Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3) Capítulo 1
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Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3)

Nosotras bajo la luna (Romances prohibidos 3)

Por Eva Gonzay, Julia C. Brown

© inepub.com

Capítulo 1

—Para, Nazar —dice Olena en medio de una risa mientras se limpia el agua de la cara con la mano.

Tiene a su hijo en la bañera de plástico que compró al mudarse a Monterey House —la residencia de ancianos de treinta y seis apartamentos de la que Piper es dueña—.

Olena jamás podrá agradecerle lo suficiente todo lo que está haciendo por ella, aunque el espacio no sea lo más apropiado para una mujer de veintinueve años con un niño de tres.

Es perfecto, pero está acondicionado para personas mayores.

El suyo en concreto, está adaptado para las que ya no tienen ningún tipo de movilidad, por lo que hay una grúa que va desde la cama individual hasta el baño y dentro de este, todo está preparado para que una enfermera pueda ayudarlo.

La ducha forma parte del suelo, es completamente abierta, sin mampara, con una silla adaptada en el rincón.

Para ella no es problema, pero para Nazar es más complicado así que compró esta bañera donde él puede estar sentado chapoteando mientras ella lo lava arrodillada a su lado.

Tampoco tiene cocina, solo una pica para los platos, nevera, microondas, una cafetera y un calentador de agua que están ahí para que los familiares puedan hacer cosas básicas.

Piper le consiguió un hornillo de gas y una cama supletoria para Nazar, y a pesar de que todo es ridículamente pequeño, Olena se ha adaptado y piensa que no necesita nada más.

El niño la vuelve a salpicar y suelta una carcajada cuando su madre cierra los ojos y suelta un resoplido.

—Se acabó —dice, pero se le escapa la risa—. Tenemos que salir ya del agua, la tía Tiff viene a buscarte y no podemos hacerla esperar.

Nazar la mira con los ojos muy abiertos y después da un último manotazo en el agua.

Olena termina de aclararle el jabón y lo saca de la bañera para secarlo con la toalla y llevarlo hasta la cama para vestirlo.

Cuando ya está listo, lo baja al suelo y él empieza a saltar mirando a un lado y a otro.

Está lleno de energía y si estuvieran en un sitio más espacioso, probablemente estaría corriendo por todas partes, pero aquí se tiene que conformar con el espacio que hay entre los pies de la cama y la entrada, así que al final se acaba sentando en el suelo para jugar con un grupo de bloques que le regaló el padre de Kelsey y que se ha convertido en su nueva obsesión.

Olena recoge el baño, vacía la bañera y se da un último retoque mirándose al espejo.

Se queda con las manos apoyadas en el mármol, observándose mientras asiente pensativa.

Todavía le sorprende cuánto ha cambiado desde que está aquí.

Ha engordado un poco y sus mofletes ya no se ven huesudos, tiene la mandíbula menos marcada y las ojeras que arrastraba hace unos meses ya han desaparecido.

El pelo le brilla más y el tono de su piel pálida ha mejorado, sigue siendo muy blanca, pero con un color vivo y no ese tono cadavérico que tenía.

Cuando se mudó aquí desde la caravana destartalada en la que había estado viviendo con Nazar, lo primero que hizo fue abrir el grifo de la ducha y quedarse mirando el vapor que se elevaba hasta el techo.

—Mamá, ¿y la tía? —pregunta Nazar, que ya se ha aburrido de esperar.

—Ya vamos, cariño.

Olena sale del baño y prepara la bolsa de su hijo —un paquete de toallitas, una muda de ropa y el peluche con el que duerme— mientras repasa mentalmente todo lo que tiene que hacer hoy.

A las nueve tiene que estar en casa de Harold, el hombre de ochenta y un años al que cuida desde hace cinco semanas.

Llegar a su casa andando son veinte minutos porque la familia vive en una zona residencial cercana.

Olena disfruta mucho ese paseo, aunque no tanto como el que suele dar algunas tardes en compañía de Piper y de su hijo.

