Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

P iper se frota las manos con fuerza mientras espera sentada en el sofá.

Han terminado de cenar y mientras Olena trata de dormir a Nazar contándole un cuento en ucraniano porque se está asegurando de que su hijo hable las dos lenguas, ella ha recogido la cocina escuchando de fondo la voz suave de esa mujer que se le está metiendo debajo de la piel.

Ayer, cuando ella y Tiffany volvían de visitar a Emily, estuvieron hablando del tema todo el camino y concluyeron que el siguiente paso era hablar con Olena, contarle todo lo que sabían y preguntarle si ella también estaría dispuesta a denunciar.

—¿Quieres que esté contigo y hablamos las dos con ella? —se ofreció Tiffany.

Piper se quedó pensando unos segundos hasta que negó con la cabeza.

—No, creo que esto prefiero hacerlo yo sola, si no te importa.

Tiffany la miró de reojo y asintió, y Piper pensó que lo haría en cuanto llegara a casa, que se sentaría con Olena en el mismo sofá donde está ahora y le hablaría de Emily, pero cuando llegó lo único que le apetecía era olvidarse del día agotador que había tenido y sus nuevos inquilinos se lo pusieron muy fácil.

Nazar corrió a la puerta con los brazos abiertos gritando su nombre y ella lo levantó en volandas, le besó la cabeza y lo sujetó contra su cuerpo con un brazo mientras dejaba el bolso con el otro, y entonces Olena salió de la cocina, llevaba puesto un delantal muy hortera que Kelsey y Tiffany le regalaron una de las veces que vinieron de visita con Rick y Mick —que compraron uno para ellas e insistieron en que Piper a lo mejor se animaba a cocinar si también tenía uno—, tenía el pelo liso recogido en una coleta baja, el cuello descubierto y las mejillas rojas por el calor de la cocina.

Debajo llevaba una camiseta básica, pantalón corto y unas sandalias de verano que se había comprado la semana anterior.

A Piper se le vació la mente de golpe y decidió que esa conversación podía esperar un día más.

—¿Tienes hambre? —preguntó Olena desde el quicio.

—Muchísima. —La respuesta la sorprendió a ella misma porque había hecho todo el camino de regreso con el estómago cerrado y, al parecer, el malestar se había disipado en cuanto las dos personas que había en su casa le sonrieron.

Ahora Piper está sentada en el sofá, con los codos en las rodillas y las manos juntas mientras espera a que Nazar se duerma.

Al cabo de unos minutos —que solo le sirven para ponerse más nerviosa— la voz de Olena deja de susurrar y escucha sus pasos por el pasillo.

—Al fin se ha dormido, hoy parecía tener energía infinita —dice la ucraniana, caminando descalza por el salón.

—Todos los niños en general son inagotables.

—¿Por eso prefieres trabajar con ancianos? —bromea Olena.

—Tal vez —admite Piper—, imagínate cuarenta niños como Nazar, me volvería loca.

Olena se sienta a su lado con una sonrisa y se gira hacia ella.

—¿Quieres que te prepare una infusión? Pareces necesitarla.

La expresión de Piper se ensombrece.

—No, gracias, estoy bien.

—No es lo que a mí me parece desde que volviste de ese sitio con tu hermana, y en general desde hace semanas, estás... —Olena se detiene porque no sabe muy bien cómo definir el estado de Piper, que parece estar a punto de estallar en cualquier momento.

—No voy a decir que estoy pasando mi mejor época —dice la doctora—, pero teneros cerca a ti y a Nazar ayuda, eso te lo aseguro, así que borra de una vez ese pensamiento que pareces tener de que me has complicado la vida, no es así.

Olena asiente, aunque ella no está muy de acuerdo. Sabe que Piper es sincera, que le gusta estar con ellos, pero también tiene claro que es la responsable de que esta mujer, a la que empieza a adorar, tenga ojeras y esté al borde de un ataque de nervios.

