Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

P iper Dalton está absorta mirando la pared frente a ella, con un bolígrafo azul en la mano y la otra cerrada en un puño sobre su regazo.

Tiene la mente en otra parte —como ya es normal desde que Olena apareció en su vida y sobre todo, desde que hace unos días tuviera que decirle a su madre que está casada con un violador— y no logra concentrarse en nada desde que abrió los ojos esa mañana.

Estaba teniendo un sueño inquieto, no recuerda exactamente sobre qué, pero lo que sí sabe es que su cuerpo estaba completamente receptivo.

No tiene recuerdos del momento exacto en que su mano ha serpenteado hasta encontrar su sexo húmedo y cuando ha empezado a frotar, ya no era ella, era Olena Boyko.

Piper ha abierto los ojos después de que el orgasmo la haya arrollado y se ha encontrado sola, a oscuras en su habitación.

—Dios —susurró y se cubrió la cara con vergüenza.

No solo se ha dejado llevar y ahora disfruta de los besos de la ucraniana, sino que ahora tiene sueños donde Olena la masturba. No puede mentirse y decirse que se siente perdida porque no es así, ahora experimenta una tranquilidad que en medio de toda esta tormenta le parece incluso exagerada.

Decide dejar de pensar en la chica de ojos azules y coge el móvil para llamar a su hermana. Esta tarde tienen que reunirse con la sargento Stewart porque quiere ponerlas al día sobre la investigación que está llevando a cabo.

—Hola —saluda Piper, y abre mucho los ojos cuando escucha el jadeo entrecortado al otro lado de la línea—. ¿No estaré interrumpiendo algo, ¿no?

Tiffany suelta una carcajada que la hace ahogarse y empieza a toser entre risas. Cuando logra calmarse, corrige a su hermana.

—Acabo de terminar una sesión de CrossFit. —Piper escucha a su hermana manipular algo—. He venido a un sitio nuevo, queda al lado de casa y el entrenador no tiene ni una pizca de compasión.

La doctora Dalton sonríe, nunca ha entendido cómo la gente puede amar ese tipo de deportes que te drenan la vida en medio de la ejecución.

Comprende, sin embargo, que es un chute de energía o al menos es lo que observa en su hermana, que puede estar hundida, pero después de una de esas sesiones, parece recobrar todo lo perdido.

—¿Qué ocurre? —quiere saber Tiffany mientras camina tambaleándose hasta su ático.

—Nada, solo quería confirmar lo de esta tarde.

Tiffany saluda a alguien en voz baja antes de contestarle a Piper.

—Sí, iremos todas. Kelsey y yo os pasaremos buscando a las cinco.

La doctora Dalton se pierde en el ruido de fondo mientras su hermana le explica que la sargento tiene la prueba de paternidad de Nazar, que ha revisado a conciencia la agenda que le entregaron la otra tarde y que han avanzado en la investigación.

Piper escucha cuando su hermana abre la puerta del apartamento y Kelsey le dice que se ve tan sexy sudada que ese día llegarán tarde al taller.

Tiffany suelta una carcajada y le dice que espere, que está al teléfono con su hermana.

—Hola, Pi. —La voz de Kelsey suena con fuerza y un toque de diversión—. Olvida lo que has escuchado.

Siente un escalofrío. Últimamente todo lo que oye es sobre sexo y no sabe si es su mente retorcida la que atrae el tema o simplemente es casualidad.

—Tendré que hacerme una lobotomía —masculla, y las dos mujeres al otro lado ríen a carcajadas—. Venga, nos vemos luego.

Las siguientes horas logra centrarse en varias cosas, revisa el informe de contabilidad de la residencia, facturas del servicio de catering y aprueba el pedido de medicamentos mensual para sus pacientes.

Cuando se da cuenta, son las cuatro de la tarde, ha comido en su despacho y ha acabado todo lo que tenía que hacer, así que se levanta para recoger sus cosas y salir.

—Hasta mañana, doctora Dalton —dice una de las enfermeras del turno de tarde, y ella levanta la mano para despedirse.

