Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

A Piper le duele la mano de tanto firmar.

Lleva media hora con una pila de documentos que la gestora le envió para autorizar el cambio de proveedor de fisioterapia.

Estira los dedos y cierra el puño varias veces hasta que al fin termina y, cuando gira la cabeza hacia la ventana, están ahí.

Olena está sentada en el mismo banco de siempre, el más cercano a un árbol cuyas hojas le proporcionan bastante sombra, tiene las piernas cruzadas y el teléfono en la mano.

Nazar está frente a ella, correteando detrás de una pelota que chuta con torpeza.

Olena levanta la cabeza cada pocos segundos para vigilarlo y sonríe de un modo que hace que el estómago de Piper dé alguna que otra voltereta.

La doctora mira el reloj, son las cinco y cuarto y el tiempo se le ha pasado volando. Esto se ha convertido en una costumbre de la que ninguna de las dos ha necesitado hablar. Empezó de forma casual, un día Piper salió después de la jornada, los encontró ahí y se sentó un rato con Olena.

—¿Queréis venir a cenar a mi casa? —soltó sin pensar—. La empresa de catering me hace un servicio especial de comida preparada cada semana y tengo tápers de todo tipo. ¿Nazar come macarrones?

Olena la miró, primero sorprendida y después con una sonrisa.

—¿No cocinas nunca?

—Lo evito todo lo que puedo, no me gusta —respondió Piper sin sonrojarse.

—A Nazar le encantan los macarrones.

Desde entonces, se comenzó a convertir en una rutina.

Olena venía todas las tardes y, aunque no era consciente, no quería volver a casa hasta ver salir a Piper para pasar al menos cinco minutos con ella, pero Piper la invitaba a cenar y ella no era capaz de negarse, y cuando un día dijo que sentía que abusaba de su confianza, la doctora frunció el ceño y le explicó que le encantaba que cenaran con ella, que su casa era muy grande y a veces tanto silencio la abrumaba.

Además, quería pasar tiempo con Nazar, era su hermano y quería formar parte de su vida, así que Olena no protestó más porque ella quería pasar tiempo con Piper.

Apila los documentos, los mete en una carpeta y los deja en la bandeja de cosas acabadas antes de levantarse, quitarse la bata y coger sus cosas para marcharse a casa.

—¡Pi! —grita Nazar desde lejos cuando la ve caminar por el jardín.

A ella se le ensancha la sonrisa y se agacha cuando el niño viene corriendo con la pelota entre las manos.

—¿Y esa pelota? —pregunta ella, parpadeando cuando él casi se la pega a la nariz.

—Mami la ha comprado, ahora tengo dos.

—Es muy bonita, enséñame cómo la chutas.

Lo deja en el suelo y él la mira de reojo después de patear y mandarla debajo del banco, donde su madre la coge y se la lanza antes de volver la mirada hacia Piper, que encoge el estómago cuando le sonríe.

—¿Qué tal el día? —pregunta Olena cuando la doctora se sienta a su lado.

—Agobiante, demasiado papeleo. ¿Tú qué tal? ¿Cómo ha ido con Harold?

—Como siempre. Pasear mucho, leer mientras él juega y charlas muy interesantes. Estoy aprendiendo algo de historia de Estados Unidos entre otras cosas.

—Me alegro, ¿nos vamos?

—Sí, pero a mi apartamento —responde Olena, y Piper se queda quieta, con las manos en las rodillas.

—¿A tu casa?

—Siempre vamos a la tuya, y ya sé que no te importa, pero la nieta de Harold me ha hablado de una tienda donde podía conseguir algunos productos de mi país y me he pasado por allí antes de que Kelsey trajera a Nazar.

La verdad es que no tenían gran cosa, pero eso me ha hecho pensar en que quiero cocinarte algo típico de Ucrania, y quiero que sea en mi casa, que esta vez seas tú mi invitada.

Piper traga saliva, ¿esto es una cita encubierta? Quizá sí, pero probablemente como todos los días, porque aunque ninguna se atreva a verbalizarlo, ambas saben que algo está pasando entre ellas.

—De acuerdo, acepto esa invitación.

Olena se levanta ilusionada, coge la mano de su hijo y las tres caminan de vuelta al interior del edificio principal.

