Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

O lena está de espaldas a la puerta de la cocina preparando el desayuno de Nazar cuando siente las manos de la doctora posándose en su cintura y sus labios en la nuca.

—Dios, Piper —dice girándose de golpe en medio de una risa nerviosa—, me has...

No puede terminar la frase porque los labios de Piper ya están sobre su boca con un beso suave y tierno de buenos días.

—Perdona —dice hundiendo la cara en su cuello para aspirar su aroma, algo que no puede dejar de hacer desde hace cuatro días.

Olena se cuelga de su cuello y la besa de nuevo, pero Piper se aparta cuando escucha la voz de Nazar en el salón.

—Para, tu hijo está ahí mismo y nos podría ver.

—Está viendo los dibujos, no nos presta atención —dice Olena—. Anda, siéntate, ahora preparo nuestro desayuno.

Piper se sienta en un taburete con una taza de café y la observa moverse por la cocina como si llevara toda su vida en esa casa, y le gusta la sensación de cercanía que eso le produce.

Desde lo que pasó entre ellas, no han parado de robarse besos por cada rincón de la casa asegurándose de que el niño no las ve, siempre besos cortos, rápidos y urgentes y, aunque Piper todavía siente un nudo en el estómago cada vez que lo hace, ya no es solo provocado por la culpa, ahora viene mezclado con una felicidad desbordante y eso la desconcierta porque no pensaba que ambas cosas podrían coexistir.

—¿Has dormido bien? —pregunta Olena mientras bate unos huevos.

—Sí, llevo días durmiendo bastante mejor.

Olena la mira y asiente con una sonrisa.

—La verdad es que tienes mejor cara.

La conversación se interrumpe cuando Nazar aparece en la cocina arrastrando un dinosaurio de peluche y se acerca a Piper con los brazos abiertos hasta que ella lo levanta, lo sienta en su regazo y le besa la cabeza.

—Hola, bichito.

El niño levanta el dinosaurio y le habla de sus garras mientras Olena los contempla con adoración. Desayunan los tres en la cocina, Nazar embadurnado de mermelada y ellas hablando de sus cosas.

—¿Cuando vuelvas podemos ir a comprar si no estás muy cansada? Quiero llevar algo a casa de Jake mañana cuando vayamos a comer. Una tarta quizá, y hay que comprar leche para Nazar —comenta Olena distraída.

Piper tarda un segundo en responder porque a veces le cuesta asimilar lo cotidiano que se ha vuelto todo entre ellas, pero le gusta, y no quiere perderse estos momentos por nada del mundo.

—Sí, claro, podemos ir después de comer, habremos vuelto antes, o eso espero.

—¿Estás segura de que tu padre no estará en casa?

Piper asiente. Hoy es el día que ella y Tiffany han elegido para ir a hablar con su madre. Es sábado y su padre siempre pasa casi todo el día en el club jugando al golf con sus amigos, así que es el mejor momento para ir.

—Sí, no te preocupes, no aparecerá.

Olena le limpia las manos a Nazar con la servilleta y la mira.

—¿Estás bien? Va a ser un momento tan duro como incómodo —pregunta preocupada.

—La verdad es que estoy aterrada. —Piper es sincera porque ha descubierto que con Olena no le sirve de nada disimular, capta sus estados emocionales incluso mejor que ella misma—.

La vamos a hundir, nos vamos a sentar delante de ella para decirle que está casada con un monstruo, y después nos marcharemos y la dejaremos allí con él, pero tiene que saberlo.

—No la vais a hundir vosotras, lo va a hacer él con lo que hizo.

—Lo sé, pero aun así...

Olena se levanta, rodea la mesa y se pone detrás de ella, pasándole los brazos por los hombros y besándole la coronilla. Piper cierra los ojos y se agarra a los antebrazos con las manos.

—Estarás bien —le susurra al oído—. Tienes a Tiffany contigo y me tendrás a mí aquí cuando vuelvas.

—Lo sé.

Piper levanta la cabeza para mirarla desde abajo y en ese momento suena el timbre.

—Debe ser Tiffany, me voy. Nos vemos después.

Se pone de pie, le da un beso en los labios a espaldas del niño y va directamente hacia la puerta.

Llegan a la casa familiar y las dos se bajan del coche con un nudo en el estómago, sin haber sido capaces de hablar durante todo el trayecto mientras se preparaban mentalmente para el mal trago que les espera.

