Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

—Señor Harris, respire, míreme e intente coger aire por la nariz, como yo —la doctora Piper Dalton toma una respiración profunda sin apartar los ojos de su paciente—. Eso es, lo está haciendo muy bien.

La escena es un poco dramática, hay doce abuelos alrededor de la médica y el paciente que está casi desmayado sobre una silla en el comedor de la residencia que dirige Piper.

Steve Harris estaba desayunando sus gachas de avena cuando de repente ha empezado a toser con fuerza, haciendo tanto ruido que el personal de Monterey House se ha alertado.

Nadie sabe cómo, pero el hombre se estaba ahogando y en unos segundos, su cara ya era de color lila, sus ojos completamente rojos y la señora Matilda —una mujer de noventa años que tiene una relación cercana con Steve— ha empezado a llorar con tal desesperación que se ha mareado.

La alarma ha sonado y Piper, que estaba en su despacho revisando la documentación de una solicitud de ingreso, ha salido corriendo como si el edificio estuviera ardiendo.

Por suerte, la peor parte ya estaba controlada cuando entró en la sala, pero el señor Harris estaba tan nervioso que parecía haber olvidado cómo respirar.

—¿Se encuentra mejor? —quiere saber Piper mientras ausculta al hombre y se asegura de que no corre peligro.

Steve asiente e intenta recuperar todo el aire que había perdido en esos segundos tan angustiosos.

—¿Quiere que lo traslademos al hospital? —la doctora Dalton sabe que no es necesario, pero por la fortuna que pagan algunos de sus residentes, los servicios que reciben en la residencia incluyen que, si el paciente lo requiere, deben llevarlos a un centro de salud.

—No —niega el hombre varias veces—, no creo que sea para tanto. No es la primera vez que la comida se me va por otro lado, ya sabes, Piper, que soy un poco torpe.

La mujer le regala una sonrisa cálida, ella no diría que el señor Harris es torpe, sino bastante mayor y con su edad, el cuerpo no responde con la eficacia que lo hace si tienes veinte años menos.

—¿Qué le parece si hoy pasa el día en nuestra sala común? —Piper lo ayuda a incorporarse—. Así las enfermeras y el resto del personal pueden asegurarse de que está perfectamente como siempre.

Matilda se acerca a Steve con el gesto compungido y le coge la mano con cariño.

—Yo te acompaño, así estoy pendiente de ti.

Ambos se miran con ojos suaves y Piper no puede evitar morderse el labio. Matilda Jordan se quedará dormida al instante que ambos se recuesten en el sofá, pero eso no le impide pensar lo maravilloso que es tener a alguien a tu lado que quiera cuidarte.

Su mente la traiciona de inmediato, porque la figura de una chica joven, rubia y con acento marcado, se dibuja en su memoria.

Sacude la cabeza, no está bien pensar en Olena Boyko de esa manera.

Es la madre de su hermano pequeño, la mujer que su propio padre...

joder. Solo de recordarlo, un escalofrío se le instala en el centro del pecho, pensar en que Lucas Dalton ha tenido sus manos sobre ella la enferma, pero lo que realmente la enloquece es la línea difusa que se ha marcado entre la sensación de rechazo que tiene ante un acto tan cruel como ese y los celos absolutos de que su padre la haya tocado y ella no.

Es retorcido desde cualquier punto desde el que se vea, Piper lo sabe y desde hace meses lucha con ese sentimiento que cada vez es más fuerte y le impide pensar con claridad.

—Morgan —la doctora necesita salir de allí, su cerebro ha empezado a colapsar—. Acompáñalos a la sala común y quédate cerca hasta que sea la hora de su sesión de fisioterapia. Antes pasaré a verlo, si no lo veo recuperado del todo, que Óscar se la cambie para mañana, ¿de acuerdo?

—Claro, doctora Dalton —contesta la enfermera, una chica que lleva un año trabajando en la residencia y a la que todos los pacientes adoran—. Le diré a Abby que se prepare para el turno de la noche, así no se queda solo cuando sea la hora de dormir.

