CAPÍTULO 38 #3
Darío llega a la barra y Kiara le dice algo. No lo oigo, estoy demasiado lejos, pero la veo hablar con las manos, moviéndolas mucho, contando algo, echándose los rizos hacia atrás por encima del hombro desnudo. Él le contesta algo corto, inclinándose un poco.
Ella se ríe con la cabeza hacia atrás, con toda la garganta, una risa que se oye desde aquí por encima del cuarteto y de las copas. Le pone una mano en el antebrazo, un momento, y la quita. Él no se aparta.
Se ríe. Lo que me ha dicho debajo del olivo. Que esa chica se ríe.
Me quedo en mitad del césped con el zumo de naranja en la mano, y el cristal se me ha calentado entre los dedos.
No es nada. No es nada, Victoria. Él está borracho, está triste, está roto; te lo acaba de decir. No es nada.
Me doy la vuelta y entro en la casa.
No sabía que se podía estar tan sola con ochocientas treinta personas en el jardín.
Sin darme cuenta, mientras cruzo el recibidor, busco a María. La busco por las ventanas, en las mesas, sentada en alguna, esperándome con una botella de champán robada y dos copas, diciéndome «una no le hace nada a la lenteja, pelusilla, que yo me he informado», y riéndose cuando le digo que no.
Busco a Giuseppe. Me lo imagino en la barra, con la camisa remangada, viéndome pasar con esta cara, viniendo hacia mí a zancadas, cogiéndome por los hombros.
«¿Qué te pasa, piccola?». Y luego girándose hacia Darío y diciéndole «fratello, eres idiota» delante de los tres alcaldes, y Darío dejándoselo decir, porque es Giuseppe.
Busco a mi madre. Me la imagino en una mesa del fondo, con su pañuelo y su bolso gigante en el regazo, apartando una silla con el pie, dándome una palmadita en la rodilla. «Siéntate aquí, mi niña. Y cuéntame. Que tienes una cara de haberte peleado con el italiano que no se puede aguantar».
No hay nadie. Las mesas están llenas de gente que no conozco, y yo estoy en el recibidor, con un vestido de brillos y el pelo que me peinó Pina por encargo de una muerta. Sola. Tan sola que me duele en el pecho, un dolor de verdad, físico, como si me faltara un trozo.
Paso por la cocina. Está vacía, porque todo el personal está fuera, y hay bandejas por todas partes y botellas abiertas. Cojo una de vino tinto, una cualquiera, por lo mismo que la copa de champán: para tener algo en la mano, para que me pese algo que no sea yo.
Subo la escalera. El cuarteto ha parado y ahora suena otra cosa, más fuerte, una canción de Jennifer López que la gente de Milán celebra con gritos, y la oigo un poco más lejos en cada escalón, hasta que llego arriba y ya no se oye nada.
El silencio de esta casa, que ya no respira.
Son las dos y diez de la mañana; lo sé porque el reloj del pasillo ha dado las dos hace un rato. No estoy en nuestra habitación. Estoy en la de María.
Iba a nuestro cuarto, a esperarlo, y al pasar por delante de esta puerta me he parado. Darío la cerró con llave el día que se fueron, pero la llave estaba puesta por fuera, y he abierto.
Estoy sentada en el suelo, con la espalda contra la cama, que sigue hecha, con las esquinas metidas, y la botella de vino entre las piernas. Abierta.
La he olido, y no he podido. Me la he acercado a la boca y la lenteja ha hecho algo.
No una patada, que Gery dice que todavía es pronto, pero algo: un aleteo, un pez pequeño dando la vuelta, justo cuando el cristal me tocaba los labios.
He bajado la botella y me he puesto a llorar, y la botella sigue aquí, llena, sin tocar.
Este cuarto todavía huele a ella. Menos, cada vez menos: a vainilla, a laca, a la vela de canela y a plátano, del mono.
En el rincón, al lado del armario, hay una caja grande de cartón con la foto de una cuna, blanca, de madera, y una cinta de raso rosa alrededor, mal atada, con un lazo torcido.
La compró ella. Anna me lo contó una noche en la cocina.
María la encargó por internet la semana del anuncio, la semana en que me dijo al oído que ella no podría tener otro.
De madrugada, borracha, para dármela por sorpresa cuando se me notara la barriga.
Llegó dos días después de que se subiera a un avión, y Anna la subió aquí sin abrir porque no sabía qué hacer con ella.
Darío no deja que nadie la toque. Dice que la abre María cuando vuelva. O nadie.
Una cuna. Le compró una cuna a mi hijo la misma semana que se le rompió el mundo por dentro, a un niño que no es suyo, y le puso un lazo. Me la imagino de madrugada, peleándose con la cinta con los dedos torpes de vino, y dejando el lazo así, torcido.
Saco el móvil del bolsillo secreto del vestido y marco su número, el de Rusia, el que me dio Lev, el que solo funciona cuando pasan los satélites.
Suena una vez, y otra, y otra. Una voz en ruso, luego en inglés, y luego un pitido. Le hablo al pitido.
—María. Soy yo. —Me sale ronco—. Ya sé que ahí son las tantas y que estarás dormida con el mono en la cabeza.
O en el lago. O pegándole a un ruso. —Apoyo la cabeza en el colchón—.