Cuando entran en el apartamento, Piper se queda junto a la puerta, paralizada.

Ha estado muchas veces aquí, pero no desde que Olena lo ocupa y, cuando empieza a mirarlo todo, se queda sin aliento.

Esto se diseñó específicamente para los pacientes y ahora que están las cosas de Olena y Nazar, se da cuenta de lo realmente incómodo que resulta este sitio para ellos.

—Siéntate, por favor —pide Olena, ajena a la turbación de Piper.

Ella se mueve y camina hacia la pared, aunque llamar caminar a dar dos pasos y tener que esquivar la alfombra donde juega Nazar le parece exagerado.

Retira una de las sillas que hay junto a la mesa plegable de la pared y mira a su alrededor.

Si estira el brazo, casi puede alcanzar la cama supletoria del niño con la mano.

La grúa de techo recogida hacia un lado casi ocupa la mitad de un apartamento que podría caber perfectamente dentro de su salón, y cuando dirige la vista hacia el baño, que tiene la puerta abierta, ve la silla adaptada, los asideros de acero y la bañera de plástico de Nazar de pie contra la pared.

El niño se entretiene con los cubos a su lado, en un espacio de un metro cuadrado mientras que su madre hace malabares con una cocina de gas y los cuatro cacharros que ha debido comprar.

Hasta ahora, Piper pensaba que preparaba todo en la cocina común, pero se da cuenta de lo incómodo que debe resultarle y que para ella es más práctico apañárselas aquí, donde puede vigilar a su hijo sin tener que llevarlo a una cocina gigante donde tendría que estar pendiente de él mientras hace la comida.

La boca se le abre y se le cierra, ¿cómo no pensó en esto?

Lo único que puede decir en su defensa es que cuando le ofreció el apartamento, ellas acababan de conocerse y lo hizo pensando en algo provisional, y una vez Olena se instaló, ella no volvió a pisar este sitio, y si a eso le suma que la ucraniana nunca se queja por nada, el resultado es que llevan aquí instalados casi tres meses viviendo en un apartamento que es más bien una habitación.

—¿Estás bien? —pregunta Olena, dejando platos sobre la mesa.

—Sí —responde y esboza una sonrisa—. ¿Qué vamos a cenar?

—Varenyky. Son algo parecido a las empanadillas, se hacen mucho en Ucrania.

Los quería hacer con requesón como los de mi madre, pero no he encontrado en la tienda y los voy a hacer rellenos de patata y cebolla con mantequilla derretida.

He hecho la masa y el puré cuando he llegado, ahora solo tengo que hervirlos, estarán listos enseguida.

—Entonces, ¿lleva algún ingrediente especial de tu país?

—La verdad es que no, todo esto se puede comprar aquí perfectamente, no sé por qué no se me ha ocurrido antes hacerte algo típico de allí —Olena hace una pausa, en realidad sí que lo ha pensado muchas veces, aunque no ha sido hasta hoy cuando se ha decidido—.

Pero en la tienda sí he encontrado Uzvar, es una bebida dulce típica de Ucrania que está elaborada con frutas secas como manzana, pera y ciruela.

Tradicionalmente se asocia a la Navidad y al invierno, aunque al verla no he podido resistirme a comprarla.

Se puede servir caliente o fría, ¿te apetece probarlo?

—Por supuesto. ¿Tú cómo te la bebes?

—Me gusta caliente, el sabor se percibe más intenso.

—Entonces la probaré caliente también.

Olena sonríe y Piper se muerde los labios cuando se da la vuelta para preparar la bebida.

—No es el vaso más apropiado —dice poniéndole un vaso de cristal delante con dos dedos del líquido—, pero sirve igual.

La ucraniana se queda de pie delante de ella y acerca su vaso para brindar.

—Por nuestras cenas —dice Piper, mirándola a los ojos.

Olena traga saliva y asiente.

—Por nuestras cenas.

Se lo beben de un trago y, aunque Piper no es amante de las bebidas dulces, debe reconocer que le ha gustado.

—Está muy rico.

—¿Verdad?

Los varenyky empiezan a flotar en el agua y Olena los saca, colocándolos en un plato para echarle cebolla frita por encima. Los lleva a la mesa y al fin se sienta frente a Piper, con Nazar sobre sus piernas porque no tiene más sillas mientras le da puré de patatas.