—¿Lista? —pregunta Tiffany cuando cierran las puertas.

—No, pero vamos antes de que me arrepienta —responde Piper, y de pronto su madre abre la puerta y sale al porche tras haber escuchado el ruido del coche.

—Mis niñas, ¡qué bien que hayáis venido! —exclama abriendo los brazos.

Las dos suben los escalones y se abrazan a su madre, quedándose ahí unos segundos más de lo habitual como si eso pudiera compensar el daño que van a hacerle.

—He preparado limonada, y una bandeja de galletas de la pastelería de la señora Orken.

He hecho que vuestro padre las trajera antes de irse al golf —explica Selene, atravesando la casa para acceder al jardín trasero, donde lo tiene todo dispuesto desde que Tiffany la ha avisado esta mañana de que se iban a pasar.

Piper no puede evitar mirar las fotos del salón, la estantería repleta de retratos familiares donde mayormente están ellas en diferentes épocas de su vida y otras en las que están con sus padres. El estómago se le retuerce de ansiedad y rabia.

—No sabéis la alegría que me ha dado saber que veníais, últimamente apenas se os ve el pelo y lo que te pasó el día de mi cumpleaños me dejó preocupada —dice tocando la rodilla de Piper.

—Lo siento, tenía mucho estrés.

—¿Y ahora estás mejor?

Las hermanas se miran y Tiffany asiente a la pregunta silenciosa de su hermana mayor.

—Mamá —empieza, y el cambio en su tono de voz hace que su madre deje de sonreír—. Tenemos que contarte algo, algo muy serio, y no se me ocurre ninguna manera fácil de decirlo.

Selene las mira a una y a otra con una galleta en la mano.

—Me estáis asustando, ¿qué pasa? ¿Estáis bien? ¿Kelsey está bien?

—Nosotras estamos bien, mamá —dice Tiffany—, y Kelsey también, es algo sobre papá.

—¿Sobre vuestro padre? —pregunta confundida y Piper traga saliva—. ¿Qué le pasa? ¿De qué estáis hablando?

Vuelven a mirarse, entendiéndose sin necesidad de pronunciar una palabra.

—Hace unos meses vino a verme una mujer con un niño pequeño —empieza Piper—. Se llama Olena y es ucraniana, se vino aquí hace unos años.

—¿Y qué tiene que ver eso con vuestro padre? —intenta entender Selene.

—Vino a pedirme ayuda y me contó que papá la había agredido sexualmente en una habitación de hotel durante un viaje de trabajo.

Selene se queda completamente inmóvil, sin parpadear, y Piper y Tiffany le relatan el resto de la historia ahorrándose los detalles más desagradables.

—El niño es hijo de papá —remata Tiffany—, le hicimos una prueba de paternidad para confirmarlo.

Su madre sigue sin moverse, tiene la boca ligeramente abierta y los ojos fijos en algún punto entre sus dos hijas, como si estuviera esperando a que le digan que es una broma.

—Mamá —dice Tiffany con suavidad.

—No. —La voz de Selene sale ronca—. Eso no es verdad.

—Mamá, sé que es...

—He dicho que no, Tiffany. Es imposible, no sé quién os ha metido eso en la cabeza, pero vuestro padre es incapaz de hacer algo así.

—Yo también pensé lo mismo —dice Piper, conteniendo las ganas de llorar—, pero hace diez años vino otra mujer contándome algo muy parecido.

En ese momento no le creí y le pagué veinte mil dólares para que se callara y no volviera a aparecer porque estaba segura de que papá era incapaz de hacer lo que decía.

Selene la mira y Piper ve cómo la cara de su madre empieza a cambiar.

—Tiffany y yo la fuimos a buscar hace unos días y nos relató una escena muy parecida a la que contaba Olena. Las dos cuentan lo mismo y no se conocen, mamá, y después está el niño.

—Ya basta. —Selene se pone de pie y la silla resbala hacia atrás—. No quiero escuchar nada más, esto es una locura, vuestro padre jamás...

—Mamá, siéntate —pide Tiffany con firmeza—, por favor.

—No me pidas que me siente cuando me estáis diciendo que vuestro padre es un... —No puede terminar la frase, incapaz de decir la palabra.

—Hemos ido a la policía —dice Piper, y los ojos de su madre casi se le salen de las órbitas.

—¿Que habéis hecho qué?

—Era lo correcto. Si ha cometido esos delitos, lo tienen que investigar.