Piper asiente complacida y se marcha de vuelta a su despacho, saliendo del comedor a un paso más bien rápido.

El color verde claro de las paredes del pasillo la calma de una manera que le hace sentir una paz inmediata y se alegra de haberle hecho caso a esa decoradora que insistió en que el tono producía tranquilidad sobre todo en sitios como ese.

Camina y va rozando con los dedos los libros de las estanterías de uno de los salones abiertos que además tiene una chimenea preciosa, muchas butacas y unas vistas espectaculares al jardín trasero.

Cuando dobla en la esquina, se detiene frente a una de las puertas, marca la clave de cuatro dígitos en el panel digital que la desbloquea con un sonido corto y seco.

Es la zona de oficinas, hay cuatro exactamente y la suya está al fondo, la más grande.

—Joder —suspira, llevándose la mano al cuello mientras se masajea la zona cargada y se deja caer en el pequeño sofá que tiene frente a la ventana.

Desde allí puede observar la zona ajardinada que da hacia la entrada de la residencia, una que no solo sirve para recibir a las familias que vienen de visita o a los interesados en obtener una plaza, sino también para que los abuelos puedan pasear por un área diferente que además cuenta con un circuito biosaludable que los ayuda a mantenerse activos.

Piper observa la ventana completamente despejada, con la cortina recogida en una esquina.

Hasta hace unos meses, había mantenido la privacidad, no le gustaba distraerse con lo que pasaba fuera, ni que pudieran verla mientras trabajaba, pero todo eso cambió desde que Olena ha elegido esa parte del césped para jugar con Nazar por las tardes, coincidiendo con la hora de salida que tiene Piper programada y haciendo, inevitablemente, que cenen en casa de la doctora o pasen tiempo juntas con la excusa de que quiere que el niño se acostumbre también a su nueva familia.

No es que esté fingiendo, de verdad quiere que su hermano crezca sabiendo que tiene unas tías con quien contar, pero lo que en realidad tira de Piper como si tuviera una correa de perro atada al cuello son esos momentos en los que Olena le sonríe porque ha dicho algo interesante o cuando le roza la mano en un gesto que parece involuntario, pero que eriza a la mayor de las Dalton.

Su móvil suena con un sonido que reconoce muy bien y no puede evitar sobresaltarse. Todo lo que está viviendo, sumado con el episodio que acaba de pasar con Steve Harris, la tiene muy nerviosa. Que la llame su madre —una vez más en esa semana— no hace más que empeorar su ansiedad.

—Hola, mamá —saluda Piper después de levantarse del sofá para coger el aparato que estaba sobre la mesa.

—Hija —el tono de voz no le sale cariñoso, sino como si la estuviera reprendiendo—. ¿Está todo bien?

Piper tiene que tragar saliva para que el nudo que acaba de convertirse en bola baje y le permita hablar.

Por supuesto que nada está bien, empezando porque ella y Tiffany están completamente devastadas después de entender que su padre es un monstruo, lo que las ha llevado a huir de la casa familiar como si fuera un área restringida por algún tipo de radiación.

Desde entonces, Selene Dalton no ha parado de hacer llamadas que han ido subiendo de tono con el tiempo.

En estos meses —desde que Olena y Nazar llegaron a su vida— las hermanas solo han ido de visita dos veces y siempre cuando Lucas ha estado de viaje.

Las excusas habían funcionado hasta que su madre se cansó.

—Sí, aunque con mucho trabajo —apoya el trasero en su escritorio—. Acabo de tener una urgencia en la residencia con uno de mis pacientes. Ya van tres esta semana.

Esa última parte es mentira porque, aunque en una residencia de ancianos lo más común es que pasen cosas por el estilo, en Monterey House tiene la suerte de no estar sometidos a sustos continuos.

—¿Ha muerto? —pregunta su madre, azorada.

—No, no, el señor Harris está bien —se apresura a contestar—. Todo se ha quedado en un susto, nada más.

Selene suelta un suspiro al otro lado de la línea.

—Me alegro, entonces.

