Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

P iper Dalton se mira al espejo y, aunque se reconoce, no le gusta lo que ve.

Esos intensos ojos, normalmente brillantes, están apagados, las ojeras bajo ellos parecen dos puñetazos y por alguna razón su piel está arrugada, dándole el aspecto de una mujer mayor que apenas sale de casa.

Se peina la melena y de ninguna manera le gusta, así que decide recogérsela en una coleta alta y se maquilla un poco para tapar el horror que tiene hoy por expresión.

Calcula que ha dormido como mucho un par de horas y no han sido seguidas.

La conversación que sostuvo con Olena la noche anterior fue incluso peor que la que tuvo con Emily porque esta última no le dio detalles de la agresión, no como los que tuvo que leer en ese informe que la ucraniana le entregó y en el que especificaba un desgarro vaginal.

¿Qué clase de monstruo es Lucas Dalton como para causar ese tipo de heridas?

Esa es la pregunta que la ha invadido desde entonces, una y otra vez como si fueran latigazos de castigo.

Piper volvió a vomitar sin poder evitarlo y cuando estaba arrodillada en el suelo del baño, se dio cuenta de que si no controlaba sus emociones acabaría desarrollando un trastorno por vómitos psicógenos.

Cuando vuelve a mirarse en el espejo, se siente conforme, tiene mejor cara y está presentable como para salir a la calle sin que la gente la mire con miedo.

Esta mañana ha dado con la sargento Stewart, para suerte de todas, ya no está ubicada en la misma comisaría en la que trabajaba cuando acudió a hablar con Olena, sino en Murrieta, una ciudad que está a menos de una hora en coche de casa.

No ha podido hablar con ella, pero el agente que la ha atendido le ha dicho que Allyson Stewart estaría en su despacho a las diez de la mañana.

—¿Estás bien? —A pesar de que la voz de la ucraniana es suave, Piper se sobresalta cuando al salir de la habitación se la encuentra casi de frente.

La doctora la mira durante un instante y su mente no hace otra cosa que correr furiosa en una carrera a muerte.

Siente cómo sus sentimientos van de un lado a otro dentro de su cuerpo, volviéndola loca porque por una parte las ganas de sentir la piel de Olena entre sus dedos son cada vez son más feroces y por otro, la sensación de que no es lo correcto le aprieta con fuerza el cuello.

La chica lo sabe, lo ve en sus ojos, que hay una pelea en su interior y le jode mucho no saber qué pensamiento está ganando.

—Sí, sí, estoy bien. —Olena la escucha y ladea la cabeza como un perro que no entiende una orden—. ¿Tú has dormido bien?

Los ojos grises de Olena escudriñan el rostro de Piper mientras busca la manera de decirle que miente fatal.

—No parece que lo estés, Piper. —Deja un silencio de unos segundos y vuelve a hablar—. Yo he dormido bien y…

El timbre suena y las dos mueven el cuello hacia abajo como si pudieran ver a través de las escaleras quién está detrás de la puerta, aunque ambas lo sepan.

—Es Tiffany. Es mejor que no la hagamos esperar.

Piper aprovecha esa pequeña oportunidad que le da la vida para escapar de la conversación y baja las escaleras para encontrarse con su hermana.

En principio, solo irían ellas dos a hablar con la sargento, pero Olena no trabaja ese día ni el siguiente porque Harold tiene una salida organizada por un club de personas mayores y la rubia insistió en acompañarlas.

Se ha mantenido al margen, solo interviniendo cuando las hermanas se lo han pedido, pero ahora que sabe que no ha sido la única agredida por Lucas y está dispuesta a formar parte de la denuncia, no piensa quedarse en casa de brazos cruzados.

Las tres van en el coche calladas, apenas han dicho unas pocas palabras y todas han sido dentro de una conversación controlada.

Tiffany ha comentado que Kelsey se ha quedado en el taller preparando unos envíos.

Olena, que Jake Barrett está encantado en su nueva faceta de abuelo y no duda en quedarse con Nazar.

Piper, que la habitación que estaba usando la ucraniana en la residencia ya está ocupada por un nuevo paciente.

Luego nada, silencio y caras largas como si fueran a un funeral.

