
Olena le cuenta que ha sido bastante tranquilo, que Harold solo ha querido salir a dar un paseo y luego ella ha ido al supermercado a reponer las galletas con las que le gusta merendar.
Cuando acabó allí, fue a recoger a Nazar a casa de Jake Barrett porque aunque lo habitual es que las chicas lo acerquen a casa, hay días que están muy ocupadas así que ella es quien va a buscarlo.
—He aprovechado para preparar la cena cuando he vuelto, así que solo será calentarla en el horno —termina y se pone de pie—. Voy a bañar a Nazar y luego pongo la mesa.
Antes de que Olena se mueva, Piper la coge suavemente por la muñeca e impide que se vaya.
—¿Te importa si me ocupo yo? Nunca me he involucrado en su rutina de aseo y me gustaría aprender para ayudarte.
A la ucraniana se le humedecen los ojos porque lleva tanto tiempo sola en este país, que la llegada de Piper a su vida —a pesar de que al principio haya sido por motivos desagradables— es lo mejor que le ha ocurrido.
No entiende la bondad de esta mujer, no le debe nada y, sin embargo, le da todo lo que tiene.
Cobijo, cariño y la ayuda de forma desinteresada.
—No tienes por qué hacerlo —contesta sin mucha convicción y el gesto de Piper se tuerce.
—Quiero hacerlo, tú te ocupas de todo en esta casa desde que estás aquí y no es justo.
Olena sabe que entrar otra vez en esa discusión es absurdo. Piper no parece entender que darles un sitio seguro a ella y a su hijo es más que suficiente como para darse el placer de no hacer nada más.
—De acuerdo —le sonríe—. Voy a encender el horno y poner la mesa. No dejes que te convenza, el baño es corto y entre semana no hay juegos en la bañera.
—Sí, jefa —contesta Piper divertida y hace un saludo militar con la mano.
Las dos se sincronizan a la perfección y tan solo media hora después —Nazar ha conseguido jugar durante diez minutos en la bañera— los tres están sentados a la mesa comiendo.
Olena ha hecho un pastel de carne, un platillo que lleva puré de patatas, ternera picada y verduras que ha coronado con queso rallado y después gratinado.
—Dios, está buenísimo —la felicita Piper y se mete en la boca otro bocado—. Cocinas muy bien.
Olena sonríe mientras mastica con calma. Le encanta tener tiempo para perderse en la cocina un buen rato, pero le fascina más escuchar que a Piper le gusta su comida.
Cuando terminan es la ucraniana la que se encarga de recoger los platos y dejar la cocina limpia para el siguiente día.
Cuando regresa al salón, Nazar está adormilado con un coche de juguete en una mano y un muñeco en la otra.
Hoy está bastante agotado y para pesar de Olena, no podrá disfrutar de ese rato que suelen estar en el sofá con Piper después de cenar.
—Voy a acostarlo —dice mientras coge al niño y lo estrecha contra su cuerpo.
Piper se pone de pie, no tiene ganas de quedarse en el salón a solas así que decide subir a su habitación, encender su libro electrónico y buscar algo que leer.
—Yo también subo —cuando la doctora lo dice, nota un cambio en la expresión de Olena, pero como la chica no dice nada, ella tampoco se lo pregunta.
Cuando suben a la planta de arriba, una camina hasta el baño y la otra se va hacia la habitación con Nazar.
Piper se sienta en su cama y de inmediato consigue una novela que le llama la atención, así que empieza a leer la muestra.
Si acaba enganchándola, la comprará. No tiene ni idea del tiempo que pasa con los ojos pegados a las letras cuando escucha pasos en el pasillo y ve de inmediato la figura de Olena en el umbral.
—Solo quería desearte buenas noches —susurra desde el quicio de la puerta, sin moverse.
Piper la nota nerviosa, la forma en la que retuerce sus manos se lo deja claro. La doctora Dalton se humedece los labios, hoy ha sido un día en el que han pasado poco tiempo juntas y tiene muchas ganas de tenerla cerca, aunque sea cinco minutos.
—¿Y no me das un beso? —pregunta, y Olena sonríe a la vez que se adentra en la habitación.
La chica se inclina sobre Piper y le da un beso suave, pero el sonido que hace la doctora al recibirlo es tan sensual que no puede evitar profundizarlo y que sus lenguas se encuentren. Olena levanta una pierna y se acomoda a horcajadas sobre la otra mujer, que la abraza nada más sentirla.
Es la segunda vez que le ocurre, pero el cuerpo de la ucraniana empieza a moverse de forma automática. Sus caderas tiran hacia adelante y luego hacia atrás, presionando hacia abajo en todo momento. Nota el calor de Piper debajo de ella y un cosquilleo empieza a recorrerle la piel.
—Joder —sisea Piper, que parece perder el control por un momento y, con las manos en la cintura de la chica, ejerce presión para que el espacio entre ellas desaparezca.