Consiguió el trabajo gracias a ella. Por la residencia siempre se suelen pasar familiares de ancianos que viven con ellos preguntando si conocen cuidadores de fiar, gente que pueda ir unas horas a sus casas para echarles una mano con la ducha, quedarse con ellos mientras trabajan o acompañarlos a pasear.

Cuando el hijo de Harold vino preguntando, Piper pensó directamente en Olena.

La ucraniana había conseguido un trabajo en una cafetería por las mañanas para el que tenía que caminar cuarenta minutos de ida y otros cuarenta de vuelta y donde el sueldo no era precisamente motivador, y eso por no hablar de que solo le habían ofrecido tres horas, pero Olena lo aceptó mientras buscaba otra cosa, porque no estaba dispuesta a permitir que la mantuviera además de darle alojamiento.

Piper conocía a la familia de Harold porque su mujer —con una demencia muy avanzada— estuvo en su residencia durante dos años hasta que falleció.

Eran de fiar, solventes y buena gente. Pagaban la hora muy bien y vivían cerca, así que ese día fue a recoger a Olena cuando salió de la cafetería —lo hacía algunas veces si acababa sus rondas con tiempo—.

—Lo que necesitan es que vayas cada día a las nueve cuando ellos se marchan al trabajo.

Harold es dormilón, así que se levanta sobre esa hora.

Es completamente funcional, pero se tiene que ayudar del bastón para caminar.

Se trata de que le prepares el desayuno, recojas lo que se ensucie y después lo acompañes dando un paseo hasta un parque que está a unos veinte minutos, muy cerca de donde él vivía cuando estaba solo, aunque a su paso tardaréis el doble de tiempo —Piper se detuvo y la miró un momento, encontrándose con los ojos grises de Olena mirándola con atención—.

A Harold le encanta jugar al ajedrez y pasa allí un par de horas cada día, mientras él juega con sus amigos te tienes que quedar allí pendiente de él, después lo acompañas a casa, le preparas la comida y le haces compañía hasta las dos.

A esa hora llega su nieta y ya te puedes marchar.

No hay ningún compromiso, por supuesto —aclaró Piper—, pero he pensado que a lo mejor te interesaría.

Te harían un contrato por seis horas diarias, contando una de más para el tiempo que tardas en ir y volver.

—¿Cuál es el sueldo? —preguntó ella.

—Veinticinco dólares la hora.

Los ojos de Olena se desorbitaron, eso eran ciento cincuenta dólares diarios. Le permitiría ahorrar lo suficiente para buscarse algo y podría dejar de abusar de la bondad de la mujer que tenía al lado, de la que cada vez le costaba más concebir que fuera hija de aquel salvaje que la había violado.

—Dile que sí, por favor.

Piper la miró sonriendo y Olena se quedó atrapada mirando sus labios.

Desde entonces cuida a Harold y el trabajo ha resultado ser mucho mejor de lo que esperaba.

Harold es un hombre fácil y encantador con las cejas más pobladas que Olena ha visto en su vida, es agradable y tiene una conversación muy interesante.

No paran de hablar mientras ella está con él, a Olena le encanta escuchar sus historias, ya sean de su vida o de su propia filosofía, y toma mucha nota de los consejos que le da de vez en cuando.

Cuando están en el parque, ella se escapa todos los días a una panadería cercana donde hacen un tipo de bollería especial para diabéticos.

Harold no lo es, pero su mejor amigo Robert sí, así que le compra un croissant sin azúcar a él y una galleta con pepitas de chocolate a Harold que ambos se comen sin levantar la vista del tablero.

Ella se sienta a su lado, callada, y aprovecha para leer uno de los libros que Piper le ha prestado de su pequeña biblioteca personal, una estantería que la doctora tiene en el salón de su casa, repleta de novelas de misterio y romance que están ayudando mucho a Olena a mejorar su nivel de inglés.

Al regresar del parque, le prepara la comida —para ella también porque Harold insistió el primer día, asegurando que comer solo le ponía triste— y cuando llega Mina, su nieta, Olena se despide del anciano y regresa dando otro paseo.

