Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

L a carcajada contagiosa de Nazar Boyko atraviesa las paredes del salón de la casa de Piper y las cuatro mujeres se contagian, riendo junto a él mientras sigue jugando con dos superhéroes de juguete que la tía Tiffany le ha comprado.

—¡A la carga! —grita el niño, y corre por el pasillo tambaleándose por hacer varias cosas a la vez.

—Menuda energía. —Piper lo sigue con la mirada, su hermano salta, arrastra los muñecos por el suelo y después por la pared.

—A mi padre lo mantiene activo, suelen jugar al fútbol, ir al parque y colorear también cuando ya está cansado —explica Kelsey porque de las horas que Nazar pasa en el taller, muy poco tiempo está jugando en la zona que han preparado para él. Prefiere estar con Jake, que lo cuida como a un nieto.

Olena sonríe sin poder creerse aún en lo que, en muy poco tiempo, se ha convertido su vida.

Hace unos meses, tenía un trabajo precario, vivía en un sitio muy poco seguro para un niño y estaba siempre estresada por tener que dejar a su hijo al cuidado de una vecina.

Ahora, todo es tan diferente que hay noches en que se despierta pensando en lo afortunada que ha sido de que las tías de Nazar se estén portando así con ella.

Ha sido muy fácil después de que la desconfianza inicial desapareciera de Tiffany, aunque no tanto lo ha sido con Piper porque, a pesar de que fue la que desde un inicio la trató bien, eso que ha empezado a sentir hacia ella le aprieta el estómago más fuerte de lo que puede soportar.

Primero pensó que era agradecimiento, luego lo cambió por admiración, pero pronto se dio cuenta de que una no quiere besar a otra mujer meramente por eso ni mucho menos se queda prendada de su sonrisa siempre que sus labios se estiran.

Olena ha tenido una pesadilla recurrente en la que están en una de sus cenas, Nazar se queda dormido y la doctora Dalton se acerca a ella, le coge la cara y unen sus bocas.

Todo comienza muy bien, manos temblorosas recorriendo su cuerpo, el cabello suelto de la otra mujer haciéndole cosquillas en la cara, pero de repente, la ucraniana siente el bofetón en la cara y Piper ya no es Piper, sino que el rostro de Lucas, su violador, aparece en cambio.

Lo que ocurre luego es exactamente lo mismo que pasó hace años en esa habitación de hotel y entonces Olena se despierta sobresaltada, angustiada y asqueada.

Cuando le pasa eso, todo lo que siente por la médica retrocede y se tiene que convencer de que ella no es su padre, pero aun así eso solo le confirma que, aunque a su manera lo tenga superado, jamás podrá acercarse a ella más de lo que quisiera, o eso es lo que piensa.

—¿Queréis más vino? —quiere saber Tiffany, que se pone de pie con su copa vacía.

Todas dicen que sí.

—Te acompaño —decide Piper, que necesita hablar con su hermana en privado.

Esa noche de viernes, como ya es habitual, están cenando en casa de Piper.

Lo que comenzó como algo esporádico se convirtió en una ley, un rato para que cuatro mujeres adultas se relajen mientras observan a Nazar jugar en todos los rincones del salón.

Han decidido que el punto de encuentro sea en casa de la mayor de las Dalton, es más espaciosa y está al lado de Monterey House, por lo que Olena puede venir andando con su hijo sin necesidad de coger un taxi.

Las hermanas caminan hasta la cocina y Piper se apoya en uno de los muebles que está al fondo, haciendo que apenas puedan verlas desde el sofá porque el espacio es de concepto abierto y da muy poca intimidad.

—Mamá me llamó hace unos días —comienza Piper mientras se pasa la mano por el cabello con gesto ansioso—. ¿Has hablado con ella?

Tiffany coge la botella de vino y rellena las copas en silencio. Tiene de repente el gesto contraído y se le nota marcada la línea de la mandíbula.

—Sí, la llamé yo porque había intentado comunicarse conmigo varias veces —coge su copa y le da un trago largo. Piper la imita—. Me dijo que había hablado contigo y repitió la conversación que tuvisteis. Después me dijo que sabía que algo pasaba.

