NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 38 #4
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CAPÍTULO 38 #4

Lleva meses chivándole lo que siento sin que yo abra la boca: si estoy contenta, si tengo miedo, si miento. Se la miraba en las cenas, en los coches, desde la otra punta del mundo, para saber de mí. Y ahora se está poniendo gris en su muñeca. Por mí. Por esto. Y él no la mira.

No le toca la espalda a ella, ni el pelo. No le toca nada. La mano de Darío está quieta en el cuero, abierta.

No lo entiendo, y no quiero entenderlo.

Ella le coge la cara por la nuca, con los dedos metidos en su pelo, le gira la cabeza hacia ella y le besa en la boca, largo, con los ojos cerrados. Le acaricia la nuca justo ahí, en ese sitio exacto debajo del pelo donde se le eriza la piel. Mi sitio. El que yo le he negado dos meses.

Gime, y cada gemido me entra por los oídos como un clavo.

Retrocedo un paso sin darme cuenta, porque los pies van solos, y choco con algo. Con alguien.

Es Sofía. Está detrás de mí, no sé desde cuándo; no la he oído acercarse. Se tapa la boca con las dos manos.

—Oh, mio Dio…

Me giro hacia ella y no puedo hablar. Tengo la boca abierta y no sale nada. Quiero chillar. Quiero entrar en ese despacho, arrancarle los rizos a puñados y tirarla por la ventana con mi vestido. Quiero que se abra el suelo y me trague.

No hago nada. Estoy quieta, con la mano en el pecho, buscándome el corazón, y no lo encuentro.

Creía que nadie me podría hacer más daño que Álex. En Barcelona, con lo que me hizo, con lo que me dejó dentro, con los años de luz encendida y la silla contra la puerta. Me equivocaba.

Luego vino Bulldog: la celda, el frío, las manos que me arrastraban del pelo, el cuchillo y su letra en mi pierna.

Luego María, la pistola temblando en la cocina, el avión desapareciendo en la niebla.

Luego mi madre: la frente fría debajo de mis labios, el llavero de la torre en el puño, la lluvia en Barcelona.

Cada vez pensaba: ya está, esto es el fondo, de aquí no se baja. Y siempre había más.

Esto no es un fondo. Es caerse por un agujero que no tiene suelo, que me da vueltas, que me rompe por dentro en trozos tan pequeños que ya no se pueden pegar, y que me deja tirada en un sitio plano y gris, donde no hay nada ni nadie y del que no sé salir.

No me quedan lágrimas, ni una. Las he gastado todas en María, en mi madre, en la almohada del olivar, y ahora que las necesito no tengo. Solo me queda la mano en el pecho, esperando un latido que no llega.

—Sofía —le digo, con un hilo de voz que no es mío—. Por favor. Llévame al cuarto de mi madre.

Me rodea con los brazos y me sube la escalera escalón a escalón, yo con los zapatos todavía en la mano y ella sujetándome por la cintura. Detrás de nosotras, desde el pasillo del despacho, todavía se oye, cada vez más bajito, su nombre.

Su nombre en la boca de otra.

El cuarto del olivar todavía huele un poco a Nenuco, muy poco, si metes la cara en la almohada.

No llego a la cama. Me caigo antes, al lado, en la alfombra, y me hago una bola: las rodillas contra el pecho, el vientre en medio, los brazos alrededor de las piernas.

Encima de la mesilla, la tarta del señor Vito, con las fresas brillantes, sin tocar.

Encima del techo, las estrellas. Cuarenta y tres. La de la esquina, colgando.

Sofía se queda de pie en la puerta, mirándome, y me siento una intrusa en esta casa, en esta familia, delante de esta mujer que me mira desde arriba. Una extraña que se coló en un sitio que no era suyo y que se creyó la señora de la casa.

—Tráeme el bolso —le digo contra las rodillas—. El rojo. Con la cartera. Con las tarjetas. Está en la mesilla de Darío. ¿Puedes?

Mientras lo digo me miro las uñas de los pies, pintadas de rojo. Me las pintó Kiara anteayer, en el borde de la piscina, riéndose. Las diez, también la del dedo pequeño, encima de la cicatriz, con muchísimo cuidado, soplándolas para que se secaran.

Empiezo a hacer un plan, con la sangre fría, una pieza detrás de otra: cómo salgo de aquí, por dónde, con qué.

Este no es mi sitio. No lo ha sido nunca.

Todo lo que me dijo era mentira. «Te quiero» con una mancha de soja en la camiseta.

«Ya no me asusta nada de ti». «Esto es para mi mujer».

Ha bastado con que entrara otra en esta casa.

Una. Más joven. Sin muertos. Sin barriga.

Sin una celda en la cabeza ni una letra de otro hombre tapada en la pierna.

Que se ríe. Ha bastado con eso para que me pisara, en mi vestido, en su sofá, en el despacho donde acababa de firmar mi futuro.

No pienso en mí. No pienso en mi corazón, que está en el suelo de abajo, al lado de un vestido rojo. Pienso en la lenteja, que hace un rato me ha dado un aleteo para que no bebiera.

Si no me voy ahora, esta noche, no me voy a ir nunca. Me va a encontrar. Me va a coger por la cadera debajo de un olivo y me va a decir que pare, y voy a parar, y me voy a quedar, y voy a criar a su hijo en una casa donde la mujer que se lo ha follado duerme a cien metros.

—Me voy —digo en voz alta.

—Sí —dice Sofía desde la puerta, muy bajito—. Es mejor que te vayas. Por ahora. —Asiente—. Vuelvo enseguida con tus cosas.

Tengo la garganta seca, un desierto, y no estoy enfadada, ni triste. No siento nada. Eso es lo más raro de todo. Alguien ha bajado un interruptor dentro de mí, clac, y se han apagado todas las luces a la vez.

Bajo al garaje con el bolso rojo. Sofía me ha puesto un chal por encima de los hombros, encima de los brillos, me ha dado un beso en la frente, me ha dicho «cuídate, hija» y se ha quedado en la puerta de la cocina mirándome ir.

En el garaje está el Lamborghini rosa que me regaló Darío en Navidad, con un lazo encima y nieve derritiéndose en el capó. Rosa chicle. Rosa de Barbie con problemas con la ley.

Y está Copito. Ha bajado detrás de mí sin que lo oiga y está sentado al lado de la puerta, con la cola quieta y la cabeza ladeada, como cuando cojo las llaves y no sabe si se viene.

Me agacho, le cojo la cara con las dos manos y le meto la nariz en el pelo blanco, que huele a césped y a la tarta del señor Vito que le ha dado Santiago a escondidas.

—¿Tú también me vas a dejar?

Me lame la cara, las lágrimas que no tenía y que ahora sí, y salta él solo al asiento del copiloto antes de que le abra del todo la puerta. Me lo regaló Darío, una Navidad, con un lazo rojo más grande que el perro, y es lo único suyo que me puedo llevar sin que me duela.