—Tengo que contarte algo —empieza Piper, frotándose las manos.

—¿De qué se trata?

Piper se permite inhalar profundamente antes de girarse y sentarse sobre su pierna para poder mirar a Olena a los ojos.

—De lo que te pasó. Joder. —Piper se pinza el puente de la nariz con los dedos—. No sé ni cómo comenzar.

De repente, nota el calor de la mano de Olena en su rodilla.

—Suéltalo de golpe, sea lo que sea, lo puedo soportar, te lo prometo —asegura, y deja la mano haciendo que Piper sienta quemazón en esa zona.

—Vale. Cuando tú apareciste contándome lo de mi padre al principio fue un shock, pero una parte de mí te creyó desde el momento en que abriste la boca. No te he contado esto antes porque primero necesitaba hablar con otra persona y hasta ayer, Tiffany y yo no encontramos el momento de buscarla.

Olena quiere decirle que la está confundiendo, que la información que le está dando parece desordenada y le está costando entenderla, pero se queda callada porque Piper tiene una vena de la frente muy marcada y sabe que está nerviosa, así que la deja continuar a su ritmo.

—No eres la primera mujer que llama a mi puerta para contarme algo así.

—La boca de Olena se abre—. Por favor, déjame terminar.

—Ahora es Piper la que pone una mano en su pierna—.

Hace unos diez años vino una mujer que me contó algo muy parecido, pero en aquel momento no le creí, me parecía imposible y directamente la traté de mentirosa, pensé que solo era una interesada que venía buscando el dinero de mi familia, y como no quería darle ese disgusto a mis padres, llegué a un arreglo con ella y le pagué para que firmara un acuerdo de confidencialidad.

Dios, fui tan estúpida —se lamenta, pasándose la mano por el pelo.

Olena la mira, sin saber muy bien lo que sentir ante esta información.

—Aceptó de inmediato y no volví a saber nada de ella, así que di por sentado que yo tenía razón y solo había venido buscando dinero, y cuando apareciste tú y me contaste lo mismo, en un primer momento pensé que la historia se repetía, pero de inmediato me saltó una bandera roja, una especie de alerta interna que me decía que dos veces lo mismo no podía ser casualidad.

Lo siento, Olena, si le hubiera hecho caso en aquel momento tú...

—Se queda sin palabras, con la mirada fija en la pared, y entonces siente que Olena se mueve y lo primero que piensa es que va a coger sus cosas y marcharse con su hijo, alejándose de una mujer desconsiderada que solo pensó en el bienestar de su familia, pero la ucraniana no hace eso, ella se acerca un poco más y estira la mano para coger la de Piper y cubrirla con las suyas.

—Tú no podías saber lo que iba a pasar y estabas en tu derecho de no creerle. Sois una familia avenida y tu padre nunca te había dado motivos para sospechar, no has de sentirte culpable.

—Ya no sé ni lo que siento —susurra Piper, más para ella que para que Olena la escuche—.

La fuimos a buscar ayer, tenía su dirección en el documento del acuerdo y fuimos a verla para que nos contara bien toda la historia, necesitaba saber si había mentido o de verdad había pasado lo que ella me dijo.

—¿Qué te contó la primera vez? —quiere saber Olena, que tiene la piel erizada solo de pensar en esa chica.

—Nada, en cuanto me dijo que mi padre la había...

ya sabes —dice, porque es incapaz de pronunciar esa palabra delante de Olena—, la corté, no la dejé hablar, pero ayer nos lo contó todo y...

—el cuerpo de Piper se estremece con un escalofrío—, no te voy a dar los detalles porque no hace falta, pero fue muy parecido a lo tuyo, primero simpático y después un monstruo.

—Entiendo. —A Olena la voz le sale rasposa y Piper le da un apretón en la mano.

—Está dispuesta a denunciar, Olena, y Tiffany y yo también, queremos hacerlo, pero primero necesito saber si tú estás dispuesta a ello.

