Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 8
35%

Capítulo 8

L as hermanas Dalton llevan en silencio desde que han salido de la casa de la menor de las dos.

Piper es quien conduce y el ceño fruncido que la acompaña desde que estuvieron en la casa de sus padres se ha intensificado esta mañana.

Tiffany la mira de reojo, intentando buscar una manera sutil de romper el hielo que se ha instaurado entre ellas por una situación desagradable que, sin duda, está afectando a ambas de la peor forma posible.

—¿Has podido dormir mejor anoche? —Es una pregunta estúpida dadas las ojeras de mapache de la doctora, pero no sabe qué otra cosa decir.

Piper aprieta el volante con fuerza, los nudillos se le marcan y una respiración profunda retumba entre las dos mujeres.

—No del todo. —Los labios se le convierten en una fina línea—. Duermo varias horas seguidas por las noches, pero no logro descansar. Me levanto con la misma sensación resacosa de cuando íbamos a las fiestas que hacía el tugurio aquel cerca de la playa. ¿Cómo se llamaba?

—Dusty's —responde Tiffany con facilidad—. Menudas cogorzas.

Las dos sonríen y aunque ninguna lo diga en voz alta, están pensando en aquella época en la que eran solo dos chicas jóvenes, disfrutando de la vida y de tener una familia maravillosa. ¿Estaría Lucas Dalton agrediendo a mujeres mientras ellas ignoraban que compartían casa con un depredador?

—No he podido volver a probar el chupito que nos preparaba el camarero, ese que llevaba un licor blanco y otro rojo —recuerda Piper, y parece que la tensión dentro del coche va desapareciendo.

—Joder, qué asco. —Tiffany se lleva una mano a la boca. La de noches que acabó vomitando ese veneno—. Además, el tipo estaba coladito por ti y no paraba de invitarnos.

Piper suelta una carcajada, esa parte no la recordaba. Ella solo iba a ese sitio porque era barato, ponían buena música y a menudo su grupo de amigos quedaban allí.

Una voz robotizada sale de los altavoces del coche, indicándole a la conductora que en una milla tiene que tomar la salida.

—¿Tú estás mejor? —quiere saber la doctora, retomando el tema—. Si las migrañas son constantes, tienes que ir al médico para que te hagan pruebas.

Tiffany mira el camino que se abre frente a ellas y se ajusta las gafas de sol.

—Solo fue ese día, la situación me superó y no es que ahora no lo haga, pero estoy enfrentándolo mejor. —Suelta un suspiro—. Kelsey se está dejando la piel para quitarme carga con el trabajo y darme apoyo. Acabará harta.

—Te adora, lo sabes. Solo quiere que estés bien al igual que yo.

—Lo estaré, solo que no es fácil. Lo sabes.

Piper asiente y ambas deciden no hablar, al menos durante un buen rato, sobre lo que las está llevando a perder la cordura.

Su hermana debe de leerle el pensamiento, porque acerca los dedos hasta la radio, toca un par de botones y el Bluetooth se conecta a su móvil.

Pocos segundos después, una canción que tiene más de veinte años y les trae buenos recuerdos empieza a sonar.

Tiffany mueve los hombros y Piper la imita mientras se ríe.

El resto del camino hasta la casa de Emily Tyson lo hacen cantando, soltando por la garganta más que melodías desafinadas porque las hermanas parecen estar drenando la ansiedad que últimamente se ha apoderado de sus vidas.

—Es esa de ahí. —Señala con el dedo Tiffany en cuanto la casa número sesenta y siete aparece al costado.

—No vive mal —contesta Piper mientras aparca en la acera del frente.

Miran la propiedad un instante antes de bajar del vehículo. El jardín delantero está bien cuidado, las paredes están pintadas de un blanco impoluto y la puerta de la entrada parece nueva.

—Crucemos los dedos para que siga viviendo allí —continúa la doctora y abre la puerta para salir del coche.

Caminan con lentitud, como si estuviesen yendo directamente a un matadero. Es Piper la que no vacila al detenerse en la entrada y toca el timbre un par de veces.

Los segundos pasan y nadie abre. La doctora insiste, esta vez dejando el dedo presionado en el botón durante unos segundos. Tiffany se mueve hacia la ventana y de una forma poco discreta intenta mirar hacia el interior.

—¿A quién buscáis? —Una voz las sobresalta y Piper se lleva la mano al pecho. Tiene los nervios a flor de piel.

Las dos se giran y una mujer que aparenta haber pasado los setenta las mira de arriba abajo, buscando cualquier información sobre ellas.

Piper enseguida se da cuenta de que seguramente es la típica vecina que pasa el día pegada a la ventana o haciendo lo que sea en el jardín con tal de enterarse de la vida de los demás. Da un paso hacia ella y sonríe.

—Hola, estamos buscando a Emily. —La voz le sale casi melosa y Tiffany levanta una ceja, asombrada por el cambio repentino de su hermana.

La mujer la observa con cierta desconfianza.

—¿Y usted es?

Piper extiende una mano hacia ella con calma.