En cuanto pone un pie fuera, una melena rubia aparece en su visión y si no fuera por la risa estruendosa de su hermano Nazar, Piper habría pensado que se trataba de una alucinación.

—¡Estamos aquí! —grita Nazar y corre hacia ella con los brazos abiertos. Piper sonríe y se agacha para cogerlo en brazos.

—Ya lo veo. —Lo abraza con fuerza y siente una corriente que la deja anclada a su pequeño cuerpo. Ese niño lleva su sangre, pero de alguna manera no lo siente como su hermano. Empieza a quererlo como a un hijo—. ¡Qué sorpresa me habéis dado!

Olena llega hasta ella y sus ojos brillan extasiados. Hace semanas que ama ver esa misma imagen, cómo Piper y Nazar tienen esa conexión que a veces le cuesta explicar.

—Hola —Piper se incorpora con el niño en sus brazos y tiene que reprimir el deseo de tocar los labios de la rubia—. No os esperaba.

Olena se mete una de las manos en los bolsillos de su pantalón y da un paso al frente. Acaricia la cabeza de su hijo y antes de retirarla, pasa las yemas de sus dedos de forma sutil por la mejilla de Piper.

—Teníamos ganas de verte y hemos decidido venir a recogerte.

Piper está hechizada con la chica.

—Es todo un detalle, gracias —la voz de Piper es suave y baja—. En nada las chicas nos recogerán para ir a hablar con Allison Stewart.

La ucraniana asiente y se coloca a su lado para emprender el camino hasta la casa que ahora comparten.

Hablan de su día, de cómo les ha ido en el trabajo y lo agotadas que están. La semana está siendo bastante larga.

—Harold está contento porque han organizado un torneo de ajedrez. Comenzará la semana que viene, así que me toca estar en el parque con él toda la mañana.

—Suena aburrido —opina Piper a la vez que deja a Nazar en el suelo porque ahora quiere ir saltando.

—La verdad es que no lo es. —Olena le coge la mano a su hijo antes de que se le ocurra correr—. Llevo todo lo que necesitamos para estar ahí y un libro para entretenerme. Las horas pasan bastante rápido.

Piper mueve la cabeza, las palabras se le han atascado en la garganta en el momento en que Olena se ha humedecido los labios y esa lengua que ahora conoce bien se asoma con delicadeza.

Por suerte, nada más llegar a casa, a la doctora solo le da tiempo de cambiarse de ropa porque su hermana toca el claxon dos veces y los tres salen de casa para subirse al coche.

Nazar saluda contento a las dos mujeres con las que pasa bastante tiempo y cuando están listas, el coche arranca y se pierde por las calles llenas de gente.

Una hora más tarde, las hermanas Dalton junto a Olena están frente a la sargento de policía que les explica todo lo que ha estado haciendo junto a su equipo.

—He hablado con Emily y corroborado vuestra versión —dice la mujer mirándolas—. Por suerte, ocurrió hace más de diez años y en este punto lo tiene superado. Se ha puesto a disposición para declarar oficialmente.

—¿Han servido para algo las anotaciones de mi madre? —quiere saber Piper.

Allison asiente mientras busca en una carpeta algunos documentos que deja a la vista.

—La agenda nos ha ayudado a orientarnos y gracias a los datos, hemos localizado a dos chicas más que aseguran que vuestro padre las atacó.

—Gira las hojas y en ellas aparecen los carnés de conducir de ambas.

A ninguna le pasa desapercibido que son extranjeras—.

El problema con ellas es que sus historias son idénticas a la de Olena.

—La sargento mira a la rubia durante unos segundos antes de seguir hablando—.

Mujeres jóvenes que llevan poco tiempo en el país, solitarias, sin familia o amigos cerca.

Olena no se da cuenta, pero tiene las manos en dos puños apretados con tanta fuerza que le tiemblan.

Piper, que está a su lado, se da cuenta y estira el brazo para cogérselas.

La ucraniana levanta la mirada y sus ojos se suavizan, suelta un suspiro y entrelaza los dedos con la mujer.

La policía nota el gesto y un leve levantamiento de cejas evidencia que se ha dado cuenta de que algo pasa entre ellas; sin embargo, no dice nada y continúa con su explicación.

