Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

P iper está sentada en el sofá de su salón, recta, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y un dolor de cabeza insoportable que le está provocando náuseas desde hace un rato.

Eso ha sido lo que la ha despertado esta mañana, se ha girado para acomodarse mejor y ha sentido el dolor como si le hubieran pegado un martillazo en la coronilla.

Los ojos se le han abierto de golpe y cuando ha estirado el brazo para encender la luz de la mesilla, otra sacudida la ha hecho apretar la mandíbula y obligado a esperar unos segundos antes de moverse.

Se ha levantado y ha caminado hasta la cocina con la intención de prepararse un café, tomarse un analgésico y marcharse a trabajar antes de que Olena se levantara, pero el dolor era tan intenso que se ha tenido que apoyar en el mármol y quedarse ahí, con las manos planas, los ojos cerrados y el estómago revuelto.

—¿Piper? —La voz de Olena la ha hecho abrir los ojos, pero apenas ha podido mirarla porque el simple hecho de moverlos hacía que sintiera punzadas atravesándole las sienes—. ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

—Me duele la cabeza, mucho. ¿Puedes buscar un analgésico, por favor?

Olena se ha movido nerviosa y en cuestión de segundos tenía la pastilla frente a ella con un vaso de agua que la ucraniana la ha tenido que ayudar a sujetar porque a ella le temblaba la mano por el dolor.

—Tienes que tumbarte y descansar, vamos a la habitación —ha sugerido en voz baja.

—No puedo, tengo que ir a trabajar...

La arcada le ha subido de golpe y apenas ha tenido tiempo de girarse hacia un lado antes de vomitar y poner el suelo perdido.

De lo siguiente no se acuerda mucho, solo sabe que ha sentido los brazos de Olena alrededor de su cuerpo y que escuchaba los susurros de su voz sin entender lo que decía, pero un instante después estaba tumbada en su cama y Olena le estaba pasando una toallita húmeda por los labios y la barbilla después de haber corrido las cortinas y dejado la habitación en penumbra.

—Pasaré por la residencia antes de marcharme a casa de Harold para decirles que hoy no irás. Duérmete, yo volveré lo antes posible. No te llamaré para no molestarte, pero tienes el móvil en la mesita, si te encuentras peor, por favor, llámame.

Piper ha asentido y en algún momento se ha quedado dormida, y cuando se ha levantado, el dolor había remitido un poco y le ha enviado un mensaje a Olena diciendo que estaba mejor, pero conforme han ido pasando los minutos ha comenzado a volver, y ahora se encuentra tan mal que tiene escalofríos.

No sabe el tiempo que pasa sin moverse en el sofá, pero parece que es el suficiente como para que Olena vuelva del trabajo y la encuentre completamente pálida.

—Dios mío, Piper —dice asustada, apoyando una rodilla en el sofá que hace que ella abra los ojos cuando siente que el cojín se hunde—. ¿Te sigue doliendo?

—Sí, pero me acabo de tomar otro analgésico, con esto se me pasará del todo, solo necesito unos minutos.

Olena le toca la frente y se asusta cuando ve que está ardiendo.

—Tienes fiebre, debería llamar...

Se detiene cuando la mano de Piper se cierra sobre la suya.

—Es por la migraña, me pasa cuando son muy fuertes, pero se pasará, te lo prometo.

—Me habías dicho que estabas mejor, ¿por qué has mentido? —reprocha molesta—. Podría haber llamado a tu hermana para que se pasara por aquí, debí haberlo hecho.

—Estaba mejor, no te he mentido, es solo que ha vuelto.

—¿Has vuelto a vomitar?

Piper niega moviendo la cabeza muy despacio.

—Solo un poco de bilis.

Olena la mira y contiene las ganas de pasarle el dorso de la mano por la mejilla.

—Échate aquí, te ayudo. Intenta dormirte otra vez y mientras tanto haré algo de comida, un caldo de arroz con pollo creo que te sentará bien.

—No tienes que hacer eso —dice, pero no opone resistencia cuando Olena la empuja con suavidad y la ayuda a tumbarse.

—Y tú no tenías que acogerme en tu casa con mi hijo ni ayudarme a conseguir un trabajo, pero lo has hecho, y yo quiero hacer esto.

