CAPÍTULO 38 #2
Es Kiara. Sale de la casa por la puerta del jardín, con mi vestido rojo.
Con la luz de las bombillas es otro vestido.
Arriba, en la escalera, me pareció que le quedaba mejor que a mí; aquí fuera le queda como si no le quedara a nadie más en el mundo.
La seda roja pegada a las caderas, la espalda abierta hasta donde la espalda deja de ser espalda, los tirantes finísimos sobre una piel tan blanca que parece que brilla.
Los labios del mismo rojo. Los tacones plateados.
El pelo castaño, rizado, suelto, balanceándose por la espalda desnuda a cada paso.
El jardín se para, y no es una forma de hablar. Las conversaciones se cortan a la mitad, los camareros se quedan con las bandejas en el aire, el banquero de Zúrich se gira, los de Londres se giran, Florentino se gira. Sus niños se giran.
Ella cruza el césped sin prisa, sin mirar a nadie, con la cabeza alta y una sonrisa pequeña, contenta, de quien sabe exactamente lo que está pasando a su alrededor. Busco a Chris con los ojos, en la verja, al fondo. No la está mirando. Está mirando la carretera.
La mira Darío. Lo veo hacerlo por debajo de las pestañas, sin girar la cabeza, siguiéndola con los ojos mientras se lleva a la boca otro vaso de whisky que no sé de dónde ha salido.
Busco, y lo encuentro: Sofía, a su espalda, con el chico de Chris al lado, que no se separa de ella en toda la noche, con la bandeja y la botella del despacho.
Cada vez que el vaso de Darío se vacía, el chico le sirve otro y se lo pone en la mano, y Sofía sonríe, sin preguntar, sin decir nada, como una madre que le rellena el plato a un niño que no ha cenado.
Él se los bebe, uno detrás de otro, y mira mi vestido andar por su jardín.
—Bonito vestido, ¿verdad?
Le doy un codazo en el estómago, no muy fuerte, lo suficiente.
—Le queda mejor que a mí. ¿No vas a decir nada?
Se gira y me mira, y ha funcionado: me está mirando a mí, por fin, aunque sea así, aunque sea con esa cara.
—Que se ríe —dice—. Eso voy a decir. Que esa chica se ríe. ¿Te acuerdas de cómo se hacía, Victoria? Se abría la boca. Hacía ruido. Antes lo hacías tú.
Lo dice tranquilo, lento, con una calma que me congela la sangre.
—¿O tampoco puedo mirar a nadie que se ría? —Le da un sorbo al whisky—. Que soy un hijo de puta. Me lo has dicho arriba. Y los hijos de putas miran lo que les da la gana.
Me está devolviendo el golpe en el mismo sitio donde se lo he dado yo. Aprieto los dientes. Tengo toneladas de veneno en la boca y me lo estoy tragando, igual que me trago un grito que me sube por la garganta y me tensa cada músculo de la cara.
—¿Por qué discutís?
Es Sofía. Se ha dado cuenta y se mete entre los dos; nos pone una mano en el brazo a cada uno.
—Os está mirando todo el mundo —dice, bajito, sonriendo hacia fuera—. Esas cosas, en el dormitorio. No aquí. ¿De acuerdo? —Mira a su hijo—. Darío. Trátala bien. Está embarazada.
Él se ríe, con la misma risa de arriba, seca, sin nada dentro.
—Estoy harto.
Lo dice mirando a su madre, no a mí, y me fijo en cómo lo dice: arrastrando un poco la ese. Él, que bebe whisky como agua desde los quince años y no se le nota nunca. Él, que en la boda de un primo de Giuseppe se bebió una botella entera y luego condujo hasta Nápoles sin pasarse una curva.
—Estoy harto de callarme. De que se haga la única persona del mundo a la que se le ha muerto alguien.
Que aquí todos tenemos muertos. Algunos los tenemos en el jardín, debajo de los rosales.
—Deja el vaso vacío. Coge otro de la bandeja del chico—.
Cuídamela tú. Y cuando acabe la cena, llévala al cuarto de su madre. Que allí está más a gusto que conmigo.
No me mira. Habla de mí delante de mí, a un metro, como de un mueble, de una lámpara, de algo que se lleva de un cuarto a otro.
Me aprieta el pecho. Tengo los ojos llenos, y no es rabia. Es una cosa fría que me baja desde la garganta hasta el vientre, tan honda que no le encuentro el fondo, y que me deja los dedos helados alrededor de la copa de zumo.
¿Cómo hemos llegado aquí? ¿En qué momento el hombre que acaba de firmar la empresa más grande de Italia para que yo no me quede sola se ha convertido en el que le pide a su madre que me lleve a otro cuarto, que es adonde se lleva a un perro?
—Estoy aquí —le digo.
Me tiembla la voz, pero no aparto la vista.
—Estoy aquí, Darío. Y te estoy oyendo.
Me coge de la mano. Tira de mí por el jardín, entre las mesas, esquivando camareros, esquivando a los de Milán, esquivando a Roni, que nos ve pasar, se aparta sin decir nada y le dice algo a alguien por el pinganillo.
Lejos de la carpa y de las bombillas, hacia el fondo, donde empiezan los olivos y la luz se acaba.
Ninguno de los dos dice nada, y cada paso es una cuerda que se tensa.
Se para debajo de un olivo, a oscuras, con la música del cuarteto lejos y el jardín iluminado detrás de nosotros como un barco en mitad del mar.