—¿Te gustan? —pregunta Olena, observándola con atención cuando Piper traga el primer bocado.

—Dios, sí —asiente dando otro mordisco—. Están deliciosos.

La expresión de Olena se ilumina y cenan mientras Piper le cuenta lo del cumpleaños de su madre.

—Se me había pasado por completo, supongo que a Tiff también. No he visto a mi padre desde que... —Se detiene, porque nunca sabe cuál es la manera correcta de referirse a esto con Olena, y tampoco le gusta recordárselo—, perdona.

—No pasa nada, Piper, a mi manera, lo tengo superado. Puedes hablar de ello si lo necesitas, entiendo que para ti es muy duro.

«No te haces una idea», piensa Piper.

—Sí, y no sé si estoy preparada para verlo. Tiffany y yo todavía estamos decidiendo qué hacer.

Terminan de cenar y Olena recoge los platos mientras Piper le pone el pijama a Nazar y lo tumba en su cama. El niño está tan agotado que no protesta y en cuestión de dos minutos, se queda dormido.

—Oye —dice Piper cuando Olena se gira—. Esto no es sitio para ti, no sé cómo no se me ha ocurrido pensar en esto.

Apenas hay espacio y es... joder, no es una casa.

¿Por qué no os trasladáis a la mía? Tú y Nazar pasáis casi todas las tardes allí, tengo cuatro habitaciones, dos baños, una cocina de verdad y un patio trasero cerrado donde él podría jugar sin tropezarse con sus propios pies.

Olena deja el trapo y la mira con los ojos muy abiertos.

—Si necesitas el apartamento, no has de ofrecerme tu casa —dice nerviosa—. Estoy ahorrando, solo necesito un poco más de tiempo...

Las palabras se le entrecortan y Piper se da cuenta de que la ha entendido mal, de que Olena piensa que está buscando una manera suave de echarla... Se estremece solo de pensarlo.

—No es eso.

—Un mes, quizá con eso ya tenga suficiente para que me alquilen...

—La ucraniana empieza a moverse, nerviosa, porque había pensado que tendría más tiempo y se da cuenta del poco sentido común que ha tenido.

¿Qué esperaba? ¿Estar aquí para siempre?

¿Cuánto dinero debe estar perdiendo Piper teniéndola aquí?

Se gira hacia la mesa donde está el microondas y apoya las dos manos, intenta respirar, pero le cuesta, así que vuelve a girarse y cuando lo hace, las manos de Piper se cierran sobre sus brazos y ella siente que todo el cuerpo se le electrocuta.

—Para, Olena, mírame, por favor.

La ucraniana levanta los ojos y contiene la respiración.

—No necesito el apartamento, no te lo estoy diciendo para que os marchéis.

Me gusta pasar tiempo con Nazar y, joder, contigo también.

Lo único que digo es que este sitio es muy pequeño para vosotros, y que mi casa es muy grande.

Puedes seguir ahorrando todo lo que necesites sin prisa, y si quieres marcharte más adelante, lo haces, pero mientras tanto, yo dormiría mejor si sé que estáis en un sitio cómodo y no en esta caja de cerillas.

Se quedan mirándose. Las manos de Piper todavía están sobre sus brazos y ellas están demasiado cerca, y cuando Piper baja la mirada y ve los labios entreabiertos de Olena, siente unas ganas enormes de inclinarse para besarlos.

Lo haría despacio, rozándole la cara con los dedos primero en una caricia que le demuestre cuánto le importa, y después se acercaría y...

Piper se echa hacia atrás reprendiéndose mentalmente, no puede hacer eso. Olena está prohibida, es la madre de su hermano y la mujer a la que ese monstruo que tiene por padre agredió porque pensó que era superior y podía tomar lo que quisiera.

—¿Piper?

El tono de preocupación en la pregunta de Olena la hace parpadear y centrarse.

—Perdona, ya me voy, es tarde, pero piénsatelo, ¿vale? Y si al final decides que prefieres quedarte aquí, por mí no hay problema. No necesito este apartamento.

—Está bien, lo pensaré. Hasta mañana, Piper.

—Buenas noches, Olena, gracias por la cena.