—Soy la doctora Dalton, Piper Dalton. —La vecina destensa los hombros. Decir que es médico siempre funciona en estos casos—. Y esta es mi hermana. Somos viejas amigas de Emily, estábamos en la zona y decidimos venir a saludarla.

—No suele estar a esta hora. Esa pobre chica tiene unos turnos horribles y anoche la vi salir a las doce, por lo que debería llegar sobre las once.

—Mueve las manos mientras habla—. Las otras dos están de vacaciones, así que han vuelto a sus pueblos.

Ya sabe, doctora, que los precios de los alquileres en esta zona son prohibitivos y la gente joven tiene que compartir gastos para llegar a fin de mes.

Amelia —la vecina también les ha dicho su apellido, el tiempo que su marido Harold lleva muerto y que sus hijos vienen solo dos veces al mes— las invita a su casa a tomar un café por si quieren esperar mientras Emily vuelve, pero Piper sabe que la mujer empezará a sacar álbumes de fotos y no se callará ni un segundo.

En otra ocasión, aceptaría para hacerle compañía un rato. Este no es un buen momento.

—Muchas gracias, Amelia, pero tenemos que pasar a recoger un paquete. —Se adelanta Tiffany con una expresión fingida de pena—. Quizá la próxima vez.

Se despiden y, como ya lo han imaginado, la vecina se queda en el jardín moviendo unas flores mientras observa en qué coche suben, pero pierde el interés en ellas cuando la puerta de la casa de al lado se abre y Amelia desvía la mirada con facilidad para observar a la pareja que sale a la calle.

—Joder con la mujer —suelta Tiffany cuando ya está en el interior del coche.

—Debe estar aburrida. —Piper enciende el coche y se incorpora a la calle.

Gira en la siguiente manzana, se estaciona nuevamente y apaga el motor—.

Pero nos ha dado buena información. Emily debe estar a punto de volver, así que vamos a esperar aquí hasta que sea la hora y nos acercamos.

Si es verdad lo que dice, se meterá en la cama y dudo que nos abra la puerta después.

Ahora los nervios de las dos son más evidentes. Tiffany se mordisquea los labios mientras Piper da toquecitos con los dedos en el volante.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Tiffany rompe el silencio y habla con voz baja—. Sé que no querías tocar el tema, pero a mí me parece importante y me gustaría tener algunas cosas claras.

Piper no deja de mirar al frente. Sabe lo que su hermana quiere saber y ella no tiene ganas de verbalizar una vez más lo que siente por la ucraniana, pero es consciente de que todo lo que hay alrededor de sus sentimientos también involucra a Tiffany de cierta manera.

—¿Qué quieres saber?

—¿Estás completamente segura de que no te acercarás a Olena de... ya sabes, esa forma?

Tiffany siente cierta vergüenza cuando formula la pregunta.

No quiere meterse en la vida de Piper, pero sabe perfectamente lo que se siente al empezar a perder la cabeza por alguien y no poder tocarla.

Además, hasta ahora, su hermana solo salía con hombres y que la ucraniana sea la primera mujer en la que se fija aumenta mucho la sensación.

—Es que no puedo hacerlo, Tiff. —Piper se lleva los dedos a los ojos y se los presiona un instante—. Es retorcido, joder. ¿Enamorarme de la madre de mi hermano que, por cierto, es el resultado de una violación que cometió nuestro padre? Es que solo decirlo en voz alta me produce escalofríos.

—Te entiendo, pero...

—Olena es una chica increíble —Piper la interrumpe deseando soltar todo lo que tiene dentro—, y no dudo de que en otras circunstancias, yo fuera la primera en invitarla a un buen restaurante. Después de superar la sorpresa de que una mujer me atrajera, empecé a imaginarme algunas cosas, ¿sabes?

Tiffany gira su cuerpo y queda casi frente a su hermana.

—¿Cuáles? —quiere saber.

Piper esboza una sonrisa triste.

—En cómo sería compartir mi vida con ella como lo haces tú con Kelsey, pero de inmediato lo único que vino a mi cabeza es ¿cómo se le explica a Nazar que mamá está con la tía Piper? Es una locura, Tiff. Y no solo es eso, es...

Piper deja de hablar y aprieta los labios, colapsada. Tiffany nota que la sangre le quema por dentro y estira el brazo para tomarle la mano.

—Sé que estás sufriendo. Cuando quieres a alguien y por el motivo que sea no puede existir nada, duele muchísimo.

—Refuerza el agarre en la mano de su hermana—.

Solo te aconsejo que pienses bien lo que haces porque tenerla en tu casa y verla cada día no va a ayudarte. Créeme, estuve así muchos años.

—No te preocupes por mí, voy a estar bien. —Es la única respuesta que da Piper porque no quiere hablar más de ese tema.

Los minutos pasan de forma agónica, pero en cuanto el reloj marca las once en punto, la doctora Dalton arranca el coche y regresa a la calle en donde está la casa de Emily.

Da una vuelta completa para darle algo de tiempo a la chica y cinco minutos después están aparcadas en el mismo sitio. Por suerte, Amelia ya no está.

Esta vez no hace falta llamar varias veces: la primera vez que Piper toca el timbre, una chica rubia de aspecto cansado aparece en la puerta.

—¿Sí?