Necesito un consejo. Uno de los tuyos, de esos que me dabas con la boca llena y que siempre funcionaban.
Necesito que me digas qué hago con él. Con todo.
Porque esta noche ha firmado la empresa más grande de Italia por mí, y me ha brindado delante de ochocientas personas, y yo le he girado la cara debajo de un olivo.
Estoy perdida, María. Estoy jodidamente perdida y no sé salir.
Cuelgo y lloro, con la mano en el vientre y la cabeza en su colchón.
Es culpa mía. Todo lo de esta noche lo he empezado yo. Lo de la chica que se ríe fue para hacerme daño, porque yo se lo había hecho antes, y él es así, devuelve los golpes en el mismo sitio donde se los dan. Debajo de un olivo me ha pedido por favor que pare, llorando, y le he girado la cara.
Tengo que bajar. Tengo que ir a buscarlo.
Me suena el móvil en la mano y por un segundo pienso que es ella, que han pasado los satélites, que me ha oído. Es Sofía.
Me limpio la cara con el dorso de la mano.
—¿Sí?
—Cariño. —Bajita. Preocupada—. Perdona que te llame a estas horas.
Es Darío. Ha bebido muchísimo. Casi no se tenía en pie al final.
Se han ido todos y le ha pedido a Kiara que lo ayudara a llegar al despacho, que no podía con la escalera.
—Hace una pausa—. Ve a por él, hija. Llévatelo a la cama.
Y haced las paces. Está destrozado. No lo había visto así nunca.
Cierro los ojos y sonrío, por primera vez en toda la noche.
—Voy.
Cuelgo y miro la caja de la cuna, con su lazo torcido.
—Has sido tú —le digo—. ¿Verdad? No me has cogido el teléfono, pero has sido tú.
Me levanto del suelo con las piernas dormidas.
—Te quiero, María. Esté donde esté tu lago.
La casa está a oscuras. Han apagado las luces de fuera, y por las ventanas del recibidor se ven las bombillas de Santiago colgando apagadas entre los olivos como ramas secas, las mesas vacías, las sillas torcidas, las rosas rojas caídas de los jarrones encima de los manteles.
Bajo la escalera descalza, con los tacones en la mano, para no hacer ruido. El mármol está frío, y cuanto más me acerco al pasillo del despacho, más frío tengo, un frío que no viene del mármol: me sube desde los pies hasta la nuca, me eriza el vello de los brazos y me dice algo que no quiero oír.
La puerta está casi cerrada; por la rendija sale un dedo de luz amarilla, de la lámpara de la mesa. Pego la oreja y no oigo nada.
Por el rabillo del ojo veo algo y me giro. Es Sofía, al pie de la escalera, con el vestido verde botella, quieta, mirándome. Cuando la miro, me sonríe y levanta los dos pulgares. Ánimo.
Le sonrío de vuelta y empujo la puerta muy despacio, porque quiero darle un susto.
Porque quiero meterme en ese sofá con él y pedirle perdón, y dejar que me quite el vestido y me haga lo que lleva dos meses queriendo hacerme, aquí, en el despacho, en el sofá de cuero, con la puerta cerrada y la casa dormida.
Felicitar al consejero delegado como se merece.
La rendija se hace más grande, y miro.
Hay cosas que no se ven de golpe. Se ven a trozos: los ojos van poniendo las cosas en su sitio una a una, antes de que la cabeza entienda dónde estás.
Primero veo la lámpara de la mesa, encendida, amarilla, y debajo, abiertas, las carpetas de piel de la firma, con las siete firmas de Darío.
Luego el suelo, la alfombra persa de color vino, con la mancha que Anna no consiguió quitar. Encima, tirado, arrugado, hay un charco de seda roja.
Mi vestido. El que me compré para una cena que no llegó, el que todavía tenía la etiqueta esta mañana. Está en el suelo del despacho de Darío como una piel que alguien se ha quitado deprisa. Al lado, los tacones plateados, uno de pie y otro tumbado, con las tiras abiertas.
Luego veo el sofá. El de cuero, el de cara a la ventana, donde me sentaba a leer mientras él trabajaba, donde me quedaba dormida y me despertaba con su chaqueta encima.
Veo su espalda. Está sentado de espaldas a la puerta, sin chaqueta, con la camisa negra, el pelo despeinado y la cabeza caída hacia un lado, apoyada en un hombro. En un hombro desnudo, blanquísimo.
Encima de él está ella. Kiara. Desnuda entera, con la espalda arqueada y los rizos cayéndole hasta la cintura, con las rodillas a los lados de sus caderas y las manos en su nuca, moviéndose encima de él. Encima de mi vida.
—Ah, Darío…
Le sale un gemido largo, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados.
—Lo he esperado tanto como tú…
Se me para todo: la sangre, el aire, el tiempo.
Me quedo con una mano en el pomo y los zapatos en la otra, y el metal del pomo es lo único sólido que queda en la casa.
Me arde la cara, tengo los pies helados contra el mármol, el zumo de la fiesta me sube agrio por la garganta, y aun así no puedo dejar de mirar.
La mano de él está en el cuero, al lado de su pierna, abierta, quieta, con la palma hacia arriba y la pulsera en la muñeca. La pulsera está gris. Gris oscuro, sucio, el color que me ha dicho mil veces que no quiere volver a ver.