Su madre se agarra al respaldo de la silla sintiendo que las rodillas se le van a doblar en cualquier momento. Tiffany se levanta para sujetarla, pero Selene le aparta la mano.

—No me toques —dice en voz baja—. ¿Cuánto hace que sabéis todo esto?

Piper cierra los ojos y toma una respiración profunda.

—Meses, mamá.

—¿Meses? —se escandaliza—. ¿Lo sabéis desde hace meses y no me lo habéis dicho? ¿Por eso dejasteis de venir?

—No queríamos decirte nada sin estar seguras antes.

—Seguras... —repite su madre con el labio temblando—. ¿Desde cuándo mis hijas necesitan tanto tiempo para contarle algo a su madre?

—Mamá, ya basta. —Piper también se levanta—. No queríamos hacerte daño sin tener pruebas de que decían la verdad, pero ahora las tenemos.

Selene se sienta de nuevo, tiene los ojos inundados, pero las lágrimas no le caen.

—¿Cuántos años tiene el niño? —pregunta con un hilo de voz, abrumada.

—Va a cumplir tres.

La expresión de su madre se vuelve ausente mientras analiza toda la información y entiende que desde hace al menos tres años, su marido no solo la engaña sino que es un agresor.

—Lo siento muchísimo, mamá —dice Piper, tocándole una pierna.

Ella no se mueve, se limita a pasarse los dedos por los párpados porque se niega a llorar.

—¿Y ahora qué va a pasar? ¿Qué le digo a vuestro padre cuando venga?

—Nada, mamá. Sé que te pido mucho, pero creo que es mejor dejar que la policía siga investigando. En algún momento vendrán a hablar con él, entonces dile lo que quieras, pero no lo hagas antes porque lo pondrás sobre aviso y podría, no sé, esconder pruebas o cualquier cosa —dice Tiffany.

—¿Pruebas? ¿Qué pruebas? —pregunta exaltada.

—No sé, mamá, podría eliminar cualquier rastro de que estuvo en esos sitios en las fechas indicadas.

—No podría —dice Selene sin pensar—, yo lo tengo todo en la agenda.

Las dos hermanas se miran entre ellas.

—¿Qué es lo que tienes exactamente? —pregunta nerviosa.

—Las fechas de todos sus viajes, los hoteles, los números de vuelo y ese tipo de cosas.

Lo empezamos a hacer cuando naciste tú —dice mirando a Piper—, era una manera de poder localizarlo si había una emergencia o de yo saber dónde estaba si le pasaba algo.

Es una costumbre que hemos mantenido siempre.

—¿Dónde está esa libreta? —pregunta Tiffany con los ojos muy abiertos.

—En el cajón de la entrada, os la podéis llevar si queréis.

Por supuesto que se la llevarán, eso ayudará mucho a la policía para contrastar las fechas, piensan a la vez, cruzando una mirada cómplice.

—Mamá, ¿quieres que nos quedemos contigo hasta que vuelva? —pregunta Tiffany.

—No, prefiero estar sola cuando lo haga, podré disimular mejor. Además, necesito tiempo para asimilar esto, no creo que pudiera hablar con él sobre ello aunque quisiera, me resulta imposible de entender. Esas pruebas de paternidad pueden fallar, a lo mejor es un error.

Piper abre la boca para responder, pero concluye que su madre tiene razón, necesita tiempo para procesar la información, igual que lo necesitaron ellas.

—Si necesitas algo, llámanos, ¿vale? —dice, poniéndose de pie.

Se despiden de ella y al salir cogen la libreta de la entrada, y Piper empieza a hojearla mientras regresan.

—Joder, aquí hay de todo, están hasta los números de las habitaciones en las que estaba, no le falta ningún detalle —dice asombrada.

—Podríamos aprovechar el viaje y pasar por la comisaría para entregársela a la sargento Stewart —propone Tiffany.

—Me parece bien, voy a llamarla para ver si puede recibirnos.

Cuando coge el teléfono, ve un mensaje de Olena.

«¿Cómo va? ¿Estás bien? Llámame si necesitas algo».

Piper no puede evitar que el corazón se le desboque y se le dibuja una sonrisa.

«Ha sido horrible. Ya estamos de vuelta, os veo en un rato».

Recibe un corazón enorme a modo de respuesta y Piper se pone tan nerviosa que el aparato casi se le escurre entre los dedos.