Olena comprueba la hora en el teléfono y ve un mensaje de Tiffany de hace diez minutos donde le avisa de que ya está saliendo.

Su relación con la pequeña de las hermanas ha mejorado mucho desde que Tiffany y Kelsey se mudaron a California.

Le costó más que a Piper, pero Tiffany se está implicando todo lo que puede para ayudar a su hermano y ya no mira a Olena con recelo.

La ucraniana la entendía, ella también se hubiera sentido desconcertada si de repente llega una mujer con un niño para decirle que es de su padre y que además es fruto de una violación, pero ahora la relación con ella es muy cordial, Olena le tiene mucho aprecio —igual que a Kelsey— aunque con esta última tiene además lo que ella cree que puede ser una amiga, porque cuando ambas se quedan solas mientras las hermanas hablan en la cocina de Piper, Kelsey y ella se ponen a hablar como cotorras de cualquier cosa y siente que es una persona en la que puede confiar.

La verdad es que Olena no puede quejarse y tiene claro que cuando se mude no quiere irse muy lejos de las hermanas, porque entre ellas se combinan para quedarse con Nazar mientras trabaja, y no es algo que ella pueda discutir porque cuando mencionó la idea de buscar a alguien que lo hiciera, las Dalton protestaron alegando que Nazar no iba a estar mejor con nadie que con ellas, y Olena sabe que tienen razón, son su familia, así que ahora se combinan y cuando Piper tiene mucho lío o una mañana complicada de reuniones como hoy, Tiffany viene a buscarlo y se lo lleva al garaje donde ambas trabajan, donde el niño pasa parte de la mañana entretenido sobre una alfombra gigante que le han puesto con varios juguetes, y la otra con el padre de Kelsey, que lo lleva un rato a un parque cercano y prácticamente lo ha adoptado como un nieto que no tiene.

El móvil le suena con otro mensaje y Olena coge la bolsa, la mano de su hijo y atraviesa el jardín principal hacia la entrada del recinto, donde Tiffany la espera con el coche.

—¡Tía! —grita Nazar, soltándose de su madre para correr hacia ella.

Tiffany se agacha y lo levanta para abrazarlo.

—Hola, bicho. Cada vez pesas más, eh.

—Hola, Tiffany —saluda Olena.

—¿Qué tal? —responde ella—. ¿Ha desayunado o hoy es un día de esos que se ha portado mal? —Tiffany se gira y lo sube a la sillita que compró para su coche.

—Ha desayunado, pero te he puesto un plátano y unas galletas en la bolsa por si le da hambre.

Tiffany se gira hacia ella con una ceja levantada.

—Sabes que no hace falta.

—Sí. —Olena baja la mirada un momento.

Sabe muy bien que a su hijo no le falta de nada con sus hermanas a las que él empezó a llamar tías porque Olena no sabía cómo explicarle la situación y a ellas les pareció bien, pero ella no se siente cómoda si no se ocupa de todo lo que esté a su alcance.

—Bueno, no importa. Se lo comerá, no te preocupes —dice Tiffany—. Kelsey lo traerá sobre las cuatro, ¿te parece bien?

—Sí, por supuesto. Gracias, Tiffany.

—Genial. ¿Necesitas algo más? Mañana iremos a hacer la compra, podemos traerte cualquier cosa.

—Tranquila, estoy bien, fui con Piper ayer y tengo todo lo que necesito. Gracias.

Tiffany asiente y la mira un segundo de más que hace que Olena vuelva a apartar la mirada.

No es que se sienta incómoda, es que sabe lo que piensa, que pasa mucho tiempo con Piper, y no le falta razón, pero Olena prefiere no pensar en eso porque últimamente se le desdibuja mucho esa línea y ya no sabe donde están los límites con la doctora.

—¿Quieres que te acerque a casa de Harold? El día está un poco gris, podría llover.

—Prefiero arriesgarme, me gusta mucho caminar —sonríe Olena.

—De acuerdo, pues entonces me voy. Nos vemos pronto.

Olena se inclina sobre su hijo, le besa la cabeza y se despide con la mano cuando se alejan.