El silencio incómodo cae entre ellas, el mismo que se ha hecho presente en las últimas semanas porque Piper no sabe qué decir y supone que a su madre le cuesta adivinar por qué sus hijas están tan raras.

—Bueno, llamaba para saludarte y recordarte que la fiesta de mi cumpleaños será la semana que viene. He llamado a tu hermana, pero ha decidido no cogerme el teléfono desde ayer, así que te lo digo a ti por si lo habéis olvidado.

Mierda, el cumpleaños. Piper cierra los ojos mientras intenta que el corazón no salte de su pecho.

Puede contestarle con una excusa muy elaborada que por supuesto ahora mismo no tiene a mano, pero la dolorosa verdad de todo esto es que su madre no tiene la culpa de lo que hace su marido a escondidas y convertirla en un daño colateral en todo esto hace que Piper se arrugue por dentro.

—Estamos ilusionadas por celebrarlo contigo, mamá —miente de forma descarada—. Tiff está con lo de la tienda, ya sabes que quiere abrir una física de Pacific Wick y encontrar local está siendo un dolor de cabeza, pero allí estaremos, tú no te preocupes.

—Es que yo no me preocupo —contesta la mujer y Piper siente las palabras como un bofetón—, sino que me molesta que mis dos hijas adultas no sean capaces de llamar a su madre ni visitarla. Cuando Tiffany vivía en Chicago la veía más.

Selene no mide sus palabras y es que piensa que a su edad no tiene por qué hacerlo.

Piper siempre iba a casa varias veces al mes además de salir a cenar alguna vez, ir al cine o de compras.

De un día para otro, todo empezó a cambiar: su hija menor se divorció de su marido, volvió a California y ahora es pareja de su mejor amiga y excuñada.

La mayor, simplemente ha decidido desaparecer sin dar ninguna explicación.

—Lo siento, mamá, es que... —analiza bien las palabras antes de soltarlas—, estoy un poco, no sé, rara. Y solo estoy tomando algo de tiempo para mí.

Le ha salido fatal, lo sabe cuando se ha escuchado, pero ¿qué puede decirle? Sin duda, no la verdad.

—Cada vez que te pregunto si estás bien, me dices que sí, Piper. No he querido agobiarte, hija, pero ahora ¿te sientes rara? ¿Qué significa eso?

Selene se oye entre confundida y preocupada. A Piper se le seca la boca.

—Eh, no lo tengo claro, pero te aseguro que no es nada malo —se pasa los dedos por el pelo y luego se rasca el cuero cabelludo—. Solo que he estado tan ocupada que necesito un respiro. Salgo cada día de la residencia y solo quiero estar tranquila, pasar tiempo conmigo misma.

—Yo no entiendo mucho de esas cosas, he estado casada con tu padre toda la vida y él siempre ha sido mi mundo —la sola mención de Lucas hace que Piper dé un respingo—, pero si es lo que necesitas, adelante. Solo quiero que estés bien.

—Lo estoy —balbucea la mentira y siente el amargor en la punta de la lengua.

—¿Entonces le recuerdas a tu hermana la celebración? —pregunta su madre.

—Sí, por supuesto. Allí estaremos. Y mamá —la llama Piper con voz más calmada—. Siento mucho que estemos tan distantes, te prometo que es solo temporal.

Selene se queda callada lo que parece un minuto entero antes de hacer un ruido con la boca para después hablar.

—Vale, hija. Nos vemos en unos días —suspira con resignación.

Piper se deja caer en su silla cuando cuelga la llamada y echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

Está siendo todo tan difícil que tiene la sensación de que en cualquier momento puede explotar.

Y lo peor no es eso porque apenas todo esto está comenzando, hace semanas decidió que no puede echar la vista hacia otro lado ahora que sabe que su padre ha violado a al menos dos mujeres.

Sin embargo, lo que más le preocupa es no saber si esa ira que le está infectando la sangre es producto de saber que Lucas Dalton es un depredador o que emerge de ella con más fuerza por el hecho de haberle puesto la mano encima a Olena Boyko, la mujer con la que empieza a obsesionarse.