—Fueron al hospital, pero negaron haber sido abusadas. —Allison revisa sus notas un momento—. Sexo consentido que se les fue un poco de las manos. Nada más.

—Entonces, ¿esto significa que sus declaraciones no nos sirven? —Tiffany se imagina lo peor porque, de ser así, siguen sin tener nada.

—Por sí solas no tienen peso, pero con un caso bien atado, sus experiencias sumarán.

—La sargento suelta un suspiro y pone ambas manos sobre la madera de su escritorio—.

No os voy a mentir, sin una prueba sólida en la que Lucas Dalton quede en evidencia, no podemos llevarlo a juicio, pero os juro que estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para conseguirla.

Mi equipo está revisando cada anotación que hizo vuestra madre en esa agenda, son muchos años y demasiados viajes, nos tomará un tiempo, pero confío en que encontraremos un hilo del que tirar.

Las tres mujeres no tienen la misma confianza que la oficial de policía, pero tampoco tienen otra opción que aferrarse a sus palabras.

Piper lleva días pensando qué otra cosa pueden hacer, incluso se le ha cruzado por la cabeza intentar sacarle una confesión a su propio padre.

Luego ha entrado en razón, ella no tiene ninguna experiencia en eso y además no cree tener la fuerza necesaria para sentarse frente a Lucas, hablar de lo que le ha hecho a Olena y no arrancarle la cara con sus propias uñas.

—¿Hay algo que podamos hacer nosotras, sargento? —Tiffany tiene la misma inquietud que su hermana y si no soltaba la pregunta, no podía marcharse tranquila.

—Habéis hecho más de lo que os corresponde —asegura Allison—. Es poco habitual que las hijas de un criminal tengan la valentía de denunciarlo. Las veces que lo he visto ha sido porque tienen una relación horrible o directamente nula. En vuestro caso no es así, por lo que sé lo duro que debe ser.

Ahora es Olena quien aprieta la mano de Piper al notar cómo su respiración se ha acelerado.

Ella también se siente culpable porque si no hubiera aparecido, nada de esto habría pasado, pero tampoco la hubiera conocido y ese pensamiento la hunde un poco.

Enamorarse de una mujer, pero al precio tan alto de un sufrimiento como ese.

—Os mantendré informadas. —Allison se pone de pie y las chicas la imitan—. Es posible que la semana que viene me ponga en contacto contigo, Olena, me gustaría comparar mis notas con tu historia.

Piper está a punto de saltar, de preguntarle si no es suficiente con todo lo que le ha contado, pero esa mano aferrada a la suya la ancla en el suelo. Cuanta más información obtenga la sargento, mayores son las probabilidades de que su padre pague por lo que ha hecho.

Se despiden y cuando salen de la comisaría se encuentran a Kelsey jugando con Nazar. El niño corre mientras ella va tras él haciendo ruidos monstruosos. Los gritos de Nazar las hacen reír porque huye despavorido como si un bicho gigante fuera a comérselo.

—¡Ayuda! —grita en cuanto las ve y corre hasta atrapar las piernas de su madre y Piper.

Olena lo coge en brazos y lo abraza.

—La tía Kelsey quiere comerme —dice él, aunque ahora se ríe feliz porque se siente a salvo.

Kelsey aparece jadeante como si llevara horas corriendo.

—Joder, qué mayor estoy. —Intenta llenar sus pulmones de aire—. ¿Ha ido bien?

—Luego te lo cuento. —Tiffany se acerca y le besa los labios sin saber que las otras dos mujeres se mueren de envidia—. ¿Qué os parece si vamos a cenar?

—¡Pizza! —grita Nazar, y las Dalton, derretidas con él, lo complacen.

—Lo estáis mimando demasiado —se queja Olena, y Tiffany la mira de reojo.

—Es un buen niño, se lo merece. —Asegura y se suben todas al coche.

Detrás, sentadas cada una en una esquina, Olena y Piper se miran un instante. Las ganas de acercarse cada vez son más fuertes y ninguna sabe cuánto tiempo podrán aguantar sin cruzar la línea que han prometido respetar.