—Bueno, aquí estamos —suelta Tiffany cuando aparcan al lado de la comisaría y de inmediato sale del coche.

Olena y Piper la imitan, caminan casi en procesión y cuando entran, dejan que sea la mayor de las hermanas quien pregunte por la sargento.

—¿Las está esperando? —pregunta el agente detrás de una ventanilla.

Piper niega con la cabeza.

—No sabe que venimos a verla —contesta y en el instante en que el hombre empieza a elaborar una negativa, ella se adelanta—. Habló hace tiempo con una víctima de… abuso —dice bajando un poco la voz—, y necesitamos su ayuda.

El agente la mira y, aunque parece dudar, coge el auricular del teléfono que tiene en la mesa y marca una extensión. Habla en susurros y al cabo de pocos segundos cuelga.

—Ahora viene —le informa, y Piper se lo agradece antes de girarse.

Una puerta al fondo se abre y por ella aparece una morena alta, vestida con un vaquero ceñido, botas y un polo de color blanco. Lleva una pistola en la cintura y camina hacia ellas con una seguridad que hace que las pocas personas en la sala enmudezcan.

La policía clava sus ojos en Olena y un ligero movimiento en sus cejas delata que se ha acordado de ella.

—Soy la sargento Stewart. —Su voz es tan fuerte como su porte, y cuando se presenta, lo hace sin apartar la mirada de la rubia—. ¿En qué puedo ayudaros?

Por una décima de segundo, las tres mujeres no hablan, parecen hechizadas bajo la energía de la sargento. Es Olena la que da un paso adelante.

—Hablamos hace unos años, la doctora Parker me atendió y…

—Me llamó para que te viera porque sospechaba que no estabas diciendo la verdad y que lo que te había pasado no era producto de una relación consentida —acaba la sargento por Olena mientras mueve la cabeza lentamente—. Me acuerdo de ti.

Allison observa sin reparo a las acompañantes de la ucraniana y una vez satisfecha con su escrutinio, les hace un gesto para que la sigan.

—Estaremos más cómodas en mi despacho.

La siguen por varios pasillos hasta que llegan a un habitáculo de tamaño mediano que tiene una gran mesa con un ordenador, varias sillas alrededor, un archivador y una estantería repleta de carpetas.

Todo está ordenado, huele a limpio y el único sonido que se escucha tras cerrar la puerta es el del aire acondicionado.

—¿Vosotras sois…? —la sargento suelta la pregunta nada más sentarse en su silla observando a Tiffany y Piper.

¿Cómo se presentan? ¿Cómo las hijas del hombre que violó a Olena o las amigas de la víctima?

—Acompañamos a Olena y además tenemos bastante que ver con lo que hemos venido a contarte —decide contestar la doctora Dalton y, aunque la policía no parece del todo satisfecha, acepta la respuesta.

—¿Tiene algo que ver con esa visita que hiciste al hospital? —le pregunta a Olena directamente y la chica asiente.

—En ese momento no dije la verdad —Olena habla con firmeza—, pero las cosas han cambiado y ahora quiero contar lo que en realidad ocurrió.

—¿Por qué ahora? —dispara Allison con el gesto serio—. Han pasado varios años.

—Porque hemos descubierto que no soy la única víctima de quien me violó y, aunque mi declaración quizá no tenga peso en un juicio, puede ayudar a meter entre rejas…

Olena se calla de repente y mira a las mujeres a su lado. Es duro para ella, sobre todo con las Dalton allí. No quiere hacerlas sufrir.

—A nuestro padre —dice Piper, y la sargento muestra por primera vez una cara de asombro.

Es la misma doctora quien decide hablar, explicarle desde el principio cuándo Emily Tyson fue en su búsqueda hace una década.

No se deja ningún detalle y las únicas pausas que hace son para serenarse.

Tiene el pulso acelerado, Piper siente como si la historia le hubiera sucedido directamente a ella y estuviera reviviendo una y otra vez aquello.

Casi treinta minutos después termina de hablar sin que nadie la haya interrumpido.

—Es una acusación muy grave. —La sargento Stewart aprieta los labios después de decirlo—. Estamos hablando de dos violaciones y la presunción de que puedan existir más.