Piper suelta un bufido lleno de pena porque Selene está sufriendo, nadando en el mar de la incertidumbre. Ha pasado de tener dos hijas cercanas a encontrarse con dos casi desconocidas.

—Deberíamos vernos con ella más a menudo, mientras decidimos qué hacer —opina Tiffany—. Así estará tranquila, ¿no crees?

Piper vuelve a llevarse la bebida a los labios, con la mirada perdida.

—Yo estoy segura de que lo quiero hacer —contesta la doctora Dalton—, pero hoy no es momento para hablarlo. Tenemos que prepararnos para ese día, allí estará papá y no podremos seguir huyendo.

A Tiffany el pecho se le encoge como si hubiera recibido un puñetazo directo en esa zona.

Ella siempre ha adorado a su padre, lo ha admirado más que a uno de esos héroes que veía de pequeña en la televisión.

Nunca lo escuchó ni siquiera levantar la voz, siempre fue justo y un caballero de los que abren las puertas, ceden el paso y pagan las cuentas.

Aunque ha intentado no caer en una rueda de autocompasión y pena, no ha podido salir indemne de toda esta sensación que le quema por dentro, y no está diciendo que sea la única que sufre, pero Piper parece más enfocada en otra cosa, como si Olena le diera una fuerza diferente para enfrentar la situación.

No sabe cómo va a mirar a Lucas Dalton la semana que viene en la casa familiar.

—Confieso que he pensado inventar una excusa para no ir —Tiffany lo dice en voz baja, como si sintiera vergüenza de su propia cobardía—, pero soy consciente de que eso no es actuar de forma madura. No puedo hacerle esto a mamá y mucho menos dejarte sola.

Piper le aprieta el brazo a su hermana. Ve detrás de sus ojos el dolor palpable que se la come con el paso de los días.

Tiffany era muy apegada a su padre mientras ella lo era hacia sus libros de medicina.

Siempre fue un poco más desprendida y aunque le jode bastante que ese hombre amoroso que la crio no sea más que un monstruo, su entereza la está ayudando a no derrumbarse.

—¿Todo bien? —La voz de Kelsey llega antes de que ambas mujeres la vean y se den cuenta de que han tardado más de lo que habían pensado—. No quería interrumpir, pero Nazar tiene que cenar.

Piper sacude la cabeza, a veces se le olvida que el horario de los niños es diferente y lo importante que es para ellos comer a su hora.

—Sí, perdona, culpa mía —dice la doctora a la vez que da varios toques a la pantalla del horno y el ventilador se activa para empezar a calentar—. Deja que le sirva los macarrones que pedí para él, le encantan.

La pareja intercambia una mirada de ojos estrechos porque saben que Piper ni siquiera es consciente de que empieza a tratar a Nazar como algo más que un hermano.

No dicen nada, ya han hablado de este tema en varias ocasiones y tiene que ser muy complicado para la mayor de las dos asumir este nuevo sentimiento.

Quince minutos después, la mesa está servida. Nazar se come la pasta como si fuera el mejor manjar que ha probado nunca, sentado en un elevador que Piper —cómo no— ha comprado exclusivamente para que el niño pueda estar a la mesa cómodamente.

—El pollo está exquisito —dice Olena, que ha descubierto hace poco que le gusta cualquier corte de carne que tenga una salsa por encima. La de esta noche es de champiñones.

—Apunta el restaurante de donde lo pidió porque mi hermana sería incapaz de cocinar algo así —se burla Tiffany como si tuviera diez años y se gana una mirada furibunda de Piper.

—Habla la que ni siquiera entra a la cocina y deja que Kelsey se encargue de todo —contrataca la doctora apunto de enzarzarse en una discusión absurda con su hermana.

—Ninguna de las dos tiene derecho a decir nada sobre cocinar —suelta Kelsey con calma para después meterse una patata en la boca.

Las hermanas Dalton hacen un mohín casi idéntico con los labios, Olena sonríe encantada y Nazar intenta comerse los macarrones completamente manchado de salsa de tomate.

Después de ese momento, la cena transcurre en armonía.

Las chicas explican cómo, desde que se mudaron a California, por alguna razón, el número de pedidos ha incrementado y que si todo sigue así incluso con la futura apertura de la tienda física, se están pensando buscar un espacio más grande para el taller y contratar a alguien más.