Piper esboza algo parecido a una sonrisa y asiente porque no tiene fuerzas para discutir y le gusta que esta mujer la cuide. De alguna extraña manera, el trajín de Olena en la cocina logra relajarla y Piper se vuelve a quedar dormida.

Abre los ojos un tiempo indeterminado después y cuando parpadea, nota que el dolor ha remitido bastante, todavía queda un remanente, pero confía en que se le terminará quitando del todo en poco tiempo.

—¿Mejor? —pregunta Olena desde el sillón y cuando Piper gira la cabeza hacia la procedencia de su voz, la ve sentada ahí con un libro entre las manos y la sonrisa más bonita que ha visto nunca.

—Sí, se me está pasando.

—Me alegro mucho. —Olena cierra el libro, aliviada, y se levanta para acercarse a ella—. La comida ya está lista, siéntate, te traeré un cuenco aquí para que no tengas que levantarte.

Desaparece antes de que Piper pueda protestar y decirle que no tiene hambre, pero cuando la ucraniana le pone la comida delante y le llega el olor del caldo, el estómago se le abre de golpe.

—Come despacio, vamos a asegurarnos de que te sienta bien.

—¿Tú no comes?

—He comido en la cocina hace rato, tenía mucha hambre —responde Olena.

—¿Qué hora es? ¿Cuánto he dormido? —pregunta sorprendida.

—Casi dos horas, y parece que ha funcionado, tienes mejor cara y ya no tienes fiebre.

Piper la mira con curiosidad y Olena se muerde el labio con vergüenza cuando se siente descubierta, porque el único motivo por el que sabe que ya no tiene fiebre es porque ha estado pendiente de ella, porque ha venido cada veinte minutos a tocarle la frente hasta que la tercera vez su temperatura había bajado.

—¿Y Nazar? —pregunta la doctora, frunciendo el ceño al darse cuenta de que no ha escuchado al niño en todo este tiempo.

—Está con Jake. Tiffany me ha llamado un poco antes de salir del trabajo, les había surgido la visita a uno de los locales que les interesan y le iba muy mal venir a traerlo, me ha preguntado que si me importaba dejarlo allí unas horas más y le he dicho que no había problema, así que ahora estamos tú y yo solas.

Piper se mete una cucharada de caldo en la boca porque prefiere tener algo que hacer y así poder disimular esa alegría enfermiza que le ha entrado al saber que tenían tiempo a solas, solo para ellas.

Come en silencio, con Olena a su lado ocupándose de que no le falte agua, de darle la servilleta cuando la necesita y de echarle un poco más de caldo cuando termina porque estaba tan bueno y le ha entrado tan bien, que le ha parecido poco.

—Gracias —dice cuando la ucraniana le coge el plato vacío de entre las manos y se lo lleva a la cocina.

Cuando regresa, Piper se ha vuelto a tumbar, solo que no tiene los ojos cerrados, y Olena se sienta a la altura de su cintura en el hueco que ha dejado delante.

—¿Qué? —pregunta la doctora cuando ella la mira fijamente.

—Que me preocupas, Piper. —Le pone una mano en la pierna y la mayor de las hermanas Dalton da un respingo.

—Estoy bien, solo ha sido una migraña, no es la primera vez que la tengo. —Intenta quitarle importancia.

—Aun así, últimamente pareces al borde del colapso, Piper, y yo no quiero que...

—¿Podemos no hablar de esto ahora? —la interrumpe la aludida—. Solo quiero unos minutos sin pensar en nada, o al menos, en nada de eso.

—Claro, disculpa, es solo que me frustra mucho verte así y no saber qué hacer para ayudarte.

—Ya me ayudas, me has hecho la comida y estás aquí conmigo, no necesito nada más.

Se arrepiente en cuanto lo suelta y le escuece porque se da cuenta de que es verdad, de que todo lo que necesita a estas alturas es tener a Olena cerca aunque siente que es la única persona prohibida para ella.

—¿Quieres que te deje dormir? —La ucraniana tiene el cuello apretado, con una bola de tensión que apenas la deja tragar porque ella se siente igual, consciente de que con Nazar y Piper a su lado, no necesita nada más y es capaz de sobreponerse a los momentos más oscuros de su vida.

