NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

VICTORIA

—Esta es mi mujer. Victoria.

Me coge la mano delante de todos: delante de Florentino, de su mujer y de sus dos niños, delante de los camareros, del cuarteto de cuerda y de las ochenta mesas con rosas rojas. Me coge la mano y sonríe con una sonrisa perfecta, de portada de revista de economía, y no me mira. Mira a Florentino.

Tiene los dedos fríos alrededor de los míos. No me aprietan, no me acarician con el pulgar ese sitio entre el índice y el pulgar, como hacen siempre. Me sujetan, como se sujeta un bolso en el metro.

Florentino, es bajito y ancho, con una barriga redonda que le estira los botones del chaleco y una calva brillante que le suda debajo de las bombillas de Santiago.

Tiene los ojos de un verde esmeralda que no le pega con nada de lo demás, como si se los hubiera comprado aparte.

Es el dueño de la inmobiliaria más grande de Italia. Dentro de una hora deja de serlo.

A su lado está su mujer, treinta años más joven que él por lo menos: rubia, alta, con un vestido plateado que no la deja respirar y unos labios que no se mueven cuando sonríe.

Tienen dos niños, uno de ocho y otro de siete, con traje y pajarita, aburridos, dándose patadas por debajo de la mesa.

Adoptados, me ha dicho Sofía al oído hace un rato, porque ella no quería estropearse el cuerpo con un embarazo para darle un heredero a un hombre que, mientras me lo cuenta, le está mirando el culo a una camarera que pasa con una bandeja de ostras.

—Encantado, señora Di Marco.

Me coge la mano que no tiene Darío y se la lleva a la boca. Tiene los labios húmedos y la piel áspera, papel de lija pasado por una pared recién pintada.

—Supongo que Darío ya le habrá contado que esta noche me quita la empresa. —Se ríe solo—. Bueno. Me la compra. Que con Darío nunca se sabe dónde acaba una cosa y empieza la otra.

—Algo me ha contado. —Sonrío, y la sonrisa me duele en las mejillas—. Me alegro mucho de que hayan podido venir.

—El placer es mío. —Me suelta la mano, y tarda demasiado en soltarla—. Darío es un hombre con suerte.

—Eso dicen —contesta Darío, sin mirarme.

Me he pasado. Lo he sabido en cuanto ha dado el portazo, lo he vuelto a saber al quitarme el trozo de cristal del zapato, y otra vez bajando la escalera, viéndolo de espaldas cruzar el recibidor con las manos en los bolsillos.

Le he llamado hijo de puta. Le he preguntado dónde se duchaba y con quién, lo que se le pregunta a un marido de telenovela que vuelve a casa con carmín en el cuello, a él, que se ha pasado dos meses sentado en el suelo de un cuarto donde yo no le dejaba entrar.

Me ha contado que esta noche firma para que yo no me quede sola nunca, que se lo prometió a mi madre en un barco, y yo me he reído en su cara.

Puede que sea el embarazo. Gery dice que las hormonas del segundo trimestre son una montaña rusa, y es verdad: hay minutos en que lo quiero todo y al minuto siguiente no quiero nada, minutos en que quiero comérmelo y al siguiente quiero clavarle un tenedor.

Pero no es solo eso. Llevo dos meses sin dejar que me toque, y esta noche, la primera vez que me ha tocado, me ha dolido, y no en el cuerpo.

Me ha dolido que siguiera teniendo ganas.

Que siguiera vivo por dentro mientras yo me estaba muriendo.

Que la vida siguiera en alguien. Y se lo he hecho pagar.

Tengo que pedirle perdón. Cuando acabe la cena, cuando se vaya esta gente, en la cama, con la luz apagada.

Voy a dejar que me abrace, voy a llorar en su pecho y le voy a decir que tiene razón, que me he vuelto loca, que le quiero, que vuelva.

Que necesito que me mire como me miraba hace unas horas desde la puerta del cuarto, antes de que yo lo estropeara todo.

Está a mi lado, a diez centímetros, y no me mira.

Está de pie, recto, con una copa en la mano, hablando con Florentino de márgenes, de fondos, de un hotel en Positano que pierde dinero desde hace tres veranos, tranquilo, sonriendo cuando toca, asintiendo cuando toca.

Perfecto. Una estatua de hielo con un traje azul noche.

Tengo la garganta llena de nudos, uno detrás de otro, tan apretados que no me pasa el aire, y me sudan las manos aunque tengo frío. Su indiferencia es lo peor que me ha hecho nunca. Peor que gritarme. Peor que el portazo.

Pasa un camarero con una bandeja de copas de champán y cojo una. No sé por qué: para tener algo en la mano, para que me vea, para desafiarlo. Antes de que me la acerque a la boca él se inclina hacia mí.

—Preferiría que te tomaras un refresco.

Me lo dice al oído, bajo, sin mirarme, con la voz con la que les da órdenes a sus hombres.

—Estás embarazada.

—Ya lo sé —le digo, y dejo la copa en la bandeja del siguiente camarero que pasa.

—Mira. —Sigue hablándome al oído, sigue mirando a Florentino, sonriéndole—. Por lo menos en algo estamos de acuerdo. Es un milagro. Habrá que avisar al Vaticano.

Lo escupe, cada palabra, con una rabia que se le nota en los dientes apretados aunque la cara siga sonriendo.