Olena se queda muy quieta, callada, sintiendo la mirada triste de Piper sobre ella.

—No sé si mi declaración servirá de mucho —dice al fin.

—¿Qué quieres decir?

—Yo tampoco te lo conté todo —empieza Olena—, pasó en aquel momento y como nunca pensé en denunciar, no le di importancia.

—¿A qué? ¿De qué estás hablando? —se impacienta Piper.

En realidad, no es que Olena no le hubiera dado importancia porque esos detalles no se le olvidan, pero al principio, con las reticencias de Tiffany, pensó que era mejor no mencionarlo y después, simplemente no lo hizo porque no quiere hacerle más daño a Piper, y está segura de que esto se lo hará.

—Olena... —insiste la doctora.

—Cuando pasó, es decir, ese día, estaba tan traumatizada que no podía pensar, lo único que quería era llegar a mi casa, darme una ducha y quitarme su olor de encima, creía que eso me ayudaría a borrarlo todo, pero sangraba, es decir, mi entrepierna...

A Piper se le vacían los pulmones y se pone de pie, atravesada por un escalofrío y por algo muy oscuro que intenta apartar de su mente.

Olena también se levanta, pero no se acerca, solo se queda de pie frente a ella, abrazándose el cuerpo con los brazos.

Piper piensa que estaría preciosa si no fuera porque está en pleno recuerdo de un momento terrorífico.

—Me puse una compresa, pensé que se pasaría en unas horas...

Piper se tapa la boca con la mano.

—Pero al día siguiente seguía sangrando cuando me levanté, y me dolía, me dolía mucho y me asusté, así que fui al hospital.

La doctora traga saliva con dificultad, con los ojos encharcados.

—¿Un desgarro vaginal? —pregunta, aunque sabe la respuesta.

—Sí. La doctora que me atendió empezó a hacerme preguntas y como estaba aterrorizada y no quería problemas le dije que había sido sexo consentido, ella me preguntó varias veces si estaba segura, si no quería retractarme y si quería que llamara a la policía.

Yo sabía que no me creía, el golpe que me dio en la cara me había dejado el pómulo inflamado y a esas alturas ya estaba amoratado, pero yo solo quería salir de allí, estaba convencida de que no podrían hacer nada por mí, de que él tenía razón, yo no era nadie, estaba sola aquí y ningún juez se creería la palabra de una inmigrante frente a la de un empresario conocido y respetado.

—Olena...

—Lo sé, debía hacerlo, pero no lo hice, así que no te sientas mal por no haber creído a esa mujer en aquel momento, yo tampoco tomé medidas cuando pude y si lo mío no fue un caso aislado, tal vez en estos años que han pasado él...

—No lo digas, por favor. —Piper se pone las dos manos en la cabeza y suspira.

—Pero quizá se pueda sacar algo bueno de aquel día en el hospital —dice Olena, y la doctora se limpia la humedad de los ojos mientras la mira—.

La doctora fue bastante persistente e hizo venir a una amiga suya que era policía, la mujer intentó que se lo contara y cuando vio que yo mantenía la misma versión, me dio su tarjeta y me dijo que si algún día cambiaba de opinión, la buscara.

—¿Y por casualidad tienes esa tarjeta? —El pulso de Piper se acelera.

—Sí, tengo su tarjeta y el parte del hospital, pero como te digo, no creo que sirva, en ningún sitio pone que fuera una agresión.

—¿Lo puedo ver?

Olena se queda mirándola.

—Por favor, necesito hacerlo —suplica Piper.

Olena asiente y se da la vuelta, y al cabo de un par de minutos en los que Piper no se ha movido de su posición, regresa con un sobre que le entrega y que ella coge con la mano temblando.