El resultado es que los dos cuerpos se rozan y la consecuencia es el fuego que aumenta como en un incendio provocado con gasolina. El silencio de la habitación solo se rompe con el chasquido de sus besos y el murmullo suave de los gemidos.
Olena empieza a sentir cómo la liberación toca sus entrañas y está tan excitada que empieza a moverse más rápido. Es el jadeo roto de su garganta el que hace que Piper vuelva a la realidad y se dé cuenta de que están cruzando una línea prohibida.
—Espera —se separa de los labios de Olena y aunque siente una punzada de orfandad en el pecho, echa la cabeza hacia atrás—. Tenemos que parar, no...
—¿Por qué? —el entrecejo de la chica se arruga. Tiene los labios tan hinchados que Piper quisiera morderlos—. ¿Acaso no te apetece seguir?
—Claro que me apetece —Piper se aprieta el puente de la nariz—, pero sabes que no podemos.
Olena suelta un bufido y por primera vez —salvo la vez que fue a la caravana en la que vivía— la nota enfadada de verdad.
—Nos estás privando a las dos de algo que deseamos —escupe molesta—. Lo que hizo tu padre no tiene que ver contigo, joder. Yo quiero esto —se señala hundiendo un dedo en su propio pecho—, y sé que tú también.
Olena se levanta de la cama y la cabeza de Piper es una atracción de feria.
Hay dos voces en su cabeza que discuten con fiereza y ella solo puede escuchar los latidos furiosos de su corazón.
Le gusta Olena, le encanta esa mujer y Lucas Dalton está haciendo que su felicidad se vaya a la mierda porque sus actos la han vuelto incapaz de hacer lo que quiere.
—No voy a obligarte a hacer nada de esto, pero quiero que sepas que estás asumiendo una responsabilidad que no te corresponde y machacándote en el camino.
Olena le da la espalda para salir de la habitación y quizá es ese gesto como de pérdida el que impulsa a Piper a levantarse y justo cuando la otra mujer está cruzando la puerta, ella la detiene, la gira y la besa.
—No te vayas —susurra la doctora pegada a su boca—. Quédate conmigo esta noche.
Olena da varios pasos torpes hacia adelante y ambas caen enredadas en el colchón. El beso cada vez es más profundo y Piper, harta de contenerse, usa sus manos para dejar caricias calientes en la piel blanca de la chica.
La ropa va desapareciendo a medida que pasa el tiempo. Primero las camisetas y después los pantalones hasta que ambas quedan en bragas, la única tela que las cubre. Cortan el beso para respirar mientras se miran con los ojos oscurecidos por el deseo.
—Nunca he hecho esto —le recuerda Piper y sus dedos acarician la cara de Olena.
—Yo tampoco —la besa despacio—, pero no me importa porque estoy contigo. Estamos juntas.
Piper quiere ir con calma así que se pega a su cuello y deja besos cortos en esa zona. Lo que no sabe es lo mucho que enciende ese gesto a la chica, que salta sobre ella y arrastra sus pechos sobre los pezones de la doctora.
—Haces que arda por dentro —sisea Olena, y en un arrebato pasa la lengua por sus dos pechos.
La ucraniana se deleita, besa, lame y se mueve sobre el cuerpo ardiente de Piper Dalton, que tampoco se queda quieta y pasa sus manos por todo el cuerpo de Olena.
—Quiero tocarte —escucha Piper y al instante siente cómo la mano de Olena se desliza dentro de sus bragas—. Joder, Piper, estás tan mojada.
La doctora Dalton abre las piernas cuando siente una ligera presión en su entrada y empuja sus caderas para que Olena mueva los dedos.
—Te necesito dentro —lloriquea, muerta de placer—. Dentro, preciosa.
Cuando Olena Boyko desliza sus dos dedos por la humedad, siente que su pecho se abre en dos mitades. Percibe que se está conectando a esta mujer de una manera casi fantasiosa, como si estuvieran cumpliendo con un conjuro.
El movimiento causa en Piper un hambre que hace mucho que no sentía y mientras Olena está ocupada con su entrepierna, ella busca el centro de la chica con movimientos tan torpes que parece una inexperta en el sexo.
—No llego a donde quiero —Piper jadea mientras lo dice—, pero no voy a parar de tocarte. Quiero que te corras conmigo.
Sofocan los gemidos ancladas a sus bocas, evitando que el ruido pueda despertar a Nazar.
Se pasan los siguientes minutos en la misma posición hasta que Piper se tensa de repente y sin esperarlo, el orgasmo llega potente, la sacude y la lanza hacia un abismo.
Olena, que estaba a punto de dejarse llevar, mira la escena con la boca abierta, los ojos de Piper casi en blanco, los labios separados...
la imagen es tan erótica que no puede aguantarlo más y se deja ir también.
—¿Estás bien? —pregunta Piper pasados unos minutos de silencio.
Olena levanta la cabeza de su pecho y le sonríe.
—Más que bien. Es la mejor noche de mi vida.