Me coge por la cadera con las dos manos y me pega contra el tronco.
No me hace daño, pero no me puedo mover; noto la corteza clavándoseme en la espalda a través de los brillos.
Me mira tan de cerca que le noto el aliento, y huele a whisky. Tiene los ojos rojos y las pupilas demasiado grandes para la poca luz que hay.
Borracho. Está borracho. Él nunca… Da igual. Es el whisky.
—Para —me dice, bajo—. Para ya, Victoria. Por favor. Para.
—Darío…
—No. Escúchame. Por una vez. Una sola vez en tu vida, escúchame tú a mí. —Me aprieta la cadera—. Yo tampoco puedo más.
Me quedo quieta, con la corteza en la espalda y sus manos en las caderas.
—No puedo más, nena. —La voz le falla en mitad de la frase; la recoge y sigue—.
¿Te crees que eres la única? ¿Te crees que yo no lo llevo?
Tu dolor lo llevo yo también. Encima. Todos los días.
Cada vez que te veo llorar me lo pongo. Cada vez que te vas al cuarto de tu madre me lo pongo.
Cada vez que me dices «hoy no» y me voy por el pasillo, me lo pongo.
El tuyo y el mío. Los dos encima. Y pesa.
Se calla para coger aire, y el aire le tiembla al entrar.
—Acabo de comprar la mitad de Italia —dice, y se ríe, sin ganas—. Para ti. Para que nunca te falte nada. Para que tu madre, esté donde esté, vea que he cumplido. Y te he buscado entre la gente al levantar la copa, como un imbécil, y tú estabas mirando el zumo.
—Te estaba mirando a ti.
—No. —Niega despacio—. Me mirabas como se mira a alguien que está al otro lado de un cristal.
Llevas dos meses mirándome así. —Le tiembla la boca—.
Y a veces pienso que desde que estamos juntos solo traemos cosas malas.
Que todo lo que tocamos se rompe. Tu celda.
Tu pierna. María. Giuseppe. Tu madre. Que los dos juntos somos una maldición.
—No digas eso.
—Lo digo porque lo pienso. A las cuatro de la mañana, cuando tú no duermes y yo tampoco, en la misma casa y en cuartos distintos.
—Me aprieta—. Te he seguido hasta el fin del mundo, Victoria.
Subí una montaña en mitad de una tormenta a por ti.
Te borré a otro hombre de la piel. Me pegaste con un bate y te di las gracias.
Mi hermano se ha ido a Rusia con tu mejor amiga.
Enterramos a tu madre. Y aquí sigo. Debajo de un olivo, con una empresa recién firmada en el bolsillo, pidiéndote por favor que pares.
Porque no puedo con todo esto y además contigo en contra.
Me suelta una mano de la cadera y me la pone en la cara. La tiene caliente, y le tiembla.
—Basta ya, nena. Con las pullas. Con los celos. Con el veneno. —Le cae una lágrima por la mejilla, y no se la limpia—. Una vez. Solo una vez en tu vida. Entiéndeme tú a mí.
Me quedo mirándolo, con la espalda contra el olivo, su mano en mi cara y su lágrima bajándole hasta la mandíbula, brillando con la poca luz que llega de la carpa. No lo había visto llorar nunca.
Quiero decirle que sí. Que tiene razón, que lo entiendo, que lo siento, que yo tampoco puedo más. Que me abrace. Que nos vayamos a la cama ahora mismo, con la fiesta a medias, con Florentino y el notario y los de Zúrich esperando. Que le den a todo.
Quiero decírselo, y no me sale. Se me queda pegado a la lengua, debajo de un cansancio tan grande que me duelen los huesos: me pesa el vestido, me pesa el pelo, me pesan los tacones, me pesa el vientre, me pesa la cabeza, que lleva dos meses llena de agua.
—De acuerdo —le digo, bajito—. De acuerdo. Muy bien.
Me mira, esperando algo más.
—Te espero en la habitación. No puedo seguir de pie. Estoy cansada, Darío. Estoy muy cansada. No puedo con los de Milán. Con la mujer de Florentino mirándome. Con nada. Me subo. Te espero arriba.
Asiente, muy lento.
—Bien.
Se acerca, y me va a besar. Lo veo venir, la cara, la boca, los ojos cerrándose, y me aparto. Giro la cara, y su boca se queda en el aire, a dos centímetros de mi mejilla, tan cerca que me llega el calor de su aliento. Se queda quieto ahí, con la mano todavía en mi cara.
—Te espero cuando esto acabe —le digo.
Me suelto y me voy sin mirar atrás, porque si miro atrás me voy a quedar, y no esta noche, no con todo el mundo mirando, no con este cansancio. Lo voy a esperar arriba. Le voy a pedir perdón arriba, sin nadie, sin música, sin whisky.
Cruzo el jardín hacia la casa, y al pasar por el lado de la carpa la veo.
Kiara, al lado de la barra, con una copa de champán en la mano y la espalda desnuda brillando con las bombillas.
Me cruzo a tres metros de ella y no gira la cabeza.
Está mirando hacia los olivos, hacia donde yo acabo de salir.
Me giro, y es Darío. Sale de debajo del olivo, se pasa las dos manos por la cara, respira hondo, se arregla la chaqueta. Tropieza con una raíz y se agarra al tronco, él, que no ha tropezado en su vida. Luego camina hacia la carpa, hacia la barra.
Sofía aparece a su lado de la nada, con el camarero, y el chico le pone otro vaso en la mano.