Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Deja su cama hecha, elige la ropa que va a usar hoy y sale de su habitación para ir al baño.

Se duchará cuando sea un poco más tarde porque no quiere hacer mucho ruido, pero lleva rato con ganas de hacer pis.

Cuando acaba y pone un pie en el pasillo, por poco sufre un infarto; Olena está frente a la puerta con la cara desencajada.

—Joder, qué susto. —Piper se lleva las dos manos al pecho mientras la mira—. ¿Te he despertado con el ruido de la cisterna?

Olena tiene que apartar sus ojos, la doctora lleva un pijama de algodón que marca sus empinados pezones porque después de estar varias horas en el sofá con ella la tarde anterior, las ganas de besarla han ido en aumento. Verla así le está haciendo perder el control que tanto le ha costado lograr.

—Sí. No —se corrige la ucraniana con la voz ronca. Carraspea para disimular y vuelve a hablar—. Llevaba un rato dando vueltas en la cama, te he escuchado entrar al baño y pensé que volvías a encontrarte mal.

El pobre corazón de Piper salta varias veces dentro de su pecho.

Con Olena se siente importante, la chica se preocupa por ella y la trata como si fuera la joya más valiosa del mundo.

No es consciente de lo que hace, pero en un movimiento que no controla, levanta la mano y le deja una suave caricia en la mejilla.

—Gracias, Olena —dice arrastrando la yema de los dedos por la cara de la chica—. Haces que me sienta tan bien.

El dique de contención que mantenía a raya sus sentimientos se parte en dos y Olena arrolla con su cuerpo a la mujer frente a ella.

No es capaz de ver la expresión de sorpresa de Piper porque está centrada en esos ojos que la miran con lujuria.

La doctora nota cómo su trasero choca con el mueble del baño y de inmediato siente unos labios suaves capturar su boca.

Su respuesta es separarlos y dejar que la lengua caliente de la ucraniana se adentre en su interior.

El beso está cargado de todo aquello que ambas han reprimido, hay ganas, pero también desesperación y el gemido que sueltan las dos al mismo tiempo es muestra de ello.

—Joder —exhala Olena y da un paso atrás llevándose la mano a su boca—. Lo siento, Piper, lo siento —repite avergonzada—. Me pediste que no lo hiciera y yo...

Ahora es el cuerpo de Piper el que se lleva por delante el de la rubia.

Olena siente la pared fría en su espalda, pero el calor de los besos de Piper hace que sienta fuego en su interior.

Es la primera vez que besan a otra mujer, pero saben exactamente qué hacer y se dejan llevar por lo que están experimentando.

—Dios —susurra Piper cuando Olena se pega a su cuello, rozando sus labios con la piel fina de esa zona.

La doctora Dalton baja las manos y se sujeta a las caderas de la chica.

Su cuerpo va por libre y nota cómo empieza a balancearse buscando una fricción que parece necesitar.

Es el gemido ronco y desgarrado que sale de la garganta de la chica lo que la hace volver a la realidad.

¿Qué coño está haciendo? No debería haber cruzado esa línea, así que con esfuerzo se separa del cuerpo de Olena.

—¿Qué pasa? —pregunta jadeando sin apartar los ojos de la boca de Piper.

La doctora da más pasos hacia atrás y se pasa las manos por la cara.

—Esto no...

—Piper, para —la voz de la ucraniana sale tan seca y firme que los ojos de la otra mujer se abren de forma casi antinatural—. Solo voy a hacerte una pregunta y quiero que seas sincera: ¿te has sentido bien besándome?

—Eso no es lo...

—¿Sí o no, Piper?

Olena tiene los labios húmedos y un poco rojos. Las mejillas encendidas y el cabello rubio desordenado. Está preciosa, como siempre, pero el ceño fruncido le otorga un punto sexy que desquicia a la doctora Dalton.

—Sí, me he sentido bien —toma una bocanada de aire—. Muy bien.

Olena asiente y su pecho se hincha con todo el aire que no había podido meter en los pulmones por el agobio del momento.

—Entonces creo que debemos hablar —dice muy segura de sus palabras—. No podemos seguir así. Yo no quiero seguir así —recalca.

Piper se queda inmóvil por unos segundos, no porque no sepa qué hacer, sino porque le cuesta mover las piernas. Siente una humedad en su ropa interior tan intensa que no sabe si se ha meado encima o la excitación por poco la ha ahogado.

—Espérame en el sofá, ¿te parece? Voy a preparar unas infusiones —propone Olena y cuando Piper acepta, la ucraniana baja las escaleras sujetándose con fuerza a la barandilla.

Diez minutos después, las dos mujeres están sentadas en el salón, cada una con la taza en las manos.

Están en silencio, no saben quién debería comenzar, pero Olena Boyko tiene claro que si no da un paso al frente, todos los demonios con los que lucha Piper a diario por ser la hija de su violador tomarán ventaja de su miedo y volverán a la casilla de salida.

—Puedo imaginar cómo te sientes —comienza Olena y Piper la mira—. Enterarte de lo que ha hecho tu padre, confirmar que no ha sido un caso aislado, de repente tener un hermano... es duro, lo sé, pero nada de eso tiene que ser un motivo para que te opongas a esto que sentimos.

Olena levanta una mano, impidiendo que Piper la interrumpa porque si no lo hace, le dará el mismo discurso que lleva semanas repitiendo como una posesa y al que se aferra como si fuera un salvavidas.

—Nunca en la vida me había gustado tanto alguien como me gustas tú.