La ucraniana habla de sus días con Harold y de la sorpresa que se está llevando por lo mucho que le gusta ese tipo de trabajo.

—Bueno, ha sido una velada estupenda, pero si no nos vamos ahora, Tiff se quedará dormida en el sofá.

Las tres mujeres que aún están en la mesa hablando se giran para encontrar a una Tiffany con los ojos medio cerrados al lado de Nazar, que está en las mismas condiciones.

—Sí, yo también debería hacer lo mismo porque este niño pesa más cada día —dice Olena, y se pone de pie sin ser consciente de la mirada de decepción en los ojos de Piper.

Se levantan con bufidos dramáticos después de esa buena comilona y recogen los platos de los postres que eran los únicos que aún quedaban en la mesa.

Unos minutos después, el grupo está saliendo de la casa y se repite lo de cada semana: Tiffany y Kelsey se acercan al coche, les preguntan a Olena si quiere que la acerquen, la mujer dice que no, que prefiere dar ese paseo, omitiendo que lo que le gusta es hacerlo con Piper a su lado.

Se despiden con un «conducid con cuidado» y cada una toma el camino hacia su destino.

—Gracias por la cena —dice Olena después de un par de minutos de silencio. Lleva a Nazar entre sus brazos, adormilado—. Cada viernes te superas.

—Soy muy buena eligiendo los restaurantes —bromea Piper y ladea una sonrisa cuando Olena suelta una carcajada.

El silencio vuelve a caer sobre ellas, uno diferente y la doctora sabe que algo va a cambiar porque de repente Olena se pone rígida y carraspea varias veces.

—He estado pensando en lo que me dijiste, ya sabes, de que nos vengamos a vivir a tu casa una temporada.

Piper la mira de reojo, pero no dice nada.

—No quiero abusar de tu confianza, eso quiero que lo tengas claro —continúa la chica con voz avergonzada—, pero tampoco quiero seguir ocupando un apartamento en el que podría estar un abuelo que necesite cuidados.

—¿Y entonces? —pregunta Piper, confundida.

—Acepto tu propuesta, pero con una condición —se apresura a matizar y nota cómo Piper levanta las cejas—. Tengo las tardes libres, así que puedo ocuparme de todo lo necesario en la casa. Limpiar, cocinar, lavar...

—De ninguna manera —la interrumpe la médica meneando la cabeza—. No tienes que hacer nada de eso. Sabes que el catering de la residencia me da la comida semanal, además tengo a una chica que se encarga de todo lo demás y que va un par de días a casa.

Olena susurra una palabra en su idioma. Lo hace con los dientes apretados y los mofletes ligeramente sonrosados.

—Lo siento, pero esa es mi condición —dice con una firmeza que sorprende a Piper—. Y si no la aceptas, Nazar y yo buscaremos un sitio en otra parte.

Olena detiene sus pasos y se gira para mirar de frente a Piper.

—Nunca me han regalado nada, siempre he trabajado duro por todo lo que tengo y esta vez no será diferente.

—La rubia aprieta a su hijo contra su pecho—.

Tú no eres responsable de lo que pasó y de verdad agradezco que te hayas involucrado tanto en nuestras vidas, pero si tú me ayudas, yo también te ayudo a ti.

Los brazos de Piper duelen porque lo único que quiere hacer es colocarlos alrededor de los hombros de esa mujer y acercarse a esa boca... a esa boca que profanó su padre, joder, los pensamientos filosos hacen que dé un paso atrás y aparte la mirada. Suelta un suspiro antes de hablar.

—De acuerdo, como te sientas cómoda —dice mirando a un punto detrás de Olena.

La ucraniana frunce el ceño, este tipo de gestos son los que repite Piper cada vez más seguido y ella no sabe lo que significan.

—¿Estarás tú cómoda? —pregunta porque tiene la sensación de que no.

No sabe si es el tono bajo que ha usado, pero la doctora Dalton fija sus ojos claros en la chica y la garganta se mueve de inmediato.

—Claro que sí, me encantaría teneros en casa.

Se observan durante un instante hasta que Olena asienta y ambas mujeres reanuden sus pasos sin saber lo que les espera con esa nueva cercanía que instaurarán en breve.