—No, no quiero dormir, solo quiero... ¿Te tumbarías aquí, conmigo? —pregunta sin apartar los ojos de ella.

Olena no responde, pero asiente y se tumba a su lado sin pensarlo.

Piper cierra los ojos al verla, tranquila, y suspira relajada cuando Olena hunde los dedos en su pelo y le masajea la cabeza con las yemas, sin presionar, solo acariciando para lograr un efecto anestésico que deja a Piper con la mente completamente en calma durante varios minutos.

—¿Te molesta la luz? Puedo correr las cortinas.

—No, así está bien.

Piper entreabre los ojos y la mira, y Olena siente un tirón en el estómago que le cuesta disimular porque no conocía esta versión tan vulnerable de Piper y porque así, viéndola tan de cerca con la cara lavada y la melena despeinada, le parece la mujer más bonita que ha visto en su vida.

—¿Esto ayuda? —pregunta sin dejar de mover los dedos entre su pelo.

—Sí, mucho —susurra Piper, tragando saliva.

Olena continúa masajeando, pero en algún punto sus dedos se desvían de su trayectoria inicial y los pasa por su pómulo, por la línea de su mandíbula y por sus párpados mientras observa la línea de sus labios, sus pestañas oscuras sobre esa piel pálida y el diminuto lunar que tiene junto a la oreja izquierda, y los dedos le queman de ganas de tocar en otros sitios.

Algunas noches todavía tiene pesadillas, siempre la misma, sigue viendo a Piper transformarse en la cara de su padre, pero eso nunca le pasa cuando está despierta, la mira y solo la ve a ella y la bondad que hay detrás de sus ojos.

Los párpados de Piper se abren cuando siente que la mano de Olena se detiene en su mandíbula y nota el roce de su dedo pulgar sobre su labio inferior. Se estremece y todos los músculos se le agarrotan cuando ve que Olena tiene los ojos en su boca y se está inclinando hacia ella para besarla.

—Por favor, no lo hagas —susurra Piper con la voz estrangulada—, no me beses, Olena.

La ucraniana se queda inmóvil, mirándola.

—Perdona —susurra, echándose hacia atrás—. Lo siento, no debería haber...

—No te disculpes —dice Piper con los ojos humedecidos, la barbilla temblando y la angustia atravesada en la garganta—. Yo también quiero, pero es... No está bien.

—¿Por qué no? —pregunta Olena, frustrada—. Somos tú y yo...

—Lo sé —se le escapa una lágrima y Piper se pasa los dedos con rapidez para limpiarla—, pero no puedo mirarte sin pensar en lo que te hizo, y si te beso, si dejo que pase lo que deseo que pase, ¿qué clase de persona soy? Él te destrozó y yo quiero ponerte mis manos encima, ¿en qué me convierte eso?

—Tú no eres él, Piper.

—No, pero llevo su sangre.

—Eso no te hace como él, no significa nada.

Piper se tapa los ojos con el antebrazo y aprieta la mandíbula mientras Olena ve con desesperación como intenta luchar contra algo que está muy por encima de lo que cualquiera debería tener que soportar, y lo peor es que no sabe qué decirle para que deje de pensar así.

—Cuando cierro los ojos pienso en ti —confiesa Piper sin destapárselos—, y lo primero que pienso es que quiero estar contigo, pero lo segundo es su cara y lo tercero asco de mí misma porque no tengo ningún derecho a sentir lo que siento por una mujer a la que mi padre...

Olena le coge la mano.

—¿Y qué sientes, Piper? —pregunta con la voz quebrada.

—Creo que lo sabes de sobra.

Olena se humedece los labios y desvía la mirada hacia un lado. Por supuesto que lo sabe, hace semanas que lo nota del mismo modo que sabe que Piper lo nota en ella, y no poder hacer nada es tan frustrante que a veces piensa en coger a su hijo y la maleta y desaparecer.

—Dejémoslo aquí, ¿vale? —pide Piper—. Hoy solo quiero...

—No pensar, lo sé —completa Olena, que se acomoda de nuevo y vuelve a hundir la mano en el pelo de la doctora.