—Lo sabemos —dice Tiffany—. No ha sido ni una decisión fácil venir hasta aquí ni aceptar que el hombre que nos abrazaba por las noches era capaz de cometer tales atrocidades, pero no podemos hacer como si nada de esto fuera real. Llevamos meses pensando cómo actuar y esto es lo correcto.

Allison se da toquecitos con los dedos en el mentón mientras parece meditar qué hacer a continuación. Su mirada apenas se detiene en las hermanas Dalton, la mayoría del tiempo está sobre el fino rostro de Olena Boyko.

—Si estáis seguras, lo primero que hay que hacer es efectuar una denuncia —habla por fin la sargento.

—¿Y después? —quiere saber Piper—. Porque estoy segura de que hay otras mujeres aparte de Olena y Emily. No puede seguir saliéndose con la suya. Ese depredador tiene que pagar.

La mano de Olena se posa en el muslo de Piper cuando nota el odio en su voz y cómo le tiemblan los labios al hablar.

Stewart observa el movimiento, pero no dice nada.

Ahora no le sorprende escuchar el rencor en la boca de esa mujer que, aunque es hija de quien acusan, parece dispuesta a meterlo entre rejas.

—No os voy a mentir, hay mucho trabajo por delante.

La denuncia es el punto de partida, tenemos que investigar más casos similares, pedir información a otras agencias y en otros estados —la sargento se gira un segundo hacia su ordenador y teclea para entrar al sistema—.

Si vuestro padre se ha movido por el país, es posible que las víctimas también estén en varias partes y para tener un buen caso, es necesario recabar la máxima información posible.

Piper siente cómo la mano que Olena tenía en su muslo se desliza hasta tocar sus dedos y entrelazarlos con los de ella. Se ancla a la ucraniana y nota la estabilidad que todo este tema le está quitando.

La sargento toma ella misma la denuncia y el relato de Olena es tan profundo, que la chica puede sentir las manos de Lucas Dalton sobre su piel, encima de ella en esa cama de hotel.

Le cuenta sobre Nazar, la prueba que le hicieron al niño para confirmar la paternidad de su agresor y responde a todas las preguntas que le hace Allison.

Casi una hora después, la ucraniana está tan agotada que siente que la han drenado por dentro.

—Esta tarde me reuniré con mi superior y una vez tenga información que os pueda compartir, te llamaré, Olena —dice mirándola—, pero quiero ser sincera ante todo. Si encontramos pruebas suficientes para llevar a Lucas Dalton a juicio, no podremos incluirte como víctima.

Piper se muerde tanto los labios que por poco se los rompe.

—La violó, joder. Incluso la dejó embarazada. ¿Cómo es posible que no pague por eso?

El gesto pétreo de la sargento no cambia cuando clava sus ojos en Piper.

—Ella aseguró que la relación fue consentida y lo único que confirma el hecho de que tenga un hijo con él es que mantuvieron relaciones sexuales, no que abusó de Olena —contesta con calma para que se le entienda y no tenga que repetir—.

Sin embargo, su testimonio es valioso, puede declarar frente al juez llegado el caso y explicar por qué desmintió la violación en su momento.

—Pero mi padre no cumplirá condena por lo que le hizo a ella —Tiffany no lo pregunta, lo afirma.

—Si es culpable, pagará, aunque sea por lo que les hizo a las otras —contesta Allison y se pone de pie dando por acabado el encuentro.

La policía acompaña a las mujeres hasta salir de la comisaría y una vez fuera de esas cuatro paredes, vuelve a mirar a Olena.

—Haré que pague —dice como si nunca hubiera podido sacarse de la cabeza a la chica con la cara amoratada que vio hace años en una cama de hospital y a la que su intuición le gritaba que estaba mintiendo, que eso no era consentido—. No descansaré hasta tener tantas pruebas que no tenga escapatoria.

El pecho de Piper se hunde, siente que está viendo una película de terror como una mera espectadora y el final se avecina espantoso porque el culpable de todo es una persona que lleva su sangre, pero que además —a pesar de todo— quiere lo suficiente como para experimentar mucho dolor.