Dentro hay una tarjeta con el membrete de la policía y el nombre de la sargento Allison Stewart junto a un número de teléfono y la dirección de la comisaría donde trabaja, y también dos hojas dobladas con el parte médico del día en que atendieron a Olena en el hospital.

—Espera. —Olena le pone una mano encima antes de que lo lea—. Antes me has preguntado si estaba dispuesta a denunciar. —Piper se queda muy quieta—. Pero yo necesito saber si tú estás bien para seguir con esto.

—Claro que estoy... ¿A qué viene esa pregunta?

—No me estoy refiriendo a si crees que denunciar es lo correcto, Piper, sé que lo piensas. —Se acerca un poco más—. Me refiero a ti, a cómo estás tú.

Piper traga saliva y se clava los dientes en la lengua.

—El otro día vomitaste hasta quedarte sin nada dentro solo porque estuviste unas horas cerca de él. Te dio un ataque de ansiedad en el cumpleaños de tu madre y cada vez que se menciona a tu padre se te tensa el cuerpo y te cambia la cara.

—Eso no es motivo para...

—Me preocupas, Piper —la corta Olena, que no ha terminado—.

Esto te está afectando mucho y ahora quieres meterte en una denuncia, en una investigación y tal vez un juicio en el que tendrás que declarar por ser la persona a la que esa chica y yo elegimos para pedir ayuda.

Tendrás que escuchar cómo un abogado lo defiende, te preguntarán tu opinión, joder, Piper, será horrible.

—Puedo con eso —dice muy segura.

—Tal vez, pero no sé si yo quiero que tengas que pasar por eso.

Piper se queda callada, con los papeles todavía en la mano.

—Quiero que pague, Piper, lo deseo cada vez que lo recuerdo, pero también he aprendido a vivir con ello. Tengo a Nazar, tengo un trabajo y os tengo a vosotras, a ti. Puedo cerrar esa maldita puerta y seguir adelante, lo que no sé es si tú vas a poder vivir con lo que te va a costar abrirla.

—No puedes pedirme que lo deje pasar —susurra, con los ojos húmedos otra vez y una rabia contra su padre que no hace más que crecer.

—No te estoy pidiendo nada. —Olena le coge la mano y entrelaza los dedos con ella, mirándola a los ojos—.

Solo te estoy diciendo que, si en algún momento esto es demasiado para ti, lo dejamos.

Yo prefiero mil veces dejar todo esto en un cajón y no volver a sacarlo nunca antes de ver cómo te destroza.

Tu tranquilidad me importa más que vengarme de él.

El pecho de Piper se vuelve a cerrar y siente que le falta el aire, porque es precisamente por estas cosas por lo que todo le parece más insoportable, porque Olena, después de todo lo que ha pasado, está más preocupada por ella que por hacer que el hombre que la agredió acabe en la cárcel.

Piper la quiere besar, en otras circunstancias, le pondría la mano en la nuca y reclamaría esa boca, pero se tiene que tragar las ganas y eso solo aumenta su malestar.

—Estaré bien —dice al fin, con la voz quebrada—.

Te lo prometo. Me costará y estoy segura de que habrá días muy malos, pero necesito hacerlo, Olena, necesito que pague por lo que te ha hecho, por lo que os ha hecho a las dos.

Y no solo por ti, también es por mí, si no lo hago, no voy a poder mirarme en el espejo nunca más.

—Está bien, pero quiero que me prometas una cosa.

—¿Qué?

—Que no te guardarás nada, que si un día sientes que no puedes más, hablarás conmigo, no te calles las cosas solo porque creas que me van a doler porque nada me duele más a estas alturas que verte sufrir, y prefiero perder ese maldito caso a perderte a ti.

Piper asiente, incapaz de decir nada.

—¿Te apetece una copa de vino? —pregunta Olena, y Piper le sonríe.

—Sí, creo que me irá bien.

Olena va a buscar dos copas y Piper se sienta en el sofá, desdobla el parte médico y comienza a leer. No debería haberlo hecho.