—¿Te parece buen momento para airear nuestras miserias? —le digo, con una sonrisa para la mujer de Florentino, que me está repasando de arriba abajo para ponerme precio—. Aquí. Delante de ochocientas treinta personas.

—Las miserias son tuyas, nena. Yo solo las estoy invitando a cenar.

Sofía viene hacia nosotros con una copa en la mano.

Lleva un vestido largo, verde botella, con la espalda descubierta, el pelo rubio recogido en un moño perfecto, unos pendientes de esmeraldas que no le había visto nunca y una sonrisa que le ilumina la cara entera.

Detrás de ella viene uno de los chicos de Chris, de los de la casa de atrás, con chaqueta blanca de camarero, una bandeja y la botella de Darío.

La del despacho, la que no toca nadie más.

Esta tarde ha vuelto de la Cassia a las siete, con la tarta de frutas del señor Vito en una caja con un lazo, y me la ha subido a la habitación. «Para la chica de los antojos». No me la he comido. Está en la mesilla de mi madre, con las fresas brillando.

—Para ti, hijo.

El chico le sirve a Darío un vaso de su botella y se lo pone en la mano: corto, sin hielo, como a él le gusta.

Darío lo coge, le sonríe a su madre con una sonrisa de las que le salen cuando no está en ningún sitio, y se lo bebe de un trago, echando la cabeza hacia atrás.

Deja el vaso vacío en la bandeja sin decir nada.

Lo veo beber y pienso que no se lo está bebiendo, que se está tragando algo: a mí, lo de arriba, el portazo, el cuadro en el suelo, el perfume roto.

—Hola, querida. —Sofía se gira hacia mí y me da un beso en cada mejilla. Huele a perfume caro y a champán—. Estás preciosa. Preciosa. Ese negro con brillos es para una reina.

Me da la copa. Es zumo de naranja, y me guiña un ojo, un guiño pequeño, cómplice, de mujer a mujer: ya sé que no puedes beber, toma, yo te cuido. De golpe me pican los ojos, porque es lo que habría hecho mi madre.

—Estoy fenomenal —le digo, con una voz que no reconozco—. Esta fiesta de mierda me está sentando de maravilla.

Darío se gira y me mira por primera vez en toda la noche, y es una mirada que mata.

Sofía no se entera. Ya se ha girado hacia la mujer de Florentino y le está alabando el vestido, el pelo, los niños, en un italiano lleno de cumplidos, sin darse cuenta de que nosotros dos estamos a medio metro, a punto de matarnos con los ojos.

A las once en punto el cuarteto para.

Debajo de la carpa, delante de la mesa principal, han puesto otra mesa pequeña con un mantel blanco, dos sillas, dos carpetas de piel y un señor de gafas redondas que no ha comido nada en toda la noche: el notario.

Detrás, de pie, dos hombres del banco de Milán y uno de Zúrich que no sonríe nunca.

Tres alcaldes. Un fotógrafo del Corriere.

Florentino firma primero. Tarda. Lee cada hoja como si le estuvieran leyendo su testamento, suda, se seca la calva con un pañuelo, y cuando termina deja el bolígrafo encima de la mesa como quien deja una pistola.

Darío firma sin leer. Él ya lo ha leído todo, lo sé; lleva una semana leyéndolo encerrado en el despacho mientras yo contaba estrellas en el techo de mi madre. Firma rápido, con su letra grande, inclinada, siete veces, y se levanta.

Florentino coge el micrófono, carraspea y anuncia, primero en italiano y después en inglés, que desde esta noche el Gruppo Florentino se llama Di Marco Inmobiliaria, y que su nuevo consejero delegado es el señor Darío Di Marco.

Aplauden ochocientas treinta personas. Los flashes del fotógrafo. Los de Zúrich aplauden con la punta de los dedos. Santiago aplaude desde lo alto de una escalera y casi se cae otra vez.

Yo aplaudo también. Me oigo aplaudir desde muy lejos.

La empresa inmobiliaria más grande de Italia.

Hoteles en Venecia, en Florencia, en Amalfi.

Edificios enteros en Milán, en Roma, en Nápoles.

Legal. Con impuestos, con auditores, con su foto mañana en el periódico.

Lo ha hecho. Lo que me dijo arriba, con los codos en las rodillas, mientras yo me reía. Lo ha hecho por mí.

Darío coge el micrófono. No sonríe.

—Gracias por venir —dice—. Unos habéis venido por la cena. Otros por miedo. Y otros a ver si me equivocaba al firmar. —Mira a Florentino—. No me he equivocado. Comed tranquilos.

Se ríen. Él no.

Levanta la copa. Por un momento busca algo con los ojos entre la gente, y lo encuentra: a mí. Me mira por encima de ochocientas cabezas, y durante un segundo, uno solo, es él otra vez, el de antes, el que me miraba como si no hubiera nadie más en el mundo.

—Esto es para mi mujer —dice—. Que no quería venir.

Se ríen más fuerte. Creen que es una broma.

No es una broma. Es un regalo y una bofetada en la misma frase, y me llega entera, las dos cosas a la vez, y me quedo con el zumo de naranja en la mano sin saber cuál de las dos me duele más.

Cuando vuelvo a mirarlo, ya no me mira.

Y entonces la veo, y la noche, que no podía ir peor, se pone peor.