Ni el primer chico del que me enamoré, ni el siguiente, ¿sabes por qué?

Porque ninguno me había hecho sentir como lo has logrado tú —Olena deja la taza en el suelo y se inclina hacia adelante, apoyando los brazos sobre sus muslos—.

El beso que nos hemos dado solo ha confirmado lo que siento, pero desde que te vi por primera vez, cuando aparecí frente a ti y te dije quién era, me enganché a tu mirada.

En ese momento no lo supe, pero cuando empezamos a vernos, no tuve dudas.

Piper siente unas ganas imparables de llorar. Ella experimenta lo mismo que Olena, que a pesar de haber amado, nada se compara a esto.

—No llores, por favor —pide la ucraniana en voz baja y Piper se limpia las lágrimas con los dedos.

—No lloro de tristeza —niega con la cabeza y hace un intento de sonrisa—. Es que nunca me habían dicho nada igual.

—Supongo que es porque nunca te lo ha dicho una mujer.

El comentario hace que las dos sonrían y la tensión se rebaje hasta el punto de dejarlas respirar.

—Todo esto es muy confuso, Olena —ahora es el turno de la doctora Dalton—.

No voy a negar lo que siento, de hecho, jamás pensé que se hiciera tan fuerte, creía que sería algo momentáneo, pero me supera, ¿sabes?

Es como si no solo él se hubiera aprovechado de ti, sino que yo también esté tomando parte.

Las cejas de Olena se pierden en el nacimiento de su melena.

—¿Realmente piensas eso? Porque no tiene ninguna coherencia, Piper —endurece su voz mientras la observa—. Tu padre me forzó a hacer algo que yo no quería. En cambio tú me has dado cariño y, sin buscar nada, has logrado que necesite de tus besos.

Piper se muerde el interior de la mejilla y su estómago da un vuelco cuando Olena se levanta de la silla y se sienta a su lado en el sofá. Le coge la mano con delicadeza, como si fuera de cristal.

—Yo solo quiero que le hagas caso a tus sentimientos, no a todos esos factores externos que no podemos controlar —la rubia le acaricia los dedos despacio—.

Me gusta estar contigo, me haces sentir en paz y ahora que he probado el sabor de tu boca, no sé si seré capaz de resistirme a no besarte otra vez.

Piper traga saliva y sus ojos bajan hasta los labios de Olena.

La ucraniana se los humedece y casi al mismo tiempo las dos acortan la distancia para besarse.

Piper gime al contacto y se pierden en él durante un tiempo imposible de calcular.

Todo empieza a calentarse como ocurrió hace un rato en la planta de arriba, solo que esta vez la ucraniana se mueve con seguridad y se coloca a horcajadas sobre el cuerpo de la otra mujer.

—Me encanta sentirte tan pegada a mí —susurra Piper y con algo de miedo baja sus manos por el cuerpo de Olena dejando una caricia de fuego hasta sus muslos.

Olena intensifica el beso, sus lenguas se encuentran cada vez con más pasión y se le escapan varios jadeos seguidos cuando siente los dedos de Piper apretarse sobre sus nalgas.

La chica empieza a hacer movimientos ondulantes como si estuviera cabalgando, y cada vez que la presión se instala en sus cuerpos, el calor en el salón aumenta.

En algún momento ambas se dan cuenta de que están yendo por un camino que no tiene retorno y, a pesar de que quieren seguir, necesitan seguir hablando de lo que sienten y lo que va a suceder a partir de ahora.

—Quiero esto, Piper —suelta Olena aún sobre las piernas de la doctora—. No tenemos que ir más allá si no estamos preparadas. Podemos quedarnos en este punto y cuando nos sintamos más cómodas, seguir.

Piper echa un poco la cabeza hacia atrás y las dos conectan sus miradas. Olena le regala una sonrisa pequeña y ella no puede hacer otra cosa que derretirse.

—Creo que eso puedo manejarlo —Piper acaricia los muslos de la chica con calma—. Podemos descubrir juntas qué es esto, además, nunca he hecho... ya sabes, nada con otra mujer.

—Yo tampoco —confiesa Olena y en su tono hay cierta vergüenza—. Es la primera vez para mí también.

En ese momento sienten que no son más que un par de adolescentes descubriéndose después de un primer beso que no estaba planificado.

Un sonido en la planta de arriba hace que Piper abra mucho los ojos y Olena dé un salto fuera de las piernas de la mujer.

Nazar se acaba de despertar y, aunque su madre no tiene ninguna intención de ocultarle a su hijo la relación que tiene con Piper, primero quiere estar segura de hacia adónde van y explicárselo con calma.

—Se nos ha ido un poco la hora. —Olena sonríe mientras lo dice, mira hacia arriba para comprobar que siguen solas y le roba un beso rápido a Piper—. Voy a subir a buscarlo.

—Yo voy a preparar algo de desayuno y después me voy a dar una ducha. Una muy fría —dice antes de morderse los labios.

Olena suelta una carcajada llena de complicidad mientras asiente.

—Créeme, yo también necesito una urgente.

Piper se pone de pie y antes de caminar hacia la cocina, le deja una caricia en el brazo a la ucraniana, que le responde con un guiño de ojo.

—Entonces, ¿estás bien con lo que hablamos?

—Lo estoy —asegura Piper y, aunque no puede quitarse la mancha que ha dejado Lucas Dalton en su mente, tampoco puede seguir ocultando que está locamente enamorada de Olena Boyko.